Mundo de cuernos Capítulo 2 #5
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Capítulo 2 #5

El dolor empezó a ceder. Camila sintió algo desplazándose, reconfigurándose adentro. El placer llegó primero como una cosquilla leve, después como un calor que subía desde el vientre, después como una corriente eléctrica que recorría su columna.

— Más duro — pidió, con la voz ronca—. Dale más duro, Alberto.

Él obedeció. Aumentó el ritmo, las embestidas más largas, más profundas.

Camila gemía sin control, aferrada a Denisse, que la besaba en la boca y bajaba una mano a su clítoris para ayudarla a subir el placer desde los dos lados.

La habitación se llenó de los gritos de Camila, de los jadeos de Alberto, del sonido de la piel contra la piel.

— Me voy a correr — jadeó Camila—. Me voy a correr, Alberto.

— Ven — dijo él, con la voz rota—. Vente para mí.

El orgasmo la sacudió entera, las contracciones anales apretando el miembro de Alberto mientras él seguía empujando, vaciándose dentro de ella hasta la última gota. Después salió de golpe y se corrió en el vientre de Camila, chorros calientes y espesos que cayeron sobre su piel sudorosa.

Quedaron los tres atravesados en la cama, sudados, ajenos.

— En Italia — dijo Denisse al techo, recuperando el aire — esto habría requerido tres cenas y un notario.

Camila se rió. Alberto, entre las dos, sintió por segunda vez en una semana que la cadena de cálculos se le movía: pensó en Yolanda esperándolo, pensó en la bronca de mas tarde, y archivó las dos cosas en el cajón de las cinco de la tarde.

* * *

En Las Lomas, Paola no podía dormir. Había sido la noche entera: Denisse mirando a Alberto, el comentario de las rodillas, la copa apretada entre sus dedos como si fuera el cuello de alguien.

Algo se le había quedado encendido por dentro, una brasa que no se apagaba con nada, y a las dos de la madrugada se rindió a la evidencia.

Despertó a Daniel con la mano y con la boca — los dedos recorriéndole el pecho, la lengua encontrando el camino por sí sola — sin preámbulo, con una urgencia que hacía meses no le mostraba.

Daniel, sorprendido, halagado, medio dormido, respondió como respondía a todo: correctamente.

El sexo fue el de siempre. Las manos de él sobre sus pechos, la boca buscando los pezones con esa puntualidad de quien cumple un expediente, la penetración cuando ella ya estaba mojada no por él sino por las horas de imaginar a otro.

Daniel se movía con el ritmo aprendido, el mismo desde hacía veinte años, y Paola sintió que el cuerpo le respondía por puro reflejo, como un músculo que se contrae cuando alguien toca el tendón correcto.

Hubo un momento — Daniel encima, su peso conocido, la respiración de él acelerándose con el guion de siempre — en que Paola intentó quedarse.

Quedarse de verdad: en este cuerpo, con este hombre, en este matrimonio.

Apretó los muslos alrededor de él, hundió las uñas en su espalda, trató de concentrarse en el olor de su colonia, en la textura de su piel.

Lo intentó como quien intenta sostener agua con las manos abiertas. Le duró lo que dura el agua.

Cerró los ojos sobre el hombro de su marido y la cabeza hizo lo que llevaba semanas haciendo sin permiso: le cambió la cara.

Las manos de Daniel se volvieron más grandes, más ásperas, con esas venas marcadas que ella había visto cientos de veces en la barra del restaurante.

La voz que jadeaba contra su oído bajó un tono, se volvió más grave, con ese acento que no era de la Ciudad de México sino de alguna otra parte.

La camisa inexistente se volvió blanca e impecable, y fue el nombre de Alberto — pensado, no dicho, mordido adentro, clavado en la almohada con los dientes — el que la empujó al orgasmo.

Uno largo y culpable. Las contracciones vaginales apretaron el pene de Daniel con una intensidad que él interpretó como propia y no discutió. Paola se quedó quieta, temblando, disfrazando con un gemido conyugal lo que había sido una traición completa.

Daniel se durmió a los cinco minutos, satisfecho de sí mismo.

Paola se quedó mirando el techo, con el cuerpo de un hombre al lado y el fantasma de otro adentro, y pensó que había una palabra para lo que acababa de hacer y que la palabra no era infidelidad pero vivía en la misma calle.

* * *

El domingo amaneció cobrando facturas.

Félix despertó primero, en un cuarto que no conocía, con la boca de cartón y un taladro detrás de los ojos.

Tardó en armar el rompecabezas: la disco, el coche, esto debe ser casa de Marisela.

La cama de al lado, vacía. Salió a buscar agua por un pasillo ajeno, abrió una puerta creyendo que era el baño, y el mundo se le detuvo: Valentina dormida, desnuda, enredada con Marisela bajo una sábana que no tapaba nada que necesitara interpretación.

El escándalo despertó a la cuadra. Félix gritando, Valentina envuelta en la sábana gritando más fuerte que él, Marisela pálida, de pie junto a la cama, sin defenderse.

Se fueron a los diez minutos, Félix dando un portazo, Valentina vistiéndose en el pasillo, y Marisela se quedó sola en su casa exacta, sentada en la cama deshecha, con la felicidad de anoche convertida en una cuenta regresiva que acababa de llegar a cero.

