Capítulo 5 #4
Se bajó de él con un movimiento brusco, cayó de rodillas entre sus piernas y abrió su cremallera con los dedos torpes de quien ya no puede esperar ni un segundo más.
Y ante ella apareció.
Grande. Venoso. Hasta olorosito. Potente e imponente a la vez. La piel delgada y caliente, la cabeza brillante, las venas marcadas como pequeños ríos bajo la superficie. Una de las vergas más bellas que había visto en su vida.
Sara pensó, en ese instante, lo que había perdido Yolanda. Y de paso, pidió perdón al cielo por lo que estaba a punto de hacer.
Perdón, prima. Pero esto… esto no se abandona así nomás.
Y ahí mismo se lo metió a la boca hasta el fondo.
No hubo ensayo. No hubo "así me gusta" ni "más despacio". Hubo la garganta de Sara abriéndose para recibirlo, la humedad caliente de su boca envolviéndolo por completo, la lengua recorriendo el tronco mientras él soltaba un gruñido grave, animal, que le vibró en los labios.
Lo mamó como si tuviera hambre de años. Chupó las bolas una por una, sintiendo la textura suave y el peso en su palma, y pasó la lengua por el perineo, cada vez más cerca del ano de Alberto, que al sentirla tan cerca apretó los músculos preventivamente, como diciendo cuidado ahí no, niña.
Sara se rió entre la piel de él. Un gemido ahogado, feliz, prohibido.
Se levantó, se terminó de desnudar de un solo movimiento, y fuera de sí —con el pelo pegado a la frente, los pechos rosados por los besos, la entrepierna ardiendo— lo miró directamente a los ojos.
—Vamos a ver, pendejo —le dijo, con la voz ronca y la moral hecha trizas—. ¿Qué es lo que según tú mi prima no va a disfrutar más?
Y se sentó en él.
La penetración fue una sola palabra: hogar. Como si ese cuerpo hubiera sido diseñado para recibir a ese hombre. Sara sintió cada centímetro abrirla por dentro, llenarla de una manera que Frank no la había llenado en años.
—Ay, Dios —susurró ella, con los ojos en blanco—. Ay, Dios, Alberto.
Él la sujetó por las caderas. Ella comenzó a cabalgar.
El ritmo lo puso su cuerpo, no su cabeza.
Arriba y abajo, adelante y atrás, sintiendo cómo la cabeza de él le rozaba el fondo en cada bajada, cómo la fricción la volvía más húmeda, más suya, más animal.
Entre beso y beso, él le chupaba los senos, mordía sus pezones, los lamía como si fueran la última comida de su vida.
—Así —jadeó Sara—. Así, así, no pares.
—No voy a parar —respondió él, con la voz rota—. No voy a parar aunque Frank entre por esa puerta.
El chiste era malo. A ella le dio más ganas todavía.
Alberto no aguantaba más. Se le notaba en los dedos clavados en sus nalgas, en la respiración corta, en el modo en que empezaba a empujar hacia arriba para encontrarse con ella.
—Sara —gruñó—. Ya voy a… voy a acabar.
Ella lo miró con rabia. Pero no una rabia fría. Una rabia caliente, húmeda, directa a los ojos.
— Acábame adentro, cabrón —le ordenó, sin soltar la mirada—. Anda, desgraciado. Lléname todita.
Esa fue la sentencia.
Alberto ya no aguantó más. Se corrió a chorros dentro de ella, empujando hasta el fondo, la boca abierta en un gemido ronco que parecía un rugido contenido.
Sara sintió cada latido de su pene, cada chorro caliente que le llenaba el vientre, y esa sensación —esa plenitud líquida, tibia, definitiva— la empujó al borde.
Y entonces se corrió.
No fue un orgasmo normal. Fue un terremoto.
Las contracciones le empezaron en el vientre, subieron por el abdomen, le apretaron la garganta y le soltaron un grito que no sabía que guardaba.
Después vinieron las estrellas: primero blancas, luego amarillas, luego un destello violeta que le borró el cuarto, el sofá, la vida entera.
Me voy a desmayar, alcanzó a pensar.
Y en ese vértigo, entre la muerte chiquita y la inconsciencia, vio a su abuelita muerta. La señora Emilia, con su delantal de flores, mirándola desde algún rincón del cielo con una sonrisa de "ay, nieta, en qué líos te metes".
Cayeron los dos en el sofá, ella encima de él, con la botella vacía en el piso y la respiración desordenada tratando de recuperarse.
Sara cerró los ojos mientras los labios de Alberto volvían a encontrar los suyos. En la penumbra del sillón, con la botella vacía en el piso y el eco de las copas todavía en la lengua, entendió algo que el vino no le había enseñado, sino apenas revelado.
Había citado a Alberto para interceder por Yolanda, y le había puesto a Yolanda el último cuerno que le faltaba.
Era la mujer de Frank —el que perseguía a Denisse sin saber que su propia esposa estaba en este sofá, recién cogida por su amigo del alma, su compadre—.
Era la prima que había cruzado media ciudad para abrazar a una mujer destrozada, y acababa de acostarse con el hombre que la destrozó.
En una sola noche, sin pegarle a nadie, sin gritarle a nadie, Sara había traicionado a más gente que Alberto en toda su carrera de mujeriego.
Alberto, a su lado, dormitaba, o se hacía el dormido, con esa paz idiota de los hombres después.
Sara pensó en el coro de vecinas de aquella tarde, las que se metieron a sus casas decepcionadas porque no hubo ni descuartizada ni viuda.
Si supieran, pensó. Si supieran que la sangre que tanto buscaban no estaba en la casa de la maestra.
Estaba aquí, sin una sola gota derramada, en esta cama prestada, donde acababa de morir, calladita, sin testigos, la única persona que le quedaba a Yolanda en el mundo.
Afuera la noche estaba en auge. Dentro de unas horas, Frank volvería a sentarse en la mesa de su hogar y ella escucharía un chiste nuevo. 'Creo que yo soy la más engañadora de todas', se dijo.