Mundo de cuernos Capítulo 6 #5
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Capítulo 6 #5

Yolanda apretó los dientes al principio, sintiendo la invasión extraña, el esfínter resistiéndose.

Pero el placer no tardó en llegar, primero como una cosquilla leve, después como un calor que subía desde el vientre, después como una corriente eléctrica que le recorría la columna.

—Dios, eso me gusta —jadeó ella, empujando hacia atrás—. Ábreme bien, Daniel. Así, así. Más dedos, dame más.

Daniel sintió una sorpresa genuina. Levantó la vista. Yolanda lo miró por encima del hombro, los ojos vidriosos, la boca abierta, la respiración entrecortada.

—Sí, papi —dijo, con la voz rota, sin importarle ya nada—. Me gusta que me lo hagan por el chiquito. Siempre me ha gustado. Anda, ábreme bien. Quiebramelo. Hazme tuya por el culo, cabrón.

Esa palabra, quiebramelo, fue lo que lo encendió del todo.

Daniel no necesitó más permiso. Aplicó más lubricante, introdujo un segundo dedo, después un tercero, abriéndola despacio, sintiendo cómo el múscelo cedía por etapas, cómo las paredes internas se adaptaban.

Yolanda gemía sin control, empujando hacia atrás para recibir más, los dedos aferrados a la almohada.

—Ya, ya, ya —dijo ella, con la voz hecha un hilo—. Ya, Daniel. Métemela. Quiero sentirla en el culo. No aguanto más.

Él se colocó detrás de ella, alineó la cabeza de su pene con el ano lubricado y dilatado, y empujó.

La resistencia era poca ahora. La cabeza entró con un gemido grave de él y un grito ahogado de ella.

Daniel esperó un momento, quieto dentro de ella, sintiendo cómo el esfínter se contraía alrededor de su miembro, cómo el calor interno lo envolvía por completo.

—Dios, qué apretado —jadeó él—. Estás increíble, Yolanda.

—Dame —pidió ella, con la voz rota—. Dame todo, Daniel. Quiebrame el culo. Hazme tuya. Anda, cabrón, que me desespero.

Él empujó hasta el fondo de una sola embestida.

Yolanda gritó —un grito largo, gutural, que no intentó contener— y Daniel sintió cómo todo su pene desaparecía dentro de ella, envuelto en un calor húmedo y apretado que lo volvía loco.

Comenzó a moverse. Las embestidas eran lentas al principio, profundas, cada una haciéndola empujar hacia atrás para recibir más.

Después aceleró. El ritmo se volvió feroz, sus caderas golpeando contra las nalgas de ella con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación.

Yolanda ya no podía hablar. Solo gemía, chillaba, se aferraba a las sábanas con los dedos mientras él la follaba por el culo sin piedad.

Las contracciones anales apretaban su pene en cada embestida, exprimiéndolo, y ella sentía cómo el placer se acumulaba desde la base de la columna, cómo todo su cuerpo se convertía en un solo punto de placer.

—Así, así, así —gritaba ella—. No pares, no pares, no pares. Me voy a correr, Daniel. Me voy a correr en tu verga.

—Yo también —jadeó él, con la voz rota—. Me voy a venir en tu culo, Yolanda. Te voy a llenar toda.

—Hazlo —ordenó ella, empujando hacia atrás con más fuerza—. Lléname. Quiero sentir tu leche caliente dentro de mi culo. Ahora, Daniel, ahora. Que se salga todo, desgraciado. Quiero que me gotees.

El orgasmo lo alcanzó como una explosión.

Daniel enterró su pene hasta el fondo y sintió cómo los chorros de semen caliente se disparaban dentro de ella, uno, dos, tres, cuatro, cinco, llenándole el ano por completo mientras él gemía con un sonido grave, animal, que rebotó en las paredes del cuarto.

Yolanda sintió cada chorro, cada pulsación, cada latido del pene de él dentro de su culo.

Ese calor espeso y abundante la empujó al borde.

Las contracciones anales apretaron el pene de Daniel con una fuerza que los sorprendió a los dos, exprimiendo cada gota, mientras ella se coría al mismo tiempo, con un grito largo y gutural que no intentó contener.

Se quedaron quietos, jadeando, el sudor pegándoles la piel. Daniel se desplomó sobre ella, la frente apoyada en su nuca, el pene todavía dentro de su culo, sintiendo cómo el semen les escurría por los muslos, caliente, espeso, abundante.

—Dios mío —susurró Yolanda, con la voz hecha hilachas—. Dios mío, Daniel. Casi me desmayo.

Le dio la risa. Una risa callada, sola, mirando el techo.

Había venido a recuperar a Alberto y se había acostado con Daniel.

Y lo más raro de todo era que se sentía mejor que en meses.

Si supiera Paola, pensó. Y enseguida, con un escalofrío que no supo de dónde le vino: si supiera Paola lo que estoy haciendo en su nombre.

No sabía, la pobre Yolanda, lo cerca que andaba esa noche de la verdad. No sabía que a unos kilómetros, en un cuarto que olía a almidón, Paola estaba haciendo, sin proponérselo, casi exactamente lo mismo que ella: pagando con el cuerpo una deuda que la cabeza no había contraído.

* * *

Félix no podía dormir.

Llevaba dos horas en la cama, junto a una Valentina que respiraba hondo y ajena, mirando el techo y el teléfono por turnos.

En la pantalla, los mensajes de Alessandro se acumulaban como goteras.

Al principio no los había contestado. Después, a la una de la mañana, con esa cobardía valiente que da el insomnio, empezó a responder.

"deja de escribirme", puso.

"solo quiero hablar contigo", contestó Alex, al toque, como si hubiera estado esperando con el teléfono en la mano.

"no hay nada que hablar"

"yo creo que sí. tranquilo. no es lo que tú piensas"

"yo sé bien lo que tú quieres. tú lo que quieres es darme por atrás y eso no va a pasar"

La respuesta de Alessandro tardó esta vez. Cuando llegó, era casi mansa, y por eso desconcertó más.

"no, cuñado. solo es hablar. de hombre a hombre. te juro por mi madre que no intento nada. nos vemos mañana y aclaramos esto como adultos"

Félix miró la pantalla un rato largo. Tenía todas las razones del mundo para decir que no. Una sola para decir que sí, y no era una razón, era algo más turbio que una razón, algo que él no estaba dispuesto a nombrar ni siquiera a la una y media de la mañana en la oscuridad de su propio cuarto.

"ok", escribió al fin. "vente mañana al mediodía. vale está en el restaurante. pero es solo hablar"

"solo hablar", contestó Alex. "palabra."

Félix soltó el teléfono sobre la mesita y se quedó boca arriba, con el corazón haciendo cosas que no le pedía.

Al lado, Valentina dormía el sueño de los que todavía creen que su mundo está entero.

Y Félix, que acababa de aceptar reunirse a solas, en una casa vacía, con el hombre del que había huido encerrándose con llave, no entendía —de verdad no entendía— por qué había dicho que sí.

O sí entendía. Y eso, como bien sabía ya media ciudad sin saberlo, era siempre lo peor.

Afuera, sobre la Colonia Roma, la madrugada repartía su silencio por igual entre los inocentes y los culpables, que esa noche habían dejado de ser categorías distintas.

En cinco camas diferentes, cinco personas miraban cinco techos pensando que su secreto era el único.

Ninguna sabía todavía que el cuerpo lleva sus propias cuentas, calladito, y que cobra siempre, y que cobra a término.