Capítulo 3 #7
— Tú sabías. — No lo preguntó —. Tú sabías, desgraciado.
Alberto dejó la bandeja. Puso las dos manos a la vista, abiertas, que era lo primero que se aprendía en su oficio y en su vida.
— Cesare. ¿De qué me está hablando? No sé nada. ¿Saber qué?
— ¿Cómo que qué? — La voz se le quebró hacia arriba —. ¡Que Annamaria me montaba los cuernos con Daniel! ¡Cuatro años, me dijo! ¡Cuatro años, en mi casa, en mi cama, y tú eres su amigo del alma, su personal de confianza, su celestino, no me vengas a decir que en cuatro años no viste nada!
Alberto abrió los ojos. Los abrió despacio y mucho, con la cara entera detrás, el asombro subiéndole por etapas como a un actor le sube por oficio, y la verdad es que algo de verdad había en el fondo del gesto,
porque una cosa es saber un secreto y otra es verlo parado en una cocina gritando con los ojos rojos.
— ¿Queeé? — La palabra le salió larga, incrédula, impecable —. No... no puede ser, hermano. ¿Annamaria y...? No. No, yo no... Cesare, le juro por mi vida que a mí esto me cae como una bomba. Yo al jefe lo veía aquí, en el trabajo, igual que tu. Si yo hubiera sabido una cosa así...
— ¿Qué? — Cesare dio un paso —. ¿Qué habrías hecho, a ver?
— No sé. — Y eso, al menos, era verdad, y por eso sonó a verdad —. No sé, Cesare. Pero enterarme así, hoy, de esta manera... — Bajó las manos, bajó la voz, le puso al tono ese luto de empleado viejo —: Lo siento en el alma, hermano. Lo que te hicieron no tiene nombre.
Cesare se quedó mirándolo un momento largo, buscándole la mentira en la cara como se busca una costura, y no se la encontró, porque Alberto llevaba media vida sin costuras a la vista.
Y entonces se le acabó la rabia de golpe y se le vino abajo el resto, y se agarró del borde de la mesa de acero, y dijo, ya sin voz de grito, con una voz mucho peor:
— El maldito se me salvó porque llegó la policía. Pero para la próxima lo mato, Alberto. Te lo juro por mi papá que lo mato.
— No diga eso ni jugando. — Alberto le puso una mano en el hombro, midió que se la aceptara —.
Ese hombre no vale la cárcel, Cesare. Ninguno valemos la cárcel de nadie.
Tu ahorita toma agua, vete con tu familia, y ya verás que con los días esta rabia se te acomoda.
No se le va a quitar. Pero se le acomoda.
Hágame caso, que de maridos engañados esta ciudad sabe más que de terremotos.
Erasmo, desde las ollas, le alcanzó a Cesare un vaso de agua sin que nadie lo pidiera, y ese vaso de agua hizo lo que hacen los vasos de agua: darle a un hombre algo que sostener.
Cesare bebió, asintió dos veces a nada en particular, y salió de la cocina por donde había entrado, dejando la puerta vaivén abanicando despacio.
Y regreso dándole un muy efusivo abrazo a Alberto— Gracias por tus consejos Alberto gracias.
Alberto se quedó solo con su bandeja y con el corazón en ochenta, que para él era taquicardia.
A media tarde le tocó la segunda función. Camila lo interceptó en el pasillo del reservado, con los ojos hinchados de llorar por su papá y la pregunta lista:
— ¿Tú sabías?
— Me cayó como una bomba, mi reina. — La misma cara, el mismo asombro por etapas, ya rodado —. Ni lo sospechaba. Te lo juro.
Camila lo estudió un segundo con esos ojos que eran de Paola aunque ella no lo supiera, y después se le abrazó al pecho ahí mismo, en el pasillo, temblando, pobre mi tío, pobre mi mamá, qué asco todo, y Alberto la abrazó con un ojo en cada extremo del pasillo,
palmeándole la espalda con la mano plana, en un registro perfectamente paternal que le salió sin ensayo y lo asustó un poco de sí mismo.
Y todos le creyeron.
Le creyó Cesare, que necesitaba creerle a alguien.
Le creyó Camila, que necesitaba abrazar algo.
Le creyeron los muchachos de la cocina y le creyó hasta Erasmo, que no le creía ni el buenos días.
A las siete de la tarde, Alberto había repetido su versión cuatro veces con variaciones mínimas, como un buen testigo, y la marea del lunes empezaba a bajar, y él estaba detrás de la barra secando copas cuando levantó la vista y se encontró con la única auditoría que faltaba.
Paola lo estaba mirando desde la caja registradora.
No lo miraba como los demás lo habían mirado en todo el día — buscando consuelo, buscando datos, buscando a quién creerle —.
Lo miraba fijo, en línea recta por encima del salón, con los ojos secos y la cara en orden, y en esa mirada no había ninguna pregunta, y eso era exactamente lo que la hacía insoportable: era la mirada de alguien que ya tiene las respuestas y está decidiendo qué hacer con ellas.
Alberto le sostuvo la mirada lo que pudo, que fue menos de lo que hubiera querido, y bajó los ojos a la copa con un gesto que quiso ser de trabajo y le salió de confesión.
A esta no, pensó, secando una copa que ya estaba seca. A todos los demás sí. A esta no la engaño.
Y al otro lado del salón, Paola Totti cerró la caja registradora con llave, guardó la llave, y pensó exactamente lo mismo en el mismo orden, palabra por palabra, sin que ninguno de los dos supiera que acababan de estar de acuerdo en algo por primera vez.