Capítulo 10 #6
Una tarde de domingo, en la casa de la colonia Doctores, Alberto buscaba el control remoto entre los cojines del sofá —ese control que en todas las casas vive siempre en fuga— cuando sus dedos tropezaron con algo pequeño y duro. Lo sacó. Era un zarcillo. Dorado, con una perlita falsa.
Alberto se quedó mirándolo en la palma de la mano.
Y algo pasó. Algo se movió en el fondo del agua oscura donde el bisturí había hundido todos sus recuerdos.
Una sombra. Una punzada. Una sensación rarísima, incómoda, de que ese zarcillo le decía algo, de que detrás de ese objeto pequeño había una historia grande, importante, dolorosa, una historia que él debería saber y no sabía.
Frunció el ceño. Apretó el zarcillo. Sintió cómo la sombra subía desde el fondo, despacio, hacia la superficie, como sube un ahogado, como subió su propia mano aquella noche hacia el barrote del balcón que no alcanzó.
—Yolanda —llamó, con el zarcillo en alto—. ¿Esto es tuyo?
Yolanda, desde la cocina, sintió que el piso se le movía.
Asomó la cabeza, vio el zarcillo en la mano de su marido, y por un segundo larguísimo el corazón se le detuvo, igual que se le había detenido un año atrás cuando otro Alberto, el de antes, le había puesto ese mismo zarcillo delante como una prueba en un juicio.
—Sí —dijo, con la voz cuidadosamente plana—. Es mío. Lo andaba buscando.
Alberto la miró. Miró el zarcillo. La sombra estaba ahí, a un palmo de la superficie, a un palmo de convertirse en recuerdo, a un palmo de devolverle toda la verdad: el otro zarcillo, el sofá de Daniel, la voz ronca, la caída, todo.
A un palmo. El mismo palmo que le había faltado para agarrar el barrote.
Y la sombra, igual que la cornisa, no aguantó. Se deshizo. Volvió a hundirse en el agua oscura sin terminar de salir, dejándole apenas un cosquilleo molesto que Alberto, que ya no era un hombre de sombras, se sacudió con un encogimiento de hombros.
—Ten. Toma. —Le pasó el zarcillo, ya sin interés—. Cuídalo, que esas cosas se pierden.
Y volvió a hundir la mano en los cojines, buscando el control, silbando bajito, mientras Yolanda apretaba el zarcillo contra el pecho y respiraba por primera vez en un minuto entero.
La verdad le había pasado a Alberto rozándole los dedos, como le rozó el barrote aquella noche. Y como aquella noche, no la agarró.
* * *
Cuenta la leyenda —porque estas historias terminan siempre convertidas en leyenda de cocina, de sobremesa, de chisme repetido en voz baja sobre el fregadero— que la vida es enigmática y que nadie la entiende del todo, y que es mejor así,
porque si la entendiéramos no tendríamos nada de qué hablar mientras se enfría el café.
Que en aquel restaurante, en aquella familia, en aquel mundo de cuernos, las cuentas se cobraron todas, una por una, despacio, sin prisa, con la paciencia torcida y exacta del destino, que es el único cobrador del mundo que nunca olvida una deuda y nunca se equivoca de puerta.
Que esta historia había empezado con los dos hombres más mujeriegos, más galanes, más corneadores de toda la Colonia Roma —Alberto y Daniel, los compadres del alma, los que ponían los cuernos sin despeinarse y sin pagar jamás,
los que brindaban juntos por sus conquistas y se reían de los maridos engañados como si ellos fueran de otra raza, inmunes, intocables—, convencidos los dos hasta el tuétano de que el adulterio era un deporte de hombres listos en el que ellos, por listos, no perdían nunca.
Y que terminó, un año exacto después, con los dos puestos cabrones hasta las cejas, sin enterarse de nada, felices: Alberto engañado por Yolanda con Hermes, el mismo maestro de colegio por el que toda la historia había arrancado, cerrando un círculo tan perfecto que daba escalofríos,
mientras la amnesia, piadosa y burlona, le sostenía la sonrisa en la cara.
Y Daniel engañado por Paola con Frank y con Bruno, con dos a la vez, mientras se paseaba por la casa convencido de ser un esposo redimido, un hombre nuevo, un ejemplo de fidelidad recobrada.
Los dos cazadores, cazados. Los dos verdugos, ejecutados con su propia hacha y sin sentir el filo.
Los dos riéndose todavía, ajenos, plácidos, durmiendo el sueño de los justos que no son justos, sin sospechar ni por un instante que la misma rueda que ellos habían hecho girar alegremente durante tantos años, aplastando a tantos, les había dado por fin la vuelta completa y los había dejado,
a ambos, exactamente en el lugar donde tantas veces, riéndose, habían dejado a otros.
Así es la vida. Enigmática, paciente, sorda a las súplicas y justa a su manera retorcida, que no es la justicia de los jueces ni la de los curas, sino otra, más lenta y más segura: la que no castiga de frente, sino de costado, cuando uno ya se creía a salvo.
Da la vuelta. Siempre da la vuelta. Aunque tarde un libro entero en darla, siempre, siempre da la vuelta.
Y en este mundo de cuernos, al final del cuento, cuando se apagan las luces del restaurante y don Giuseppe echa la llave y la Colonia Roma se duerme sobre sus secretos, resultó que todos, absolutamente todos, eran cornudos.
Hasta los que se reían creyendo que el cuerno era, siempre, cosa de los demás.
Y la pregunta más grande que te deja la autora, querido lector, es esta: ¿será que tú también llevas los cuernos y ni te has enterado?
— FIN —