Capítulo 1 #2
Cesare lo miró. La frase podía significar cualquier cosa o podía significar exactamente lo que significaba.
— ¿Qué quieres decir con eso?
— Que le digas que la amas — respondió Alberto, tomando un trago —. A las mujeres les gusta eso. Y cogerlas bien cogidas y vas a ver que todo eso de raro se le quita.
Cesare asintió. Había escuchado lo que quería escuchar.
Cuando Cesare fue al baño, Alberto dejó el vaso sobre la mesa. Miró a Daniel directamente. Daniel sostuvo la mirada.
— Cuídate, viejo — dijo Alberto, en voz muy baja.
— ¿De qué?
— De lo que ya sabes. — Pausa —. Si esto se destapa, Cesare te corta los huevos. Y Paola hace lo que queda.
Daniel giró el vaso entre los dedos. Una vuelta. Dos.
— Paola no sabe nada.
— Yo creo que Paola sabe todo — dijo Alberto, sin subir la voz —. No tiene pruebas. Pero sabe. Las mujeres como ella siempre saben. Lo que no tienen todavía es el motivo para usarlo.
Daniel lo miró por primera vez en varios minutos.
— ¿Y tú por qué crees que Paola sabe?
Alberto sostuvo la mirada con esa calma suya de quien tiene más cartas de las que muestra.
— Porque trabajo en su restaurante desde hace dos años — dijo —. Y porque los hombres que creen que sus mujeres no los ven son los mismos que terminan en un balcón con una sábana.
Silencio. Daniel abrió la boca. La cerró.
— Eso no fue gracioso.
— No era un chiste.
Cesare volvió del baño con la cara de quien ha decidido que todo está bien. Alberto levantó el vaso.
Lo que pensó fue en Paola. En la manera en que esa mañana lo había mirado desde la caja cuando él cruzó el salón.
En que llevaba dos años en la Villa Romana y que ese mirar había cambiado en algún momento que ninguno de los dos podía señalar con exactitud pero que los dos reconocían.
En que Yolanda le contaba de Paola con la misma naturalidad con que Paola probablemente le contaba de Alberto a Yolanda, y que eso era una ironía que en otro contexto habría sido cómica.
En este contexto no era cómica. Era peligrosa.
Cesare pidió otra ronda. Daniel miró el teléfono brevemente — un gesto tan pequeño que habría pasado desapercibido para alguien que no supiera lo que buscaba.
Alberto lo notó. Lo notó y no dijo nada.
Porque eso también era parte de lo que hacía: notar y no decir.
Saber y no actuar. Cubrir y cobrar esa cobertura en la moneda de la lealtad que Daniel creía que era gratuita.
No había nada gratuito. Solo deudas que todavía no habían vencido.
* * *
Yolanda llegaba a casa de Cesare y Annamaria los martes y jueves a las cuatro de la tarde.
La rutina era siempre la misma: Annamaria abría la puerta con esa frialdad suya de mujer que agradece el servicio sin necesitar que le gusten los proveedores.
Lucía bajaba corriendo las escaleras con el cuaderno de matemáticas en la mano.
Yolanda entraba, dejaba la mochila junto a la puerta, y durante noventa minutos convertía los números en algo que una niña de ocho años pudiera entender y no temer.
Le gustaba Lucía. Era uno de esos niños que tiene ya algo adulto en la mirada, una concentración que la hacía seguir las explicaciones con un asentimiento que no era de cortesía sino de comprensión real.
Y le gustaba también, aunque no se lo había dicho a nadie, entrar a esa casa.
No por la casa en sí — era demasiado fría, demasiado decorada por alguien que había pagado mucho por no equivocarse —, sino porque en ese trayecto de media hora en el metro y veinte minutos a pie, con la ciudad moviéndose a su alrededor,
Yolanda podía ser por un rato la persona que era antes de ser la esposa de Alberto.
La maestra. La que sabía cosas. La que tenía algo que ofrecer.
— ¿Cuánto es doscientos treinta y siete más cuatrocientos cincuenta y ocho? — preguntó.
Lucía frunció el ceño. Los dedos moviéndose ligeramente sobre la mesa.
— Seiscientos noventa y cinco.
— Bien. ¿Y cómo lo hiciste?
— Primero sumé las centenas. Después las decenas. Después las unidades.
— Exacto. — Yolanda sonrió —. Eso se llama descomponer el problema. Siempre funciona.
Lucía la miró con esa seriedad suya.
— Mi mamá dice que tú eres muy joven para ser maestra.
— Tu mamá tiene razón. Soy joven. Pero sé lo que enseño.
— ¿Cuántos años tienes?
— Veinticinco.
— Mi papá tiene cuarenta y dos.
— Lo sé.
— ¿Y Alberto? — preguntó Lucía, con esa naturalidad de los niños que dicen lo que los adultos no dicen —. ¿Cuántos años tiene Alberto?
Yolanda se detuvo. Miró a la niña.
— ¿Conoces a Alberto?
— Viene a veces a buscar a papá. Son amigos.
— Sí — dijo Yolanda —. Son amigos.
— ¿Y tú eres su esposa?
— Sí.
— Mi mamá dice que Alberto es muy guapo.
A Yolanda el comentario inocente de la niña le dio un pinchito en el pecho.
No era nada, se dijo. Pero los pinchitos que no son nada son los que más tardan en irse.
Trató de ignorarlo y escribió un nuevo ejercicio en el cuaderno.
