Mundo de cuernos Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

— Se le ensombreció la cara un segundo, el recuerdo del video, y la espantó con otro trago —.

Bueno. Quédate. Ahí está la otra habitación, ponte cómodo.

Pero óyeme bien una cosa. — Bajó la voz, de pronto serio —.

Nadie puede saber que te recibí. Nadie. Tú sabes que Paola es íntima de tu mujer, son uña y mugre, y si Paola se entera de que yo te di posada justo a ti, el día que dejaste a su mejor amiga, me agarra una bronca peor de la que ya me tiene, y bastante mal estoy con ella.

Así que tú aquí no vives. Tú aquí no estás. ¿Entendido?

— Entendido, jefe.

— Bueno. — Daniel se levantó, recompuso la bata, y de golpe le cambió la cara a una de apuro mundano —. Ahora acomódate solito, porque yo tengo... — carraspeó — ...tengo visita en el cuarto y tengo que atenderla. Hazme el favor de no hacer ruido.

Alberto, que estaba sacando una camisa del bolso, se detuvo. Levantó la vista. Abrió mucho los ojos y, sin palabras, solo con las manos, hizo el gesto universal de ¿quién? — las dos palmas hacia arriba, las cejas en el techo.

Daniel se acercó, miró hacia el pasillo por reflejo aunque no hubiera nadie, y susurró, con una mezcla de vergüenza y de orgullo que no lograba decidirse:

— Annamaria.

Alberto se quedó un segundo en blanco. Después soltó el bolso, juntó las dos manos como en una plegaria, y las levantó hacia el cielo del techo del departamento.

— Qué bravo eres de verdad— dijo, con genuina admiración teológica —. Te pasaste de verga.

Y mientras Daniel se metía a su cuarto a "atender la visita" de la misma mujer que le había costado un video viral, dos tiros y la expulsión de su casa, Alberto se sentó en la cama de la habitación de huéspedes, en el departamento de su jefe, recién separado, con la camisa todavía en la mano,

y pensó que la vida tenía un sentido del humor que él, hasta ese día, había creído tener bajo control.

* * *

Yolanda se quedó sola en la casa.

No supo cuánto tiempo estuvo sentada en el piso del cuarto con la sábana enredada, después de oír el carro de Alberto arrancar y alejarse. El silencio que dejó la casa no era el silencio de pausa de la escuela vacía: era un silencio terminado, de algo que ya no iba a sonar más.

Se levantó porque el cuerpo, que tantas decisiones había tomado por ella últimamente, tomó también esa: la puso de pie. Y de pie, en medio del cuarto, vio lo que la rabia y el miedo no la habían dejado ver hasta entonces.

Vio la sangre de Hermes en el piso. No mucha — unas gotas oscuras desde el ropero hasta la puerta, el mapa de la huida —, pero suficiente para que fuera real, para que no fuera un mal sueño del que se pudiera despertar.

Se agachó y tocó una con el dedo y estaba todavía fresca, y se quedó mirándose el dedo manchado sin saber qué hacer con él.

Vio las sábanas. La cama deshecha donde una hora antes había sido, otra vez, una mujer deseada, y donde ahora no quedaba nada de eso, solo el desorden de una catástrofe, las almohadas en el piso, la cobija que la mamá de Alberto le había regalado a medio caer.

Las sábanas que Alberto le había gritado.

En las sábanas donde yo duermo. Las jaló de un tirón, las hizo bola, las metió al cesto, y supo mientras lo hacía que no era la mancha lo que estaba tratando de quitar, que eso no se lavaba en ninguna lavadora del mundo.

Y oyó, a través de la ventana, a las vecinas.

Todavía estaban afuera, ahora ya en franca tertulia, reconstruyendo los hechos en voz alta para que no se perdiera ningún detalle, repartiéndose las versiones.

Le llegaban pedazos: el flaco ese... en calzoncillos...

el marido con un machete... y eso que parecía tan decente, la maestra...

Yolanda se quedó parada junto a la cortina, sin asomarse, oyéndose narrar desde afuera, convertida en cuento de banqueta, en la maestra que parecía decente, y entendió que para esa cuadra, para ese pedazo de ciudad que era el suyo, ella ya era otra cosa, una etiqueta, un episodio.

Y entonces, de pie junto a esa ventana, con el dedo todavía manchado de la sangre del hombre por el que lo había perdido todo, Yolanda entendió la cosa entera, completa, sin anestesia: que su matrimonio se había terminado.

No que estaba en crisis. No que había que arreglarlo.

Que se había terminado, esa misma tarde, en ese mismo cuarto, y que lo había terminado ella — no Alberto con sus mentiras de años, sino ella, esa mañana, moviendo la cara un centímetro en un beso de despedida.

Que había cambiado nueve años, un hijo, una casa y un apellido por unos encuentros que ni siquiera le hacían ver las estrellas.

