Mundo de cuernos Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

No sabía si Alessandro volvería. No sabía si debía contarle a Valentina. No sabía si lo que había hecho —dejarse llevar, ceder, penetrar a su cuñado en el sillón de su propia sala— era una infidelidad o era otra cosa, algo para lo que no tenía nombre.

Lo único que sabía era que, por primera vez en meses, no había pensado en Valentina mientras lo hacía.

Y eso era peor que cualquier golpe.

* * *

Mientras tanto, en la Villa Romana, la vida seguía teniendo la cara de la normalidad, que es la cara más engañosa de todas.

Frank no se rendía. Esa era su virtud y su condena, según se mirara, y dependía mucho del día y de quién lo mirara.

Denisse seguía siendo una presencia fija en el restaurante, sentada en la misma mesa de siempre, la del rincón con vista a la puerta, con su café por la tarde y su copa de tinto cuando caía el sol,

mirando el mundo pasar con esa elegancia desganada de las mujeres que ya no necesitan demostrarle nada a nadie.

Tenía una manera de pasar las páginas del libro sin mirarlas, con dos dedos, como si la lectura fuera lo de menos y lo importante fuera la espera de algo que no llegaba.

Frank se le acercaba cada vez que podía, con un chiste nuevo, con un comentario sobre el vino, con una invitación a cenar que ella rechazaba con la misma sonrisa cortés de siempre.

—No eres mi tipo, Frank —le dijo esa tarde, sin levantar la vista del libro.

—¿Y cuál es tu tipo?

—El que no insiste.

Frank se rió. Se sentó enfrente de ella sin pedir permiso.

—El que no insiste no consigue nada en esta vida, Denisse.

—El que insiste demasiado consigue un escándalo. Y yo ya tuve mi escándalo en Roma. No necesito otro en la Ciudad de México.

Frank levantó las manos en señal de rendición.

Pero no se fue. Se quedó en la mesa, en silencio, mirándola leer, y por primera vez en semanas no soltó una sola palabra de más.

Y por primera vez, Denisse no le pidió que se fuera.

Dejó que se quedara ahí, callado, como se deja una ventana abierta en una tarde fresca: sin pensarlo demasiado, porque entra un aire que gusta.

Eso, para Frank, fue una victoria. Para Denisse, fue un síntoma de algo que todavía no quería nombrar, y que tenía, además, el inconveniente de estar casado.

* * *

Esa misma noche, Camila la esperaba en el apartamento que había alquilado días atrás.

Otra vez. Las luces de las pistas entrando por la ventana, los aviones despegando en silencio detrás del vidrio doble, y Denisse llegando tarde, oliendo todavía al restaurante y a la tarde con Frank que no le iba a contar a nadie.

Camila le había dicho a su madre que se quedaba a dormir donde una amiga de la universidad.

Paola no preguntó. Paola ya no preguntaba nada.

Desde lo de Daniel, desde el video viral, desde que su marido se convirtió en meme de la ciudad entera, Paola había aprendido que las preguntas solo sirven para que te mientan a la cara, y que el silencio, al menos, tiene la dignidad de no obligar a nadie a inventar.

Al llegar se fundieron en besos y caricias, y fueron derechito al cuarto principal a hacer lo que ya tenían convertido en un vicio diario: lujuria y placer sin culpa.

Después, con la cabeza apoyada en el pecho de Camila y los aviones todavía cruzando el vidrio, Denisse dijo lo que llevaba media noche callándose.

—Tu mamá está rara.

—Mi mamá está rota —dijo Camila, mirando el techo—. Como todos.

Denisse la miró. Dieciocho años. La misma edad que tenía ella cuando se casó con Marco, en Roma, convencida de que el mundo se podía tener entero sin pagar el precio de nada. La misma piel sin estrenar, la misma certeza tranquila de que el dolor era una cosa que les pasaba a las otras.

—No te enamores de mí, niña —dijo, acariciándole el pelo.

—Ya sé —dijo Camila—. No me voy a enamorar.

Y las dos sabían que era mentira. Lo que ninguna dijo —porque Denisse no era de confesar y Camila no sabía todavía que había algo que confesar— es que esa misma tarde otra persona había mirado a Denisse del mismo modo en que Camila la miraba ahora, y que Denisse había dejado que la mirara.

El mundo de Denisse tenía siempre más de una mesa puesta.

Era su manera de no sentarse del todo en ninguna.

* * *

Valentina cumplió su palabra. Fue a la distribuidora de Bruno a elegir los vinos para la cata que estaban organizando en la Villa Romana.

Marisela la acompañó, porque Paola la había mandado a supervisar el presupuesto —o porque Paola olía algo y mandaba a Marisela a oler en su nombre, o porque Marisela misma había pedido ir, que de las tres razones era la verdadera y la que nadie dijo en voz alta.

Bruno los recibió con una sonrisa que llegaba antes que él, esa facilidad suya para caer bien que era justamente lo único inquietante del hombre.

—Pasen, pasen. Les tengo unas cosas que les van a volar la cabeza.

Valentina se movía por la bodega con una naturalidad que a Marisela le resultó nueva, y por eso mismo le dolió.

No era la Valentina que ella conocía, la de los silencios y las miradas furtivas, la que se mordía el labio antes de decir lo que pensaba.

