Mundo de cuernos Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Llevarla a misa era un operativo. Había que pasar por ella a las nueve en punto — a las nueve y cinco ya era una ofensa al Espíritu Santo —, había que llevarla en el carro grande porque en pequeño se le arrugaba la falda,

había que entrar por la puerta lateral de la iglesia porque por la principal entraba cualquiera, y había que sentarse en la tercera banca de la izquierda, que no tenía placa ni reserva pero era suya por derecho de conquista,

y que una vez encontró ocupada por una familia joven a la que desalojó con dos frases en italiano y una mirada que la familia joven no necesitó traducir.

A Paola le tocó el operativo porque a Paola le tocaban todos los operativos de la familia de su marido, en virtud de un tratado que nadie había firmado y nadie podía denunciar.

Daniel alegó trabajo. Daniel siempre alegaba trabajo los miércoles de misa, y su madre se lo perdonaba porque era hombre, y Paola manejaba el coche grande pensando que la suegra le perdonaba a Daniel hasta lo que no sabía que tenía que perdonarle.

— Tú no comulgaste — observó Doña Carmela a la salida, acomodándose el broche.

— Estoy en ayunas de otra cosa, Doña Carmela.

— En mis tiempos eso se llamaba estar en pecado.

— En sus tiempos todo se llamaba estar en pecado.

— Por eso vivíamos mejor — dijo Doña Carmela, y subió al coche con la dignidad de quien acaba de ganar un debate televisado.

El Padre Anselmo las alcanzó en el atrio. Era un cura viejo y chiquito, con cara de tortuga sabia, que llevaba treinta años bautizando, casando y enterrando a las familias del rumbo, y que tenía con Paola una amistad rara, hecha de frases sueltas en los atrios.

— Su suegra me tiene loco al santo — le dijo, a media voz, mientras Doña Carmela saludaba a unas conocidas —. Tres veladoras esta semana. Que por la familia, que por el negocio, que por una cosa que no me quiso decir.

— Póngale una cuarta de mi parte.

— Se la pongo. — El padre Anselmo la miró con sus ojos de tortuga, antiguos y sin apuro —. Pero dígale a su suegra de mi parte, y guárdeselo también usted, que no le pidan tanto sin avisarle qué está cuidando. El santo se cansa, Paola. El santo se cansa.

Paola sonrió por compromiso. La frase, sin embargo, se le subió al coche con ella, se le sentó atrás junto a la suegra, y ya no se bajó en todo el día.

* * *

El almuerzo en la Villa Romana fue de mesa larga en el jardín interior, junto a la fuente, y por una vez el apellido completo: Don Giuseppe en la cabecera, Doña Elvira a su derecha aunque su silla apuntara siempre media cuarta hacia la cocina,

Doña Carmela frente a ella en un duelo de matriarcas que llevaba veinte años empatado, el Padre Anselmo de invitado de honor, Cesare y Annamaria, Daniel, Denisse, los tres hijos, Félix.

Erasmo mandó un menú de miércoles de los suyos y salió una sola vez, a recibir el veredicto del padre Anselmo, porque a los críticos los despreciaba pero a Dios le tenía respeto profesional.

Paola, desde su lugar, hizo lo que hacía en todas las mesas largas: administrar. Que el vino, que el padre tuviera servida el agua, que la suegra no quedara nunca sin público. Y entre tarea y tarea, mirar. Mirar era su maldición de patrona: no sabía apagarlo.

Vio a Félix sentarse en la otra punta de donde estaba Alessandro, con una determinación geográfica que no le costó nada interpretar a medias: algo había pasado entre esos dos la noche de la disco — una pelea, supuso, una de esas broncas de tragos entre cuñados —,

porque Félix llevaba desde el lunes esquivando a su hijo como se esquiva a un acreedor.

Vio a Valentina y a Marisela — Marisela había subido del inventario, obligada como siempre por ella — cruzarse miradas con una frecuencia que no era la de siempre, una complicidad nueva, brillante, de sociedad recién fundada,

y pensó con un alivio distraído que qué bueno que su hija mayor y Marisela se hubieran hecho por fin tan amigas.

Vio a Annamaria más callada que de costumbre, revolviendo la pasta sin comérsela, mirando el teléfono bocabajo junto al plato como se mira una puerta.

Y vio — esto no lo vio: lo padeció — a Denisse desplegada en dirección a Alberto cada vez que Alberto se acercaba a servir.

Era un despliegue fino, de mujer con oficio: el brazo estirándose para alcanzar algo que él podía alcanzarle, la pregunta sobre un vino que no le interesaba, la risa medio tono más arriba.

Y Alberto respondía con una amabilidad exageradamente perfecta, de mesero de película, señora Denisse por aquí, señora Denisse permítame, y entre los dos había un idioma que se hablaba por encima de la mesa y por debajo de la decencia,

y Camila — Paola lo registró con el estómago antes que con los ojos — los miraba a los dos con una sonrisita de palco, de espectadora con boleto pagado, removiendo su agua mineral.

Paola sintió la rabia subirle por el cuello en oleadas ordenadas.

No era una rabia que pudiera usar: era una rabia sin papeles, ilegal en su propio territorio.

No podía decirle nada a Denisse sin explicar por qué le importaba.

No podía decirle nada a Alberto sin que Alberto entendiera todo.