Recogió las copas de la última copa de la noche, todavía en la sala, una con un resto de vino y la marca de un labio.

Las lavó despacio. Hizo la cama del cuarto de visitas, donde Félix había dormido sin saber que dormía en el epicentro.

Y después se sentó en su propia cama deshecha, que todavía olía a las dos, y se obligó a pensar como pensaba en el restaurante: por inventario.

Lo que tenía: doce años de trabajo. La confianza de Paola, que era una moneda que no se acuñaba dos veces. Una casa pagada a medias. Una reputación de mujer seria en un gremio que perdonaba todo menos el escándalo.

Lo que había hecho: pasar la noche con la hija de su jefa.

Con la niña que había llegado a los ocho años a comer aceitunas al mostrador.

Veinte años, sí. Adulta, sí. Y también: la hija de Paola, la novia de Félix, una muchacha que anoche había descubierto un continente y que a esta hora ya estaba peleando su primera guerra por él.

Lo que no podía hacer: arrepentirse. Lo intentó, por disciplina, durante un minuto entero. No le salió. Eso fue lo que más le preocupó del inventario: que la columna del arrepentimiento estuviera vacía y la otra, la que no tenía nombre decente, estuviera llena.

Pensó en Paola. Pensó en el lunes, en cómo iba a mirarla por encima del cuaderno. Puso a hervir agua para un café que no se iba a tomar.

En el hotel del aeropuerto, Alberto despertó con el plan de irse temprano y la bronca de Yolanda ya prendida en la imaginación.

Pero Denisse pidió desayuno al cuarto—, y entre las dos lo convencieron con el argumento irrebatible de que la bronca iba a ser del mismo tamaño a cualquier hora.

Pasaron el día en la piscina del hotel como tres turistas de su propia ciudad.

Fueron a la tienda del hotel y compraron trajes de baño: él escogió uno tradicional; Camila y Denisse, dos modelos que no dejaban nada a la imaginación.

Ya en la piscina Denisse pidió micheladas y camastros juntos y administró la mañana con la misma batuta de la madrugada.

Hablaron de todo lo que no importaba, que es de lo que se habla en las piscinas: que si el agua estaba fría, que si el mesero se parecía a un actor, que si en Roma las piscinas de hotel eran mejores — no lo eran, concedió Denisse, en Roma todo era más bonito y peor —.

Alberto flotaba bocarriba con los ojos cerrados y por momentos conseguía lo imposible: no pensar en nada.

Ni en Yolanda, ni en la bronca, ni en la cuenta que prefería no hacer.

El agua tenía esa propiedad. Por eso no salía.

— ¿Puedo preguntarte algo? — le dijo Denisse a Camila, las dos en los camastros, Alberto lejos, flotando —. ¿Hace cuánto?

Camila no fingió no entender. Eso le gustó a Denisse.

— Unos meses.

— ¿Y tu mamá?

— Mi mamá no sabe. — Camila se subió los lentes de sol al pelo y la miró —. Y no va a saber.

— No te lo preguntaba para contarle. Te lo preguntaba porque anoche, cuando él te miraba, hacía una cosa con la mandíbula.

— Denisse bebió de su michelada —. Marco la hacía los primeros años.

Después la dejó de hacer conmigo y un día se la vi haciendo con otra.

No es un consejo, niña. Es solo cartografía: para que sepas en qué parte del mapa estás parada.

Camila no contestó. Miró a Alberto flotando, el pecho subiendo y bajando en el agua azul, y por primera vez desde el cuarto de los manteles sintió el vértigo de verse desde afuera: dieciocho años, enredada con un hombre casado, mujeriego, empleado de su casa.

El mapa completo. Decidió, con esa voluntad suya de no dejar que la realidad le ordenara los sentimientos, que ya lo pensaría otro día.

— ¿Y tú? — devolvió —. ¿En qué parte del mapa estás tú?

— Yo estoy de vacaciones del mapa — dijo Denisse —. Es lo bueno de los terremotos: una temporada nadie te exige saber dónde vives.

Camila llamó a su madre al mediodía, desde el camastro, con la voz perfectamente administrada: que estaba con la Denisse, que habían amanecido en el hotel, que llegaba en la noche.

No mencionó a Alberto. Mentir omitiendo también lo había mamado en la caja registradora.

Paola, del otro lado, dijo que estaba bien, que le diera un beso a Denisse, y colgó con una inquietud pequeña y sin forma que decidió atribuir al cansancio.

Por la tarde subieron al cuarto, con el sol todavía en la piel y el cloro en el pelo, y volvieron a hacer el amor, más lento que de madrugada, con la confianza nueva de los cuerpos que ya se conocen el mapa: sin urgencia, con risas, con pausas para el agua fría del minibar,

Denisse y Camila turnándose el centro y Alberto dejándose dirigir otra vez, descubriendo que la obediencia, bien administrada, era una forma de descanso.

Cuando se despidieron en el lobby, ya de noche, Denisse les dijo:

— Lo de este fin de semana tiene una regla. La regla romana: lo que pasa en el imperio se queda en el imperio.

— ¿Y si el imperio cae? — preguntó Alberto, por hacerse el gracioso.

— Los imperios siempre caen, guapo. — Denisse se colgó el bolso —. La regla es para mientras tanto.