Capítulo 6
Don Giuseppe Totti llevaba cuarenta años perdiendo la misma discusión contra la historia: insistía en celebrar la Fiesta de la República Italiana cada 2 de junio, como si en la Colonia Roma de la Ciudad de México alguien además de él recordara que existía una república italiana,
o que esa república tuviera fiesta.
Nadie en la familia entendía del todo qué se celebraba.
Pero el viejo ponía esa cara —la cara calabresa del que fundó una trattoria de la nada, tenía a una esposa y todavía se levantaba a las cinco a oler si el pan iba bien— y entonces todos iban.
Por respeto. Que es la palabra con la que las familias italianas nombran el miedo cariñoso que les tienen a sus muertos antes de que se mueran.
Esa ala de la Villa Romana, la del fondo, con el techo de viga vista y la mesa larga que solo se armaba para los Totti, quedó cerrada al público desde el mediodía.
Erasmo mandaba la cocina como mandaba siempre, con esa autoridad de cocinero viejo a quien no hay que decirle nada porque ya lo pensó antes que uno.
En el resto del restaurante, Marisela vigilaba la caja y Alberto dirigía a los muchachos con esa soltura de mesonero que sabe exactamente cuánto puede coquetear con una clienta sin que el marido se levante.
Para la mesa de la familia, en cambio, Paola había contratado refuerzo: a Frank, que andaba corto de trabajo y aceptó encantado, y a Carlos, uno nuevo pero con oficio.
Faltaban los de siempre, que ese año eran demasiados.
Faltaba la familia Ricci en pleno: Daniel, la gran metida de pata de la familia, y Cesare tenía jurado que si lo veía lo mataba, y su madre, doña Carmela, que mandó decir con voz de mártir que su artritis no estaba para italianadas.
Y faltaba Annamaria, por supuesto, la espina que más le dolía a Cesare.
Pero por lo menos mandó a la pequeña Lucía, de la mano de Cesare, para que el abuelo no se quedara sin una niña a la que contarle la guerra.
Nadie en esa mesa hizo la cuenta de que las dos ausencias más sentidas —la de Daniel y la de Annamaria— faltaban exactamente el mismo día, exactamente con la misma voz de disculpa.
Nadie la hizo porque las cuentas que más duelen son las que uno tiene los números delante y se niegan a recordar la afrenta de ellos dos.
El Padre Anselmo llegó puntual, como llegan los curas a las casas donde saben que el vino es bueno. Bendijo la mesa con una rapidez profesional y se sirvió la primera copa con una lentitud devota.
—Está usted más flaco, padre —le dijo don Giuseppe.
—Es la cuaresma, que se me quedó pegada —contestó el cura, ya por la segunda copa—. Y el alma, Giuseppe. El alma adelgaza a los que la usamos mucho.
—Pues el cuerpo se le está reponiendo solo —dijo doña Elvira desde la puerta de la cocina, sin entrar del todo, con un trapo en la mano y esa puntería suya para soltar la verdad y desaparecer antes de que le contesten.
Paola se rió. Fue, de hecho, la primera vez en semanas que se reía con el cuerpo entero y no con la cara de gerente que tenía puesta desde lo del video de Daniel, desde que su marido se volvió el chiste de una ciudad de veintidós millones de personas.
La grappa ayudaba. Denisse y ella le habían entrado a la botella del abuelo con una alegría irresponsable de colegialas, y ninguna de las dos era de beber, lo cual es la condición exacta para terminar bebiendo de más.
—No me sirvas más —dijo Paola, alargando la copa para que se la sirvieran.
—No te estoy sirviendo —dijo Denisse, sirviéndole—. Te estoy acompañando, que es distinto. Una amiga no te deja emborracharte sola. Eso es de mala educación.
Denisse tenía esa manera romana de decir las cosas, como si las hubiera ensayado en otro idioma y las tradujera apenas.
Habían estudiado juntas hace una vida, en una ciudad donde las dos eran otras, y se conocían con esa intimidad de las mujeres que se vieron jóvenes y tontas y nunca se lo echaron en cara.
Por eso, y solo por eso, Paola le confesó lo que no le habría confesado a nadie con la cabeza fría.
—Está guapo el desgraciado —dijo, bajito, con los ojos puestos en Alberto, que cruzaba el salón con una bandeja en alto y el paso de quien sabe que lo miran.
Denisse siguió la mirada sin disimulo, porque ella no disimulaba nunca.
—Está guapo —concedió—. Y lo sabe, que es lo que lo arruina.
—No lo digo por nada si quieres no lo compartimos.
—Claro que no, no digas babosadas y lo digo como una observación. Estética.
—Estética —repitió Denisse, y bebió—. Cara, esa palabra la inventaron las mujeres para tocar con los ojos lo que no van a tocar con las manos. Tómate la grappa.
Paola se la tomó. Y cada vez que tenía una excusa —llevar un plato que no hacía falta llevar, revisar una mesa que ya estaba revisada— se levantaba y pasaba cerca de Alberto y le decía alguna cosa con media sonrisa, una de esas frases que dicen una cosa y significan otra,
y Alberto le seguía el juego a medias, porque Alberto andaba esa tarde con la cabeza en otro lado. La tenía puesta en Frank.
Lo vigilaba de reojo desde que empezó el almuerzo.
Buscaba en la cara de Frank alguna señal —una frialdad nueva, una mirada de más— que delatara que sabía.