No podía ni siquiera llamarse celosa, porque los celos hay que registrarlos a nombre de un derecho, y ella sobre ese hombre no tenía ninguno: tenía un desprecio público y un expediente privado,

y los dos le ardieron al mismo tiempo cuando Denisse le puso a Alberto dos dedos en el antebrazo para agradecerle el vino y Alberto no movió el brazo.

— ¿Más vino, señora Paola? — le preguntó Alberto un minuto después, en su oído derecho, con la botella inclinada y la voz neutra de los domingos.

— Media copa. — Y sin mirarlo —: Atienda al padre, que tiene el agua vacía.

— El padre está servido, señora. Yo me fijo en todo.

Lo dijo así, yo me fijo en todo, y se fue con la botella, y Paola se quedó con la frase clavada entre dos costillas sin poder decidir si había sido una insolencia o un aviso o las dos cosas, que era la especialidad de la casa.

* * *

A los postres, Alessandro logró lo que llevaba una semana sin lograr: un pasillo con Félix adentro.

Fue en el corredor del fondo, el que iba a los baños, Félix saliendo y Alessandro entrando sin casualidad ninguna. Félix intentó pasar de lado, con ese saludo de barbilla que le venía dedicando desde el domingo anterior, y Alessandro se puso en medio sin agresión, con las manos en los bolsillos.

— Félix. Tenemos que hablar dos minutos.

— No hay nada que hablar, hermano.

— Yo creo que sí.

Félix miró hacia el jardín, hacia la mesa lejana, y bajó la voz hasta el fondo del pozo. Y entonces hizo algo que Alessandro no esperaba: lo trató de usted.

— Mira. — La palabra le salió rígida, recién planchada —. No sé qué cree usted que pasó el sábado. Pero está equivocado. Yo estaba muy tomado, no me acuerdo de nada, y le agradezco que respete que yo soy la pareja de su hermana. Eso es todo lo que tengo que decirle.

Alessandro lo miró un momento largo. El usted le dolió más que el resto: era una mudanza completa, Félix agarrando sus cosas y llevándoselas al país de los desconocidos.

— Está bien — dijo —. No pasó nada.

— Nada.

— Nada. — Alessandro se hizo a un lado para dejarlo pasar, y cuando Félix ya iba a medio corredor, agregó, sin levantar la voz, en el tono exacto de quien comenta el clima —: Oye, Félix. Para no acordarte de nada, te acuerdas perfecto de qué es lo que no pasó.

Félix no se volteó. Pero se le trabó medio paso — medio, uno solo —, y Alessandro se quedó mirando ese medio paso con una tristeza serena, casi científica, y después volvió a la mesa y se sirvió postre doble, porque el duelo de lo que no va a ninguna parte también engorda.

* * *

A Valentina y a Marisela las perdió de vista todo el mundo durante once minutos, y de todo el mundo, solo dos personas lo notaron: Doña Elvira, que lo notó y lo archivó en ese archivo suyo del que nunca se sabía nada hasta que se sabía todo, y Félix, que lo notó y se tomó el digestivo de un golpe.

Fue Valentina la que empujó a Marisela al cuarto de la mantelería, entre el segundo postre y el café, con el pretexto de unas servilletas que nadie había pedido.

— Estás loca — susurró Marisela contra la puerta cerrada, ya con las manos de Valentina en la cintura —. Tu mamá está a treinta metros. Tu familia ve a través de las paredes. Valentina. Valentina.

— Once minutos — dijo Valentina, contra su cuello —. Nadie extraña a nadie en once minutos.

— ¿Y eso a qué hora lo calculaste?

— En la misa.

Marisela soltó una risa que era ya una rendición, y Valentina la besó y la fue caminando hacia atrás hasta sentarla en el burro de planchar las servilletas, entre las torres de manteles que olían a algodón limpio y a plancha, ese olor a hilo que era el olor de ella,

y se arrodilló sobre un mantel doblado y le subió la falda con una decisión que no pedía opinión.

— Vale, aquí no...

— Aquí sí. Calladita.

Y la boca de Valentina la encontró. No fue un beso cauteloso ni de tanteo: fue la boca de alguien que ya sabía exactamente qué quería y dónde estaba.

La lengua de Valentina se deslizó entre los labios de Marisela con una seguridad que la dejó sin aire, un primer contacto húmedo y caliente que prometía todo lo que iba a venir después.

Marisela gimió bajo, apenas un susurro, y Valentina aprovechó ese sonido para profundizar el beso, para morderle el labio inferior con una suavidad que dolía justo lo necesario, para beberse el gemido antes de que escapara.

— Te he deseado todos estos días — susurró Valentina contra su boca, y la voz le salió ronca, urgente —. Cada vez que te miraba desde el otro lado de la mesa, cada vez que cruzabas las piernas... sabías lo que me hacías, ¿verdad?

Marisela no pudo responder. Valentina ya estaba bajando, besándole el cuello, mordiendo apenas la piel sobre la clavícula, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al contacto con el aire.

Le subió la falda con manos decididas, sin pedir permiso, y cuando la tela quedó arrugada en la cintura, Valentina se arrodilló entre sus piernas abiertas sobre el burro de planchar.

— No grites — ordenó, en un susurro que era también un ruego.