Capítulo 6 #4
Pero tú eres el marido de mi amiga Paola.
¿Tú entiendes lo que es eso? Eso no está bien.
No está bien que a mí me esté gustando el marido de mi amiga.
Eso no se hace. Eso es pecado, o por lo menos es falta grave.
—Yolanda.
—Y yo soy maestra. Yo no puedo andar en faltas graves.
—Yolanda.
—Qué.
Y entonces Daniel hizo lo más valiente que había hecho en su vida después de abrirle la puerta a la realidad: le puso una mano en el muslo. No una mano atrevida, sino una mano temblorosa y solemne, una mano que se jugaba en ese gesto el último resto de su autoestima nacional.
—Pues Yolandita —dijo, muy serio, mirándola a los ojos—, adivina qué. Tú también me gustas.
—No me digas Yolandita —dijo ella, sin quitarle la mano.
—Yolandita.
—Que no me digas así. —Y sin quitarle la mano.
—¿Y cómo quieres que te diga?
—Quiero que me digas que esto es una pésima idea —murmuró Yolanda, y se le había bajado la voz a ese registro de iglesia vacía que no engaña a nadie—. Dímelo tú, porque a mí no me sale.
—Esto es una pésima idea —obedeció Daniel, acercándose.
—Una idea malísima —confirmó ella, acercándose también.
—De las peores que he tenido.
—Y mira que has tenido. —Le tocó la mejilla, la barba de tres días, con la curiosidad de quien toca un país extranjero—. Yo amo a Alberto —dijo todavía, pero ya lo dijo sin convicción, como se reza el último avemaría del rosario, de puro compromiso con la cuenta.
—Y yo amo a Paola —contestó Daniel a tres centímetros de su boca.
—Entonces estamos a salvo.
—Salvadísimos.
Se besaron. Y hay que decir, en honor a la verdad, que fue un mal beso durante un segundo y medio: chocaron las narices, ella se rió en plena boca de él, él le dijo "perdón" dentro del beso, que es el lugar más ridículo del mundo para pedir perdón.
Pero al segundo y medio las narices encontraron su acomodo, la risa de Yolanda se le fue convirtiendo en otra cosa en la garganta, una cosa más grave y más antigua, y la mano de Daniel subió del muslo a la cintura con una seguridad que ni él mismo se conocía,
y el beso se volvió de pronto un beso en serio, largo, hondo, de esos que no se dan con la boca sino con todo el hambre atrasada que uno carga.
Yolanda lo agarró por la camisa con las dos manos, no para acercarlo —ya no se podía estar más cerca— sino para sostenerse del mundo, y cuando por fin se separaron para respirar, porque la biología no respeta el romance, se quedaron mirándose con un susto compartido.
—Un poquito —dijo Daniel, sin aire, mostrando la distancia entre el pulgar y el índice—. ¿Así era el poquito?
—Cállate, pillín —dijo Yolanda.
Y lo volvió a besar, pero esta vez no fue un beso de despedida ni un beso de consuelo.
Fue la boca entera, la lengua encontrando la de él con una urgencia que llevaba semanas construyéndose en miradas y roces y silencios que pesaban más que las palabras.
Daniel respondió con esa gratitud suya que a Yolanda le partía el alma: la de un hombre que ha recibido más de lo que creía merecer.
Sus labios se movieron contra los de ella con una lentitud deliberada, como si estuvieran aprendiendo un idioma nuevo, y ella sintió cómo las manos de él le recorrían la espalda, inseguras al principio, después más firmes, después decididas.
No buscaban deseo, se habían dicho. Buscaban compañía. Pero el deseo, que es un perro fiel a sus amos, andaba ahí cerca, oliendo el aire, esperando su turno.
Yolanda bajó las manos al pecho de Daniel y le desabrochó la camisa botón por botón, despacio, sintiendo cómo el vello le rozaba los dedos.
Él se quedó quieto, mirándola hacer, con esa expresión de quien no termina de creerse lo que está pasando.
Ella le retiró la camisa de los hombros, la dejó caer al piso, y pasó las palmas abiertas por su piel morena, sus pezones oscuros, el vello que le bajaba desde el ombligo hasta el borde del pantalón.
Daniel cerró los ojos un momento, y ella aprovechó para desabrocharle el cinturón, el botón, el cierre.
El pantalón cayó a sus tobillos. Él se quedó en bóxer azul marino, y ella podía ver el bulto creciendo bajo la tela, la cabeza del miembro asomando por la abertura.
—Dios, cómo me gusta verte así —susurró ella, contra su boca, mientras le bajaba la ropa interior de un tirón.
El pene de Daniel apareció, duro, la cabeza brillante, las venas marcadas bajo la piel. Yolanda lo miró un segundo. Daniel contuvo la respiración. Y ella bajó la cabeza sin pensar, sin ensayar, con nada que no fuera el hambre de tener algo en la boca que no fuera su propia culpa.
Lo tomó con la mano derecha, sintiendo el peso, el calor, la textura de la piel que latía bajo sus dedos.
Era grueso, más de lo que esperaba, y la cabeza se abría como un paraguas apenas desplegado.
Pasó la lengua por la punta, probando su propio sabor salado, y después abrió los labios y se lo metió.
No fue tímida. No fue poco a poco. Fue hasta el fondo, hasta donde le permitía la garganta, sintiendo cómo la cabeza rozaba el paladar, después la úvula, después el inicio de la garganta que se abría para recibirlo.
