Capítulo 5
Alessandro ya no le importaba nada.
Llevaba días dándole vueltas. A la imagen de Félix en el asiento trasero del carro, a la mano de Félix girando la palma hacia arriba, a la forma en que Félix había cerrado los ojos cuando él se llevó los dedos a la boca.
Saboreándolo. Y después, el portazo: el usted en el pasillo del restaurante, la distancia de cemento, la negativa a mirarlo a los ojos.
Ya no le importaba su hermana. La había visto besándose con Marisela en la disco.
La había visto enredada con esa mujer en la penumbra, las manos de Marisela en su cintura, la boca de Valentina buscando la suya.
Ella juega en otro equipo, pensó Alessandro.
O en los dos. Pero no voy a ser yo el que espere sentado a que decida.
Así que tramó un plan.
Llegó al apartamento de Valentina y Félix un jueves a las siete de la tarde. Sabía que Valentina estaba en el restaurante —se lo había dicho Paola esa mañana, "tu hermana se queda hasta el cierre, hay una cena de proveedores"— y que Félix estaba solo. O debería estarlo. Tocó el timbre.
Félix abrió. Lo miró con desconfianza desde el umbral, sin hacerlo pasar.
—¿Qué haces acá?
—Vine a buscar a Valentina —dijo Alessandro, con la cara más inocente que pudo—. Necesito hablar con ella.
—No, cuñado. Tu hermana no está. Debe de estar en el restaurante. ¿Por qué no la llamaste y te ahorrabas el viaje?
Alessandro se llevó la mano al bolsillo del pantalón. Lo palmeó. Hizo una mueca de fastidio.
—Dejé el teléfono en casa. Se me olvidó.
—Qué casualidad —dijo Félix, sin moverse.
—¿Me vas a dejar pasar o voy a tener que esperar en el pasillo?
Félix lo miró un momento largo. Calculó. Después se hizo a un lado, solo lo suficiente para que Alessandro entrara.
—Pasa. Pero no hay nada de tomar. Valentina no ha comprado nada.
—No vine a tomar cerveza.
Cerró la puerta detrás de él.
La sala estaba en penumbra. Solo la lámpara del rincón encendida, la que Valentina usaba para leer. Félix se sentó en el sillón, el de siempre, el de ver televisión, con los brazos cruzados sobre el pecho. Alessandro no se sentó. Se quedó de pie, mirándolo desde arriba.
—Siéntate, carajo —dijo Félix—. Me pones nervioso con esa parada de militar.
—No quiero sentarme. Quiero hablar contigo.
—Pues habla.
Alessandro caminó hacia él. No se sentó a su lado. Se paró frente a él, entre sus piernas, y se arrodilló despacio en el suelo, quedando a la altura de su cintura.
—¿Qué haces? —preguntó Félix, con la voz cambiada.
—Lo que llevo semanas queriendo hacer.
—Estás loco. Soy la pareja de tu hermana.
—Mi hermana se besa con Marisela. No creo que le importe lo que hagas conmigo.
—Eso es distinto —dijo Félix, pero ya no sonaba convencido.
—¿Distinto por qué? ¿Porque ella es mujer y tú eres hombre? —Alessandro le puso una mano en la rodilla—. No seas hipócrita, Félix. Esa noche en el carro no fue un accidente. Tú quisiste. Tú giraste la palma hacia arriba. Tú apretaste mi mano. Y yo no te he olvidado.
Félix quitó la mano de un manotazo.
—Estás equivocado. Yo no juego en ese equipo.
—Los equipos son para los deportes, cuñado. Esto es otra cosa.
Alessandro se incorporó. Lo besó.
Félix intentó apartarlo. Le puso las dos manos en el pecho y empujó, pero Alessandro era más fuerte de lo que parecía, o él estaba más débil de lo que quería admitir.
La boca de Alessandro encontró la suya con una seguridad que lo desarmó.
La lengua. Los dientes mordiendo su labio inferior.
La mano subiéndole por la nuca, enredándose en su pelo.
—Para —dijo Félix, separándose apenas—. Te digo que pares hijo de tu puta madre.
—No voy a parar.
—Alessandro...
—Cállame tú.
Y volvió a besarlo. Esta vez Félix no opuso resistencia.
O sí, pero era una resistencia de mentira, de esas que se ponen para no sentirse culpable después.
Alessandro lo sintió en el cuerpo, en la forma en que Félix dejó de tensar los hombros, en cómo sus manos pasaron de empujarlo a agarrarle la camisa.
Le bajó el cierre del pantalón. Félix no lo detuvo. Le bajó la ropa interior. El miembro ya estaba duro, traicionando cualquier discurso sobre equipos. Alessandro lo miró un segundo y sonrió.
—Mientes muy mal, cuñado.
Bajó la cabeza.
La boca caliente de Alessandro lo envolvió y Félix soltó un gemido que intentó tragarse y no pudo.
Le agarró el pelo con las dos manos, no para empujarlo, solo para sostenerse.
Alessandro chupaba con un ritmo que alternaba la presión y la suavidad, la profundidad y el roce.
Lo llevó al borde dos veces y lo detuvo las dos, hasta que Félix, deshecho, con la voz rota, le pidió:
—Ya. Cógeme. Por favor.
Alessandro se incorporó. Se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Así me gusta, cuñado. Cuando pides.
Félix se puso de pie. Alessandro también. Félix lo giró, lo empujó contra el respaldo del sillón, y le bajó el pantalón de un tirón. Alessandro quedó inclinado, las manos apoyadas en el respaldo, el culo al aire.
—¿Así? —preguntó Alessandro, con la voz ronca.
