Mundo de cuernos Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

Paola lo observaba desde la caja y pensaba en Yolanda, que esa noche estaba en Colonia Doctores esperando que llegara, y pensaba en la conversación del bar que Daniel no le había contado pero que ella conocía de memoria porque conocía a los tres hombres que la habían tenido.

— Señora Totti — dijo Nelsito, apareciendo a su lado con una bandeja vacía —. El señor Castro es un pulpo. Cómo hace.

— ¿Un pulpo?

— Tentáculos en todos lados. Los clientes, la cocina, los proveedores. El chef Erasmo le pidió opinión de un plato esta semana. ¡A Erasmo!

Paola no respondió. Erasmo llevaba treinta años en el oficio con la convicción de que su cocina era patrimonio de la humanidad y que las opiniones ajenas eran ruido.

Que Alberto, un mesonero de treinta y dos años, hubiera logrado lo que ella no había conseguido en dos años era algo que la irritaba con una intensidad desproporcionada.

No era solo irritación profesional. Y eso era lo que más la irritaba.

* * *

Esa noche, Daniel llegó a las doce.

Olía a otra. Paola lo sabía porque conocía ese perfume — Nunca había sido de su gusto, lo usaban mujeres de la mala vida, sin saber todavía a quien pertenecia esa fragancia.

Y no quería saberlo. Y cuando Daniel se acostó a su lado en la cama matrimonial y le dio el beso de siempre en la mejilla y se durmió en cinco minutos, Paola se quedó mirando el techo con esa claridad fría de las madrugadas.

Pensó en Yolanda, que esa misma noche probablemente estaba haciendo lo mismo: mirando el techo, preguntándose cuándo llegaría, calculando el olor.

Pensó en la conversación del bar. Alberto diciéndole a Daniel cuidado, cuidado Daniel, con esa lealtad suya que era también una forma de complicidad. El hombre que encubría a su marido y que la miraba a ella con esa mirada que Paola no podía fingir que no existía.

Cerró los ojos.

No para dormir.

Las imágenes llegaron sin que las convocara las manos de Alberto sobre la barra del restaurante, dedos largos y quietos que parecían saber algo que las manos de los otros hombres no sabían.

Los ojos color avellana sosteniéndole la mirada con esa franqueza que era también una forma de decirle que él la veía completa, no solo a la dueña del restaurante, no solo a la esposa de Daniel, sino a la mujer que ella misma apenas empezaba a reconocer.

La camisa blanca impecable, tan blanca que Paola se preguntaba si Alberto usaba algún truco para mantenerla así, o si la blancura era solo el reflejo de la seguridad con que se movía.

Esa voz baja y directa que tenía cuando hablaba sin la máscara del mesonero, esa voz que le llegaba desde la cocina, desde el pasillo angosto, desde cualquier lugar donde él estuviera y ella fingiera no estar mirando.

Paola deslizó la mano por debajo de la sábana.

No fue un gesto tímido. Fue directo, crudo, de mujer que lleva horas mojada y ya no quiere fingir que no.

Se metió dos dedos dentro de la vagina de golpe, sin el rodeo de las caricias previas que solo servían para calmar la conciencia.

La humedad era abundante, caliente, y los dedos entraron sin resistencia.

Movió los dedos dentro de sí mientras la otra mano subía a su pecho.

Se apretó un seno, se pellizcó el pezón duro entre el índice y el pulgar, y el dolor pequeño le subió la temperatura otro grado.

Daniel dormía a su lado. Su respiración pareja, el pecho subiendo y bajando con esa regularidad de los hombres que duermen sin culpa.

Su presencia que era también una ausencia.

Paola lo miró de reojo. La misma cara que llevaba viendo desde los diecinueve años.

La misma mandíbula, el mismo cabello canoso en las sienes.

Y sintió, por enésima vez, que no era suficiente. Que nunca había sido suficiente.

Cerró los ojos y dejó que la mente fuera donde había decidido no dejarla ir.

Se imaginó arrodillada en la oficina. La puerta cerrada. Alberto de pie frente a ella, el pantalón bajado, el miembro erecto a la altura de su boca. Que lo tomaba con la mano. Lo acariciaba varias veces, sintiendo el peso, el calor, la textura de la piel. Y después se lo metió en la boca.

En la cama, los dedos se movían más rápido.

Dos dedos dentro de su vagina, frotando las paredes internas, buscando ese punto rugoso que la hacía temblar.

Mientras chupaba su propio dedo pulgar imaginando que era la cabeza del pene de él.

La lengua rodeaba, lamía, succionaba. En la fantasía, él le agarraba el pelo con las dos manos y empujaba suavemente, no para ahogarla sino para sentirse más adentro.

Ella tosía, los ojos se le llenaban de agua, y esa sensación de estar en el borde la excitaba más que cualquier caricia tierna.

La mano que tenía en el pecho apretó con más fuerza.

Se pellizcó el pezón izquierdo hasta casi doler, y el dolor se mezcló con el placer subiendo desde el vientre.

Sacó los dos dedos de su vagina y los reemplazó con tres.

Los metió de golpe, sintiendo cómo se abría para recibirlos, cómo las paredes internas se contraían alrededor de sus propios dedos.

El movimiento era más brusco ahora, más desesperado.