Era una Valentina que se reía de los chistes de Bruno antes del remate, que le seguía el juego, que se dejaba guiar por los pasillos con la mano de él apoyada en la espalda baja, ni un centímetro más arriba ni más abajo de donde la cortesía termina y empieza otra cosa.

Marisela los seguía con el cuaderno en la mano, anotando precios que no iba a recordar. Sus ojos no estaban en los números.

—Este es mi favorito —dijo Bruno, deteniéndose frente a una barrica—. Un tinto de Baja California. Cuerpo medio, notas de frutos rojos, un final largo. Como una buena noche.

—¿Y tú sabes de buenas noches? —preguntó Valentina, con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

—Pregúntaselo a Marisela —dijo Bruno, mirándola por encima del hombro, con la copa en alto—. Ella conoce el final largo.

Marisela sintió que se le subía la sangre a la cara, hasta la raíz del pelo. No dijo nada. Anotó un precio cualquiera. Siguió caminando, con el cuaderno apretado contra el pecho como quien se cubre de algo.

A la salida, Bruno le dio a Valentina una botella de cortesía para que se la llevara a Paola. Valentina la recibió con las dos manos, y sus dedos se rozaron con los de él. Un roce breve, accidental, que ninguno de los dos apresuró y que, por eso mismo, no fue accidental en absoluto.

—Nos vemos pronto —dijo Bruno.

—Nos vemos —dijo Valentina.

En el carro, de regreso, Marisela no habló durante seis cuadras. Valentina manejaba con una mano en el volante y la otra en la ventanilla, mirando la ciudad pasar, demasiado tranquila.

—¿Te gusta? —preguntó Marisela, al fin.

—¿Qué cosa?

—Bruno.

Valentina tardó en responder, y la tardanza ya era una respuesta.

—Es simpático.

—No te pregunté si era simpático.

—Es atractivo —dijo Valentina, y esta vez la sinceridad le salió sin filtro, casi con alivio—. ¿Y qué? Eso no significa nada.

—Significa todo —dijo Marisela—. Significa que lo estás considerando. Una no dice en voz alta que un hombre es atractivo cuando de verdad no le importa. Lo dice cuando ya empezó a importarle y necesita oírse decirlo.

Valentina frenó en un semáforo. Se giró. Marisela la miraba fijo, con los ojos brillantes, con esa mezcla de celos y miedo que las mujeres se reconocen entre sí a un metro de distancia.

—Mari —dijo Valentina, más suave—. Yo estoy contigo. ¿O no?

—Estás conmigo pero sigues con Félix.

— Félix está ahí, y tenemos tiempo sin tener nada. De momento, solo tengo sexo contigo.

El semáforo cambió. Valentina arrancó. Y Marisela, mirando la calle, entendió dos cosas a la vez, las dos malas: que Valentina le había dicho solo tengo sexo contigo pero no le había dicho nada de sentimientos, ¿la amaba o no?

, con el signo de pregunta puesto del lado equivocado; y que la respuesta a esa pregunta la tenía un hombre con una sonrisa que llegaba antes que él y una botella de cortesía en el asiento de atrás.

No dijo nada más en todo el camino. Había aprendido, de joven, que las cosas que una nombra en voz alta tienen la fea costumbre de cumplirse.

* * *

Yolanda se enteró de lo de Hermes por el propio Hermes.

La llamó un martes por la tarde, con esa voz que la gente usa para dar las malas noticias: neutra, plana, profesional, como si leyera un balance ajeno.

—Estuve en el hospital. Tengo dos costillas fracturadas y un brazo roto. Me dejan una semana en observación. Qué bárbaro, tu marido casi me mata.

Yolanda sintió que el piso de la cocina se le movía bajo los pies.

—Pero no voy a denunciar —siguió él, antes de que ella preguntara—. Me preguntaron en el hospital y dije que me caí de unas escaleras.

—¿Por qué no denuncias?

—Porque si denuncio, se entera mi esposa.

Yolanda cerró los ojos. Elena. La esposa de Hermes.

Había hablado con ella un par de veces en la puerta de la escuela, mujer dulce, de risa fácil, de las que le ponen la mano en el brazo a una cuando hablan.

Una mujer que no sabía que su marido tenía las costillas rotas por culpa de Yolanda, ni que llevaba días sin acostarse con él porque se las pasaba acostándose con ella.

Pasó el resto de la semana en un estado raro, a medio camino entre la culpa y un alivio que la avergonzaba más que la culpa.

Hermes no la había delatado. Hermes la estaba protegiendo, justo a ella, que no merecía que nadie la protegiera de nada.

Y eso era peor que si la hubiera odiado.

El odio se carga mejor: el odio es una cuenta que uno paga y queda en paz.

La protección del que uno traicionó no se termina de pagar nunca.

El jueves, en el recreo, se encontró con Elena en el pasillo del segundo piso.

Elena le sonrió. Le preguntó por Mateo. Le preguntó si podían quedar una tarde de estas a tomar un café.

Yolanda dijo que sí. Dijo que sí con la cara más normal que pudo ponerse, mientras por dentro se le caía el edificio entero, piso por piso.

No sabe nada, pensó. No sabe que me acosté con su marido. No sabe que él está herido por mi culpa.

Esa noche, en la casa vacía —Alberto ya no estaba, el niño dormía donde su madre—, Yolanda no quiso quedarse sola con todo eso encima. Llamó a Paola.

* * *