Capítulo 2 #4
La besó. Y se saboreó a sí misma en esa boca: salada, húmeda, un sabor que nunca había probado y que de repente reconoció como suyo. En vez de darle pudor, le dio hambre. Más hambre.
— Mari — dijo, con la voz ronca, pasándole la mano por el vientre —. Te quiero probar.
Marisela sonrió. Esa sonrisa suya que Valentina conocía desde los ocho años, pero que ahora se abría de otra manera, sin la distancia de la amiga que cuida, con la intimidad de la mujer que se entrega.
— Anda, pequeña. Soy tuya.
Valentina bajó por su cuerpo. Besó sus pechos, la curva de la cadera, la cara interna del muslo. Marisela olía a algo que no era perfume: era su propio olor mezclado con el de Valentina, y ese olor la mareaba de una manera que nunca le había pasado con nadie.
Cuando su boca llegó al centro de Marisela, Valentina sintió que el tiempo se detenía.
No sabía lo que hacía, pero su cuerpo sí.
La lengua encontró el camino sola, empujada por un instinto que no sabía que tenía.
Lamió despacio al principio, aprendiendo los pliegues, la textura, la forma en que Marisela se movía debajo de ella.
Introdujo un dedo. Después dos. Marisela se arqueó, y Valentina sintió cómo las paredes internas se contraían alrededor de sus dedos, cómo el placer subía como una marea que no podía detener.
Aceleró el ritmo. Su lengua trabajaba el clítoris mientras los dedos se movían adentro, buscando ese punto rugoso que hacía temblar a Marisela entera.
La respiración de ella se volvió un jadeo, después un gemido, después un chillido largo y agudo que Valentina no esperaba y que la llenó de una ternura feroz.
Tomó todos sus jugos con devoción, lamiendo hasta la última gota, sintiendo el sabor caliente y espeso en la lengua, la humedad que le corría por la barbilla. No apartó la boca hasta que Marisela dejó de temblar.
Marisela la subió hasta su cara y la besó como si el mundo dependiera de eso. Valentina sintió en sus labios el sabor mezclado de las dos, y supo que nunca iba a olvidarlo.
Después se quedaron enredadas en la cama deshecha, la madrugada azulando la ventana.
— Al despertar esto va a ser un problema — dijo Valentina, sin angustia, como quien lee el clima.
— Al despertar — dijo Marisela —. Ahora todavía no.
Se quedaron hablando en voz baja, de esas conversaciones horizontales que solo existen después: que cuándo lo supiste tú, que yo creo que en la sala de costura, que no, antes, que cómo antes, que el día de las servilletas azules, que eso fue hace meses, que ya sé.
Valentina le contó que nunca se había sentido así de despierta y le dio pudor decirlo y lo dijo igual, porque la madrugada tenía esa cualidad de confesionario.
Marisela le acarició la espalda con un dedo, dibujando nada, y le dijo que no se asustara de lo que el cuerpo sabía, que el cuerpo siempre llega primero a las verdades y la cabeza llega después a cobrarlas.
— ¿Y cuando la cabeza cobre? — preguntó Valentina.
— Pagamos — dijo Marisela —. Pero a plazos.
Valentina se durmió primero. Marisela se quedó un rato despierta, mirándola dormir, con una felicidad espantada que tenía la forma exacta de una cuenta regresiva.
* * *
En el Vértigo, la noche había seguido su propia química.
Fue en un descanso de la música, los tres apretados en el sillón del reservado, cuando Denisse — dos whiskies más allá de la diplomacia — tomó a Alberto de la barbilla y lo besó. Un beso de mujer de cuarenta y dos años que sabe exactamente lo que está cobrando y a quién. Alberto se dejó cobrar.
Camila los vio. Esperó los celos como quien espera un golpe.
No llegaron.
Llegó otra cosa, más extraña y más caliente: una curiosidad sin dueño, una sensación de estar mirando una puerta abierta.
Se acercó. Denisse se apartó de Alberto, la midió con una mirada de dos segundos, sonrió, y fue ella — no Alberto — quien tendió el puente: la mano en la nuca de Camila, la pregunta sin palabras, el beso.
Camila descubrió que besar a una mujer era distinto y que distinto no le molestaba, y cuando se separaron, Alberto las miraba a las dos con la cara de un hombre al que la noche le acaba de pagar todas las deudas.
— Yo tengo una habitación en el hotel del aeropuerto. La reservé antes de que tu mamá me invitara a su casa y no pensaba usarla — dijo Denisse —. Sería un desperdicio. — dijo Denisse —. Sería un desperdicio.
—Vamos—. Dijo Camila tomando a Alberto de la mano.
***
El cuarto del hotel olía a alfombra nueva y a la colonia de Alberto.
Hubo un momento, justo al entrar, en que los tres se quedaron de pie en la franja de luz que entraba del pasillo, y nadie encendió la lámpara, y el silencio preguntó si esto iba en serio. Fue Denisse quien contestó: se quitó los zapatos con dos movimientos, como quien se quita el apellido, y dijo:
— Reglas de la casa. Aquí nadie está casado, nadie es empleada de nadie y nadie es hija de nadie. Eso se queda en el pasillo con los zapatos. ¿De acuerdo?
— De acuerdo — dijo Camila.
