Mundo de cuernos Capítulo 2 #2
14%

Capítulo 2 #2

Lo que Camila no dijo, mientras pedía el coche, era que sabía perfectamente quién estaría esa noche en la disco nueva de Insurgentes. Lo sabía porque se lo había sacado a Alberto esa misma tarde, entre dos pedidos, con tres preguntas que parecieron casuales.

Las hijas de Paola Totti no improvisaban. Lo habían mamado en la caja registradora.

* * *

La disco se llamaba Vértigo y estaba a la altura del nombre: tres niveles, luz violeta, un sonido que se sentía en el esternón antes que en los oídos.

En la entrada, un portero enorme y negro como el azabache, de sonrisa fácil y manos del tamaño de una raqueta, revisaba la lista con una cortesía de obispo.

Camila lo conocía de otras noches —era de las pocas que le sacaba conversación en vez de pasar de largo— y él, que se llamaba como se llamara, le guardó el cordón de terciopelo con una reverencia de broma y un "la dama de la casa" que la hizo reír.

Camila entró de última, todavía riéndose, sin que nadie le diera la menor importancia a esa risa.

Nadie se la dio. Las risas que importan casi nunca avisan.

Denisse localizó a Alberto a los diez minutos, acodado en la barra del segundo nivel con Frank, y fue hacia él sin consultar a nadie, con ese caminar suyo de pie izquierdo apenas arrastrado que en la pista parecía un estilo.

Camila la vio adelantarse y sintió una punzada que no supo si era hacia Denisse o hacia sí misma, por no haber llegado primero.

Frank, dicho sea de paso ahora que aparece por primera vez, era un muchacho de unos veinticinco años, de esos que no llaman la atención al entrar pero se quedan en la memoria al salir.

Tenía el pelo oscuro y ondulado peinado hacia atrás, una barba de tres días que nunca pasaba de tres días, y la complexión maciza de quien carga charolas y cajas de cerveza toda la noche: hombros anchos, manos grandes, brazos de fuerza más que de gimnasio.

No era guapo en el sentido de las revistas, pero tenía algo —una manera de reírse más fuerte de lo que el chiste pedía, una llaneza de hombre sin dobleces— que a ciertas mujeres, en ciertas noches, les resultaba más peligroso que la belleza.

Pidieron servicio de mesa. Dos botellas de whisky, hielo, agua mineral que nadie tocó.

Alberto y Frank se sumaron con la fluidez de los hombres que nunca han pagado una botella en su vida.

Se bailó. Se bebió. Denisse y Camila orbitaban a Alberto desde ángulos opuestos con un disimulo que no engañaba a nadie, y Alberto, que llevaba media vida administrando exactamente ese tipo de gravedad, las dejaba orbitar con una sonrisa repartida en partes matemáticamente iguales.

— ¿Así que tú eres el famoso Alberto? — le dijo Denisse en la barra, con el primer whisky.

— No sabía que era famoso.

— En mi mesa lo fuiste por lo menos diez minutos. — Lo miró por encima del vaso, sin pestañear —. En Italia los hombres guapos lo saben demasiado. Tú lo sabes la cantidad exacta. Eso es peor.

Alberto se rio de verdad, cosa que le pasaba poco, y Camila, que llegaba con dos vasos, registró esa risa de verdad y le subió el precio a la noche.

— Denisse, te están esperando para bailar.

— Que esperen. Estoy haciendo amistades.

Camila se sentó en el banco de al lado, exactamente entre los dos, con la naturalidad de quien no está haciendo lo que está haciendo. Denisse la miró, miró a Alberto, hizo una suma que le salió en un segundo y no compartió el resultado. Tomo su whisky.

Félix se rindió primero. A la una ya estaba hundido en el sillón del reservado, los ojos a media asta, sonriendo a nada. Valentina intentó bailar con él dos veces; las dos veces Félix se movió como un mueble cariñoso y volvió al sillón.

— Tu novio está muerto — dijo Marisela, divertida.

— Mi novio está muerto — confirmó Valentina. Y le tendió la mano —. Baila conmigo.

— ¿Qué? No, vale. Se va a ver rarísimo dos mujeres bailando solas.

— No, vale. Mira en la pista hay varias. Y hasta hombres solos.

Marisela confirmó con la mirada y dijo:

— Bueno, es de locos, pero vamos.

Y tomó la mano de Valentina.

Era una canción movida y bailaron como se baila lo movido: riéndose, sin tocarse, cada una en su metro cuadrado.

Marisela bailaba mejor de lo que cualquiera en la Villa Romana hubiera sospechado — con una soltura guardada, de otra década y otra vida — y Valentina se lo dijo a gritos por encima de la música, y Marisela le contestó algo que se perdió, y las dos se rieron de no haberse oído,

que es la mejor manera de reírse en una disco.

Pero el DJ encadenó con algo lento, una de esas canciones que vacían media pista, y hubo un instante — uno solo — en que lo natural habría sido soltarse y volver a la mesa.

No se soltaron.

Valentina puso la mano en la cintura de Marisela con una levedad de pregunta.

Marisela respondió acortando la distancia.

Bailaron así, demasiado cerca para ser amigas, demasiado quietas para estar bailando, y Valentina sintió contra la mejilla el calor del cuello de Marisela y ese olor suyo a jabón y a hilo que conocía desde los ocho años y que de pronto no era un olor de infancia.

