Mundo de cuernos Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

el pizarrón al fondo con la tarea del viernes todavía escrita — y la mezcla de ternura y de escándalo le subió por el vientre junto con el placer, trenzada con él, imposible ya de separar.

— Hermes... — La voz no le salió de advertencia. Le salió de aviso.

Él entendió. No cambió nada: esa fue la sabiduría, no cambiar nada, mantener el ritmo exacto que la estaba llevando, y Yolanda se vino con un gemido que intentó tragarse y no pudo, un sonido grave que rebotó en el salón vacío y fue a morir contra el mapa de la República pegado en la pared.

Se vino largo, en oleadas, con los talones clavados en la espalda de él, y cuando la última ola la soltó se quedó temblando en el borde del escritorio, despeinada, con la sensación absurda y exacta de haber vuelto a su cuerpo después de meses de vivir en el pasillo.

Hermes se incorporó y la abrazó así, temblando, y se quedó quieto, y ese quedarse quieto fue casi peor que todo lo demás, porque era el gesto de un hombre que no estaba apurado por cobrar.

Fue ella la que lo buscó. Ella la que le abrió el cinturón con dedos torpes de temblor, ella la que lo liberó del pantalón y lo encontró duro y caliente y lo guio.

Hermes le levantó las piernas una por una, se las acomodó sobre los hombros con la misma delicadeza con que había salvado los exámenes, y entró en ella despacio, completo, con un gemido bajo que escondió contra su tobillo, besándole el tobillo,

y Yolanda pensó que nadie le había besado un tobillo en la vida y que era una estupidez que eso le mojara los ojos y los dejó mojarse.

La sintió dentro de ella como una afirmación.

No era solo el sexo, no era solo la piel; era él, era todo él, era el chico del plumón en la mano al que había visto crecer y al que ahora sentía llenarla por dentro, cada centímetro abriéndole un espacio nuevo.

Se dejó ir contra el escritorio, se dejó hacer, se dejó ser la mujer que él estaba descubriendo a besos y a empujones.

— Así — susurró ella, y la voz le salió rota—. Así, mi vida. Así.

La tomó así, en el borde del escritorio, con un ritmo hondo y sin estridencia, las manos de ella buscando las de él y encontrándolas, los dedos entrelazándose sobre sus propias rodillas.

Hermes empujaba con una cadencia que parecía nacida de ella misma, como si su cuerpo le estuviera dictando a él el ritmo exacto que necesitaba.

Yolanda soltó una de sus manos y llevó los dedos temblorosos hasta sus propios senos.

Los encontró duros, los pezones erectos como dos pequeños botones de carne que le pedían atención.

Los acarició con avidez, apretándolos, pellizcándolos suavemente mientras sentía cómo la verga de él se hundía en ella una y otra vez.

Con la otra mano descendió hasta su propio sexo, hasta donde el cuerpo de él entraba y salía, y comenzó a frotarse el clítoris con movimientos circulares, rápidos, desesperados.

La sensación de tenerlo dentro mientras ella misma se masturbaba era abrumadora.

Cada embestida de él empujaba sus dedos contra el punto exacto donde más lo necesitaba, y Yolanda se arqueó sobre el escritorio, los ojos vidriosos, la boca abierta.

— Esto es lo que querías — le dijo, y su voz era un hilo de placer y de desafío—. Esto es lo que querías, ¿verdad, Hermes? Anda, mi vida, tómalo. Soy tuya. Por favor, destrózame.

Las palabras salieron de ella como un exorcismo, como si nombrar la rendición la hiciera más real. Hermes gruñó contra su cuello y aceleró el ritmo, sus caderas golpeando contra las de ella con una fuerza nueva, animal. El escritorio crujió. El pizarrón vibraba.

El orgasmo que la alcanzó no fue una ola: fue un derrumbe.

Le subió desde los dedos de los pies, le reventó en el vientre, le estalló en el pecho.

Su vulva se contrajo alrededor de él una, dos, tres veces, succionándolo hacia adentro con espasmos profundos y calientes que ella misma sentía recorrerle la columna.

Jadeó. Lloró. Se mordió el labio y lo sintió hinchado.

Su mano libre se aferró al borde del escritorio y las uñas dejaron marcas en la madera mientras un torrente de placer la inundaba por dentro, mojándole los muslos, empapándole los dedos que aún se frotaban sin poder parar.

Hermes la miraba desde arriba con los ojos negros, con la respiración descompuesta, empujándola a través de su propio orgasmo sin soltarla.

El salón olía a lápiz y a pino y ahora también a ellos.

En algún piso lejano una puerta dio un golpe de viento y los dos se congelaron un segundo, los ojos muy abiertos, el corazón en la boca — y no era nadie, era el edificio respirando —, y siguieron, y el susto les dejó en el cuerpo una urgencia nueva, más oscura, que aceleró todo.

— Me voy a venir — avisó él, con la voz deshecha.

— Afuera. — Yolanda le apretó las manos —. En mi vientre. Quiero verte.

Hermes salió de ella en el último segundo y se vino sobre su vientre desnudo, pulsos calientes sobre la piel, con un sonido roto que se mordió a la mitad, y se quedó después con la frente apoyada en las rodillas de ella, respirando como un náufrago,

mientras Yolanda le acariciaba el pelo con una mano y con la otra se tocaba el vientre tibio, despacio, como quien comprueba que algo pasó de verdad.

