Mundo de cuernos Capítulo 4
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Capítulo 4

Yolanda planchó la decisión tres días antes de tomarla, que era su manera de hacer las cosas importantes: primero las repasaba hasta que perdían filo, después las ejecutaba sin sentir nada.

Lo iba a terminar. Esta vez de verdad. Lo había decidido el martes, lo había vuelto a decidir el jueves, y el sábado en la mañana, con Alberto ya en el restaurante y Mateo en casa de Lucrecia, marcó el número de Hermes con la firmeza de quien marca al dentista.

— ¿Puedes venir? — dijo —. Tengo que hablar contigo. Aquí, en mi casa. Ahora.

Lo citó en su casa a propósito. En terreno propio, pensó, una habla mejor. En terreno propio una es la dueña de la conversación. No se le ocurrió — no quiso que se le ocurriera — que su casa era también la cama, el lugar donde dormía con Alberto, el sitio menos neutral del mundo.

Hermes llegó a la media hora, con los lentes en la mano y la cara de quien ha sido llamado a un veredicto.

Yolanda lo hizo pasar a la sala, lo sentó, no le ofreció café — el café era hospitalidad y ella venía a clausurar —, y se quedó de pie frente a él con los brazos cruzados, que era su pose de maestra delante del pizarrón.

— Esto no puede seguir — dijo —. Y no es por ti.

Déjame hablar. — Levantó una mano cuando él abrió la boca —.

Yo soy una mujer casada, Hermes. Tengo un hijo.

A mí no me criaron para esto. Mi mamá me crió para tener una casa, un marido, una mesa puesta, y aunque el marido me haya salido lo que me salió, eso no me da derecho a convertirme en lo que no soy.

Y hay otra cosa, la más difícil de decir.

— Tragó —. Yo todavía amo a Alberto. Es un imbécil y me miente y no me merece, pero lo amo, y mientras lo ame, lo que hago contigo es robarme algo que no es mío.

Eres un hombre bueno. Demasiado bueno para ser el escondite de nadie. Por eso esto se acaba hoy.

Lo dijo entero, sin que se le quebrara la voz, y se sintió orgullosa, y se sintió libre, y por un segundo completo creyó que lo más difícil ya había pasado.

Hermes la escuchó sin interrumpir, mirándola desde el sillón con esa atención suya que no apuraba a nadie. Cuando terminó, se puso de pie despacio, asintió como quien recibe una calificación justa, y se acercó a ella.

— Tienes razón en todo — dijo —. En todo, Yolanda. — Y le sonrió con una tristeza limpia, sin reproche —. Acepto todo lo que dices y no quiero causarte problemas. Entonces, bueno, me voy.

Y le dio un beso en la mejilla. Un beso de despedida, casto, al lado de la boca, con la mano apenas posada en su brazo.

Y ahí, exactamente ahí, en el centímetro que separaba la mejilla de los labios, fue donde a Yolanda se le derrumbó el discurso planchado de tres días.

Porque el beso fue tan suave, tan sin exigencia, tan lo contrario de todo lo que ella esperaba pelear, que en lugar de cerrar una puerta la dejó abierta de par en par.

Yolanda movió la cara — fue ella, lo supo en el momento y lo supo después, fue ella la que movió la cara — y el beso de despedida dejó de serlo.

Lo besó con una rabia que no entendió de dónde salía: rabia contra Alberto, contra la mesa puesta, contra su mamá, contra los tres días de planchado inútil, contra el cuerpo que llevaba semanas decidiendo cosas que la cabeza después firmaba a regañadientes.

Le agarró la cara con las dos manos y lo besó como no se besa en una despedida, y Hermes — que había venido de verdad a despedirse, esa fue siempre su decencia — tardó un segundo en entender que el examen había cambiado de materia.

Lo llevó a su cuarto. Al cuarto de ella y de Alberto, a la cama de ella y de Alberto, y no se permitió pensarlo.

Le quitó la camisa con dedos que ya no temblaban de nervios sino de otra cosa, y cuando lo tuvo sentado en el borde de la cama se arrodilló entre sus piernas.

Lo miró desde abajo. Agarró su miembro con la mano derecha, sintiendo el peso, el calor, la textura de la piel que latía bajo sus dedos.

Es la primera vez que lo tengo así de cerca, pensó, y la idea la excitó más de lo que esperaba.

Abrió los labios y se lo metió. No fue tímida, no fue poco a poco.

Fue directo, hondo, hasta donde le permitía la garganta.

Sintió la cabeza rozando el paladar, después el inicio de la garganta, después la arcada que le subió desde el pecho.

No se apartó. Aguardó un segundo, dejando que su cuerpo se acostumbrara, sintiendo cómo latía dentro de ella.

Así, pensó. Así quiero tenerlo. Hasta el fondo.

— Aaaah... Dios, Yolanda... — gimió Hermes, con la voz quebrada, los dedos apretándole la nuca.

Ella empezó a moverse. Subía y bajaba la cabeza, llevándoselo a la boca una y otra vez, cada vez más profundo, cada vez con más hambre.

La lengua trabajaba sin descanso: lamía el tronco de abajo arriba cada vez que salía, rodeaba la cabeza cuando llegaba a la punta, presionaba la parte inferior donde la piel era más fina y sensible.

Su saliva resbalaba por los costados, brillante, obscena, mojándole los labios, la barbilla, los dedos que sostenían la base.

El sonido de su boca chupando llenaba la habitación, un ruido húmedo y constante que la excitaba más que cualquier cosa.

