Mundo de cuernos Capítulo 2 #6
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Capítulo 2 #6

Alberto llegó a su casa a las ocho de la noche con la mentira planchada.

La había planchado en el carro, frente a la casa, durante diez minutos de motor apagado: Frank, las cartas, el teléfono muerto.

Repasó los pliegues. Frank ya estaba avisado — un mensaje desde el hotel, si pregunta Yolanda, jugamos cartas, te debo una — y Frank, que le debía tantas, había contestado con un pulgar arriba.

Lo que Alberto no sabía era que las mentiras, como las camisas, se planchan de un solo lado.

— Me quedé en casa de Frank — dijo —. Jugando cartas. Me venció el sueño, apagué el teléfono, perdóname.

Yolanda estaba sentada en la mesa de la cocina, con las manos alrededor de una taza fría.

— Llamé a Sara — dijo, sin levantar la voz —. A las once de la mañana. Me dijo que no te habían visto. Que Frank llegó solo y temprano.

Un segundo. Dos. Alberto eligió la peor de sus herramientas, que era la mejor que le quedaba: la indignación.

— Esa vieja está loca. Estaba furiosa porque Frank se quedó conmigo, claro que te va a decir eso. — Se quitó la camisa camino del cuarto, dando la espalda —. Estoy muerto, Yolanda. Vamos a dormir.

Yolanda se quedó un minuto más en la cocina, mirando la taza.

Después lavó la taza, apagó la luz, y se acostó junto a su marido, de cara a la pared, llorando hacia adentro con esa técnica que había perfeccionado sin darse cuenta de estarla aprendiendo.

Pensó en Hermes, que preguntaba cómo estás tú como quien de verdad quiere saber.

Lo pensó sin culpa por primera vez. Eso fue lo que más la asustó.

Se quedó despierta mucho rato, oyendo la respiración de Alberto volverse profunda y pareja — los hombres que mienten duermen bien, pensó, y le pareció una injusticia de diseño —.

Hizo cuentas en la oscuridad: cuántos sábados como este llevaba, cuántas Saras la habían desmentido sin querer, cuántas veces había lavado la taza y apagado la luz.

Las cuentas no le dieron una decisión. Le dieron algo previo, más pequeño y más peligroso: el fin del beneficio de la duda.

Mañana en la escuela vería a Hermes en el pasillo del segundo piso, junto a las carteleras, donde siempre.

Y por primera vez no iba a fingir que pasaba por ahí de casualidad.

En el departamento de Valentina y Félix, la guerra duró hasta la medianoche.

— ¡Con una mujer! — repetía Félix, caminando por la sala —. ¡Con esa puta lesbiana! No me imaginaba que fueras tan cochina. Mañana mismo le digo a tu mamá para que la corra del restaurante, te lo juro que—

— Párale ahí. — Valentina no gritó. Y eso fue lo que lo paró: la voz baja, la espalda recta, los ojos azules de la abuela que cruzó el Atlántico —.

Te pedí perdón por cómo te enteraste. Es lo único de lo que me arrepiento.

Tú te emborrachaste hasta quedar inservible, eso no es excusa para lo que hice, pero pasó lo que pasó.

Ahora escúchame bien, porque lo voy a decir una sola vez: si le dices una palabra a mi mamá, si le reclamas algo a Marisela, si por tu culpa esa mujer pierde su trabajo — tú y yo terminamos esa misma hora.

Y el apoyo que mi familia le da a tu negocio se termina con nosotros.

Tú decides qué tan grande es tu escándalo.

Félix se quedó mirándola con la boca entreabierta. La conocía firme; no la conocía así. Hizo el cálculo — el préstamo del local, la fianza que firmó Don Giuseppe, los clientes que le mandaba Daniel — y el cálculo le ganó al orgullo, como le ganaba siempre.

— Bueno tampoco es para tanto — dijo al fin, desinflándose en el sillón —. Por lo menos no me pusiste los cuernos con un tipo.

Valentina lo miró un segundo largo, con algo en la cara que él no supo leer, y se fue al cuarto sin contestar.

Se quedó un momento de pie en la oscuridad, la espalda contra la puerta, escuchando a Félix moverse en la sala.

Lo que sentía no era victoria. Era el cansancio limpio de después de las batallas que una no eligió pero tampoco esquivó.

Pensó en su madre — en esa manera que tenía Paola de ganar discusiones sin levantar la voz, de poner las condiciones como quien lee un menú — y se reconoció en el método con una mezcla de orgullo y de alarma.

Algunas herencias no se piden. Se manifiestan.

Ya en la cama, el teléfono vibró. Marisela: ¿Estás bien?

Valentina miró el techo. Pensó la respuesta un minuto entero.

Todo bien. Hablamos mañana — y una carita, y un tqm, y se durmió con el teléfono en el pecho.

Félix se metió a bañar antes de acostarse.

Bajo el agua caliente, con la cruda bajando por fin, se quedó mirando el desagüe y dejó que la noche anterior volviera en oleadas, como había llegado: la disco, el sillón, el coche.

La franja de sombra del asiento trasero.

Un cierre bajándose diente por diente. Una mano que no era la suya cerrándose donde nadie se había atrevido.

Una pregunta susurrada al oído — ¿estás seguro?

— y su propia mano apretando que sí. Y al final, unos ojos sosteniéndole la mirada en la penumbra mientras se limpiaban la palma con la lengua, despacio, como quien firma.

Cerró la llave del agua. Se quedó inmóvil, goteando, mientras las imágenes terminaban de enfocarse y la cara de Alessandro aparecía en el centro de todas.

— Puta madre — dijo, al baño vacío.

Y el baño, como todo en esta historia, escuchó y no dijo nada.