Que el hombre por el que había roto todo iba camino del hospital con un brazo roto, y el hombre al que amaba — porque seguía amándolo, esa era la burla final — iba camino de cualquier parte menos de vuelta.

Se sentó en el borde del colchón desnudo y lloró por fin, pero no como había llorado en la escuela, con hipo y aspaviento. Lloró callada, hacia adentro, con la cara entre las manos, el llanto seco y hondo de quien ya no le está pidiendo nada a nadie.

Estaba en eso cuando tocaron la puerta.

Pensó que sería Alberto, vuelto a buscar algo, y se le saltó el corazón con una mezcla horrible de miedo y de esperanza. Pero al abrir no era Alberto.

Era Sara. La mujer de Frank, que la conocía del mundo de las parejas que se cruzan, que le había desmentido sin querer la coartada de Alberto hacía meses, y que se había enterado del escándalo por el teléfono descompuesto del barrio —una prima, una vecina, el video que ya volaba—.

Pero a Sara no le había llegado un divorcio: le había llegado una masacre.

Que Alberto había agarrado a Yolanda y al amante en la cama, que había sacado el machete y los había descuartizado a los dos, que había salido a la calle bañado en sangre.

Así, con esos adornos, viaja el horror de banqueta en banqueta.

Y Sara, que no se quedó a confirmar nada porque hay versiones que una no aguanta sin manejar, se subió al carro y cruzó media ciudad con el corazón en la boca.

Cuando Yolanda abrió la puerta —entera, viva, sin una gota de sangre que no fuera la de las gotas en el piso—, a Sara se le aflojaron las piernas del puro alivio.

—Ay, primita —dijo, con la mano en el pecho, todavía agitada—. Me asusté toda. Por allá andan diciendo que Alberto los había hecho pedazos a los dos, que había salido todo ensangrentado… Yo no me quedé a oír más, me vine derecho. Pero ¿qué pasó? Cuéntame, por Dios.

Y Yolanda, que llevaba meses sin poder mostrarle la cara verdadera a nadie —ni a su madre, ni a Paola, ni a su marido dormido—, se desmoronó.

No fue un llanto bonito ni un llanto de hipo: fue uno que le tomó el cuerpo entero y casi no la dejaba hablar, las palabras saliéndole a pedazos entre temblores.

Sara la metió para adentro, la sentó, y antes de preguntar nada más hizo lo único que sabía que servía en estos casos: le puso a calentar agua y le preparó un té, porque a las mujeres deshechas hay que darles primero algo caliente entre las manos y después se ve.

Con la taza temblándole entre los dedos, Yolanda fue echando el cuento a su manera, desordenado, volviendo atrás, saltándose pedazos.

Que Alberto los había encontrado. Que pensó que los iba a matar a los dos —de verdad, Sara, lo vi en la cara, nos iba a matar—.

Que le había metido a Hermes una paliza impresionante, una golpiza sin piedad, y que si Hermes no corre como corrió, en calzoncillos y todo, ahí lo dejaba.

Que había ido por el machete a la cocina.

Que ella, desde el piso, lo único que atinó a hacer fue gritarle a Hermes que corriera.

Y entonces, cuando Sara creía que el llanto ya empezaba a calmarse, Yolanda dijo lo que de verdad la tenía rota, y no era el susto.

—Lo peor no es eso, Sara —dijo, con la voz hecha hilachas—.

Lo peor es que yo no tengo cara para quejarme.

Yo me la pasé llorándote a ti, llorándole a Paola, diciendo qué sinvergüenza Alberto, cómo me hace esto, cómo me miente…

—Se le quebró—. Y mírame. Yo le hice algo peor.

Lo mío fue en su cama, Sara. En la cama de los dos.

Yo me convertí en lo que tanto le reclamé a él, y todavía peor, porque a él por lo menos nunca le rompí el corazón.

Y lo perdí. Lo perdí esta tarde, y yo solita me lo busqué.

—Apretó la taza, ya fría—. Y lo peor de todo, lo que no le puedo decir a nadie más que a ti ahorita: que lo amo.

Que después de todo, de todas sus mentiras, todavía lo amo.

Y lo dejé ir por unos encuentros que ni siquiera valían lo que me costaron.

Sara no le dijo que se merecía algo mejor, ni que el tiempo cura, ni ninguna de las frases que se le dicen a las mujeres para no tener que hacer nada por ellas.

La abrazó. La dejó llorar contra su hombro todo lo que le faltaba, que era mucho, mientras del otro lado de la calle el coro de vecinas, al ver llegar refuerzos y ninguna ambulancia, se desinflaba de a poco y se metía a sus casas, decepcionadas por segunda vez en una tarde: ni descuartizada,

ni sola.

La maestra, después de todo, tenía quien la abrazara..

Aunque esa misma tarde, en el barrio, ya corría otra versión: que la que había llegado a consolarla no era una amiga, sino otra amante.