Mundo de cuernos Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Alberto lo vio doblar la esquina a pie, con un fólder bajo el brazo y los lentes puestos, con el paso de quien conoce el camino.

Lo vio acercarse a la puerta de su casa.

Y vio — esto fue lo que le reventó algo por dentro, más que cualquier otra cosa — que el hombre no tocó.

No tocó la puerta. La puerta se abrió antes de que él levantara la mano, porque del otro lado lo estaban esperando, y eso le dijo a Alberto todo lo que necesitaba saber sin necesidad de ver nada más: la puerta de su casa abriéndose sola para otro hombre era una frase completa.

Se quedó en el coche con las dos manos en el volante, apretando, viendo la puerta cerrada.

La rabia ya no era caliente: se le había puesto fría, metódica, peor.

Miró el reloj. Se obligó a esperar. Quince minutos, contados en el tablero, que fueron los quince minutos más largos de su vida y que usó para que no le quedara duda de que lo que iba a encontrar era lo que iba a encontrar.

Después salió del coche, cruzó la calle, abrió la puerta con su llave en el silencio más absoluto que pudo, y entró a su propia casa como un ladrón en casa ajena.

Desde la sala los oyó. Oyó a Yolanda — su voz, inconfundible, la voz que llevaba seis años oyendo en la oscuridad — haciendo el sonido que él creía que solo le hacía a él.

Y ese sonido, más que la puerta, más que el fólder, más que la clave del teléfono, fue lo que terminó de romperlo, porque era un robo de algo que él consideraba suyo aunque hubiera dejado de cuidarlo.

Caminó por el pasillo. Abrió la puerta del cuarto.

Estaban en su cama. En la cama matrimonial, bajo la cobija que la mamá de Alberto le había regalado cuando se juntaron, Hermes encima, en la posición más común y más doméstica del mundo, la posición de los matrimonios, y eso — que fuera tan común, tan de cama,

tan sin nada de excepcional — fue lo más obsceno de todo.

— Así los quería encontrar — dijo Alberto. La voz le salió tranquila, y la tranquilidad daba más miedo que un grito —. Hijos de su puta madre.

Lo que pasó después pasó rápido y feo, sin nada de erótico, con esa coreografía torpe y humillante de las desgracias reales.

Hermes se levantó de un resorte justo en el peor momento posible, en el momento exacto en que el cuerpo ya no obedece órdenes, y Alberto tuvo que ver lo que ningún hombre quiere ver, el cuerpo del otro respondiendo todavía a su mujer, y la imagen se le grabó con un asco que le duraría años:

el miembro del otro todavía botando el semen que iba destinado a ella.

Yolanda se incorporó a medias y agarró la sábana contra el pecho con las dos manos, con la cara descompuesta de terror, blanca como la sábana, sin que le saliera la voz.

— Por lo menos ponte los calzoncillos, desgraciado — dijo Alberto.

Y Hermes, temblando, idiotizado por el miedo, obedeció — se agachó a buscar la ropa interior y se la puso con dedos que no le respondían —, y ese gesto absurdo, esa obediencia de un hombre semidesnudo vistiéndose por orden del marido, fue el detonante. Alberto se le fue encima.

No fue una pelea, porque para pelea hacen falta dos.

Fue una golpiza. Alberto, que era más grande y estaba ciego de rabia, lo tiró contra el ropero y le cayó a golpes y patadas sin sistema, en las costillas, en la cara, en el brazo que Hermes levantó para cubrirse, mientras Yolanda saltaba de la cama con la sábana enredada gritando que parara,

que lo iba a matar, metiéndose entre los dos, y Alberto la apartó de un empujón — no un golpe, un empujón, pero un empujón de hombre grande a mujer descalza — y Yolanda cayó sentada en el piso, de culo, con la sábana, y desde ahí, desde el piso, vio a su marido convertido en algo que no le conocía.

— Ya vas a ver, hijo de tu puta madre — jadeó Alberto, soltando a Hermes un momento —. Te voy a descuartizar. Voy por mi machete.

Y se fue a la cocina.

Fue Yolanda la que salvó a Hermes, gritándole desde el piso que corriera, ¡corre, corre por Dios!

, y Hermes — molido, con un brazo que ya colgaba raro, descalzo, en calzoncillos por segunda vez la saga repetía la imagen de un hombre huyendo a medio vestir, como si la ciudad entera estuviera condenada a la misma escena — salió disparado por la sala y por la puerta y a la calle,

corriendo en ropa interior por la banqueta, dejando gotas de sangre que iban de la recámara a la puerta.

Alberto volvió de la cocina con el machete en la mano.

Pero ya no había a quién. Hermes era una mancha que doblaba la esquina.

Y Alberto se quedó parado en medio de su cuarto, con el machete colgando de la mano, mirando a Yolanda en el piso con la sábana, y la rabia se le empezó a vaciar de golpe, como se vacía una tina cuando se le quita el tapón, dejando en el fondo algo mucho peor que la rabia: el ridículo,

y debajo del ridículo, la pena.

Tiró el machete al piso. Hizo un ruido metálico, definitivo.

— De verdad te volviste una puta — dijo, y la voz ya no tenía rabia, tenía algo gastado —.

Cogiendo con ese cabrón en mi cama. En la cama que yo compré con el dinero que me gane rentándome el lomo con mi trabajo.

Y dejándolo... — se le quebró, se rehízo —...

dejándolo terminar en las sábanas donde yo duermo. Carajo, Yolanda.