En la cabeza, Alberto le estaba cogiendo la boca.

Ella lo chupaba con hambre, con esa devoción de quien sabe que está haciendo algo prohibido y que cuanto más prohibido, más lo necesita.

Imaginó el sabor de su semen antes de que llegara, la textura caliente y espesa en la lengua.

Imaginó tragar, limpiar con los labios lo que quedaba en la punta, y la imagen la empujó al borde.

El clítoris estaba hinchado, palpitante.

Los dedos de la mano derecha no dejaban de frotarlo mientras la izquierda seguía dentro de su vagina, los tres dedos entrando y saliendo con un sonido húmedo que en la oscuridad del cuarto sonaba obsceno.

La fantasía y la realidad se mezclaban. Alberto diciéndole cosas al oído.

Alberto llamándola por su nombre. Alberto con su pene en su boca, en su garganta, haciéndola ahogar, y ella pidiendo más, siempre más.

El orgasmo llegó con una velocidad que la dejó avergonzada durante exactamente tres segundos.

Fue una explosión sucia, caliente, que le recorrió el vientre, los muslos, la nuca.

Las contracciones vaginales apretaron los tres dedos que seguían dentro de ella, y ella tuvo que morderse el labio para no gemir.

Se quedó quieta, con los dedos todavía dentro, el clítoris todavía pulsando, la respiración entrecortada.

Después se quedó quieta. La mano inmóvil. La respiración asentándose.

Daniel seguía durmiendo.

Paola se quedó mirando el techo.

Lo que acababa de hacer tenía un nombre.

Y ese nombre tenía implicaciones que ella prefería no examinar a las dos de la madrugada.

Así que hizo lo que sabía hacer: lo archivó.

Le puso una etiqueta pequeña que decía no todavía y lo guardó en el cajón donde guardaba todas las cosas que no estaba lista para resolver.

Se durmió.

Soñó con el restaurante vacío y con la fuente de mosaicos corriendo sola en la oscuridad.

* * *

A las once y media, cuando el último comensal había salido y los meseros limpiaban las mesas con esa eficiencia cansada del fin de semana, Paola encontró a Camila en el pasillo del primer piso.

Su hija menor tenía esa cara que Paola conocía desde que era niña: la cara que ponía cuando había tomado una decisión y estaba esperando a ver si alguien la detenía.

— ¿Qué haces aquí todavía? — preguntó Paola.

— Esperaba que terminara el servicio.

— Todavía tienes trabajo que terminar.

— Ya lo sé. — Pausa —. Quería hablar con Alberto. Sobre las reservas del mes que viene. Para la quinceañera de la Salinas.

Paola la miró. Camila le sostuvo la mirada con esa tranquilidad suya que era también una forma de desafío.

— Hija el señor Castro es solo un empleado no lo hagamos entrar en confianza y las reservas las manejo yo — dijo Paola.

— Lo sé mama es que no me gusta ser tan formal y tienes razón es solo un empleado pero es esencial. — Dijo Camila ya alejada por el pasillo —. Pero él sabe los detalles del menú.

Paola la vio alejarse. Había algo en la manera en que su hija decía el nombre de Alberto — sin el señor, sin el Castro, sin ninguna de las formas que usaba el resto del personal — que le produjo un frío específico en el estómago.

No era un frío de madre preocupada. Era un frío de mujer que reconoce algo que no quiere haber reconocido.

Subió al tercer piso. Necesitaba revisar el inventario de Marisela.

* * *

Lo que ocurrió en el cuarto trasero del primer piso ocurrió con la velocidad de las cosas que llevan tiempo preparándose y que cuando finalmente pasan parecen inevitables.

Alberto había visto a Camila desde que había llegado esa tarde.

Dieciocho años, el cabello rubio de Paola, los ojos azules de Paola, la manera de entrar a un cuarto que era también de Paola pero con veinte años menos de control encima.

Lo había visto llegar y había decidido que no iba a pasar nada.

Lo había decidido con firmeza. Con convicción.

Camila había entrado al cuarto de suministros buscando la libreta de las quinceañeras.

Alberto había entrado detrás con la excusa de saber dónde estaba.

La libreta no importaba ya a ninguno de los dos.

La besó contra el estante de los manteles con esa decisión que era también una forma de no pensar.

Las manos de Camila en su cuello, los labios de ella abriéndose sin dudar, sin la torpeza de la primera vez — porque no era la primera vez, aunque Alberto hubiera decidido que iba a ser la última.

El cuerpo de Camila contra el suyo, delgado y firme, con esa energía de los dieciocho años que no ha aprendido todavía que el deseo tiene consecuencias.

—¿Qué haces idiota?

— Lo que a ti te gusta pequeña Camila — dijo, separándose.

— No hables.

—¿Y qué hago?

Ella lo calló con otro beso. No fue un beso de los que piden permiso.

Fue la boca entera, la lengua encontrando la suya con una urgencia que llevaba semanas construyéndose en miradas y roces y silencios que pesaban más que las palabras.

Y Alberto, que era un hombre que sabía exactamente lo que estaba haciendo y que lo hacía igual, la dejó.

La dejó besarlo, la dejó empujarlo contra la pared del almacén, la dejó ser quien llevaba el ritmo por primera vez en esa historia que ella había empezado como un juego y que ya no era un juego.