Y mientras lo chupaba, mientras se lo llevaba a la boca una y otra vez, sintiendo cómo él gemía y se estremecía debajo de ella, Yolanda llevó una mano entre sus propias piernas.

Estaba mojada. Empapada. La tela de la tanga estaba pegada a su sexo, y cuando la apartó con dos dedos, sintió cómo el aire fresco le rozaba la piel ardiente.

Sus dedos encontraron el clítoris hinchado y comenzaron a frotarlo con movimientos circulares, rápidos, casi violentos.

— Aaaah... aaaaah... — gemía ella contra su pene, y los gemidos se ahogaban en su saliva, vibrando alrededor de él.

El placer subía desde abajo, desde su propia mano, mezclándose con el placer de tenerlo en la boca.

Era una retroalimentación perfecta: cada vez que él gemía, ella apretaba los dedos contra sí misma.

Cada vez que ella succionaba más fuerte, sentía cómo se humedecía más.

Me voy a venir, pensó, me voy a venir con su verga en la boca.

Pero él la detuvo. La levantó suavemente, la giró sobre la cama y se acostó boca arriba. Con un movimiento hábil, la colocó sobre él de modo que ella quedó a horcajadas sobre su cara mientras su propio sexo quedaba cerca de la boca de él.

— Ahora los dos — dijo Hermes, con la voz ronca—. Quiero saborearte mientras tú me chupas.

Yolanda entendió. Bajó la cabeza y tomó su miembro en la boca al mismo tiempo que sentía la lengua de él separándole los labios.

El 69 fue una revelación. Cada vez que ella chupaba más fuerte, él respondía presionando más adentro.

Cada vez que él gemía contra su sexo, la vibración le recorría el cuerpo entero.

Era un circuito cerrado de placer que se alimentaba de sí mismo.

Yolanda sentía cómo él la lamía desde el clítoris hasta la entrada, cómo hundía la lengua dentro de ella, cómo la hacía temblar sin parar.

Y mientras tanto, su boca no descansaba, succionando, chupando, llevándoselo entero hasta la garganta una y otra vez.

Yolanda se incorporó. Quería sentirlo hasta el fondo de su ser.

Se giró sobre él, de espaldas a su cara, y se sentó sobre su miembro.

Bajó despacio, sintiendo cómo entraba, cómo la llenaba desde ese ángulo nuevo.

Es más profundo así, pensó. Llega a un lugar que no conocía.

Apoyó las manos en sus muslos y empezó a moverse, subiendo y bajando, marcando su propio ritmo.

Él la ayudaba desde abajo, empujando las caderas hacia arriba cada vez que ella bajaba.

Una mano de ella bajó a su propio clítoris y comenzó a frotarlo al ritmo de sus caderas.

— Así, así, no pares — gemía ella—. Me encanta cómo me coges, Hermes.

— Voy a acabar — jadeó el—.Quiero venirme en tu boca.

En el último segundo, cuando sintió que ya no podía más, salió de ella. Se llevó la mano al miembro, se lo sacudió dos veces, y acercó la cabeza a sus labios.

— Abre la boca — ordenó.

Yolanda abrió la boca. Lo miró a los ojos. Y él se vino.

El primer chorro de semen caliente le llenó la boca.

Fue espeso, abundante, y ella sintió cómo golpeaba su lengua, su paladar, su garganta.

Tragó. El segundo chorro llegó inmediatamente, y ella lo recibió también, los labios cerrados alrededor de la punta, succionando, bebiéndose todo.

El tercero, el cuarto, ella los tragó todos, sin apartar la boca, lamiendo la cabeza cuando terminó, limpiando cada gota que escapaba por los bordes.

— Aaaah... aaaah... — gemía él, temblando sobre ella, apoyado en un brazo, mirándola con los ojos entrecerrados, rendido.

Yolanda se limpió los labios con el dorso de la mano. Lo miró. Sonrió.

— Así me gusta — dijo, con la voz ronca.

Después él la levantó, la recostó, le quitó lo que faltaba con esa lentitud que era su forma de hablar, y la tomó en la cama matrimonial con un cuidado feroz, mirándola a los ojos, las manos entrelazadas a los lados de su cabeza.

No fue como en el salón, rápido y con miedo.

Fue largo, demorado, de día, con la luz entrando por la cortina mal cerrada y el ruido de la calle de fondo, y Yolanda se vino dos veces, la segunda con la boca de él en su cuello y su nombre repetido contra la piel, y cuando todo terminó se quedaron un rato sin decir nada,

ella con la cabeza en su pecho, oyéndole el corazón bajar de a poco.

— Dijiste que era una despedida — murmuró ella, al fin.

— Tú la cambiaste — dijo Hermes, sin reproche, acariciándole la espalda —. Yo vine a lo que vine.

Y eso — que él hubiera venido de verdad a despedirse, que el desvío hubiera sido obra de ella — fue lo que dejó a Yolanda sin coartada.

No podía decirse engañada. No podía decirse arrastrada.

Había decidido cortar y había decidido lo contrario en el mismo cuerpo, en la misma hora, en la misma cama, y las dos decisiones eran suyas.

Lo que vino después fue lo que viene cuando una frontera se cruza una vez: que la segunda cuesta menos.

La despedida del sábado se repitió un jueves en un hotel de paso cerca del colegio, con las prisas de la hora de comida, y se repitió dos veces más en su propia casa, los días que Alberto entraba temprano al restaurante.