Capítulo 5 #3
Paola abrió la puerta de Las Lomas con una copa de vino ya servida en la mano, como si hubiera sabido que Yolanda iba a venir antes de que Yolanda lo supiera.
Sirvió una segunda. Se sentaron en el sofá grande de la sala, el de las visitas que ya no venían, con la botella en la mesa y las luces bajas.
Eran dos mujeres rotas por el mismo material.
A Paola la había hecho meme la ciudad entera; a Yolanda la había sacado de su casa el barrio entero a punta de rumor.
Una había perdido al marido en un video; la otra lo había perdido con un machete de por medio.
Y las dos, esa noche, habían descubierto que la traición duele igual desde los dos lados del cuchillo: el que la recibe se siente idiota, el que la hace se siente basura, y ninguno de los dos duerme.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Yolanda, con la copa a medio camino—. Que yo lo entendí a él. A Alberto. Después de hacerlo yo, lo entendí. Y no quería entenderlo. Era más fácil cuando él era el sinvergüenza y yo la santa.
—El santo se cansa —dijo Paola, y se rió sin ganas—. Eso me dijo el padre Anselmo una vez. No le entendí hasta hace poco.
Se rieron las dos, de esa risa que es media hermana del llanto.
En algún momento de la segunda copa, Yolanda apoyó la cabeza en el hombro de Paola, y Paola le pasó el brazo por encima, y se quedaron así, calladas, más cerca de lo que dos amigas se sientan normalmente, lo bastante cerca para sentir cada una el calor de la otra a través de la ropa.
Hubo un segundo —uno solo, suspendido sobre las copas y el silencio— en que Yolanda levantó la cara y Paola bajó la suya, y la distancia entre las dos bocas se volvió una cosa medible, una cosa que se podía cruzar con solo dejarse caer.
Ninguna de las dos respiró. El cuerpo de Yolanda, que esa tarde había decidido tantas cosas que la cabeza desaprobó después, estuvo a un milímetro de decidir una más.
Pero Paola, que llevaba toda la vida ganando discusiones sin levantar la voz, ganó también esa, la más callada de todas. Se apartó apenas. Le acomodó a Yolanda un mechón detrás de la oreja, con una ternura que servía para las dos cosas, para acercar y para poner distancia.
—Hoy no, mija —dijo, bajito—. Hoy estamos demasiado rotas. Y lo que se hace estando así de roto, después una no sabe si lo hizo porque quería o porque le dolía.
Yolanda asintió contra su hombro. Volvió a apoyar la cabeza. Y el milímetro quedó ahí, sin cruzar, latiendo entre las dos como una pregunta que las dos sabían que no se había cerrado, sino apenas aplazado para una noche en que ninguna estuviera buscando en la otra un parche para otra herida.
* * *
Sara no había podido dejar de pensar en el problemón de su prima. Ellas se habían criado juntas, siempre al cuidado de su tía Lucrecia. Recordaba de niña cómo Yolanda maldecía su cabello rojizo: «Es duro de peinar, Sara. Muy abundante. Parece que tienes una llama en la cabeza».
Decidió que tenía que hablar con él para tratar de suavizar el conflicto. Lo llamó y le pidió que fuera a su casa. Tenía algo importante que decirle.
A la hora Alberto llegó con su mejor sonrisa, de buen samaritano pero que en el fondo era de lobo que ya olfateaba la presa.
A él siempre le había atraído Sara, a pesar de que era mujer de Frank —a quien apreciaba muchísimo, eso se apresuraba a aclarar cualquiera que lo viera babear por ella—.
Pero no podía dejar de sentirse hipnotizado por esos ojos verdes y esa figura tan cuidada.
—Frank anda bien —dijo Sara antes de que él preguntara, como si le leyera la mente—. Salió a un evento en Cuernavaca. Llega hasta mañana en la mañana.
Alberto asintió, pero por dentro algo se le encendió. Solos. Toda la noche. Qué casualidad, pensó, mientras se sentía ligeramente culpable y completamente emocionado.
—¿Te ofrezco café? —dijo ella.
—Mejor un trago —respondió él, con una sonrisa que pretendía ser tímida y era todo lo contrario.
Sara sirvió dos copas de vino tinto. Grandes. Muy grandes para ser la primera ronda de una conversación incómoda.
Se sentó frente a él. El plan era hablar. Defender a su prima. Mantener las distancias.
—Te tengo que hablar de Yolanda —soltó, con tono de fiscal.
Alberto resopló como si le hubieran pedido que se comiera un zapato.
—De Yolanda no quiero saber nada —dijo, sirviéndose otro vino y, de paso, llenándole a ella sin preguntar—. Esa señora y yo ya no tenemos nada que hablar.
—Está mal, Alberto. Muy mal. Y todavía te quiere.
—¿Me quiere? —Soltó una risa amarga que sonó más teatral que genuina—. Me quería tanto que se metió a otro en mi cama. En la mía, Sara. Donde yo dormía. Mi lado. Mi almohada. Mi olor, carajo. Donde acostábamos a nuestro inocente hijo.
Sara quiso responder con fuerza, pero el vino le estaba aflojando los argumentos y endureciéndole otras cosas.
—Si la perdono —continuó Alberto, ya con la lengua más suelta—, ¿dónde quedo yo? ¿Como un consentidor? ¿Como el hombre de los cuernos? No, Sarita. Las cosas no son así. Ella mancilló mi honor. Mi honor, Sara. Que conste que uso esa palabra en serio, eh.
