Mundo de cuernos Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Marisela había sido la primera persona que no la trató como a la hija de la dueña.

La había sentado frente a ella, le había enseñado a doblar las servilletas en forma de cisne, y cuando Valentina había llorado un domingo porque sus padres habían tenido una pelea que se escuchaba desde el jardín,

Marisela había cerrado la puerta de la sala de costura y le había dicho que el amor de los adultos era complicado pero que eso no tenía nada que ver con ella.

Doce años después, la puerta seguía ahí. Y Valentina seguía cerrándola cuando necesitaba que el mundo quedara afuera.

— Llegaste temprano — dijo Marisela, sin levantar la vista del cuaderno.

— Salí antes. — Se sentó frente a ella, dejó la mochila en el suelo —. ¿Necesitas ayuda?

— Cuenta las azules. Las blancas ya están.

Se pusieron a trabajar. Era una tarea sin exigencias, de esas que dejan espacio para hablar, y eso era también parte de lo que Valentina buscaba cuando subía al tercer piso.

— ¿Cómo está Félix? — preguntó Marisela, con la naturalidad de quien pregunta por alguien que conoce hace tiempo.

— Bien. — Pausa —. Igual.

— ¿Igual bien o igual siempre?

Valentina levantó la vista. Marisela la miraba por encima de las gafas con esa atención que tenía para las cosas que importaban.

— Los dos — dijo Valentina —. No sé si es lo mismo.

— No es lo mismo.

— Ya lo sé.

Siguieron contando. Afuera, el jardín interior empezaba a llenarse de la luz naranja de las cinco. La fuente sonaba igual que siempre.

— Mari — dijo Valentina, sin levantar la vista de las servilletas.

— Mmm.

— ¿Recuerdas cuando tenía diez años y te pregunté por qué no tenías novio?

Marisela se detuvo. Una pausa breve.

— Me dijiste que los novios eran para quien los necesitara.

— Y tú me preguntaste si yo necesitaba uno.

— Y tú dijiste que todavía no lo sabías.

Valentina levantó la vista.

— Todavía no lo sé — dijo.

El silencio que llegó después fue diferente a los silencios anteriores. No era el silencio de dos personas que no tienen nada que decirse. Era el silencio de dos personas que tienen demasiado y que todavía están aprendiendo cómo decirlo.

Marisela se quitó las gafas. Las dejó sobre el cuaderno. Miró a Valentina con esa mirada que no pedía más de lo que ella quisiera dar.

— ¿Y Félix? — preguntó, con una voz que era también otra pregunta.

— Félix me quiere. — Valentina eligió las palabras despacio —. Y yo lo quiero. Pero hay algo que cuando estoy con él no termina de... — No encontró el final de la frase.

— ¿Encajar? — dijo Marisela.

— Sí.

— ¿Y cuando estás aquí?

Valentina la miró.

Conocía esa cara de Marisela. La había visto cientos de veces: cuando consolaba a los meseros después de un turno difícil, cuando le explicaba a Erasmo que sus berrinches no cabían en una cocina profesional, cuando le decía a Paola, con esa calma que Paola no tenía para sí misma,

que las cosas se podían resolver si uno las miraba de frente.

Era la cara de la mujer que sabe exactamente lo que está ocurriendo y que espera a que el otro lo descubra solo porque ese es el único descubrimiento que vale.

Valentina llevaba doce años mirando esa cara. Y esa tarde, en la sala de costura con las servilletas contadas y el sol naranja entrando por la ventana, la miraba diferente.

No era información nueva. Era la misma Marisela de siempre. Era ella la que había cambiado la lente.

— Aquí encaja — dijo Valentina, con la voz muy baja.

Marisela no respondió. Pero algo en su cara se asentó, como cuando una cosa que ha estado esperando en el aire finalmente encuentra donde posarse.

El teléfono de Valentina vibró sobre la mesa. Félix. Ella lo leyó. Lo apagó. Lo guardó en el bolsillo.

— No vas a contestarle — observó Marisela.

— Luego — dijo Valentina.

Y supo, mientras lo decía, que luego no significaba después. Significaba que algo había cambiado en esa tarde y que ninguna de las dos iba a fingir que no.

* * *

El sábado llegó sin avisar, como llegan los días que uno no ha terminado de procesar el anterior.

Alessandro Ricci tenía diecinueve años y la sonrisa de su padre y los ojos azules de su madre y la costumbre de aparecer en la Villa Romana sin avisar, como si el restaurante fuera una extensión natural de su sala de estar.

Esa tarde llegó cuando el servicio estaba a punto de empezar, con Félix a su lado porque habían estado en la universidad y Félix había aceptado la invitación de cenar con la familia con esa buena disposición suya que era también parte de lo que Valentina quería en él y parte de lo que Alessandro no

podía dejar de notar.

Paola los vio entrar desde la caja. Alessandro con esa energía suya que llenaba los cuartos, Félix con la quietud complementaria del hombre que sabe escuchar. Los saludó. Les asignó la mesa de la ventana porque era la que Alessandro siempre pedía aunque nunca lo dijera.

— ¿Está Valentina? — preguntó Alessandro.

— Tercer piso hijo. — Paola lo miró —. Pero no la molestes está en una asignación.