—Aaaah, Yolanda —gimió Daniel, con la voz quebrada, los dedos apretándole la nuca.
Ella empezó a moverse. Subía y bajaba la cabeza, llevándoselo a la boca una y otra vez, cada vez más profundo, cada vez con más hambre.
La lengua trabajaba sin descanso: lamía el tronco de abajo arriba cada vez que salía, rodeaba la cabeza cuando llegaba a la punta, presionaba la parte inferior donde la piel era más fina y sensible.
Su saliva resbalaba por los costados, brillante, obscena, mojándole los labios, la barbilla, los dedos que sostenían la base.
El sonido de su boca chupando llenaba la habitación, un ruido húmedo y constante que la excitaba más que cualquier cosa.
Chupó las bolas una por una, metiéndoselas en la boca con una delicadeza que contrastaba con la crudeza de lo que acababa de hacer.
Las succionó despacio, saboreando la piel arrugada, el peso en su palma.
Y después volvió a la cabeza, se la llevó entera hasta la base, la nariz presionando contra el vello púbico de él, la garganta conteniéndolo todo.
Se quedó ahí un momento, los ojos llenos de lágrimas, la respiración suspendida, y después subió lentamente, dejando un rastro de saliva brillante sobre la piel.
—Trágatela toda —susurró Daniel, con la voz ronca—. No dejes ni una gota.
Yolanda obedeció. Lo llevó a la boca una última vez, succionando con fuerza mientras él gemía, y cuando sintió que se acercaba, se apartó. Quería que fuera dentro de ella. Quería sentirlo.
Daniel no aguantó más. La levantó del suelo con las dos manos en la cintura, la cargó —o lo intentó, y se rieron los dos del intento— hasta el cuarto, que era el cuarto de huéspedes de su propia casa, porque hasta para eso era un hombre desplazado.
La acostó en la cama, le quitó la ropa con una gratitud que a Yolanda la conmovió más que cualquier técnica.
La besó en la boca, en el cuello, en los pechos, en el vientre, como si le diera las gracias por cada centímetro de piel.
Y cuando entró en ella, despacio, mirándola a los ojos como no la miraba Alberto desde hacía años, Yolanda cerró los suyos y sintió cómo la llenaba por dentro, centímetro a centímetro, la cabeza del pene abriéndole paso, las paredes internas adaptándose a su grosor.
—Aaaah —gimió ella, arqueando la espalda—. Así, así, no pares.
Daniel empezó a moverse. Un ritmo lento al principio, profundo, cada embestida haciéndola empujar las caderas hacia arriba para recibirlo más.
Yolanda se aferró a sus hombros, las uñas clavándose en su piel, los gemidos escapándosele sin control.
El placer le subía desde el vientre como una marea caliente, las paredes internas de su vagina se contraían alrededor del pene de él, succionándolo hacia adentro en cada embestida.
—Más duro —pidió, con la voz rota—. Dame más duro, Daniel. Quiero sentirte toda.
Él obedeció. Aceleró el ritmo, las embestidas más largas, más profundas, la fricción volviéndola más húmeda, más suya.
Yolanda gemía sin control, la cabeza hundida en la almohada, los dedos aferrados a las sábanas.
Daniel la miraba desde arriba, los ojos clavados en los de ella, y esa mirada —tan directa, tan sin reservas— la excitaba más que cualquier caricia.
Sin decir nada, sin pedir permiso, Daniel la agarró por la cadera y la volteó.
Yolanda quedó boca abajo, las nalgas al aire, arqueando la espalda por instinto, ofreciéndose. No supo si le gustaba la brusquedad o si era el hecho de que él no hubiera preguntado lo que la prendía tanto, pero sintió cómo se le humedecía más, cómo el deseo le crecía desde adentro.
Antes de que él la penetrara, sintió algo que no esperaba: la boca de Daniel bajando por su espalda, por sus nalgas, metiéndose entre sus piernas.
La lengua de él encontró su vagina primero, húmeda, caliente, lamiendo de abajo arriba, recogiendo sus propios jugos mezclados con los de él.
Después bajó más. La lengua de Daniel encontró su ano.
—Ay, Dios —gimió Yolanda, enterrando la cara en la almohada—. Así, así, no pares.
Él lamió alrededor, círculos lentos con la punta de la lengua, presionando apenas, humedeciendo la piel arrugada.
Metió la punta un centímetro, después la sacó, después volvió a entrar.
Yolanda apretó las nalgas, después las relajó, dejándose hacer.
No lo había pedido. No sabía que lo quería.
Pero su cuerpo sí, y su cuerpo gemía, se estremecía, empujaba hacia atrás para que él no se detuviera.
—Qué rico me chupas el culo —jadeó ella, sin filtro, sin pudor—. No pares, Daniel. Así, así.
Él la lamió un rato más, alternando entre su vagina y su ano, hasta que Yolanda sintió que se volvía loca, que el placer la estaba desbordando.
—Espérate —dijo Daniel, separándose un momento—. Te tengo algo.
Alcanzó la mesita de noche, abrió el cajón, sacó un pequeño tubo de lubricante. Yolanda lo miró de reojo y sonrió.
—Prevenido —dijo, con la voz ronca.
—Siempre —respondió él, y se rio.
Aplicó una cantidad generosa sobre sus dedos y sobre el ano de Yolanda, y empezó a masajear con movimientos circulares, primero la yema del índice, después el dedo entero, entrando y saliendo con un ritmo suave.