— Alberto, yo... — Yolanda se levantó a medias, la sábana, las lágrimas —. Perdón. Perdóname. No sé cómo... yo no quería... perdón.

— Perdón nada. — Recogió su chaqueta de la silla con una calma rara, terrible —.

Me voy. Esta no te la perdono nunca. De mi hijo me voy a ocupar, no te preocupes por eso, soy un sinvergüenza pero no de esos.

Pero a ti... — la miró por última vez, y en la mirada no había amor ni odio, había una puerta cerrándose — ...

tú me rompiste el corazón, Yolanda. Tú. La que no tenía que hacerlo. Recogió sus cosas con cuidado

Y se fue.

Lo grotesco — lo que convertía la tragedia en algo de telenovela de las dos de la tarde — esperaba afuera.

Cuando Alberto salió a la calle, ya se había juntado el coro griego del barrio: cuatro o cinco vecinas en la banqueta de enfrente, con los brazos cruzados sobre los delantales, que habían visto pasar corriendo al hombre en calzoncillos y habían atado cabos y habían salido a no perderse el final.

Y cuando vieron salir a Alberto vivo, entero, sin sangre ajena encima, las caras se les descompusieron en una decepción colectiva tan visible, tan honesta, que rozaba lo cómico: habían venido a un velorio y les estaban dando un divorcio.

Una de ellas, la de la casa rosa, hasta movió la cabeza con un chasquido de lengua, como diciendo este no sirve ni para el escándalo completo.

Alberto las miró, miró su decepción, y por un segundo, uno solo, le dieron ganas de reírse de pura amargura. Subió al carro. Arrancó. Y se dio cuenta, a tres cuadras, de que no tenía a dónde ir.

* * *

Media hora después, Alberto tocaba el timbre del departamento de Insurgentes con un bolso al hombro y una maleta en la mano.

Daniel abrió en bata y bóxer, con el pelo parado y una copa de vino tinto a las seis de la tarde, y al ver a su mesero plantado en el umbral con equipaje, parpadeó como si no terminara de procesar la imagen.

— ¿Alberto? ¿Y ese bolso, marico? ¿Te vas de viaje y viniste a despedirte?

— Vengo a quedarme con usted, jefe. — Alberto lo dijo con una dignidad maltrecha que pedía a gritos no ser comentada —. Si me deja. Unos días nada más.

Daniel se hizo a un lado, lo dejó pasar, le sirvió una copa sin preguntar, y se sentó frente a él a esperar el cuento con la cara de quien sabe que viene uno bueno.

Y Alberto se lo contó. El operativo, las tortas frías en el coche, los cuatro días, la puerta que se abrió sola, los quince minutos contados en el tablero, la leche en sus sábanas, la paliza, el machetazo que no fue, Hermes corriendo en calzoncillos, las vecinas decepcionadas.

Lo contó con el luto del hombre traicionado, esperando solidaridad masculina, el abrazo del compadre, la indignación compartida.

Daniel lo escuchó con una seriedad creciente, asintiendo en los momentos justos, y cuando Alberto terminó — "...y me rompió el corazón, jefe, la que no tenía que hacerlo" — Daniel se quedó callado un momento, respetuoso, y después no aguantó más y se soltó a reír.

Una carcajada larga, de panza, que casi le tira el vino, una risa que Alberto recibió primero con ofensa y después, contra su voluntad, empezó a entender.

— Perdón, perdón — jadeaba Daniel, secándose un ojo —.

Perdóname, compa, no me río de tu dolor, te lo juro...

me río de... ¡marico, tú! ¡Tú! El hombre con más cuernos puestos en esta ciudad ofendido porque le pusieron uno.

¿Tú me vas a decir a mí que te rompieron el corazón?

Si tú tienes a la pobre Yolanda, a no sé cuántas más que ni me has confesado...

¡te apuesto, te apuesto lo que quieras, que son más los cuernos que le pusiste tú que los días que llevan juntos!

— Eso es distinto, jefe — protestó Alberto, pero ya sin fuerza, porque hasta él se oía.

— ¿Distinto por qué? ¿Porque tú tienes pipí?

— Daniel se reacomodó en el sillón, magnánimo, filósofo de bata —.

Mira, yo estaba con Annamaria y también me ocupaba de mi Paolita, las dos cosas, sin descuidar a ninguna, eso es ser hombre completo.

Pero tú andabas regado, compa, regado por toda la ciudad, y bien descuidada que tenías a tu mujer, que de paso — agárrate — está bien buenota, no nos hagamos.

— Epa Jefe, respete. — Alberto se enderezó —. No se exprese así de mi mujer.

— ¿Tu mujer?

— ...Mi ex mujer. — Alberto bajó la copa, derrotado —. Bueno. Sí. Lo reconozco. Andaba pasado de la raya. Pero eso no le da derecho a ella de montarme los cuernos a mí y yo siempre respete mi casa.

— Pendejo. ¿Y me dices que el tipo te escupió un lechero delante de ti? — Daniel se inclinó hacia adelante, con la copa a medio camino, incrédulo y encantado.

— Sí, compa. — Alberto se pasó la mano por la cara —. Y esa mierda, si no llego, se la iba a echar adentro de la infiel de Yolandita.

Y Daniel no pudo evitar romper a reír.

— ¡Ahí está! — Daniel señaló al techo, triunfal —.

¡Esa frase! ¡Esa misma frase me la dije yo el día que Cesare me corrió a tiros!

Somos iguales, compa. La única diferencia es que a ti no te grabaron.