Mundo de cuernos Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Por un segundo eterno el cerebro de Paola se negó a procesarlo, como se niega a procesar una mala noticia: buscó otra explicación, parpadeó, esperó que la cara se transformara en la correcta.

No se transformó. Era Frank, el mesonero contratado por la tarde, el marido de Sara, el amigo de Alberto, sudado y feliz y mirándola con una ternura de perro agradecido que era, de todas las cosas espantosas de ese momento, la más espantosa.

—Patrona —dijo él, en un susurro de adoración—. No sabe cuánto…

Paola no oyó el resto. Ya se estaba incorporando, ya se estaba abrochando la blusa con dedos que no le obedecían, ya sentía el frío subiéndole por la espalda donde un minuto antes había habido fuego.

No gritó. Eso fue lo más Paola de toda la escena: que no gritó.

Que en mitad del derrumbe la dignidad le funcionó como un reflejo, como esos músculos que siguen trabajando después de muertos.

Se levantó, se acomodó la falda, se pasó la mano por el pelo, y solo entonces, ya vestida, ya de pie, ya patrona otra vez, se permitió mirarlo con un horror tan grande que Frank, por fin, empezó a entender que algo había salido espantosamente mal.

—No —dijo Paola, muy bajo. No era una palabra dirigida a él. Era una palabra dirigida al universo, a la oscuridad, al fusible viejo, a la grappa, a sí misma—. No, no, no.

Hizo las cuentas en silencio, ahí parada, mientras Frank balbuceaba algo.

Acababa de acostarse con Frank. Con el marido de la mujer que perseguía a su mejor amiga.

Creyendo que era Alberto. Lo había llamado, lo había deseado en voz alta, le había pedido que la tomara.

Y nadie, jamás, podría saberlo. Esa fue la parte que le heló la sangre: no lo que había hecho, sino el peso de tener que cargarlo sola, callada, para siempre, ella que era la que callaba los secretos de todos los demás.

—Esto no pasó —le dijo a Frank, con una voz que volvía a ser de hierro—. ¿Me oíste? Esto no pasó nunca. Y si pasó, no fue contigo.

Salió del cuarto de la mantelería dejándolo ahí, a medio vestir, sin entender nada, con la cara de un hombre que se ganó la lotería y le entregaron el premio en un idioma que no habla.

* * *

Afuera, la noche seguía su curso indiferente, repartiendo desastres con la mano suelta.

Valentina recogió a Félix, que la esperaba en la puerta con cara de náufrago.

Alessandro los despidió desde el zaguán, sonriente con la familia, y le dedicó a Félix una última mirada larga, de esas que prometen una conversación pendiente.

En el carro, ya en marcha, Valentina manejó tres cuadras en silencio antes de soltar lo que traía atravesado.

—¿Tú y mi hermano tienen algún problema?

—No —dijo Félix, demasiado rápido—. ¿Por qué.

—Porque te mira raro. Y tú no fuiste ni al baño solo en toda la tarde.

—Son figuraciones tuyas, Vale. Tu hermano me cae bien. Todo bien.

Valentina no dijo más. Pero archivó la mentira con el cuidado con que se archivan las pruebas, porque ella sabía, desde niña, que en su familia la verdad nunca llegaba de frente: llegaba de costado, en las cosas que la gente negaba demasiado rápido.

Por otro lado, sin que nadie atara los cabos, Alberto se escabulló del restaurante con la discreción del que ya tiene plan.

Denisse lo esperaba, y con Denisse, Camila.

Se fueron los tres a seguir la noche en otra parte, lejos de la Villa Romana y de estas páginas, que tienen el buen gusto de cerrar la puerta de ese cuarto y dejar correr el telón.

Baste decir que Alberto, esa noche, no contó manteles.

Y hubo, en medio de tanto desastre, una cosa que casi parecía decente.

Bruno, el de los vinos, había pasado por el restaurante a buscar a Valentina y la encontró ocupada, distante, con la cabeza en su novio asustado.

De modo que el hombre de la sonrisa que llegaba antes que él se quedó sin función.

A la salida, ya sin público a quien encantar, se cruzó con Marisela, que cerraba la caja con la cara cansada de la que carga las cuentas de todos.

—¿Un café? —le dijo Bruno, sin segunda intención por una vez en su vida—. Aquí enfrente. Me debes una conversación que no sea sobre precios.

Marisela lo miró, lista para decir que no.

Y dijo que sí. Y fue, contra todo pronóstico, una conversación buena: de esas en que dos personas que esperaban poco una de la otra descubren que se ríen de las mismas cosas.

Marisela volvió a su casa esa noche con una sensación rara en el pecho, tibia, casi olvidada, que tardó en reconocer porque hacía mucho que no la sentía sin que doliera.

* * *

Pero la corona de la noche se la llevó, sin saberlo, Daniel.

Yolanda andaba con ganas de Alberto. Con esas ganas testarudas de las mujeres que decidieron hacerse perdonar de un hombre ofendido.

Sabía que su marido se estaba quedando esos días en casa de Daniel —los dos cornudos del futuro compartiendo techo, aunque ninguno lo sabía todavía—, así que se arregló más de lo necesario para ir a "hablar las cosas" y se presentó en la puerta de Daniel con el corazón ensayado.

Abrió Daniel. El meme viviente. El hombre al que una ciudad entera había visto humillarse en quince segundos de video, y que desde entonces vivía con la dignidad puesta del revés, como una camisa que uno se abrocha mal en la mañana y no se da cuenta hasta la noche.

