Capítulo 2 #3
Se acariciaron así, mudos, los ojos fijos en las nucas de adelante, con una mezcla de urgencia y terror que no se parecía a nada que ninguno de los dos hubiera sentido antes. El peligro electrificaba cada roce. Adelante, Valentina pedía la salida y Marisela contestaba en la segunda a la derecha.
Félix terminó primero, mordiéndose el interior de la mejilla hasta casi dibujar sangre, un estremecimiento largo que disfrazó de acomodo de postura.
Se vació en la mano de Alessandro en pulsos calientes, espesos, que Alessandro recibió en la palma cerrada para que ni una gota tocara el asiento.
Después, con la otra mano, le subió el cierre con el mismo cuidado con que lo había bajado, como quien cierra una carta que ya no se puede des-escribir.
Alessandro lo siguió un minuto después, así, por encima de la ropa, la frente apoyada un instante en la ventanilla fría.
El cuerpo se le tensó en un espasmo contenido, la mano libre aferrada al borde del asiento, la respiración escapándosele en un suspiro que nadie podía escuchar. Después se quedó quieto.
Y entonces, en la franja de sombra, hizo el gesto que Félix iba a recordar bajo la ducha del domingo con la precisión de las cosas que uno quisiera haber soñado: se llevó la palma a la boca y se la limpió con la lengua, despacio, sin apartar los ojos de los de Félix,
saboreándolo con una calma que era también una declaración.
Félix lo miró hacerlo sin poder apartar la vista, el corazón golpeándole el cuello, y no dijo nada.
No había nada que decir que no fuera peor que el silencio.
Valentina llegó en quince minutos a casa de su mamá y dejó a Alessandro.
—Hablamos hermanito.
— Bye Vale maneja con cuidado te llamo mañana—. Dijo mirando a Felix quien dormía con la cara apoyada en la ventanilla.
Valentina arranco camino a dejar a Marisela.
— Aquí es — dijo Marisela, adelante.
El carro se detuvo. Las manos volvieron a su lado de la frontera. Félix abrió y volvió a cerrar los ojos y dejó que la borrachera lo cubriera como una manta, agradecido por primera vez en la noche de estar borracho: mañana podría elegir cuánto de esto recordar.
Alessandro frente a la casa. No entró de inmediato.
Se quedó en la banqueta, mirando la fachada dormida — la ventana de sus padres apagada, la de Camila apagada, la hiedra que su madre mandaba podar cada primavera y que cada primavera volvía — y se descubrió sin ganas de cruzar la puerta,
porque cruzarla era admitir que la noche había terminado y que lo que había pasado en el asiento trasero iba a tener que vivir en algún lado.
Se sentó en el escalón de la entrada.
Repasó la franja de sombra. La mano de Félix girando la palma hacia arriba. Lo repasó con una mezcla de euforia y de duelo que no debería poder ocupar el mismo cuerpo al mismo tiempo, pero ahí estaban las dos, repartiéndoselo.
Porque Alessandro no era tonto. Sabía exactamente lo que era esto: era una vez.
Félix era de Valentina, y Félix al despertar era probable que no recodarse lo que paso— se lo había visto en la cara, en esa manera de cerrar los ojos y taparse con la borrachera como con una manta —.
Y él iba a tener que sentarse en cenas familiares el resto de su vida frente a un hombre que conocía el peso exacto de su mano y que lo iba a saludar como cuñado.
Lo archivó. Era lo que hacía con las cosas que existían pero no iban a ningún lado: archivarlas. Solo que esta no cupo en el cajón de siempre. Esta se quedó afuera, encima del escritorio, donde iba a tener que verla todos los días.
Entró a la casa sin hacer ruido. En la cocina, a oscuras, se tomó un vaso de agua mirando el jardín por la ventana, y le pareció ver luz en el cuarto de sus padres, un segundo, apagándose. No le dio importancia.
En el cuarto de sus padres, Paola, de vuelta del baño, se acostó sin despertar a Daniel y oyó — o creyó oír — la puerta de su hijo cerrarse. Madre e hijo, cada uno con su contrabando, durmieron a diez metros de distancia sin saber que esa noche se parecían más que nunca.
* * *
Frente a la casa de Marisela, Félix era otra vez un bulto.
— No vas a poder bajarlo tú sola — dijo Marisela —. Quédense. Tengo el cuarto de visitas y ya es domingo y se van después de dormir algo.
Valentina aceptó por logística y supo, mientras aceptaba, que la logística era una embajadora de otra cosa. Entre ellas dos acostaron a Félix en el cuarto de visitas.
La casa de Marisela era pequeña y exacta, como ella: libros ordenados por colores, una manta doblada en el sillón, plantas que se notaban regadas. Marisela sacó una botella de vino con dos dedos de fondo.
— La última copa de la noche — dijo —. Es una tradición. La copa que sobra siempre cuenta la verdad.
Se sentaron en el sillón, una en cada extremo, los pies descalzos encontrándose a mitad de camino.
Hablaron de la disco, de Denisse — esa mujer me cae bien, dice las cosas que las demás pensamos —, del restaurante.
Marisela le contó de un viaje a Oaxaca que había hecho sola hacía años: nueve días, un cuaderno, una playa donde no conocía a nadie.
— ¿Y no te dio miedo? ¿Sola?