Que se había enterado de lo de Sara. Porque si había una ley en el mundo de Alberto era que la mujer de un amigo se mira pero no se toca, y él la había roto con un entusiasmo que ahora, sobrio, le parecía suicida.
Pero Frank servía la mesa con una sonrisa de empleado contento, le rellenaba la copa al cura, le reía las gracias a don Giuseppe, y no había en él ni una arruga de rencor.
No sabe nada, pensó Alberto, y se relajó.
Y al relajarse, cometió el error de todos los que se creen a salvo: dejó de prestar atención.
Hubo, además, otra cosa esa tarde que después resultaría importante y que en el momento no fue nada. Carlos, el mesonero nuevo, le comentó a Frank, mientras cargaban juntos una charola en el pasillo:
—Oye, qué fina la loción. ¿Cuál es?
—La que usa Alberto —dijo Frank, encogiéndose de hombros—. Me la recomendó él. Dice que a las viejas les gusta. Compré el mismo frasco.
Carlos se rió. Nadie más oyó la frase. Quedó ahí, flotando en el pasillo entre el olor de los dos hombres, que esa tarde olían igual.
El otro que no la pasaba bien era Félix.
Había llegado a la comida con la cara de un hombre que firma su sentencia y se sentó lo más lejos que pudo de Alessandro, que sin embargo se las arreglaba para clavarle la mirada cada cierto tiempo, una mirada sin gritos, peor que un grito, la mirada del que sabe algo y se toma su tiempo.
Félix no fue ni una vez al baño solo. Le pidió a Valentina que lo acompañara hasta el pasillo con una excusa tan transparente —"ven, que quiero enseñarte una cosa"— que Valentina, que era la más perspicaz de esa familia de ciegos voluntarios,
empezó a mirar a su novio y a su hermano con la atención de quien ya huele que algo no cierra, aunque todavía no sepa qué.
Y entonces, como pasa siempre, la tarde terminó.
Don Giuseppe se durmió en el sillón con la copa todavía en la mano.
El cura se despidió bendiciendo a todos y a la botella.
Cesare se llevó a Lucía dormida sobre el hombro.
La familia se fue desgranando con la lentitud de las familias, y la fiesta dejó de ser fiesta y se volvió ese momento blando del final, cuando los manteles están manchados y la gente ya dijo todo lo que tenía que decir y se queda solo por inercia.
Fue en ese momento blando cuando empezó lo que no tenía remedio.
* * *
Frank, recogiendo las últimas copas, se le acercó a Denisse con la valentía que dan tres horas sirviendo vino ajeno.
—Denisse. ¿Tienes un minuto? Quería hablar contigo. A solas.
Denisse lo miró con esa paciencia de gata que tenía para los hombres que insistían.
—¿De qué?
—De nosotros. De que me dejes invitarte a cenar de una vez y dejamos de fingir.
Ella suspiró. Pero algo en la insistencia del hombre, o en la grappa, o en el aburrimiento, le aflojó la negativa.
—Espérame en el cuarto de la mantelería —dijo—. Ahí no hay nadie. Dame diez minutos y voy.
Frank se fue al cuarto de la mantelería con el corazón a mil, convencido de que por fin la romana cedía, de que esa noche cambiaba su suerte.
Se quedó ahí, en el cuartito del fondo donde se guardaban los manteles y las servilletas planchadas, en la penumbra cálida que olía a almidón y a lavanda, esperando a una mujer.
Esperando, sin saberlo, a la mujer equivocada.
Porque Denisse, ni bien él se dio la vuelta, sintió que la cabeza le daba más vueltas que la conversación, decidió que esa noche no era para Frank, y que un hombre que insiste tanto puede esperar un poco más.
Camila la había dicho hacía rato. Alberto andaba con ganas de fiesta.
Y el mundo de Denisse siempre había tenido más de una mesa puesta.
Salió junto con Camila por la puerta de servicio sin avisarle a nadie, con esa elegancia de las que se van antes de que la fiesta se ponga triste, y dejó a Frank plantado en lo oscuro como una vela en una iglesia vacía.
Mientras tanto, en el salón, Paola había llegado a ese punto del alcohol en que las malas ideas se visten de buenas intenciones.
Pensó en Yolanda. Pensó en que Alberto era un sinvergüenza que tenía a su amiga deshecha, y que ella, Paola, en su doble condición de patrona y de mujer decente, tenía la obligación moral de decírselo en la cara.
Sí. Eso. Iba a buscarlo y le iba a cantar sus verdades.
Iba a defender a Yolanda. La copa que tenía en la mano no tenía nada que ver con la urgencia repentina de aquella misión.
—Mari —le dijo a Marisela, que cuadraba la caja con cara de no querer saber nada de nadie—. ¿Dónde está Alberto?
Marisela no levantó la vista de los números.
—Creo que fue al cuarto de la mantelería a contar manteles para la lavandería —dijo, equivocándose con toda la inocencia del mundo, porque eso era lo que Alberto tenía que estar haciendo y no lo que estaba haciendo—. Por el pasillo del fondo.
Paola fue por el pasillo del fondo ensayando el discurso. "Mira, Alberto, lo que tú le haces a Yolanda no tiene nombre." Algo así. Firme pero digno. Empujó la puerta del cuartito.
Y entonces el barrio entero parpadeó.