Capítulo 3 #6
sin saber a cuál de los dos se lo gritaba, y Daniel corriendo bajo las jacarandas con la ropa abrazada contra el pecho como un recién nacido.
—Y lo peor llego la policía.
— ¿la policía?
— Si llegó cuando yo iba por la esquina.
Nos llevaron a los dos. A él por los tiros y a mí por escándalo, porque un señor corriendo en calzoncillos a esa hora es escándalo aunque el escándalo sea de uno.
— Daniel se tomó el café de un golpe, como medicina —.
Y en la patrulla, marico, en la patrulla me tocó ir junto a él.
Esposado yo, esposado él, y Cesare mirándome de lado sin decirme nada, nada, todo el camino, que fue lo peor que me ha hecho nadie en la vida.
— ¿Y quién los sacó?
Daniel tardó en contestar.
— Paola — dijo al fin, y el nombre le salió en otro tono, en el tono de las cuentas pendientes —.
La llamaron de la delegación como a las once.
Llegó con Valentina y con Alessandro. Pagó lo que hubo que pagar, firmó lo que hubo que firmar, y no me dirigió la palabra.
Ni una. Alessandro me consiguió esta ropa y logró que Annamaria le entregara mi cartera y mi celular antes de que Cesare volviera a la casa.
Mi hijo, Alberto. Veinte años. Haciéndole la logística al desastre de su papá a la una de la mañana, con una cara que no le había visto nunca y que no me va a quitar de encima nunca.
Y Paola afuera de la delegación me dijo una sola frase.
Me dijo: a la casa no llegas. Acabaste con 23 años de matrimonio.
Mándame la dirección del hotel para enviarte tu ropa. Y se subió al carro.
— Te lo advertí, pendejo. — Alberto lo dijo sin crueldad, que era su forma del cariño —. Anoche mismo te lo dije. Estabas pasado de temerario con esa señora.
— Ya sé que me lo advertiste. — Daniel miró su taza vacía —.
¿Sabes qué es lo más raro? Que llevo cuatro años cuidando cada detalle.
Cuatro años sin un error. Y anoche fue como si...
— buscó la palabra con la mano en el aire, no la encontró, agarró otra — ...
como si la casa entera quisiera que nos agarraran.
Alberto no dijo nada. Pero pensó, con ese olfato suyo para la mecánica de las traiciones, que las casas no quieren nada, y que cuando un teléfono insiste sobre un buró y nadie lo ve, lo que hay en el cuarto no son dos descuidados: hay un dormido y un vigía.
Se guardó el pensamiento. No era día de cobrarle claridades al jefe.
— ¿Y ahora qué vas a hacer?
— No sé. Esta mañana no sé nada. — Daniel se enderezó, intentó parecer el de siempre, le salió a medias —.
Alquilar algo, supongo, mientras se calma...
mientras se decide algo. Tú vete a trabajar.
Y cualquier cosa rara que veas allá, me llamas y me cuentas.
Tú eres el único par de ojos que me queda en ese restaurante.
Alberto asintió, y ya se levantaba cuando le vibró el teléfono. Era Frank. Sin texto: puro link, y una fila de calaveritas riéndose.
Lo abrió por debajo de la mesa, en lo que Daniel hacía señas para pagar.
Era un video de Instagram. Vertical, movido, grabado entre risas por dos chamacos desde una ventana: un señor corriendo en calzoncillos bajo las jacarandas, descalzo de un pie, con dos detonaciones de fondo y los perros de la cuadra en coro.
Duraba once segundos. Tenía título: "cuando te agarran en la del valle", una cumbia de fondo que alguien le había montado, y abajo, en números redondos, dos millones cuatrocientas mil reproducciones.
Alberto miró el contador. Miró a Daniel, que le pedía la cuenta al dependiente con la gorra calada hasta las cejas, convencido de que su desgracia era un asunto privado de cuatro personas.
Bloqueó el teléfono y se lo guardó.
— Vámonos— dijo —. Yo te acompaño a la esquina.
Hay misericordias que solo saben hacerse callando.
* * *
La Villa Romana un lunes a mediodía debía oler a salsa de tomate y sonar a loza. Cuando Alberto llegó, olía a velorio sin muerto.
Los vio desde la puerta: la familia ocupando la mesa redonda del fondo, la que nunca se usaba para comer, en horario de trabajo, con el restaurante atendiéndose solo.
Paola en el centro, con cara de haber llorado lo justo y peinado lo demás.
Valentina y Camila flanqueándola, una mano de cada hija en cada brazo de la madre, como dos guardaespaldas del mismo apellido.
Doña Elvira a un lado con su rosario envuelto en el puño, sin rezarlo: empuñado.
Don Giuseppe en su silla, más viejo que el sábado, con setenta y cuatro años de los cuales setenta y dos le habían caído encima esa madrugada.
Y Cesare, de pie junto a la ventana, mirando la calle como se mira a un enemigo.
Alberto cruzó el salón con su paso de todos los días, el paso neutro del personal, y al pasar junto a la mesa dijo buenos días con el tono exacto del lunes.
Nadie le contestó.
Don Giuseppe movió apenas la cabeza, dos centímetros, que en el idioma del patriarca era un acuse de recibo.
Los demás, nada. Alberto siguió de largo hacia la cocina, colgó la chaqueta, se ató el delantal, y estaba acomodando la primera bandeja cuando la puerta vaivén se abrió a sus espaldas con un golpe que no era de mesero.
Era Cesare.
Venía con la cara gris y los ojos rojos y se le plantó a un metro, en el pasillo de la cocina, con Erasmo y los muchachos congelados entre las ollas.