Capítulo 1 #5
Ella se agachó y le bajó el cierre del pantalón con manos que no temblaban porque ya había decidido, porque ya había cruzado la línea que separaba el deseo de la culpa.
Se metió el miembro de él con una devoción que la sorprendió a ella misma, tomándolo profundo, sintiendo el calor de la piel en su lengua, la textura de las venas bajo los labios.
Lo llevó hasta el fondo de la garganta, hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas y la respiración se le cortó. No se apartó. No quería apartarse.
Mientras lo chupaba con un hambre que no sabía que tenía, una mano le masturbaba la base y los testículos, acariciándolos con una delicadeza que contrastaba con la crudeza de lo que su boca hacía arriba.
Alberto le agarró la cabeza con las dos manos, los dedos enredados en su cabello, no empujando, solo sosteniendo, como si necesitara un ancla para no derrumbarse.
Camila gimió alrededor de él, y la vibración recorrió su miembro de punta a base.
Él soltó un gemido contenido, ahogado, que ella sintió más que escuchó.
Después la levantó. La puso de espaldas, con las manos apoyadas en el estante de los manteles y los jeans bajados hasta los muslos, la piel morena de sus piernas contrastando con la ropa interior blanca que él le bajó con un solo movimiento.
La penetró despacio al principio, con esa atención suya que confundía a las mujeres porque las hacía sentir que eran lo único que existía en ese momento.
Camila se mordió el labio para no hacer ruido porque afuera los meseros todavía limpiaban las mesas y el sonido de los platos llegaba por debajo de la puerta, y cualquier gemido podía filtrarse y delatar lo que estaba pasando en ese cuarto que nadie usaba para coser desde hacía años.
Pero él aceleró. Y la penetró con una fuerza devastadora que le arrancó gritos de placer que no intentó contener.
La primera vez fue un grito corto, casi un ladrido de sorpresa.
La segunda fue un gemido largo, profundo, que rebotó contra las paredes del almacén.
La tercera fue un "sí, sí, así" que ella no recordaba haber aprendido a decir pero que salió de su boca como la cosa más natural del mundo.
—Más — pidió ella, la voz rota—. Más fuerte.
Él obedeció. Cada embestida era más profunda que la anterior, más precisa, más cerca de ese punto que ella apenas conocía. Camila apretó los dientes, los puños, todo el cuerpo, mientras el placer subía como una ola que no podía detener.
Cuando sintió que él se acercaba, que el ritmo se volvía más errático, más desesperado, ella alcanzó a decir:
— No te vayas a correr adentro. No me estoy cuidando.
Pero fueron palabras sordas para Alberto.
Él no escuchó, o no quiso escuchar, o escuchó demasiado tarde.
Aceleró las embestidas, y Camila sintió cómo se tensaba, cómo sus dedos se clavaban en sus caderas, cómo un gruñido gutural le salía del pecho.
Y después, el calor. Chorros calientes y espesos inundándola por dentro, llenándola de una manera que aterraba y excitaba al mismo tiempo.
Alberto seguía empujando, vaciándose hasta la última gota dentro de ella.
Camila solo gritó:
— ¡Noo, desgraciado! ¡Que no me estoy cuidando!
Cuando terminaron, se quedaron quietos. El peso de él sobre ella. La respiración agitada. El olor a sexo y a sudor impregnando las sábanas viejas del almacén. Camila sentía cómo el semen le escurría por el muslo, caliente, pegajoso, una prueba de que lo que acababa de pasar había sido real.
Alberto se apartó. Se subió el pantalón. No dijo nada. Camila tampoco.
Camila se acomodó la ropa con esa calma que a Alberto le produjo algo que no sabía cómo clasificar. No era arrepentimiento, exactamente. Era algo más complicado: la certeza de que acababa de añadir otra capa a algo que ya era demasiado complicado.
— Por Dios, Alberto. No me estoy cuidando. Siempre haces lo mismo. Ahora me consigues la pastilla imagínate si salgo embarazada mi mama me mata.
— En un rato te la busco — dijo él, burlón y complacido.
— Espero que no me provoques a matarte. Si no fuera porque te amo, lo hago — respondió ella, sin mirarlo.
— En serio, mañana temprano la compro.
— Entonces nada. Consíguela esta misma noche. — Le sostuvo la mirada con esa tranquilidad que era también una advertencia —. Esta noche pasó lo que pasó. Así que resuelve ya.
Salió del cuarto. Alberto se quedó solo entre los manteles apilados y el olor a perfume de ella que todavía estaba en el aire.
Camila cerró la puerta despacio, sin portazo, sin drama.
Caminó hacia el pasillo con la espalda recta y los pasos seguros, como si salir de ese cuarto con el semen de un hombre casado escurriéndole por el muslo fuera la cosa más normal del mundo.
Sabía que no lo era. Lo sabía con esa claridad incómoda que llega justo después, cuando el cuerpo todavía vibra pero la cabeza ya recuperó el control.
No se arrepentía — eso también lo sabía.
Lo que sentía era más complicado que el arrepentimiento: era la conciencia de haber cruzado una línea que no tenía vuelta, de haber elegido a sabiendas al hombre más inconveniente posible, y de que una parte de ella — la parte que su madre nunca habría reconocido en el espejo — no cambiaría nada.
* * *
En el carro, antes de arrancar, Alberto se quedó con las manos en el volante durante un tiempo que no midió.
Llevaba la cuenta, aunque prefería no hacerla: Daniel y Annamaria, que era la esposa del cuñado de Daniel.
Paola, que lo miraba desde la caja con esa cara de rabia que él conocía y que prefería no nombrar.
Y ahora Camila, que era la hija de Paola y que tenía dieciocho años y a la que ya tenía pocos meses amando.
Y Yolanda. Que lo esperaba en Colonia Doctores con la cena caliente y esa paciencia suya que era la cosa más parecida al amor genuino que él había conocido en su vida adulta, y que no merecía nada de lo que estaba recibiendo.
Alberto Castro era un hombre que había sobrevivido a base de lealtades selectivas y de no mirar demasiado hacia adentro.
Sabía cosas de Daniel que podían destruirlo.
Cubría a personas que no necesariamente se lo merecían.
Hacía exactamente lo que convenía en cada momento y llamaba a eso inteligencia cuando en realidad era otra cosa.
Pero esa noche, en el carro frente a la Villa Romana con el olor a Camila todavía en la camisa, algo en la cadena de cálculos se había roto. No sabía cuál eslabón. Pero lo había sentido.
Arrancó el motor.
Condujo hacia Colonia Doctores.
Y mientras manejaba, pensó en Paola. En la manera en que lo miraba desde la caja: ese desprecio de arriba abajo, esa arrogancia de patrona que se creía a salvo.
Alberto sabía de dónde venía. Yolanda le contaba cosas — la amiga, la confidente, la mujer que la escuchaba y le daba consejos que sonaban demasiado a experiencia propia.
Paola lo despreciaba con información prestada.
Y Alberto, que se consideraba leal a Daniel aunque fuera un sinvergüenza, sabía también otra cosa: que las mujeres como Paola no caen por seducción sino por cansancio, como los edificios mal cimentados.
No hacía falta empujarla. Hacía falta esperar.
La pregunta no era si Paola iba a colapsar.
La pregunta era cuándo.
Y si para ese momento él iba a estar dentro o fuera.