—Yolanda —dijo, y se le iluminó algo en la cara, porque hacía días que nadie tocaba su puerta sin segunda intención—. Alberto no está. Salió.

—Ah. —Yolanda se quedó en el umbral, desinflada—. ¿Sabes a qué hora vuelve?

—Ni idea. Ya sabes cómo es. —Daniel se hizo a un lado—. Pero pasa, mujer, no te vas a quedar parada ahí. Lo esperas adentro. Te ofrezco una copa.

—No, gracias, yo no…

—Una. Una copa. Por Dios, Yolanda, hazme el favor de acompañarme, que llevo tres días hablando solo con la tele.

Y había algo tan sin máscara en la manera en que lo dijo —tan poco galán, tan de hombre solo— que Yolanda, que había llegado blindada contra el encanto de un seductor, se desarmó ante la torpeza de un náufrago. Entró. Una copa. Bueno, una copita.

La copita tuvo una hermana. La hermana tuvo primas.

—Estás muy linda —dijo Daniel por la segunda copa, sin mirarla, mirando el vaso, como quien le confiesa algo al hielo—. Perdona que te lo diga así, pero es que uno ya no sabe ni cómo se dicen estas cosas. Te arreglaste para Alberto, ¿verdad?

—Me arreglé para hablar con él. Que es distinto.

—Pues qué desperdicio de conversación —dijo Daniel, y se sirvió otra—. Porque para hablar no hacía falta ese vestido.

Yolanda se rió por la nariz, una risa chiquita que quiso ser de reproche y le salió de gusto. Hacía cuánto que nadie le notaba un vestido. Alberto se lo habría quitado sin mirarlo, que era su manera de hacer cumplidos.

—Yo amo a Alberto —dijo ella, por si acaso, levantando la copa como quien levanta una bandera—. Que te quede claro. Yo a ese hombre lo amo desde hace años.

—Y yo amo a Paola —respondió Daniel, solemne—. Mira lo bien que nos ha ido a los dos.

Y por alguna razón eso les dio risa, una risa larga y sin remedio, de esas que solo entienden los que se ríen para no hacer otra cosa.

Daniel resultó ser, sobrio, un hombre aburrido, pero con dos copas encima se le soltaba una ironía triste, una manera de burlarse de su propia desgracia que a Yolanda —que cargaba las suyas— le resultó, de pronto, el sonido más simpático del mundo.

—¿Sabes qué es lo peor de ser un meme? —le dijo Daniel, ya por la cuarta copa, derramando media en el camino a la boca—.

Que la gente cree que te conoce. Tú vas por la calle y un señor que nunca viste en tu vida se ríe contigo como si fueran compadres.

Y tú piensas: yo a ti no te debo ni una carcajada, infeliz.

Yolanda se rió. Se rió de verdad, con ganas, echando la cabeza para atrás, y al volver del viaje de la risa quedó más cerca de él de lo que había salido, sin que mediara decisión alguna, por pura deriva de los continentes.

Y fue entonces, en esa cercanía nueva, cuando notó que Daniel olía bien.

No a colonia de conquista, como Alberto, que se perfumaba con premeditación y alevosía, sino a jabón y a casa, a hombre que no esperaba visitas.

Aquello, sabrá Dios por qué, le pareció un peligro mayor.

—Sírveme otra —dijo, para hacer algo con la boca.

—¿No que una copita?

—La copita era para la Yolanda de hace dos horas. Esta es otra señora.

Daniel sirvió, y al servir se le acercó un poco más, con esa estrategia de los hombres tímidos que avanzan por centímetros para poder negar el avance si los descubren.

Yolanda lo descubrió. Lo descubrió perfectamente, porque las mujeres descubren esas maniobras desde la fila del kínder, pero no dijo nada, que es la manera más antigua de decir que sí mientras todavía se practica el no.

—Tú eres un pillín —le dijo en cambio, apuntándolo con el dedo, y el dedo le temblaba un poco, de risa o de ron—.

¿Tú crees que yo no me doy cuenta? Te me estás acercando de a poquito, como los gatos.

Pues mira, te voy a decir una cosa, Daniel: no creas que porque me estás empezando a gustar vas a conseguir algo conmigo. Porque no. Para que lo sepas.

Hubo un silencio. Daniel parpadeó dos veces, despacio, como quien recibe una noticia en otro idioma y la va traduciendo por partes.

—Espérate —dijo—. Espérate, espérate. ¿De verdad te estoy empezando a gustar?

—Esa no es la parte importante de lo que dije.

—Para mí sí. —Y se acercó otro centímetro, ya sin disimulo de gato, con la cara entera puesta en la pregunta—. ¿Te estoy empezando a gustar, Yolanda?

Ella se tomó su tiempo. Miró la copa, miró la pared, miró el techo, donde no había nada que mirar, y al final se encogió de hombros con una dignidad de reina destronada.

—Sí —admitió—. Pero un poquito. Poquitico. Así. —Y mostró entre el pulgar y el índice una distancia que el ron le hacía cada vez más difícil de calcular.

—Oye. —Daniel sonreía ya sin poder evitarlo, con una sonrisa que llevaba meses guardada en un cajón—. ¿Y antes no te gustaba?

—Pues sí —se le escapó a Yolanda, y quiso morderse la lengua pero la lengua andaba lenta—.

Digo, no. Digo… —Suspiró, derrotada por su propia gramática—.

Pues sí, Daniel, sí. Siempre me pareciste un hombre buenmozo, ahí, calladito, decente.