Alberto tardó un segundo más. Pensó en Yolanda exactamente durante ese segundo, con una punzada que sabía a qué horas volvería a cobrarse, y después hizo lo que hacía siempre con las punzadas.
— De acuerdo — dijo, y cerró la puerta.
Lo que pasó ahí dentro no tuvo la lentitud de la casa de Marisela: fue hambre repartida, ropa por el suelo, tres cuerpos negociando geometrías entre risas y órdenes a media voz.
Denisse dirigía con una naturalidad de directora de orquesta — tú aquí, tú así, ella primero — y el agua caliente del jacuzzi les llegaba a la cintura, las burbujas envolviendo sus cuerpos como un manto cómplice.
Alberto quedó en el centro, la espalda apoyada en el borde de azulejos; Camila a su derecha, Denisse a su izquierda, y las dos mujeres se miraron por encima de él antes de bajar la cabeza al mismo tiempo.
La primera lengua en llegar fue la de Denisse, que ya conocía el camino y se lo recordó a Alberto con una presión firme y húmeda que le arrancó un gemido contenido.
Camila lo imitó al instante, más tímida al principio, pero aprendiendo rápido del ritmo que marcaba la otra.
Alternaban: una lamía la punta mientras la otra recorría el tronco de arriba abajo; después se intercambiaban los papeles sin necesidad de hablar, sincronizadas por ese instinto que solo las mujeres parecen tener cuando se trata de dar placer.
La saliva caliente resbalaba por la piel de Alberto, y él dejó de pensar en Yolanda, en la bronca que lo esperaba, en todo lo que no fuera el calor de esas dos bocas trabajando al unísono.
— Basta — dijo Denisse, levantando la cabeza—. A la cama.
Salieron del jacuzzi con el agua escurriéndoles por los cuerpos, dejando un rastro de pisadas mojadas sobre el mármol frío del piso.
La suite del hotel tenía una cama king size con sábanas blancas que parecían recién cambiadas, y una luz tenue que entraba por la ventana entreabierta.
Denisse se puso en cuatro sin preámbulos, arqueando la espalda con una confianza de mujer que sabe exactamente lo que su cuerpo puede dar.
El culo redondo y moreno quedó en alto, las piernas ligeramente separadas, y Alberto se colocó detrás de ella con la seguridad de quien ha hecho esto miles de veces.
Camila se acostó boca arriba frente a Denisse, las caras de las dos mujeres a centímetros de distancia.
Denisse bajó la cabeza y encontró el sexo de Camila con la lengua mientras Alberto penetraba a Denisse desde atrás con una embestida profunda que hizo gemir a las dos al mismo tiempo.
El ritmo era perfecto: Alberto entraba y salía de Denisse, y cada embestida empujaba la boca de Denisse más adentro de Camila.
La habitación se llenó de sonidos húmedos, de respiraciones entrecortadas, del crujido de los resortes de la cama.
Denisse alargó una mano por detrás de la espalda de Camila. Le acarició las nalgas, separándolas suavemente. Un dedo recorrió la grieta, se detuvo en el anillo apretado.
— No... — protestó Camila, con un hilo de voz.
— ¿Alguna vez lo has hecho por aquí? — preguntó Denisse, sin dejar de lamerla.
— No. Nunca.
— Entonces vas a tener tu primera noche de placer anal — dijo en italiano, esa lengua que convertía cualquier orden en una caricia.
Camila tragó saliva. Alberto se detuvo un momento, expectante.
Denisse bajó la cabeza y le besó el ano.
Primero con los labios apenas, después con la lengua, lamiendo con círculos lentos que hicieron que Camila se tensara y se relajara al mismo tiempo.
El placer era nuevo, extraño, fronterizo entre el dolor y algo que todavía no sabía nombrar.
— Alcanza el potecito de mi cartera — ordenó Denisse a Alberto.
Alberto obedeció. Buscó en la cartera que estaba sobre la mesita de noche, encontró el envase de vidrio pequeño, se lo alcanzó.
Denisse aplicó una cantidad generosa de lubricante sobre sus dedos y sobre el ano de Camila, y empezó a dilatarla con una paciencia de artesana.
Primero la yema del índice, haciendo círculos; después el dedo entero, entrando y saliendo con un ritmo suave; después dos dedos, abriéndola despacio, mientras Camila apretaba los dientes contra la almohada.
— Está lista — dijo Denisse, después de unos minutos.
Alberto se colocó detrás de Camila. Le levantó las piernas hasta apoyarlas sobre sus hombros. La cabeza de su miembro presionó contra el ano lubricado, y Denisse susurró instrucciones en italiano que Alberto seguía sin traducir pero que entendía con el cuerpo.
Empujó despacio. La resistencia era mucha al principio. Camila gritó, un sonido agudo y corto, y se aferró a Denisse como a un salvavidas.
— Me duele — dijo, con la voz quebrada—. Ya no quiero más.
— Tranquila, amada mía — Denisse le acarició la cara, le besó los párpados cerrados —. Ya pronto pasa el dolor. Y vas a disfrutar. Confía en mí.
Camila asintió. Apretó los dientes. Alberto esperó, quieto dentro de ella, sintiendo cómo el cuerpo de Camila se iba acostumbrando a la invasión, cómo el músculo se relajaba por etapas.
Denisse le besaba la boca, le pasaba la lengua por los labios, le hablaba en italiano con esa voz grave que calmaba más que cualquier analgésico.