Capítulo 3
El lunes amaneció con ese cielo blanco de la Ciudad de México que no promete lluvia ni la descarta, y Yolanda lo agradeció: era un cielo que no exigía nada.
Vistió a Mateo medio dormido, le dio el desayuno a cucharadas de avión que el niño aceptó sin abrir bien los ojos, y lo dejó en casa de su madre antes de las siete.
Lucrecia abrió la puerta con el delantal puesto y el radio de la cocina ya encendido, y le bastó una mirada para hacer el diagnóstico que llevaba meses haciendo.
— Estás flaca de la cara — dijo, recibiendo al niño dormido contra el hombro —. Eso no es de comer poco. Eso es de tragar mucho.
— Mamá, no empieces.
— No empiezo. Termino. — Carmen le acomodó a Mateo la cabecita —. Anda, vete a tu trabajo. Aquí el niño come y duerme. La que me preocupa no duerme ni come.
Yolanda camino hasta la escuela pensando en todo lo que le aquejaba.
Lo que la tenía flaca de la cara no era el sábado, ni la mentira de las cartas, ni la voz de la esposa de Frank desmintiéndolo por teléfono sin saber que lo desmentía.
Eso ya casi no dolía, y ahí estaba el problema: que ya casi no doliera.
Lo que la tenía flaca de la cara era lo otro, lo que no le podía decir a su mama ni a Paola ni a nadie: que después de todo, debajo de todo, todavía lo amaba.
Que el amor no se le había muerto con las mentiras; se le había quedado adentro como una muela rota, inútil para masticar y puntual para doler.
Una podía dejar de creerle a un hombre. Dejar de quererlo era otro trámite, en otra ventanilla, con otra fila.
La escuela olía a lápiz y a desinfectante de pino.
A media mañana pasó lo que pasaba dos o tres veces al año: junta extraordinaria de la directiva, suspensión de clases después del recreo, niños despachados temprano entre gritos de júbilo y mochilas mal cerradas.
Para las doce y media el edificio se había quedado en ese silencio particular de las escuelas vacías, que no es un silencio de paz sino de pausa, como si las paredes esperaran.
Yolanda se quedó. Podía corregir las pruebas en casa, pero en casa estaba la casa: la taza de Alberto en el lavaplatos, la cama tendida de un solo lado, el televisor que él prendía para no hablar.
Prefirió el salón vacío, su escritorio, la torre de exámenes de matemáticas con la letra redonda de sus alumnos.
Cuatro por seis. Ocho más trece. Había algo piadoso en corregir operaciones simples: eran problemas que sí tenían solución, y la solución era una sola, y estaba al alcance de un niño.
No escuchó los pasos. Escuchó la voz.
— Pensé que ya se habían ido todos.
Hermes estaba en la puerta del salón con un fólder bajo el brazo y los lentes en la mano, en ese gesto suyo de quitárselos para mirar de verdad.
Tenía veinticinco años, una alianza delgada en el anular y los dedos manchados de plumón azul, porque era de los que escribían en el pizarrón apoyando la mano, y esa mancha — Yolanda lo había notado hacía meses, sin permiso — le llegaba siempre hasta el costado de la palma,
como una frontera mal dibujada.
— Me quedé corrigiendo — dijo ella —. En mi casa no se puede.
No era verdad y era toda la verdad. Hermes entró sin que lo invitaran y sin que hiciera falta, jaló una silla de niño y se sentó al revés frente al escritorio, los brazos cruzados sobre el respaldo, con esa falta de prisa que era lo primero que ella le había envidiado a su esposa.
— ¿Cómo estás tú?
Ahí estaba. La pregunta. Cualquiera preguntaba cómo estás; Hermes preguntaba cómo estás tú, con el pronombre puesto al final como un dedo señalando, y se quedaba callado después, esperando la respuesta entera, sin mirar el teléfono, sin completarle las frases.
Yolanda había decidido semanas atrás que esa manera de preguntar era una trampa. Lo había decidido para no caer en ella.
— Bien — dijo. Y la palabra le salió tan delgada, tan mal hecha, que se quedó mirándola en el aire como a un examen reprobado.
Hermes no dijo nada. Esperó.
Y Yolanda, que llevaba dos días sosteniendo la cara delante de su madre, de su hijo, de su marido dormido con el sueño limpio de los mentirosos, sintió que la cara se le venía abajo de una sola vez, sin escalas, como se vienen abajo las cosas que se sostuvieron demasiado tiempo.
No lloró bonito. Lloró con hipo, con la nariz, con las manos abiertas sobre las pruebas de matemáticas, y le contó.
No todo. Lo suficiente. El sábado, la llamada, la mentira de las cartas.
La taza fría en la cocina. Lo que era acostarse cada noche junto a un hombre que dormía bien.
— Lo peor no es que me mienta — dijo al final, ya sin hipo, con esa calma exhausta de después del llanto —. Lo peor es que ya le entendí el sistema. Y una mujer que le entiende el sistema a su marido ya no es su esposa, Hermes. Es su auditora.
Hermes se había cambiado de silla en algún momento del llanto. Ahora estaba en cuclillas junto a ella, una mano en el respaldo de la silla de Yolanda, sin tocarla, y la miraba desde abajo con los lentes guardados en el bolsillo de la camisa.
