Mundo de cuernos Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Yolanda dejó de planchar decisiones. Se dijo, eso sí, cada vez, que era la última — con las mismas palabras exactas con que un fumador apaga el cigarrillo que no es el último —, y notó, en algún rincón honesto, que los encuentros con Hermes eran buenos, tibios, satisfechos,

pero que no le hacían ver lo que el Alberto de los buenos tiempos le hacía ver, ese borde blanco del placer donde una se olvida del nombre propio.

Lo intentaba y no llegaba. Era como volver a un país parecido al que una extraña, con el mismo idioma y otra luz.

Pero a falta del país perdido, este servía.

Y servir, descubrió Yolanda, era una palabra que se había instalado en su vida sin que ella la invitara.

* * *

Mientras tanto, en la Villa Romana, la vida seguía teniendo la cara de la normalidad, que es la cara más engañosa de todas.

Daniel ya no vivía en la casa de Las Lomas.

Se había alquilado por su cuenta un departamento amueblado en Insurgentes —Paola no movió un dedo para conseguírselo, y ese no mover el dedo fue su primera sentencia, dictada en silencio—, y por el restaurante no se aparecía.

No podía. Cesare lo frecuentaba a cualquier hora, con esa libertad de cuñado de la casa, y bastaba imaginar el encuentro —los dos en el mismo salón, el rencor de Cesare todavía sin envainar— para que Daniel entendiera, sin que nadie se lo dijera,

que la Villa Romana había dejado de ser territorio suyo.

La ciudad entera había visto el video—dos millones y medio, después tres, después la cuenta dejó de importar—, y Daniel se movía por sus rumbos de siempre, los que le quedaban, con la cabeza un poco gacha de los hombres que fueron tendencia por algo que no eligieron.

Fue una tarde de esas, un martes muerto entre comidas, cuando entró por la puerta de proveedores un muchacho con dos cajas de vino y una sonrisa que llegaba antes que él.

— Buenas, vengo de Casa Bramante, traigo las muestras del Nebbiolo y un par de cosas que les van a gustar más de lo que conviene a su presupuesto.

Marisela, que estaba haciendo el inventario de la cava, levantó la vista y lo reconoció antes de ubicarlo.

— ¿Bruno? ¿Bruno Salas?

— El mismo. — El muchacho dejó las cajas y entrecerró los ojos, buscando en el archivo —.

No me digas... ¿la prima de los Talleres de Coyoacán?

No. Espérate. Te conozco de... — chasqueó los dedos — ...

del taller de cerámica de la maestra Concha.

Dos mil dieciséis. Tú hacías tazas que no se paraban derechas y decías que era a propósito.

Marisela se rio, sorprendida de reírse.

— Eran a propósito.

— Nunca te creí y nunca te lo dije. — Bruno tenía unos veintidós años, una cicatriz pequeña que le partía la ceja izquierda en dos y le daba cara de haber perdido exactamente una pelea en la vida,

y la costumbre de mirar a la gente como si cada uno fuera una botella que vale la pena descorchar despacio.

Hablaba de los vinos como de personas: este es tímido al principio y después no se calla, este miente, este es honesto y por eso aburre un poco.

Era imposible no quererlo en los primeros cinco minutos, y esa facilidad — Marisela lo pensaría mucho después, cuando ya importara — era justamente lo único inquietante de él.

Valentina bajó por las muestras y se quedó clavada en la puerta de la cava.

— ¿Salas?

— ¡Totti! — Bruno abrió los brazos —. La que dibujaba en el examen de química en vez de contestarlo.

— La que pasó química, aclaremos.

— Copiándome a mí.

— Eso jamás se probó.

Se abrazaron como se abrazan los que compartieron un salón a los quince y la vida después los mandó por puertas distintas, con esa alegría sin agenda de los reencuentros que no deben nada.

Bruno había estudiado un año de gastronomía, lo había dejado, había caído en el mundo del vino casi por accidente y se había quedado porque, dijo, era el único trabajo donde lo premiaban por tener buena memoria y mala vergüenza.

Valentina le contó a medias lo suyo — el diseño, el departamento con Félix que mencionó sin entusiasmo —, y Bruno, que efectivamente tenía buena memoria, registró el desentusiasmo y no dijo nada, porque también tenía el tacto de los que venden cosas caras a gente que no sabe lo que quiere.

No hubo nada más. Una charla de cava, un café que Marisela ofreció y Bruno aceptó, la promesa de Valentina de pasar a verlo a la distribuidora para escoger vinos para una cosa que estaba diseñando.

Marisela los miró conversar desde el otro lado de la barra y sintió algo pequeño y sin forma — no celos, todavía no tenía nombre — que decidió atribuir al cansancio del inventario.

Lo archivó. En esta familia se archivaba todo, y el archivo, como el de Doña Elvira, no devolvía nada hasta que ya era tarde.

* * *

En la otra punta del salón, esa misma tarde, Frank libraba su propia campaña.

Frank había vuelto a rondar la Villa Romana con la excusa de Daniel — venía a acompañar al amigo caído, decía, a levantarle el ánimo —, pero la verdad es que Frank no toleraba un territorio donde hubiera una mujer interesante sin que él hubiera por lo menos intentado algo, y Denisse,

que seguía instalada en la casa de Paola y mataba las tardes muertas en el restaurante, era para Frank un proyecto pendiente.