Destrózame — y eso mientras ella se acariciaba los senos con una mano y se masturbaba con la otra.

La explosión de placer que le causó el orgasmo fue un terremoto íntimo que la dejó temblando, sollozando, agarrada a él como si fuera el único objeto fijo en un mundo que se desmoronaba a su alrededor.

Yolanda se quedó allí, sobre el escritorio, con las piernas todavía temblorosas, con el cuerpo de él todavía cerca, con la certeza de que acababa de romper todas las reglas que alguien había escrito para ella.

Y no quería volver a escribirlas.

Se vistieron en silencio. No un silencio incómodo: un silencio de iglesia, de después de algo. Hermes le alcanzó las pruebas de matemáticas, emparejadas, intactas, y ella las recibió y las apretó contra el pecho como un escudo que llegaba tarde.

— Yolanda...

— No digas nada todavía. — Ella se acomodó la falda, el pelo, la cara. La cara fue lo que más le costó —. Si lo hablamos ahorita, lo arruinamos o lo volvemos serio. Y no sé cuál de las dos cosas me da más miedo.

Hermes asintió. Se puso los lentes, que era su manera de volver al mundo. En la puerta del salón se detuvo.

— Fue divino — dijo —. Hablamos luego.

Y se fue, y Yolanda se quedó sola en el salón vacío con sus exámenes apretados contra el pecho.

Caminó a casa de su madre pensando en lo que había pasado y el cuerpo encendido.

Esperaba culpa. Había culpa, sí — una culpa enorme, puntual, instalándose por capas mientras el semáforo no cambiaba: la alianza delgada de Hermes, la esposa de Hermes que existía en alguna casa de esta misma ciudad, Mateo, su mama, el cuarto compartido, los años con Alberto —,

pero debajo de la culpa, sosteniéndola, había otra cosa que no tenía derecho a estar ahí y estaba: la sensación de haber sido vista.

De que un hombre la había mirado corregir pruebas en un salón vacío y había visto a una mujer, no a una logística.

Y lo más peligroso no era Hermes, entendió, mientras el semáforo por fin cambiaba.

Lo más peligroso era esto: que todavía amaba a Alberto — lo amaba, qué desgracia, qué muela rota — y que acababa de descubrir que se podía amar a un hombre y volver a la vida en el escritorio de otro.

Que las dos cosas cabían. Que el cuerpo tenía cuartos que el corazón no administraba.

Esto no puede volver a pasar, se dijo, doblando en la calle de su madre.

Y se dio cuenta de que lo había pensado con las mismas palabras exactas con que un mentiroso planearía repetirlo.

* * *

Para el domingo, Denisse ya tenía rutina en la casa de Las Lomas: el cuarto de huéspedes con la maleta a medio deshacer — deshacerla del todo habría sido admitir algo —, su taza apropiada en la cocina,

y el sillón del estudio donde ella y Paola se sentaban por las noches a hacer lo que no habían hecho en dieciocho años: hablar sin reloj.

Hablaban de Roma y de la preparatoria, de Marco y de las rosas del jueves, de los padres muertos y los vivos, y Paola descubrió que la amistad recuperada tenía una ventaja sobre la amistad continua: se podía contar la vida editada, en capítulos cerrados,

sin que la otra hubiera sido testigo de las contradicciones.

Denisse escuchaba como bebía: sin prisa y sin dejar gota.

Solo había un tema donde a Denisse se le iba la mano, y era justamente el tema que Paola no quería en la mesa.

— Lo que no entiendo — dijo Denisse el sábado por la noche, girando el vino — es esa antipatía tuya con Alberto.

El hombre es educado, trabaja como un buey, tiene esa cosa de los hombres que saben dónde ponen las manos...

Y guapo, Paola, seamos serias, guapo de campaña publicitaria. Tú lo tratas como si te debiera dinero.

— Me debe respeto. Es mi empleado.

— Te sobra respeto. Te dice señora con acento y todo. — Denisse la miró por encima de la copa —. ¿Qué te hizo?

— A mí, nada. A Yolanda, que es mi amiga, todo. — Paola se levantó a buscar más hielo que no hacía falta —. Y tú vas a tener que darte un baño de agua fría, querida. Te apasionas mucho hablando de ese sinvergüenza.

— En Roma el agua fría está carísima — dijo Denisse, y se rio sola, de algo que no compartió.

Paola la dejó reírse. Pero esa noche, en la cama, con Daniel dormido a su lado en el lado de siempre, hizo una cuenta que no quería hacer: Denisse alabando a Alberto, Camila sonriendo cuando Denisse alababa a Alberto,

y la noche de la disco de la que las dos habían vuelto contando poco y de buen humor.

Las piezas no le formaron una figura. Le formaron una inquietud, que es lo que forman las piezas cuando una se niega a terminar el rompecabezas.

La archivó. El cajón donde la archivó ya estaba lleno y cerraba mal.

* * *

El miércoles empezó con misa, porque Doña Carmela Visconti de Ricci estaba de visita desde el martes y Doña Carmela no concebía un miércoles sin Dios ni un Dios sin testigos.