Mundo de cuernos Capítulo 6 #2
55%

Capítulo 6 #2

Fue uno de esos bajones de luz que la instalación vieja de la Villa Romana daba cada vez que el verano cargaba los aires acondicionados de media colonia; Marisela llevaba un mes peleándose con los fusibles y diciéndole a Paola que había que llamar al electricista.

El restaurante se hundió en una oscuridad total, sin una rendija, de esas que solo existen en los cuartos sin ventana.

Paola se quedó quieta, con la frase a medio armar en la boca.

Y unas manos la tomaron de la cintura.

* * *

No vio nada. Esa fue la trampa, y fue también, durante unos minutos largos y tibios, el regalo: que no había nada que ver, que todo era tacto y olfato y oído, que el mundo se había reducido al tamaño de dos cuerpos en lo oscuro.

Las manos la encontraron con una seguridad que ella, en su cabeza nublada, leyó como respuesta.

Como si el hombre llevara tanto tiempo esperándola como ella fingía no haberlo esperado a él.

Una boca bajó sobre la suya antes de que pudiera decir palabra, y el olor —ese olor que conocía, la loción que Alberto se ponía, la que había olido en él cada vez que pasaba demasiado cerca— le confirmó lo que el alcohol y el deseo ya habían decidido por ella.

Es él. Claro que es él. El muy descarado me estaba esperando.

Y Paola, que llevaba meses cargando un matrimonio de cartón, que se acostaba sola en una cama de Las Lomas pensando en todo menos en Daniel, que había convertido el orgullo en una segunda piel para no sentir la primera, hizo lo último que ella misma habría predicho de sí misma: se dejó caer.

Le devolvió el beso con un hambre que la asustó. Le mordió el labio. Subió las manos a una nuca que no se molestó en reconocer.

—Dios —dijo contra esa boca, con la voz ronca y la rabia y el deseo confundidos en una sola cosa—. De verdad cómo te deseo. Lo tenía guardado desde hace tanto. Tómame. Aquí. No me hagas hablar.

Del otro lado de la oscuridad, Frank creyó morir de buena suerte.

Había estado esperando a Denisse, y en lo negro había llegado una mujer que lo besaba como si se le fuera la vida, y cuando esa mujer habló reconoció la voz —no era la de Denisse, era la de Paola, la patrona, la Totti— y por un segundo el cerebro le hizo cortocircuito.

Pero los hombres como Frank no desperdician los milagros en hacerse preguntas.

La jefa lo deseaba. La jefa, que ni lo volteaba a ver, lo había estado deseando todo este tiempo en silencio y ahora se lo pedía a oscuras para no tener que mirarlo a los ojos.

Frank no entendió que ella creía estar con otro.

Entendió solo que la mujer más inalcanzable del lugar acababa de caerle en los brazos pidiéndole que no la hiciera hablar.

Y no la hizo hablar.

La fue bajando despacio entre los anaqueles, sobre una pila de manteles planchados que cedió bajo los dos como una cama improvisada, almidón y lavanda contra la piel.

Le encontró los botones de la blusa en lo oscuro, los soltó con una paciencia que ella no le habría supuesto al hombre que creía Alberto, y esa lentitud inesperada fue lo que terminó de perderla,

porque el cuerpo nota cuando algo no es como lo recuerda y por un instante una alarma quiso encenderse en algún rincón de Paola —esto no se siente igual, esto es distinto— y el deseo y la grappa la apagaron antes de que prendiera del todo.

Sintió la boca de él bajarle por el cuello, por el esternón, detenerse en un pezón con una insistencia húmeda que la arqueó contra los manteles.

La lengua de Frank pensando que era Alberto rodeó la aureola con una lentitud deliberada, como si estuviera descorchando un vino que llevaba años esperando.

Paola apretó los dientes y hundió los dedos en el pelo de él, sin saber si quería apartarlo o acercarlo más.

No debería estar haciendo esto, pensó, pero el pensamiento llegó tarde, ahogado por el calor que le subía desde el vientre.

La boca de él succionó con fuerza, y ella sintió cómo el pezón se endurecía contra su paladar, cómo una corriente eléctrica le recorría la columna y se instalaba entre sus muslos, húmeda, insistente, indiscutible.

Sintió las manos abrirle los muslos. Sintió la humedad de su propio cuerpo respondiendo, traicionera, adelantada, decidida desde mucho antes de que la cabeza diera permiso.

Ella creía que estaba pensando que era una mala idea; su cuerpo ya había decidido que le daba igual.

Frank bajó más. La nariz recorrió su vientre, el borde de la ropa interior, y Paola supo lo que venía antes de que llegara, lo supo por la forma en que él le separó las piernas, por la manera en que sus pulgares recorrían la cara interna de los muslos con una paciencia de artesano.

La primera lengua llegó a sus labios vaginales y ella se mordió el antebrazo para no gemir.

La humedad ya era abundante, espesa, y la lengua de él se deslizó con una facilidad que la avergonzó y la excitó al mismo tiempo.

No era la lengua de Daniel, que cumplía expedientes.

Era la lengua de un hombre que sabía exactamente qué hacer, dónde presionar, dónde lamer, dónde detenerse.

Paola sintió cómo él le separaba los labios con los dedos, exponiendo el clítoris ya hinchado, palpitante.

