Mundo de cuernos
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Capítulo 1
Paola Totti de Ricci tenía la costumbre de llegar antes que todos.
No era una virtud que hubiera cultivado conscientemente.
Era lo que hacía desde los veinte años, cuando su padre Don Giuseppe le explicó que los restaurantes los salvan las mañanas y los matan las noches, y que la única manera de garantizar las primeras era estar presente cuando el mundo todavía no había decidido qué iba a hacer con el día.
Así que a las nueve de la mañana, mientras Daniel dormía en la cama matrimonial de Las Lomas con esa beatitud de los hombres que no tienen nada que esconder porque han aprendido a no verse en el espejo,
Paola ya estaba detrás de la caja registradora de la Villa Romana repasando las reservas del sábado.
El restaurante olía a café recién hecho y a madera vieja.
Cuatro paredes de ladrillo visto que su padre había mandado traer de Catanzaro en los años setenta porque quería que el lugar oliera a Italia aunque estuviera en la Colonia Roma.
La fuente de mosaicos azules en el jardín interior, instalada por su madre Doña Elvira, que era calabresa de cepa y tenía la teoría de que el agua corriente le daba suerte a los negocios.
Las fotos en blanco y negro de la familia Totti en el puerto de Génova, en la Trattoria original del abuelo Enzo, en la boda de Don Giuseppe y Doña Elvira en la Catedral de la Ciudad de México en 1972.
Veinte años de su vida en esas paredes, y Paola todavía las miraba cada mañana como si fuera la primera vez.
No porque las encontrara hermosas. Porque le recordaban lo que costaba todo esto.
Paola tenía cuarenta y dos años, el cabello rubio con algunas canas en las sienes que el tinte mensual se encargaba de administrar, los ojos azules heredados de su abuelo Totti que había cruzado el Atlántico con dieciséis años y una maleta de cuero.
Llevaba el mismo labial borgoña desde los veinticinco — era la cosa más italiana de ella, esa lealtad al color exacto — y el moño bajo que su madre le había enseñado a hacerse cuando entró a la secundaria y que nunca había cambiado porque era también una declaración:
esta mujer sabe lo que es y no necesita que le confirmen.
La sonrisa era perfecta. Llevaba veinte años perfeccionándola para que sirviera de lo que tenía que servir: herramienta de trabajo, escudo personal, la cara que ponía cuando algo era lo contrario de bien.
Marisela Fuentes entró a las nueve y cuarto con el cuaderno de inventario bajo el brazo y dos cafés en la mano derecha.
Llevaba doce años en la Villa Romana — había llegado como mesera a los veintiséis y había subido cada peldaño hasta convertirse en la persona que Paola llamaba cuando necesitaba que algo se resolviera sin drama y se había convertido no solo en una empleada esencial sino también en una amiga de
confianza.
Tenía el cabello oscuro recogido en una cola baja con mechones sueltos que le caían sobre las mejillas, y esa manera de moverse por los espacios que era eficiencia sin urgencia.
— Las reservas de la noche están completas — dijo Marisela, dejando el café frente a Paola —. El señor González pidió el reservado B con vista al jardín.
— ¿Llegó la entrega del Barolo?
— Esta mañana. Ya está en la bodega.
— ¿Y Castro?
Marisela levantó la vista del cuaderno. Esa pausa de medio segundo que Paola había aprendido a leer como la respuesta antes de la respuesta.
— En diez minutos — dijo Marisela.
— Bien.
No era bien. Era lo contrario de bien. Pero Paola había pasado los últimos cuarenta y dos años perfeccionando la cara que ponía cuando algo era lo contrario de bien.
Lo que sentía cuando Alberto Castro entraba a ese restaurante era una cosa que llevaba meses sin encontrarle nombre apropiado.
No era deseo, o no solo eso. Era algo más complicado: la incomodidad de quien descubre que le gusta exactamente la persona que menos le conviene.
Alberto Castro era su mejor mesonero, el más guapo, el más sinvergüenza, el que le cubría las espaldas a Daniel desde hacía dos años con una lealtad que Paola encontraba simultáneamente admirable y detestable.
Y era el marido de Yolanda una gran amiga en quien también confiaba y apreciaba mucho.
Eso era lo que más le pesaba. Yolanda Riera que era maestra de primaria, que había conocido en casa de Cesare hace año y medio cuando fue a dejar un regalo para Lucía su sobrina— una niña de ocho años brillante y dulce.
Ella necesitaba clases particulares de varias materias — y habían contratado a Yolanda.
Era una mujer joven de ojos inteligentes y voz tranquila, casada con un hombre que trabajaba en un restaurante italiano de la Colonia Roma.
La coincidencia había tardado exactamente doce minutos en volverse revelación.
Desde entonces, Yolanda era su confidente involuntaria.
Hablaban de Alberto de Daniel todo. Estas conversaciones le llevaron a hacer que le tuviera más antipatía por Alberto.
Le contaba cómo llegaba tarde por las noches, los pretextos que se repetían, el olor a perfume ajeno que ella archivaba en la categoría de cosas que sabe pero que no quiere saber.
Y Paola la escuchaba con esa atención suya de mujer que conoce el tema desde adentro, le daba consejos que nunca seguía su propia vida, y en el camino de vuelta a Las Lomas miraba el tráfico de Insurgentes sin ver los coches.
