Mundo de cuernos Capítulo 3 #5
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Capítulo 3 #5

— Quiero darte hoy por donde nunca te da ese pendejo de Cesare — susurró contra su oreja, y la voz le salió ronca, animal—. Quiero que sepas lo que es un hombre de verdad, putica.

Annamaria contuvo la respiración. Daniel que ya venía preparado con la idea de darle por el culo a Annamaria alcanzó su pantalón, sacó un pequeño tubo de lubricante — por si acaso, pensó, por si hoy era el día — y vertió una cantidad generosa sobre sus dedos.

Los frotó contra el ano de ella, empapando la piel arrugada, masajeando el esfínter con movimientos circulares.

Annamaria gimió contra el respaldo del sillón y apretó las nalgas, pero Daniel la calmó con una palmada suave.

— Tranquila — dijo—. Ábrete para mí.

Ella obedeció. Separó las piernas, arqueó la espalda, y Daniel sintió cómo el esfínter se relajaba apenas, cómo la punta de su dedo entraba sin resistencia.

La lubricó por dentro, primero un dedo, después dos, abriéndola despacio, sintiendo cómo el calor interno envolvía sus dedos.

Annamaria gemía bajo, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar.

Él se colocó detrás de ella, alineó la punta de su pene con el ano lubricado y empujó apenas un centímetro.

Annamaria arqueó la espalda y contuvo el aliento.

Daniel sintió cómo el esfínter se resistía, cómo la carne se abría a su paso en una mezcla de dolor y placer que ella misma parecía estar saboreando.

Entró otro centímetro, y otro, despacio, sintiendo cada anillo de músculo ceder.

— Suave papi suave — pidió ella, con la voz entrecortada—. La tienes muy gorda, Daniel. Anda muy suave.

— ¿Estás bien? — preguntó él, con la voz tensa por el esfuerzo de contenerse.

Annamaria tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz había cambiado. Ya no era la súplica de hace un minuto. Era otra cosa.

— Si ahora dale más duro — dijo—. Dame más duro, cabrón. Sí, reviéntame. Soy tu zorra.

Daniel no necesitó más permiso. Agarró sus caderas con las dos manos y empujó hasta el fondo de una sola embestida.

Annamaria gritó — un grito ahogado, ronco, que se perdió entre los cojines del sillón de Cesare— y él sintió cómo todo su pene desaparecía dentro de ella, envuelto en un calor húmedo y apretado que lo volvía loco.

Comenzó a moverse con un ritmo feroz, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con violencia, sus caderas golpeando contra las nalgas de ella con un sonido húmedo y obsceno.

— Así — jadeaba Annamaria, empujando hacia atrás para recibir cada embestida—. Así, así, así. Destrózame, Daniel. Revienta mi culo. Que sepa ese pendejo lo que se pierde.

Daniel aceleró. El sillón crujía bajo el peso de los dos, la foto de la boda de Cesare vibraba en la pared, y él estaba perdido dentro de ella, sintiendo cómo el esfínter se contraía alrededor de su pene en cada embestida, cómo las paredes internas lo masajeaban sin piedad.

Annamaria se había llevado una mano al sexo y se masturbaba sin parar, frotándose el clítoris con movimientos circulares y rápidos mientras él la follaba por detrás.

— Me voy acabar zorra— anunció Daniel, con la voz rota—. Me voy a venir dentro de tu culo, putica.

— Hazlo — ordenó ella—. Lléname. Quiero sentir tu leche caliente dentro de mi culo. Ahora, Daniel, ahora.

El orgasmo lo alcanzó como una explosión.

Daniel enterró su pene hasta el fondo y sintió cómo los chorros de semen caliente se disparaban dentro de ella, una y otra vez, llenándola por dentro mientras Annamaria se corría al mismo tiempo, con un grito largo y gutural que rebotó en las paredes del salón.

Los espasmos de ella exprimían cada gota, succionando su pene hacia adentro mientras él seguía empujando, vaciándose por completo en el culo de la mujer de su cuñado.

Cuando terminaron, Daniel se desplomó sobre ella, jadeando, con la frente apoyada en la nuca de Annamaria. Ambos temblaban. El sillón olía a sudor y a sexo, y la foto de la boda de Cesare seguía ahí, testigo mudo de todo.

— Eso es lo que querías — susurró Daniel contra su oreja—. Y lo sabes.

Annamaria giró la cabeza apenas y lo besó. Tenía los ojos cerrados y en ese beso había todo lo que no podía decir: que lo amaba, que lo odiaba.

— Ya no siento nada por él.

— Anna.

— Nada. — Levantó la cara. Tenía los ojos brillantes y secos, que era su peor combinación —.

Lo miro en el almuerzo y es un señor que conozco.

Le lavo la ropa a un señor que conozco. Cuatro años, Daniel.

Yo ya no quiero contar los domingos. Quiero decirlo.

Quiero que se sepa. Que se caiga lo que se tenga que caer y se quede de pie lo que aguante.

Te amo a ti. Quiero la vida contigo, no los días que quieras regalarme.

Y Daniel Ricci, que tenía la habilidad específica de los hombres que engañan a sus esposas sin dejar de quererlas, hizo lo que esa habilidad hacía siempre en estos casos: compartimentar en voz alta.

— Estás loca. — Lo dijo suave, casi con cariño, que era lo peor —.

¿Decirlo? ¿A quién, Anna? ¿A tu marido, que es mi cuñado?

¿A mi suegro, que es el dueño de todo lo que piso?

Yo no voy a dejar a Paola. Por nada del mundo.