Sara se reía por dentro. Su honor. Por favor. Si a Yolanda le había contado que Alberto se pasaba los fines de semana viendo futbol con los vecinos y durmiendo borracho como un oso.
Pero ella era una mujer con una misión. Defensa cerrada. Tragó otro sorbo y se inclinó hacia él.
—Ay, Alberto, no seas ridículo —dijo, y el "ridículo" salió más cariñoso de lo que habría querido—.
Tú también la tenías descuidada a Yolanda.
¿O tú crees que ella no me contaba lo sola que se sentía?
Tú ni bolas le parabas. Pasabas más tiempo con tu cuadro de futbol y tus fiestas y tus y que amiguitas que con ella. Y no me vengas con que no.
Alberto puso cara de boxeador noqueado.
—Mira, Sara —respondió, midiendo las palabras entre copa y copa—.
Eso son puras mentiras. Lo que pasa es que la gente dice puras mentiras porque envidiaban nuestro amor.
Pero, ve, ella sucumbió a eso; yo no. Yo a ella la traté como una reina.
Su macho no le faltaba... bueno, el macho sí le faltaba un poco, pero por trabajo, no por gusto.
—No todas las mujeres son así —dijo Sara.
Y se oyó decirlo. Y supo en el acto que esa frase no la había dicho la prima de Yolanda. La había dicho la mujer de Frank, la que también tenía sus cuentas pendientes con la palabra fidelidad. La que llevaba meses sintiendo que su propia cama era un territorio en disputa.
Alberto la miró.
Por primera vez en toda la noche la miró de verdad: no como a la emisaria de su ex, sino como a una mujer sentada en su sillón, con la copa en la mano y los labios ligeramente brillosos, húmedos, retocados quizás en el último semáforo —o quizás no—.
El silencio se volvió otra cosa.
La distancia entre los dos cuerpos empezó a medirse en centímetros. Luego en dedos. Luego en nada.
—Sabes que no deberíamos seguir bebiendo —dijo ella, sin dejar de mirarle la boca.
—Lo sé —respondió él, sin apartar la mirada—. Tu prima me altera los nervios.
—Mi prima es una santa.
—Tu prima, lo que es, es una grandísima pu...
—No termines esa frase —cortó Sara, pero ya estaba sonriendo. Y ya estaba más cerca. Mucho más cerca.
El vino había hecho su trabajo callado, como esos fontaneros que arreglan la fuga y luego cobran caro. Los argumentos de Sara se habían quedado en la primera copa. La moral, en la segunda. La distancia, en la tercera.
Y entonces, sin que ninguno de los dos pudiera decir exactamente quién dio el primer paso, sus labios se encontraron.
No fue un beso de "perdóname, prima". No fue un beso de "se me fue la mano".
Fue un beso de los dos sabían lo que estaban haciendo desde que ella marcó su número.
La boca de Alberto sabía a vino tinto y a algo más oscuro, algo que Sara no había probado en años: la impaciencia de un hombre que sabe lo que quiere.
Él tomó su nuca con una mano firme, los dedos enterrándose en su cabello, y profundizó el beso con una seguridad que le hizo olvidar, por un instante, el nombre de su propio esposo.
Sara sintió la lengua de él pedir permiso. Y ella, sin pensarlo, abrió la boca.
Fue como soltar un cable que había estado a punto de reventar. El sabor de Alberto se volvió parte de ella: cálido, ácido, con ese rastro de uva fermentada que le mareó el juicio y le humedeció el sexo en el mismo segundo.
Terminó acariciando.
Su mano, que había dudado entre empujarlo o rendirse, terminó recorriendo su pecho. Sintió los músculos bajo la camisa, la respiración de él acelerándose contra sus labios, el roce de su barba incipiente marcándole la piel como una promesa.
Cuando se separaron, ella estaba sonrojada, despeinada y sin un solo argumento a favor de Yolanda en la cabeza.
—Mierda —dijo Sara, pasándose la mano por los labios, todavía temblando.
—Sarita… creo que esto está mal —dijo él, con un hilo de voz que desmentía sus propias palabras—. Frank es mi amigo y yo…
—Cállate por Dios —respondió ella.
Y lo besó otra vez.
Esta vez no hubo dudas. No hubo freno. Sara sintió cómo el cuerpo de Alberto se tensaba bajo el suyo, cómo sus manos subían por su espalda con una urgencia que ya no pedía permiso. Ella se montó en sus piernas, ajustándose a él como si hubiera estado esperando esa posición toda la vida.
Entre besos se quitaban la ropa. Sin delicadeza. Sin el ensayo previo de los amantes que se conocen. Fue torpe y perfecto: un botón que saltó, una cremallera que bajó sola, la camisa de él que terminó en el piso junto a la botella de vino.
Alberto bajó la boca a su cuello primero, después a sus clavículas. Cuando llegó a sus senos, Sara ya tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Él tomó un pezón con los labios y lo chupó con una lentitud deliberada, como si estuviera saboreando algo que llevaba años esperando.
Dios mío, pensó Sara. Esto no es defender a mi prima. Esto es otra cosa.
La lengua de Alberto rodeó la aureola, mojada, insistente. Su otra mano apretaba el seno libre con una firmeza que le arrancó un gemido —corto, apenas contenido— que ella no supo que podía hacer.
Sara enloqueció.