—Así —dijo Félix.
No había lubricante. Usaron crema de manos, la de Valentina, la que olía a lavanda. Félix sintió el olor de ella mezclándose con el sudor y la saliva mientras Alessandro se abría para él, primero un dedo, después dos, después él mismo, entero.
Alessandro gimió. No un gemido contenido. Un sonido abierto, crudo, que llenó la sala.
—Así, así —jadeó—. Más duro, Félix.
Félix obedeció. Agarró sus caderas y lo penetró con una furia que no sabía que le quedaba.
El sillón crujía. La lámpara del rincón temblaba.
Alessandro empujaba hacia atrás para recibirlo, y entre los dos crearon un ritmo que parecía ensayado, como si hubieran estado practicando esta escena en sueños durante meses.
—Me voy a correr —dijo Alessandro.
—Córrete —respondió Félix.
Alessandro se vino con un gemido largo, su semen chorreando sobre el respaldo del sillón, sobre la tela donde Valentina apoyaba la cabeza. Félix se vino después, adentro, con un quejido ronco que se ahogó en la nuca del otro.
Se quedaron quietos un momento. La respiración de los dos llenaba la sala vacía.
Alessandro se incorporó. Se giró. Lo miró con los ojos brillantes, con la sonrisa del que ha recibido exactamente lo que quería.
—Estuviste sensacional, papi —dijo, con la voz ronca—. Me hiciste ver estrellas de gusto.
Lo besó. Félix se dejó besar.
—Ahora —continuó Alessandro, separándose apenas—, ahora te toca a ti, papito. Anda, ponte en cuatro.
Félix abrió los ojos muy grandes. Parpadeó. Miró a Alessandro. Alessandro lo miraba con una sonrisa tranquila, la sonrisa de quien ha esperado este momento y no tiene ninguna prisa.
—¿Cómo que en cuatro? —preguntó Félix, dando un paso atrás—. Tú estás loco. Yo no me dejo meter nada por mi culo. Eso es sagrado.
La sonrisa de Alessandro se borró. Su cara cambió. Se puso seria, oscura, la cara de un hombre que no está dispuesto a negociar.
—Mira, Félix —dijo, con una voz que no admitía réplica—. Tú me cogiste a mí. Y disfrutaste, no te hagas. Ahora es mi turno. Más bien agradece que no te hice que me la chuparas.
—No, cuñado. Usted está loco. Usted a mí no me va a meter nada.
—Mira —Alessandro dio un paso hacia él—. O te pones en cuatro o te muelo a golpes aquí mismo. Tú decides.
Félix sintió el miedo subirle por la espalda. Alessandro no era un matón, pero tenía esa cosa fea en los ojos, esa cosa de los que han decidido algo y ya no van a dar marcha atrás. Félix tragó saliva. Miró la puerta del pasillo. Midió la distancia.
—Bueno, bueno —dijo, levantando las manos—. No te pongas así. Vamos a calmarnos.
—Ponte en cuatro —repitió Alessandro, sin moverse.
Félix suspiró. Se arrodilló en el suelo, apoyó las manos en el piso, y empezó a acomodarse en la posición que le pedían. Alessandro se acercó. Félix sintió su mano en la cadera.
—Así me gustas —dijo Alessandro—. Cuando obedeces.
—No me hagas hacer esto —murmuró Félix, con la cabeza gacha.
—No te estoy haciendo hacer nada. Tú puedes decir que no.
—Me diste a elegir entre esto o los golpes.
—Eso es elegir.
Félix cerró los ojos. Respiró hondo. Alessandro le acariciaba la cadera con el pulgar, esperando.
Y entonces Félix se incorporó de un salto.
Alessandro no lo vio venir. Félix salió corriendo hacia el pasillo, desnudo de cintura para abajo, los pantalones enredados en los tobillos, y alcanzó la puerta de su cuarto —el cuarto que compartía con Valentina, el cuarto de la cama matrimonial— la abrió, entró y cerró con llave por dentro.
Se quedó apoyado en la madera, jadeando, con el corazón en la boca.
Alessandro llegó un segundo después. Golpeó la puerta con el puño.
—¡Félix! ¡Abre!
—¡Vete!
—¡Abre, carajo!
Golpeó otra vez. Más fuerte. Después una patada, cerca de la manija. La madera crujió pero no cedió.
—¡No voy a abrir!
—¡Eres un cobarde, Félix! —Alessandro seguía golpeando, ahora con las dos manos—. ¡Me cogiste y ahora te escondes como una niña!
—¡Yo no me cogí a nadie! ¡Tú me provocaste!
—¡Y tú caíste! ¡Como un pendejo! ¡Y ahora vas a pagar!
Otra patada. La madera se astilló en el marco. Félix se pegó más a la puerta, empujando con todo el peso de su cuerpo.
—¡Espérate que te agarre, pendejo! —gritó Alessandro del otro lado—. ¡Esto no se va a quedar así! ¡De que me lo das, me lo das!
—¡Vete a la mierda!
Silencio.
Félix escuchó la respiración de Alessandro, rápida, furiosa. Después los pasos alejándose. La puerta de la calle cerrándose con un portazo que hizo vibrar las paredes.
Se quedó un rato más, con la espalda contra la puerta, las manos vacías. El corazón todavía le golpeaba en el pecho. Los pantalones seguían enredados en los tobillos. El semen de Alessandro todavía le chorreaba por los dedos.
Se sentó en el suelo. Se apoyó en la madera astillada. Y se quedó allí, en la oscuridad del cuarto que compartía con Valentina, con el olor a lavanda de la crema de manos todavía en el aire, pensando en el lío en el que se había metido.