La lengua de Frank lo encontró y lo rodeó en círculos lentos primero, después más rápidos, después aplanándose contra él con una presión que le hizo arquear la espalda.

Apretó las piernas alrededor de su cabeza, y él respondió introduciendo dos dedos en su vagina, empapados, entrando sin resistencia.

Paola gimió contra el antebrazo. Los dedos de Frank se movían adentro mientras su lengua seguía trabajando el clítoris, y ella sintió cómo el placer se acumulaba desde la base de la columna, cómo las paredes internas se contraían alrededor de los dedos de él.

Fue entonces cuando sintió la otra mano.

El dedo anular de Frank, lubricado con su propia humedad, descendió por la grieta de sus nalgas, encontró su ano, y presionó apenas.

Paola se tensó. Él no insistió. Esperó. La lengua no dejaba de lamer, los dedos no dejaban de moverse dentro de ella, y poco a poco, Paola sintió cómo el músculo se relajaba, cómo el miedo cedía ante el placer.

Asintió sin palabras. El dedo entró, despacio, un centímetro, dos, y ella sintió una plenitud nueva, extraña, que se sumaba al resto.

Así la tenía Frank: dos dedos en su vagina, uno en su ano, la lengua en su clítoris.

Paola sintió cómo el orgasmo se acercaba como un tren sin frenos, cómo los tres puntos de placer se sincronizaban en un ritmo que no coordinaba su cabeza sino su cuerpo.

Ahora, pensó. Ahora me voy a venir. Pero él se detuvo.

La soltó, la giró sobre los manteles, y ella quedó boca abajo, las nalgas al aire, la cara enterrada entre las telas que olían a plancha.

—Ponte en cuatro —ordenó él, en un susurro ronco.

Paola obedeció. Arqueó la espalda, ofreciéndose, y sintió la punta de su miembro presionando su entrada.

La cabeza del pene de Frank era ancha, caliente, y cuando empujó, ella sintió cómo la abría centímetro a centímetro.

Es más grueso que Daniel, alcanzó a pensar, y el pensamiento la excitó más de lo que debería.

Él esperó a que ella se acostumbrara, a que las paredes internas dejaran de resistirse, y después empezó a moverse.

Las embestidas eran largas, profundas, cada una empujándola contra los manteles, cada una haciéndola perder un poco más el control.

—Así —jadeó ella, contra la tela—. Así.

Frank aceleró. Una mano le agarraba la cadera, la otra bajó a su clítoris y empezó a frotarlo con movimientos circulares mientras él la penetraba desde atrás.

Paola gemía sin disimulo ahora, los dedos aferrados a los manteles, sintiendo cómo la cabeza de él le rozaba el fondo en cada embestida, cómo la fricción la volvía más húmeda, más suya.

—Me voy a correr —anunció él, con la voz rota.

—Adentro —dijo ella, sin pensar—. Quiero sentirlo.

Pero él la giró. La puso de lado, de espaldas a el con una pierna de ella levantada sobre su cadera, y desde esa posición volvió a penetrarla, más profundo aún, mientras una mano le masturbaba el clítoris y la otra le sostenía su mejilla para besarla.

Paola sintió la lengua de él entrar en su boca al mismo tiempo que su miembro entraba en su vagina, y el beso fue húmedo, desordenado, lleno de la saliva y la urgencia de los dos.

La besó mientras la penetraba. La besó mientras sus dedos no dejaban de frotarla. La besó mientras ella sentía cómo el orgasmo se acercaba otra vez, esta vez imparable.

—Ya voy —jadeó ella contra su boca—. Ya voy, papito.

—Ven —dijo él—. Vente conmigo.

El orgasmo la alcanzó como una ola. Las contracciones vaginales apretaron el pene de él con una fuerza que la sorprendió a ella misma, una, dos, tres veces, succionándolo hacia adentro.

Gemidos largos, rotos, se le escaparon entre los besos.

Y sintió cómo él se tensaba, cómo un gemido grave le vibraba en la boca, cómo el pene de Frank se hinchaba dentro de ella y empezaba a latir.

El primer chorro de semen caliente le llenó la vagina, espeso, abundante.

El segundo, el tercero, ella los sintió llegar, calientes, líquidos, llenándola por dentro mientras las contracciones de su propio orgasmo seguían exprimiendo cada gota.

Se quedaron así, enredados, respirando el mismo aire caliente. Paola sintió cómo el semen le escurría por el muslo, tibio, y no quiso limpiarlo. Quiso sentirlo un rato más.

Y se quedaron ahí, los dos, jadeando sobre la pila de manteles arruinados, en el silencio almidonado del cuartito, cada uno habitando una mentira distinta, calientes y satisfechos y completamente equivocados.

Un minuto, quizá dos. Y entonces volvió la luz.

Volvió de golpe, brutal, con esa crueldad de las cosas eléctricas que no saben de momentos.

El foco desnudo del techo se encendió sobre los dos cuerpos a medio vestir, y Paola abrió los ojos, todavía sonriendo a medias, lista para enfrentar la cara de Alberto con un comentario filoso que ya tenía preparado, algo como "esto no cambia lo que pienso de ti".

Y la cara que tenía encima no era la de Alberto.

Era Frank.