— Me dio miedo volver. — Marisela giró la copa entre los dedos —. Allá nadie sabía quién era yo, y resultó que esa desconocida me caía mejor que la de aquí. Eso asusta más que cualquier carretera.
— ¿Y por qué volviste?
— Porque una no se queda a vivir en las vacaciones. — Sonrió un poco —. Y porque me esperaba un inventario.
Valentina se rio bajito. Los pies de las dos seguían encontrándose a mitad del sillón, y ninguna había retirado los suyos, y esa negociación silenciosa de centímetros era ya una conversación más honesta que la hablada.
— ¿Puedo preguntarte algo? — dijo Valentina —. ¿Por qué nunca has tenido pareja? En todos estos años. Que yo sepa.
— Que tú sepas. — Marisela la miró un momento, decidiendo cuánta verdad cabía en la última copa —.
Tuve. Hace mucho. Se llamaba Renata, duramos cuatro años y terminó mal, como terminan las cosas que una esconde: por asfixia.
Después decidí que no iba a volver a querer a escondidas.
Y como a la vista tampoco era fácil... — Se encogió de hombros —.
Me hice buena en estar sola. Es una habilidad como cualquier otra. Se entrena.
— Suena triste.
— Es tranquilo. La tristeza es otra cosa. — Pausa —. La tristeza es entrenarse tan bien que cuando llega alguien ya no sabes desentrenarte.
El silencio que siguió tenía dirección. Rodearon el agujero una última vuelta. El suelo aguantaba.
— Mari — dijo Valentina al fin, mirando el vino —. Lo de la pista. Perdóname. No sé qué me pasó, yo te tengo muchísimo cariño y no quiero que—
— Mi niña. — Marisela dejó su copa. La miró con esa cara de saber que Valentina llevaba doce años estudiando —.
Yo también tengo culpa. Pero si te voy a decir la verdad, porque para eso es esta copa: yo tenía tiempo deseando un beso tuyo.
Tiempo. Y me lo tenía prohibido por todas las razones correctas, que ahora mismo no me acuerdo de ninguna.
Valentina sintió que el aire de la sala cambiaba de densidad.
— ¿Cuánto tiempo? — preguntó, en un hilo.
— El suficiente para darme vergüenza. El suficiente para saber que no era un capricho.
El segundo beso también lo empezó Valentina, cruzando el sillón con una decisión que le venía de la abuela que atravesó el Atlántico, y fue distinto al de la pista: sin música que lo tapara, sin nadie que lo viera, con todo el silencio de la casa alrededor haciendo de testigo.
Marisela la recibió con las dos manos en la cara, despacio, como quien sostiene algo que esperó demasiado y ahora teme romper.
— ¿Estás segura? — preguntó contra su boca —. Porque yo de aquí ya no sé volver.
— No quiero volver — dijo Valentina.
La llevó al cuarto de la mano, apagando luces en el camino.
Se desnudaron sin prisa y sin coreografía, ayudándose con los botones, riéndose bajito cuando el zipper del vestido se atoró, y esa risa hizo más por Valentina que cualquier caricia: le quitó el miedo de estar haciendo algo solemne.
Marisela tenía el cuerpo de una mujer de treinta y ocho años que camina mucho y se quiere bien: hombros fuertes, un vientre suave, una cicatriz pequeña de apendicitis que Valentina tocó con un dedo, como saludándola.
— Yo nunca... — empezó Valentina.
— Lo sé. — Marisela le apartó el pelo de la cara, los dedos quedándose un momento en su mejilla —. No hay examen. Hay tiempo.
La acostó y la fue aprendiendo con la boca y las manos, sin apuro, atenta a cada respuesta como quien afina un instrumento: el cuello, donde apoyó los labios justo debajo de la oreja y sintió la piel erizarse; los pechos, donde se demoró el tiempo justo para que Valentina arqueara la espalda;
el vientre, donde dibujó círculos con la lengua mientras sus dedos recorrían la cara interna de los muslos.
Valentina enredó los dedos en su pelo con una impaciencia que ya no era nervios, era hambre.
Cuando la boca de Marisela llegó por fin entre sus muslos, Valentina entendió de golpe la diferencia entre lo que conocía y esto: Félix la tocaba como quien sigue un mapa marcado de antemano; Marisela la leía como quien escribe el libro mientras lo lee,
descubriendo cada página al mismo tiempo que ella.
Su lengua era paciente, exacta, y se movía con esa sabiduría de quien sabe que el cuerpo femenino no tiene prisa.
Primero lamiendo los bordes, después el centro, después volviendo a los bordes mientras sus dedos —dos de ellos, entraban despacio, cuando el cuerpo de Valentina los pedía sin que ella tuviera que decirlo.
Valentina escuchó un gemido. No sabía que podía salir de su garganta ese sonido, grave, largo, casi un lamento.
Se agarró a la sábana con una mano, a la cabecera de madera con la otra, al pelo oscuro de Marisela con ambas cuando el orgasmo la dobló entera.
No fue una explosión. Fue una ola que subió despacio, que la llenó desde el vientre hasta la nuca, que la dejó temblando y medio riéndose y medio llorando, todo junto, sin que pudiera distinguir un borde del otro.
— ¿Estás bien? — Marisela subió a su lado, le secó una lágrima con el pulgar, con esa calma que tenía para todo lo que importaba.
— Cállate — dijo Valentina.