La puerta principal se abrió.
Alberto Castro entró con el cabello recién mojado y la camisa blanca tan impecable que parecía recién comprada, y Paola sintió esa contracción en el estómago que no era hambre y no era náusea y que llevaba meses sin poder nombrar con más precisión.
Era el tipo de hombre que llenaba un cuarto antes de hablar.
No por el físico, aunque el físico ayudaba — la espalda ancha, los ojos color avellana que sostenían la mirada exactamente el tiempo correcto, las manos de quien sabe que sus manos importan.
Era algo en la manera de moverse, esa confianza unica de quien nunca ha necesitado anunciarse.
Cruzó el salón, saludó a la señora Pereda, le recordó al señor González el Barolo, y cuando sus ojos encontraron los de Paola desde el otro extremo del restaurante, le sostuvo la mirada un segundo que era exactamente el segundo incorrecto para ser inocente.
— Buenos días, señora Paola.
— Buenos días, Señor Castro.
Se fue a la bodega. Paola volvió a sus números. Los dedos sobre el teclado, apretando más fuerte de lo necesario.
La ironía de la situación no se le escapaba.
Era el esposo de una de sus mejores amigas, a quien despreciaba por su fama de mujeriego y su deslealtad hacia Yolanda.
Pero no podía contarle nada a Yolanda ya que él era un empleado excepcional del restaurante y muy amigo de Daniel y eso sería causar un conflicto muy serio a los intereses de Paola y el negocio.
* * *
Daniel Ricci tenía la habilidad especíal de los hombres que engañan a sus esposas sin dejar de quererlas: la capacidad de compartimentar.
Llegaba a casa, besaba a Paola en la mejilla, preguntaba por el restaurante con el interés genuino de quien todavía quiere que las cosas funcionen, y se servía el whisky con esa naturalidad de hombre que no tiene nada que esconder porque ha decidido que lo que hace no cuenta como esconder.
Daniel era un buen padre. Eso Paola no podía negarlo.
Llegaba a casa, preguntaba por Alessandro, por Camila y por Valentina que vivía con su novio Félix, con un interés que no era de protocolo.
Aparecía en los cumpleaños y en las graduaciones, sabía el nombre de los amigos y los problemas de cada uno.
Era el tipo de hombre que la ciudad de México producía en cierta clase social: funcional, presente, con la capacidad perfecta de ocupar todos los espacios correctos sin revelar cuáles estaban vacíos.
Pero algo no le cuadraba, Paola lo sabía.
No podía decir qué. Los silencios de Daniel eran distintos desde hacía meses — no los silencios del hombre cansado sino los del hombre que está pensando en otra cosa.
El teléfono que a veces miraba con demasiada brevedad.
La manera en que mencionaba ciertos nombres con esa naturalidad practicada de quien ha ensayado.
No tenía pruebas. Solo la lectura de veinte años de convivencia con un hombre que ella conocía mejor de lo que él creía.
Y la certeza, que crecía despacio pero sin pausa, de que Alberto sabía algo. Que esa lealtad suya hacia Daniel no era la lealtad simple de un empleado hacia su jefe. Era otra cosa. Más calculada.
Paola todavía no sabía que podía saber Alberto de lo que hacía Daniel.
Esa tarde, un jueves, Daniel le avisó que tenía una cena de negocios.
— Con Cesare y unos clientes — dijo, sin mirarla.
— ¿Qué clientes?
— De la inmobiliaria. Nada interesante.
Paola asintió. Le creía la cena. No le creía los clientes.
* * *
El bar se llamaba La Bodeguita del Ángel y quedaba en Polanco, a dos cuadras de la oficina de Daniel. Era el tipo de lugar donde la gente de dinero iba a beber como si no lo tuviera: iluminación baja, música de jazz, meseros invisibles que rellenaban los vasos antes de que se vaciaran del todo.
Daniel llegó primero. Cesare diez minutos después, con esa puntualidad italiana que consideraba virtud cardinal. Alberto fue el último, con la camisa del servicio todavía puesta y el nudo de la corbata aflojado apenas.
— Llegas tarde — dijo Cesare.
— Cierre de caja — dijo Alberto, sentándose —. Ya saben.
Pidieron. El primer whisky fue de conversación: el trabajo, la economía, el tráfico imposible de Reforma. El segundo fue de relajación. Para el tercero, Cesare miraba su vaso con esa concentración de los hombres que están pensando en voz alta sin darse cuenta.
— Annamaria está rara — dijo.
— ¿Rara cómo? — preguntó Cesare, hablándose a sí mismo más que a ellos —. No sé. Llega tarde. El teléfono siempre boca abajo. Antes me contaba todo, ahora... — Movió la mano en el aire —. Me pregunta si la amo. ¿Por qué me va a preguntar eso si llevamos doce años casados?
Alberto removió los hielos en su vaso.
— Las mujeres a veces necesitan escucharlo — dijo, con una ecuanimidad que habría engañado a cualquiera que no lo conociera.
— ¿Tú crees que es eso?
— Yo creo que Annamaria es una mujer inteligente que sabe lo que quiere y que cuando algo le falta lo busca en ti.