Cuatro por seis. Ocho más trece. El tipo de operaciones simples que uno puede resolver con la mente a medias porque la otra mitad está procesando que la mujer que le abre la puerta con frialdad los martes y jueves le ha dicho a su hija de ocho años que su marido es muy guapo.
— Vamos con el siguiente — dijo Yolanda.
Lucía obedeció. Era una niña que sabía cuándo los adultos necesitaban que ella dejara de preguntar.
Pero algo en el pecho de Yolanda se había movido un centímetro y no volvió a su lugar.
* * *
Hermes Briceño esperaba a Yolanda afuera de la casa de Cesare con la misma puntualidad de todos los martes y jueves.
Tenía veintiséis años, la barba de tres días que ya era parte permanente de su cara, y esa costumbre específica de los hombres que cuidan sin pedir permiso:
llevaba cuatro meses buscando a Yolanda ya que según él esa dirección se le cruzaba en el camino cuando regresaba de su otro turno de trabajo ese era el pretexto.
En la escuela eran colegas. En el metro de las cinco eran otra cosa para la que ninguno de los dos había encontrado todavía la palabra correcta.
— ¿Cómo estuvo? — preguntó, cuando Yolanda salió.
— Bien. Lucía ya entiende las fracciones.
— ¿Y la señora?
— Fría como siempre. — Yolanda miró hacia la puerta cerrada —. Annamaria es de esas personas que saben exactamente lo que valen y que usan esa información para que los demás se sientan menos.
Hermes asintió. Empezaron a caminar.
— ¿Y tú? — preguntó él, después de media cuadra.
— ¿Yo qué?
— Cómo estás tú.
Yolanda no respondió de inmediato. Había algo en la manera en que Hermes hacía esa pregunta — sin urgencia, sin el tono de quien espera una respuesta específica — que la desarmaba de una manera por la preocupación que el tenia hacia ella.
Alberto preguntaba cómo estás como quien completa un formulario.
Hermes preguntaba como quien realmente quiere saber.
— Cansada — dijo al fin —. De esperar que las cosas cambien y que no cambien.
— ¿Qué cosas?
Yolanda lo miró. Hermes sostuvo la mirada con esa atención suya que no pedía más de lo que ella quisiera dar.
— Todo — dijo ella, y era suficiente respuesta.
Caminaron hacia el metro. El sol de octubre bajaba entre los edificios de la Doctores con esa luz naranja que convertía todo en algo que parecía más cálido de lo que era.
Yolanda pensó en Paola, en el café del jueves anterior, en la mano de Paola sobre la suya diciéndole que las cosas se aclaraban.
Pensó en que era verdad. Las cosas se aclaraban siempre.
El problema era que la claridad a veces no traía alivio sino exactamente lo contrario.
* * *
Al despedirse de Hermes decidió llamar a Paola sentía que necesitaba hablar con alguien de confianza sobre las dudas y molestias que tenia
La última vez que Yolanda y Paola se habían visto fue el jueves anterior, en la cafetería de Álvaro Obregón donde coincidían cuando los horarios lo permitían.
— Llegó con olor a perfume otra vez — había dicho Yolanda, con las manos alrededor de la taza, mirando la ventana — . No era el mío.
— ¿Le preguntaste?
— Me dijo que era la clienta del reservado.
— ¿Le creíste?
Yolanda había tardado en responder.
— No — había dicho al fin —. Pero tampoco sé qué hacer con no creerle.
Paola la había escuchado. Le había dicho que las cosas se aclaraban, que era cuestión de tiempo. Le había puesto la mano sobre la suya.
Lo que no le dijo fue que entendía exactamente lo que sentía.
Que ella también llevaba meses con esa misma incomodidad — la de saber que algo no cierra sin poder señalar exactamente qué.
Que los hombres que mienten bien no cometen errores grandes, solo dejan pequeñas inconsistencias que se acumulan hasta que uno ya no puede ignorarlas.
No se lo dijo. Porque decírselo habría requerido hablar de Daniel. Y Yolanda no sabía nada de Daniel. Y Paola quería que siguiera sin saberlo.
— Dime Paola tú has visto o escuchado algo sobre el - dijo con ojos casi suplicantes
— No Yolanda en realidad nunca he visto ni escuchado nada —. Tuvo que mentir.
No podía contarle de sus coqueteos con otras mujeres o le que se decía en el restaurante sobre él. Porque decírselo habría requerido explicar por qué lo sabía. Y Paola todavía no estaba lista para esa conversación.
La sección de la Villa Romana que Valentina prefería era el tercer piso.
No porque fuera el más bonito — ese era el jardín interior, con la fuente y las buganvilias — sino porque era el más callado.
Allí estaba la sala de costura y bordado, donde se reparaban los manteles y se guardaban los uniformes de más, y allí tenía Marisela su pequeño reino de inventarios y cuadernos y lápices ordenados por tamaño.
Valentina subió las escaleras a las cinco de la tarde con la mochila al hombro y el cuaderno de bocetos bajo el brazo.
Tenía el cabello rubio recogido en una coleta descuidada y los ojos azules de su madre, pero la manera de moverse era completamente suya — más pausada, más hacia adentro, como si siempre estuviera procesando algo que todavía no estaba lista para decir en voz alta.
La conocía desde los ocho años. Cuando Marisela había llegado a la Villa Romana, Valentina era una niña que se escapaba de la escuela los viernes para sentarse en el mostrador de la barra a comer aceitunas y ver trabajar a los adultos.