Mundo de cuernos Capítulo 2
12%

Capítulo 2

El vuelo de Roma llegó con cuarenta minutos de retraso, y Paola los pasó de pie frente a la puerta de arribos internacionales con un café que no se tomó.

El aeropuerto a esa hora tenía su fauna de siempre: choferes con letreros mal escritos, familias con globos, un hombre con un ramo que se marchitaba de esperar.

Paola se descubrió envidiando al del ramo.

No por el ramo: por la cara, esa cara sin administrar de quien espera a alguien sin tener que calcular qué versión de sí mismo va a mostrarle.

No estaba nerviosa. Era otra cosa: la sensación específica de esperar a alguien que conoció una versión de ti que ya no existe.

Denisse y ella habían compartido pupitre, secretos, un verano entero en Cuernavaca y la certeza adolescente de que iban a envejecer juntas y escandalosas.

Después Denisse conoció a Marco di Francesco en una boda, se casó con la velocidad de las mujeres que confunden el destino con la prisa, y se fue a Roma.

Dieciocho años de llamadas espaciadas, de fotos de Navidad, de frases como todo bien, ya sabes cómo es esto.

Ahora volvía divorciada. Y Paola, que llevaba meses descubriendo lo que cabía dentro de un todo bien, sintió que iba a recibir a una mujer que entendía el idioma.

La vio antes de que Denisse la viera a ella.

Venía empujando dos maletas enormes con una sola mano, el bolso cruzado al pecho como una bandolera, y se había detenido un segundo a mirar el techo del aeropuerto — ese gesto mínimo de quien vuelve a un país y necesita comprobar que el aire es el mismo.

Tenía el cabello castaño más corto que en las fotos, una pañoleta de seda al cuello que era lo único italiano que le quedaba encima, y al caminar arrastraba apenas el pie izquierdo, secuela de una caída de Vespa de la que hablaba como de un trofeo.

— Te ves igual de mandona — dijo Denisse, cuando se abrazaron.

— Y tú igual de mentirosa.

Se quedaron abrazadas un segundo más de lo protocolar. Ninguna lloró. Las dos estuvieron cerca.

En el coche, camino a la Roma, Denisse habló de todo menos de Marco. Del tráfico, de que la ciudad olía igual, de que en Italia el café era mejor pero la gente peor. Paola la dejó hablar. Conocía esa estrategia porque era la suya: rodear el agujero hasta estar segura de que el suelo aguanta.

Fue en el segundo piso de Periférico, atorados en el tráfico de mediodía, cuando el suelo aguantó.

— ¿Sabes cómo me enteré? — dijo Denisse, mirando los coches —.

Por la florista. Dieciocho años comprándole flores a la misma señora del mercado de Testaccio, y un día la mujer me pregunta si las rosas del jueves también van a ser para mí.

También. Esa palabra, Paola. Dieciocho años de matrimonio resumidos en un adverbio.

— ¿Y qué hiciste?

— Le compré las rosas. — Denisse se rio, una risa seca que no había estado en las fotos de Navidad —.

Las del jueves y las mías. Me las llevé a casa, las puse en el mismo florero, y cuando Marco llegó le pregunté cuál ramo era de quién.

Tenías que verle la cara. Veinte años de abogado y no pudo armar una frase.

Paola manejaba sin interrumpir. Sabía que esta versión — la graciosa, la pulida — era la que Denisse había ensayado en el avión. La otra versión llegaría más tarde, con más vino y menos público.

— ¿La conocías?

— Su asistente. Treinta y un años. — Pausa —.

Lo más humillante no fue eso. Lo más humillante fue darme cuenta de que yo lo sabía.

De que llevaba años sabiéndolo y archivándolo, como quien guarda recibos que no piensa revisar nunca.

Una se vuelve contadora de su propio matrimonio, Paola. Y un día audita.

Paola apretó el volante apenas. Pensó en el perfume que no era suyo, en los silencios de Daniel que eran de pensar en otra cosa.

No dijo nada. Denisse, que llevaba dieciocho años en el país de leer lo que no se dice, la miró de perfil un segundo de más y tampoco dijo nada.

Las amigas de verdad saben cuándo una pregunta es un favor y cuándo es una crueldad.

— ¿Y tú? — preguntó Denisse al fin, mirándola de perfil —. ¿Cómo está tu mundo romano?

Paola sonrió con la sonrisa de trabajo.

— Lleno — dijo —. Esta noche lo ves.

* * *

La Villa Romana un sábado por la noche era el mejor argumento de la familia Totti a favor de sí misma, y Paola lo sabía, y por eso llevó a Denisse directo del aeropuerto al restaurante sin pasar por la casa.

— Vamos directo al restaurante. Tu equipaje lo mando aparte a la casa; así tomas algo y comemos.

Le armaron la mesa larga del jardín interior, junto a la fuente de mosaicos.

Fueron llegando todos como llegan las familias que orbitan un negocio: Daniel con el saco al hombro y el apretón de manos ensayado, Valentina con Félix de la mano, Camila con un vestido que Paola registró sin comentar, Alessandro haciendo reír a Denisse antes de terminar de presentarse.

Marisela bajó del tercer piso con el pretexto del inventario y se quedó porque Paola la obligó a sentarse con un — Quiero que hoy la pases con nosotros.