— Yolanda.
— No me digas que me merezco algo mejor — lo atajó ella —. Eso me lo dice todo el mundo. Es lo que se le dice a las mujeres como yo para no tener que hacer nada por ellas.
— No te iba a decir eso.
— ¿Entonces?
— Te iba a decir que tienes una pestaña aquí. — Y le rozó el pómulo con el pulgar, despacio, y le mostró la pestaña en la yema del dedo como una prueba pericial —. Pide un deseo.
Yolanda se rio. Fue una risa corta, rota a la mitad, pero fue una risa, y los dos supieron en ese instante exacto que algo se había quedado sin vigilancia.
Después nadie pudo decir quién empezó. Ella diría que él acercó la cara; él habría jurado que fue ella la que bajó la distancia.
Lo cierto es que el beso ya estaba ocurriendo cuando los dos se dieron cuenta de que ocurría, y que ninguno lo detuvo, y que la pestaña con el deseo pedido se perdió en el piso del salón, entre las patas de las sillas de los niños.
Fue un beso largo y serio, con sabor a sal del llanto, y cuando se separaron Yolanda tenía las dos manos agarradas del cuello de la camisa de él, sin recordar habérselas puesto ahí.
— Esto es una locura — dijo ella, contra su boca.
— Sí.
— Estamos en la escuela.
— No hay nadie. El conserje se fue a comer. — Hermes le apartó el pelo de la cara con la mano manchada de azul —. Dime que pare y paro. Pero dímelo tú. No me lo diga la auditora.
Yolanda lo miró. Pensó en Alberto dormido con su sueño limpio.
Pensó en la taza. Pensó, absurdamente, en cuatro por seis, en ocho más trece, en los problemas que sí tienen solución.
Y descubrió que el cuerpo ya le había contestado a Hermes desde antes, que las manos seguían en el cuello de la camisa de él y que ella misma, su cabeza, su famosa sensatez de maestra, era la única que faltaba por enterarse.
— No pares — dijo.
Hermes la besó otra vez y esta vez no hubo mitades.
La levantó de la silla con las dos manos en la cintura y la sentó en el borde del escritorio, apartando la torre de exámenes con un antebrazo, con un cuidado que en medio de la urgencia resultó casi cómico — acomodó las pruebas, las emparejó, las puso a salvo —, y Yolanda volvió a reírse,
y esa segunda risa terminó de derribar lo que quedaba en pie.
Le subió la falda con las palmas abiertas, despacio, mirándola a los ojos a cada centímetro como quien pide permiso por escrito, y se arrodilló entre sus piernas.
Le besó la cara interna del muslo izquierdo, después el derecho, sin prisa, con la paciencia de los hombres que no están demostrando nada, y cuando le apartó la ropa interior y la tocó con la lengua por primera vez,
Yolanda se agarró del borde del escritorio con las dos manos y dejó de ser la auditora de nadie.
La lengua de Hermes era tibia y precisa y no tenía sistema.
Eso fue lo que la deshizo: que no tuviera sistema.
Alberto, en los buenos tiempos, le hacía el amor como quien ejecuta una rutina que le ha funcionado con público diverso; Hermes la estaba leyendo en tiempo real, atento a cada respiración, regresando a donde ella se tensaba, demorándose donde la escuchaba quebrarse.
La boca de Hermes la envolvía con una devoción líquida, los labios sellándose alrededor de su clítoris para succionar con una suavidad que parecía imposible.
La chupaba despacio, como quien sorbe un caramelo que no quiere que se acabe, y cada succión enviaba una onda expansiva desde el centro de ella hasta la punta de los dedos de los pies.
La lengua se aplanaba contra ella, después se endurecía, después trazaba círculos minuciosos alrededor de ese punto que ya latía con su propio pulso.
Hermes metía la punta apenas un centímetro dentro de ella, saboreándola, y después volvía arriba a chupar otra vez, alternando ritmos con una intuición que parecía sobrenatural.
Yolanda se mordió el dorso de la mano con tanta fuerza que sintió la marca de sus propios dientes, el hueso bajo la piel cediendo a la presión, mientras un gemido gutural se le ahogaba en la garganta y se convertía en un temblor que le recorría todo el cuerpo.
No podía soltar el escritorio, no podía hacer nada más que sentirse deshacer.
Hermes seguía chupando, succionando con cuidado, con la misma entrega con que un músico saca notas de un instrumento que conoce al dedillo.
Cuando ella creía que no podía más, él encontraba la manera de cambiar el ángulo apenas, de presionar con el labio inferior justo donde más lo necesitaba, y entonces a Yolanda se le fue la mano izquierda sola, sin permiso de su cerebro, y le agarró la cabeza,
hundiendo los dedos entre el pelo revuelto de él, apretándolo contra su sexo como si quisiera fundirlo con ella.
— No pares — le dijo, y ya no era un aviso, era una súplica ahogada por la respiración entrecortada—. Por favor, Hermes, no pares.
Él no paró. Él nunca iba a parar. Le sostenía los muslos con las dos manos abiertas y la mancha azul de la palma le quedaba contra la piel blanca, y Yolanda bajó la vista y vio eso — la cabeza de él entre sus piernas, la mancha de plumón, su propia falda arrugada en la cintura,