Eso lo sabes desde el primer día. Yo nunca te he mentido a ti: yo miento para acá afuera, pero aquí adentro nunca.

— Qué generoso. — Annamaria se sentó. El único lugar del mundo donde no mientes es un cuarto donde no vives.

— Anna...

— ¿Sabes qué es lo que más rabia me da? — Se volteó a mirarlo, y ahora los ojos ya no estaban secos —.

Que ni siquiera me quieres menos que a ella.

Eso lo aguantaría. Me quieres igual. Nos tienes a las dos en perfecto equilibrio, como las cuentas del restaurante.

Tú no eres un hombre enamorado, Daniel. Eres un hombre administrado.

Sobre el buró, bocabajo, el teléfono de Daniel se encendió. Vibró una vez, dos, con la luz saliéndole por los bordes como por debajo de una puerta. Daniel no lo vio: estaba alcanzando a Annamaria, ofendido a medias, excitado a medias, diciéndole ven acá, no me hagas esto, tenemos poco tiempo.

Annamaria sí lo vio.

Lo vio por encima del hombro de él, encenderse y apagarse y volverse a encender, y supo con total claridad lo que era — qué otra cosa iba a ser un teléfono insistiendo a esa hora —, y en el segundo y medio que duró la decisión sintió pasar por ella, en orden, el miedo,

la vergüenza y una tercera cosa sin nombre decente que se parecía al alivio.

No dijo nada.

Cerró los ojos por primera vez en cuatro años, y jaló a Daniel hacia ella.

* * *

Las llaves de Cesare sonaron en la puerta de su propia casa a las nueve y veinte de la noche.

* * *

El teléfono de Alberto sonó el jueves a las ocho y diez de la mañana, y en la pantalla decía Jefe, y Alberto supo antes de contestar que el mundo se había caído, porque Daniel no llamaba: Daniel mandaba mensajes con pulgares arriba.

— Marico — dijo la voz de Daniel, y la voz venía sin planchar, arrugada, dormida en un sillón ajeno —. Necesito hablar contigo. Se me vino el mundo encima.

— ¿Dónde estás?

— En un hotel de Insurgentes. No preguntes más por teléfono. ¿La fuente de sodas de la plaza, en una hora?

— Me baño y salgo.

Colgó y se quedó sentado en la cama un momento.

La casa estaba en silencio: Yolanda se había ido temprano al colegio, y a Alberto le pasó por la cabeza, de refilón, que era su trabajo — ni un reclamo por la hora a la que llegó ayer en la noche, ni la cara de piedra, ni la taza fría: nada, una esposa que salía temprano y volvía serena,

como quien ya no espera el tren en ese andén —, pero era un pensamiento incómodo y los pensamientos incómodos tenían en la cabeza de Alberto un destino único y eficiente.

Lo archivó. Tenía cosas más urgentes: la noche anterior había hecho milagros para zafarse de Denisse y de Camila, que terminaron yéndose solas al hotel, las dos no tan contentas, y él había llegado a su casa con la coartada sin estrenar y el cansancio verdadero.

La fuente de sodas de la plaza era de las de antes: bancos giratorios, espejos, un dependiente al que no le importaba nada.

Daniel ya estaba en la mesa del fondo, de espaldas al espejo, con una gorra que no era suya y dos días de barba que sí.

Alberto se sentó y pidió dos cafés y esperó, porque a los hombres en ese estado no se les pregunta: se les deja drenar.

— ¿Qué pasó anoche, loco? Lo llamé como desesperado. Te mandé mensajes. Cesare va para allá. Cesare salió. Contesta. Y nada.

— Tenía el teléfono en vibrar. — Daniel se quitó la gorra, se pasó la mano por el pelo, se la volvió a poner —.No vi nada, no oí nada, estaba... estaba en otra cosa.

— Claro cogiendo cabron — tradujo Alberto.

— Pues si — admitió Daniel, y hundió la cara en las manos, y desde adentro de las manos contó el resto.

Contó que oyeron las llaves. Que no hay sonido en el mundo, marico, te lo juro, no hay sonido en el mundo como las llaves del marido en la puerta de su casa.

Que Annamaria se quedó blanca y a él se le borró el disco duro: no me dio tiempo de agarrar mi ropa, solo un zapato — un zapato — y salió al balcón del cuarto en calzoncillos mientras Annamaria se metía a la regadera a abrir el agua.

Que el balcón daba al patiecito lateral y que él pensó me descuelgo, total son tres metros, y que ahí estaba, descolgándose en calzoncillos sin mi ropa, cuando se le cayó el zapato, y el zapato hizo en el piso del patiecito el ruido más escandaloso en la historia del calzado,

y se prendió la luz del cuarto, y se abrió la ventana, y era Cesare.

— ¿Y qué hizo Cesare?

— Gritó. — Daniel levantó la cara de las manos. Tenía la expresión de quien sigue oyendo el grito —. Un grito sin palabras primero, como un animal al que le pisan algo. Y después mi nombre. Mi nombre, Alberto, con dos apellidos. Y yo me solté y corrí.

Corrió. En calzoncillos, descalzo de un pie, por una calle de la Del Valle con jacarandas y vecinos de ventana, a las nueve y media de la noche de un domingo.

Y atrás salió Cesare salió con la pistola, la Beretta vieja del papá de ellos que no se disparaba desde Echeverría, y le tiró dos tiros al aire — al aire, gracias a Dios, o gracias a que Cesare no le quitó bien el seguro a la rabia —, dos tiros que despertaron a la cuadra entera,

y los vecinos a la ventana, y los perros, y una señora gritando ¡ratero!