— Roma — le dijo, sentándose sin permiso en la mesa donde ella tomaba un espresso —. Yo estuve en Roma. Tres días. Me alcanzó para enamorarme de una mesera del Trastevere y para que me robaran la cartera. La ciudad te da y te quita en el mismo viaje.

— Esa es Roma — dijo Denisse, sin levantar mucho la vista —. Y esa es, sospecho, tu biografía entera en una frase.

Frank se rio más fuerte de lo que el chiste pedía, que era su tic.

Denisse lo evaluó por encima de la taza con la calma de la mujer que ha mirado a muchos hombres como Frank y sabe leerlos de corrido: simpático, vanidoso, con miedo al silencio, de los que confunden ser visto con ser querido.

No le disgustó. A Denisse, que venía saliendo de un matrimonio donde había sido invisible durante quince años, un hombre que se desvivía por ser mirado le resultaba, contra todo pronóstico, descansado.

Por lo menos este pedía atención de frente, sin trampas.

— ¿Y a qué te dedicas, Frank, además de a que te roben en pintorescas ciudades europeas?

— A los negocios. — Frank hizo un gesto vago que abarcaba el mundo —. Importo, exporto, conecto gente. Soy el hombre que conoce al hombre.

— Mmm. — Denisse dejó la taza —. Conozco el tipo. En Roma les decíamos faccendieri. Los que viven de presentar a unos con otros y cobrarse el aire de en medio.

— Suena feo en italiano.

— Suena feo en todos los idiomas, querido.

— Pero lo dijo con una media sonrisa, y Frank, que era tonto para muchas cosas pero no para esa, supo leer en la media sonrisa que la puerta no estaba cerrada con llave.

Pidió otro espresso para ella sin preguntarle, que era exactamente la clase de gesto que a Denisse le parecía un atrevimiento perdonable, y se quedó a hacerle compañía a la tarde muerta.

No pasó nada. Pero algo quedó tendido entre los dos, ese cable fino del que después salen los incendios, y los dos lo supieron, y ninguno tuvo prisa.

* * *

Lo que ninguno notó esa tarde fue a Alberto, parado detrás de la barra, secando copas que ya estaban secas, mirando su propio teléfono con el ceño cada vez más juntado.

Llevaba dos semanas mirándolo así. Había empezado con una sensación, no con un dato — y Alberto, que de sensaciones sobre mujeres sabía lo que un perro sabe de huesos enterrados, no se equivocaba casi nunca.

Yolanda estaba rara. No la rareza de la furia, que él conocía de memoria y sabía administrar: esta era la otra, la peligrosa, la de la calma.

No le reclamaba. Él llegaba tarde, a veces se desaparecía un día entero con cualquier cuento, y antes eso era guerra fría de tres días con taza sin lavar; ahora era nada.

Una esposa serena que lo recibía sin preguntas, que se había vuelto a arreglar de pronto — el pelo, un perfume nuevo — y que mensajeaba en el teléfono volteándolo bocabajo cuando él entraba al cuarto.

El teléfono que toda la vida había estado desbloqueado, sin clave, abierto como una casa de pueblo, ahora pedía un código de cuatro cifras que ella había puesto sin avisar.

Alberto secó la última copa, la colgó, y se dijo en voz baja, para él, con la lucidez fría que solo le llegaba en estos temas:

— Esta vieja como que me la está jugando.

Y enseguida, de golpe, sintió subir desde el estómago una rabia caliente y antigua, una rabia de propietario, absolutamente desconectada del hecho de que él tenía en ese mismo momento a una amante en el hotel y a otra orbitándolo en la pista.

La rabia no hacía esas cuentas. La rabia de Alberto era de vía única: él podía, ella no, y el solo imaginar que ella sí lo dejó sin aire un segundo, agarrado al filo de la barra.

— Pero la voy a cazar — dijo —. Ya va a ver.

* * *

La cacería de Alberto fue, vista desde afuera, una de las cosas más cómicas que ocurrieron en aquellos meses, aunque ninguno de los que la vivió de cerca tuviera ganas de reírse.

El hombre que tenía tres frentes amorosos abiertos y los administraba con la eficiencia de un controlador aéreo organizó un operativo de inteligencia digno de un marido modelo.

Habló con Beto, el otro mesero, y le pidió que le cubriera una hora cada tarde "por un asunto delicado de papeles", y Beto, que le debía favores, no preguntó.

Y con esa hora robada, Alberto se dedicó a vigilar su propia casa desde media cuadra antes, con una gorra calada, un termo de café y la dignidad guardada en la guantera.

El primer día no vio nada. Yolanda salió al colegio, volvió, prendió la luz de la cocina, vida de casa.

Alberto volvió al trabajo con una mezcla de alivio y decepción que no supo nombrar — porque una parte de él, descubrió, quería tener razón, quería el agravio, lo necesitaba para algo que ni él entendía.

El segundo día, nada. El tercero, nada, y Alberto empezó a sentirse ridículo, un hombre grande comiendo tortas frías en un carro para espiar a una maestra de primaria, y estuvo a punto de abandonar la misión y decretar que habían sido figuraciones suyas.

El cuarto día llegó Hermes.