Erasmo salió de la cocina dos veces, cosa que no hacía ni por los críticos gastronómicos.

La primera, con unos aperitivos de alcachofa y burrata que Denisse fotografió.

La segunda, con la pasta en salsa de langosta al termidor, y se quedó de pie junto a la mesa, los brazos cruzados, esperando el veredicto con la dignidad ofendida de antemano.

Denisse probó. Cerró los ojos. Los abrió.

— Dieciocho años en Italia — dijo — y esta receta no la probé así ni en Nápoles. No se lo digas a nadie allá o me quitan la visa.

Erasmo asintió una vez, como un emperador, y volvió a su cocina. Paola pensó que su amiga acababa de conseguir en un minuto lo que a los proveedores les costaba años.

La mesa larga hizo lo que hacen las mesas largas: se partió en conversaciones que se trenzaban y se soltaban.

Daniel desplegó su mejor versión — la del anfitrión, la del yerno perfecto que Don Giuseppe nunca terminó de comprarse — y le contó a Denisse la historia del restaurante con un par de adornos que Paola le dejó pasar porque eran adornos viejos, ya domesticados.

Denisse lo escuchaba con la cabeza ladeada y esa sonrisa de mujer que ha pasado dieciocho años entre abogados romanos y reconoce un alegato de apertura cuando lo oye.

— Tu marido cuenta bien las historias — le dijo a Paola en voz baja, cuando Daniel se levantó a saludar a unos clientes.

— Es su talento.

— Lo sé. Por eso lo digo.

Las dos bebieron al mismo tiempo, y eso también fue una conversación.

En el otro extremo, Alessandro tenía a Félix y a Valentina de público y estaba contando el desastre de su examen de termodinámica con ese talento suyo para volver épica la derrota.

Félix se reía con la risa fácil del que ya lleva tres copas; Valentina se reía un compás después, porque primero miraba a Félix reírse, y eso — que ella mirara antes de reír — era el tipo de detalle que solo registró Marisela, desde su silla, sin saber todavía qué hacer con él.

— ¿Y tú a qué te dedicas? — le preguntó Denisse a Marisela, por encima de la mesa.

— Mantengo este lugar de pie.

— Es verdad — dijo Paola.

— Entonces brindo por ti primero. — Denisse levantó la copa —. En Italia aprendí que los restaurantes son como las familias: el mérito siempre se lo lleva el apellido y el trabajo siempre lo hace otra.

Hubo un silencio de medio segundo — Paola midió el filo del comentario, decidió que era cariño — y después todos levantaron las copas, y Camila aprovechó el brindis para mirar su teléfono debajo de la mesa, y Valentina aprovechó que todos miraban a Denisse para mirar a Marisela,

y Marisela aprovechó que nadie la miraba para no mirar a nadie.

Doña Elvira llamó al teléfono del restaurante a las nueve, como llamaba todos los sábados que no iba.

Paola atendió en la caja. Que si había llegado bien la Denisse, que si estaba muy flaca, que las divorciadas siempre llegan flacas y se van rellenas, que le mandara pasta.

Paola le dijo que sí a todo. Su madre tenía la teoría de que los problemas del corazón se trataban primero por el estómago y después se veía.

Fue a mitad del segundo vino cuando Alberto cruzó el jardín con una bandeja, camino del reservado B. Denisse lo siguió con la mirada todo el trayecto, sin disimulo, con esa franqueza de mujer recién divorciada que ha decidido que el disimulo se lo dejó en la aduana.

— Madre mía — dijo, en voz suficientemente alta —. En Italia hay hombres bellos, Paola, pero a ése no le llegan ni a las rodillas.

Hubo risas. Hubo dos silencios.

El de Paola duró un segundo y lo cubrió con un trago de vino, pero la mano apretó la copa con una fuerza que ella misma notó y corrigió. El de Camila fue distinto: levantó la barbilla, miró a Denisse con una sonrisa lenta que no era una sonrisa, y dijo:

— Es el mesonero, Denisse. Se llama Alberto.

— Mejor todavía — dijo Denisse —. Los nombres cortos siempre han sido mi perdición.

Daniel se rio. Alessandro se rio. Valentina, que no se reía, observó a su madre y a su hermana con esa atención suya de francotiradora, y archivó las dos reacciones en el mismo cajón.

Comieron, bebieron, cerraron el restaurante entre todos.

Ya a la hora de cerrar La villa Romana, Denisse quería seguir.

Paola alegó el inventario del domingo aunque el local cerraba igual debía ir, Daniel alego que también debía ocuparse de asuntos de la oficina, y fue Camila quien dijo, con una naturalidad que le salió demasiado redonda:

— Yo la llevo. Abrieron una disco nueva en Insurgentes, dicen que está increíble.

— Vamos todos — dijo Alessandro.

Valentina miró a Félix, que ya iba por la quinta copa y dijo que sí con el entusiasmo líquido de los que dirán que sí a cualquier cosa. Y Valentina, sin saber muy bien por qué lo hacía, se volvió hacia Marisela.

— Vente, Mari.

— Yo ya estoy vieja para discos.

— No, Mari, todavía eres una chava, no tienes noventa. Anda, vente.

Marisela buscó los ojos de Paola, pidiendo un rescate que no llegó.

— Ve — dijo Paola —. Alguien con criterio tiene que cuidar a esta tropa.