Alessandro levantó las manos en señal de rendición. Se sentó frente a Félix. Pidieron la pasta de hongos y una botella de agua.

Lo que Paola vio desde la caja en los quince minutos siguientes era algo que había aprendido a leer en las personas con la misma precisión con que leía las cuentas del restaurante: sabía lo buena persona que era Alessandro, que era un extraordinario hijo y un buen hermano,

y que había aceptado de buen grado a Félix en la familia.

Y Félix, que era un hombre bueno que quería a Valentina y que no había pedido que ninguna de estas cosas ocurrieran, hablaba y reía sin saber que había en esa mesa una corriente que lo rozaba sin tocarlo todavía.

Alberto se acercó a la mesa con la botella de vino.

— No pedimos vino — dijo Alessandro.

— Invita la casa. — Se inclinó hacia Félix —. Bienvenido, señor Montoya.

— Ya lo conozco, Castro — dijo Alessandro, con una sonrisa que tenía adentro algo que no era solo buen humor —. Es mi cuñado casi.

— Casi — repitió Alberto, con esa mirada que lo veía todo y no decía nada, y se fue.

Alessandro sirvió el vino sin que nadie se lo hubiera pedido. Se lo pasó a Félix. Sus dedos no se rozaron cuando Félix tomó la copa. Pero estuvieron muy cerca.

— ¿Por qué me miras así? — preguntó Félix.

— No te estoy mirando.

— Sí me estás mirando.

Alessandro bebió de su propia copa. Miró la ventana.

— Valentina es muy afortunada — dijo, con una voz completamente neutral que era también todo lo contrario de neutral.

Félix no respondió. Tomó su vino. Miró el jardín interior con la fuente de mosaicos.

Era un hombre que sabía algunas cosas sobre sí mismo y que había decidido, por razones que él solo conocía completamente, que su vida iba a ser de una manera determinada.

Valentina formaba parte de eso. Lo que sentía por ella era real.

Lo que sentía cuando Alessandro lo miraba era otra cosa que existía en un compartimento completamente separado.

No miró a Alessandro de vuelta.

Eso también era una respuesta. Y Alessandro, que era joven pero no era tonto, lo recibió con la misma ecuanimidad con que recibía todo lo que no podía tener: lo archivó en el lugar donde guardaba las cosas que existían pero que no iban a ningún lado,

y pidió el tiramisú para los dos porque Félix lo miraba con cara de no atreverse a pedirlo.

Era lo que podía hacer. Y lo hacía.

Paola, desde la caja, los observó durante treinta segundos más antes de volver a sus números. Pensó en Daniel, que tenía la misma sonrisa de Alessandro y que la usaba para exactamente lo mismo: para parecer que nada pasaba cuando todo pasaba. Se preguntó si eso era genético o aprendido.

Decidió que no importaba. El resultado era el mismo.

* * *

Don Giuseppe llamó a las seis de la tarde, como hacía todos los sábados.

Ochenta y un años, la voz todavía firme con ese acento calabrés que sesenta años en México no habían podido borrar del todo.

Le preguntó por las reservas, por el chef Erasmo, por si el Barolo que había llegado esa semana era el que había pedido o el que mandaban cuando creían que nadie revisaba.

Paola le respondió todo con la paciencia que reservaba para su padre — más amplia que la que tenía para Daniel, más genuina que la que tenía para los clientes.

— ¿Y Castro? — preguntó Don Giuseppe, con esa casualidad con que los ancianos hacen las preguntas que más les importan.

— Bien. Es eficiente.

— Tu madre dice que es demasiado guapo para ser honesto.

— Doña Elvira dice eso de todos.

— De Castro lo dice diferente. — Pausa —. ¿Cómo está Daniel?

— Bien, papá.

— ¿Segura?

— Segura.

Don Giuseppe carraspeó. Había en ese carraspeo toda la información que un hombre de ochenta y un años que había construido un restaurante desde cero podía transmitir sin usar palabras: que veía lo que veía, que callaba lo que callaba,

y que confiaba en que su hija mayor tenía exactamente los recursos necesarios para manejar lo que tenía que manejar.

Paola colgó. Se quedó un momento con el teléfono en la mano, mirando la foto de la familia Totti en el puerto de Génova.

Su abuela, que había cruzado el Atlántico con dieciséis años y una maleta de cuero y la certeza de que las cosas serían diferentes en el otro lado.

Paola también tenía esa certeza. Solo que todavía no sabía diferentes de qué.

* * *

El sábado por la noche la Villa Romana era otra cosa.

Las mesas llenas, el ruido específico de los comensales contentos, el olor a ajo y vino tinto impregnando las paredes de ladrillo visto.

Paola se movía entre los espacios con la eficiencia de veinte años de práctica, resolviendo lo que se resolvía solo con presencia: el cliente que esperaba demasiado, el mesero nuevo que no encontraba el reservado B,

la señora González que siempre pedía el mismo vino y que siempre fingía que no lo recordaba para que alguien se lo recomendara.

Alberto se movía también. Entre las mesas, con la bandeja, con las botellas.

Detrás de la barra cuando el barman necesitaba apoyo.

Con los clientes con esa familiaridad que no era exceso sino exactamente la cantidad correcta.