— ¿Qué haces, Valentina?

— Nada, Mari. Solo pasándola bien. Me gusta estar así contigo — Y recostó su mejilla en la de ella.

— Vale, no deberíamos.

— ¿Quién dice eso? Solo pasamos un rato agradable.

Separó su mejilla de la de ella y la miró fijamente. Y ahí empezó el beso.

Después, repasándolo, decidiría que fue como la fuente del restaurante: el agua no empieza, simplemente está corriendo. Fue un beso largo, serio, sin teatro, y cuando se separaron las dos tenían la misma cara de haber escuchado un trueno dentro de una casa.

Alessandro las vio desde la mesa. Se quedó con el vaso a medio camino de la boca.

— Perdón — dijo Valentina, la mano todavía en el brazo de Marisela —. Perdón, yo no...

— La culpa es mía también — dijo Marisela, y la voz le salió un tono más baja que de costumbre —. Esto no debió pasar.

Valentina se separó y volvió a la mesa con las mejillas ardiendo, anunció que se iba, y nadie discutió demasiado: Félix era ya un bulto, Alessandro dijo que él también se iba y la ayudó a cargarlo, y Marisela, que vivía de camino,

aceptó el aventón porque negarse habría sido subrayar lo que las dos fingían borrar.

Denisse, Camila y Alberto se quedaron. Frank, que no toleraba ser el menos mirado de una mesa, ya había desaparecido con alguien.

* * *

Valentina manejaba. Marisela de copiloto, mirando por la ventana. Atrás, Félix derretido contra la puerta y Alessandro a su lado.

La ciudad pasaba en franjas de luz naranja. Nadie hablaba; la radio, bajita, hacía el trabajo.

Félix no estaba tan dormido como parecía.

Estaba en ese duermevela del alcohol donde el mundo llega en oleadas, y en una de esas oleadas se dio cuenta de que tenía la cabeza apoyada en el hombro de Alessandro y de que Alessandro no se había movido para evitarlo.

Abrió los ojos a medias. La luz de los postes entraba y salía del coche.

— Perdón — murmuró, sin enderezarse.

— No pasa nada — dijo Alessandro, en voz muy baja.

Se miraron en la penumbra del asiento trasero.

Fue una mirada larga, de borracho a sobrio, y Félix, que llevaba meses guardando en un compartimento sellado lo que sentía cuando Alessandro lo miraba, descubrió que el whisky había dejado el compartimento abierto.

No se apartó. Alessandro tampoco. La mano de Alessandro encontró la de Félix sobre el asiento, en la franja de sombra que el respaldo del copiloto les regalaba, y Félix — despierto, consciente, con el corazón golpeándole el cuello — giró la palma hacia arriba y entrelazó los dedos.

Eso fue todo y fue enorme. Dos manos apretadas en la oscuridad, los pulgares moviéndose despacio uno contra otro, las respiraciones desacompasándose, mientras adelante Valentina pedía la salida a Marisela y Marisela contestaba en la segunda a la derecha. Alessandro acercó la boca al oído de Félix.

Lo que pasó después pasó en silencio absoluto: la mano de Alessandro abandonando la suya, posándose en su muslo, subiendo con una lentitud de desactivador de bombas.

Félix sintió cada centímetro del trayecto como si fuera un mapa de lo que no se atrevía a nombrar.

La palma caliente sobre el jean, la presión justa que preguntaba sin exigir, y el bulto del pene creciendo bajo la tela, respondiendo antes de que la cabeza de Félix pudiera intervenir para decir que no.

Entonces Alessandro hizo lo que ninguno de los dos iba a poder llamar accidente después.

Buscó el cierre del jean y lo bajó diente por diente, tan despacio que el metal no sonó, con los ojos fijos en la nuca de Valentina por el retrovisor.

Metió la mano. Encontró a Félix duro y caliente, lo liberó de la ropa interior con un cuidado de contrabandista, y lo envolvió con la palma entera.

Félix dejó de respirar.

La mano de Alessandro empezó a moverse, lenta primero, midiendo el espacio, midiendo el silencio.

Piel contra piel, el pulgar recorriendo la punta húmeda, los dedos ajustando la presión con cada bache de la avenida como excusa.

Félix empujaba apenas las caderas contra ese puño que lo trabajaba en la oscuridad, un movimiento mínimo, casi involuntario, la rendición del cuerpo que ya no puede fingir que no quiere lo que está pidiendo.

La respiración se le cortaba en bocanadas que disimulaba con la ventanilla apenas abierta.

El alcohol le corría por la sangre, bajándole la guardia, pero debajo del alcohol había otra cosa, una corriente más oscura que llevaba meses reconociendo sin permitirse nombrar.

Su propia mano, torpe de alcohol y de miedo, cruzó la frontera del asiento para devolver el gesto.

No se atrevió a más que la tela: encontró a Alessandro duro bajo el pantalón y lo apretó por encima del jean, sintiendo el calor de la piel a través del tejido, la forma del miembro moviéndose bajo sus dedos, las venas que podía adivinar sin ver.

Esa era su frontera y los dos lo entendieron sin hablarlo: Alessandro había cruzado del todo; Félix se quedaba en la aduana.