Capítulo 16
Kate Astor
Llevar un vestido rojo pegado al cuerpo, con unas finas medias y unos tacones altos para conducir una moto pesada era lo más ridículo que había hecho en mi vida, pero la sensación de la navaja fría contra la piel del muslo y el peso de la pistola pequeña encajada entre mis tetas me devolvían el control.
Era una puta bomba de relojería. Y el bastardo que tenía a Lily dentro de ese desguace estaba a punto de descubrirlo.
Apagué el motor a un par de manzanas de la verja metálica del antiguo taller de pintura. Dejé la moto oculta entre dos contenedores industriales oxidados y caminé sobre los adoquines irregulares, haciendo crujir los tacones.
Ajusté el escote de mi vestido, dejé caer el pelo negro sobre un hombro y dibujé en mis labios esa sonrisa falsa, cargada de descaro, que solían llevar las chicas de Emma cuando entraban a un rodaje o a una fiesta privada.
En la entrada principal, un tipo enorme con chaqueta de camuflaje y una cicatriz que le cruzaba la barbilla me dio el alto, apuntándome al pecho con una escopeta recortada.
—¿Dónde coño vas, muñeca? —gruñó, mirándome de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y lujuria.
—Leonardo Rossi me envía —dije con voz sugerente, modulando el tono para sonar despreocupada y provocativa—.
La perra que le vendió antes le salió defectuosa, ¿no?
Pues aquí me tenéis. Soy la sustituta. La garantía de la casa para que vuestro jefe no le monte un espectáculo a Leonardo Rossi por el desastre de esta mañana.
El matón escupió al suelo, rascándose la nuca mientras me escaneaba la piel que quedaba al descubierto por el escote.
—Leonardo Rossi debería haber venido en persona con el resto del dinero —me recordó, bajando el arma—. Pasa. El jefe te está esperando arriba. Y más te vale no morder como la otra si no quieres terminar en el río dentro de una bolsa de basura.
Me abrió la puerta metálica.
El interior del taller olía a disolvente, a humedad y a tabaco barato.
Subí por las escaleras de caracol de hierro que llevaban a las oficinas de la planta superior.
Con cada paso, los tacones resonaban en la nave vacía, marcando un ritmo lento y deliberado.
Mis manos estaban frías, pero tenía la mente completamente despejada.
Llegué a una puerta de madera carcomida. El matón la empujó sin llamar y me indicó que entrara antes de cerrar a mis espaldas, dejándome a solas en la estancia.
La habitación era oscura, iluminada solo por un flexo de luz amarillenta sobre un escritorio repleto de papeles.
En una esquina, atada a una silla de madera con sogas gruesas en las muñecas y los tobillos, estaba Lily.
Tenía el pelo rubio enredado, un ojo morado y el labio inferior roto, con sangre seca.
Al verme entrar vestida de rojo, con los labios pintados y los tacones, se quedó congelada, abriendo mucho los ojos por la sorpresa.
Detrás de ella, apoyado contra la mesa con los brazos cruzados, estaba el comprador. Era un tipo gordo, de unos cuarenta años, con traje gris arrugado, la calva sudorosa y una mirada repugnante que se clavó en mi cuerpo en cuanto crucé el umbral.
—Vaya, vaya... —murmuró el hombre, caminando despacio hacia mí mientras me rodeaba como un buitre—. Así que Leonardo Rossi sí sabe cómo disculparse cuando comete un error. Me dijo que me enviaría a una de sus mejores piezas del club para compensar los destrozos que me ha hecho esta fiera.
Soltó aquella mentira como si nada.
—Soy lo mejor que vas a probar en tu vida, cariño —le contesté, balanceando las caderas mientras daba un par de pasos hacia la silla de Lily—. Pero me han dicho que tenéis un problema de disciplina por aquí.
El tipo soltó una carcajada desagradable y se colocó detrás de la silla de Lily, agarrándola del pelo para tirarle de la cabeza hacia atrás. Lily soltó un gruñido de rabia e intentó cabecearlo, pero las cuerdas no la dejaban moverse.
—Esta zorra casi me arranca la polla cuando intenté tocarla. Leonardo cree que con enviarte a ti está todo pagado, pero ahora que eres mía, vas a tener que ganarte el sueldo. Enséñale a tu amiga cómo tiene que portarse una mujer de verdad si no quiere que le meta un tiro en la cabeza.
—Me parece justo —dije con calma, manteniendo la sonrisa pintada en el rostro.
Me acerqué despacio a Lily. Me agaché a su altura, quedando frente a su rostro magullado.
Lily me miraba con pánico, confundida, sin entender si realmente me había vendido Leonardo o si esto era parte de una locura mayor.
Pasé las manos por sus hombros, fingiendo una caricia posesiva para el tipo del traje, y me pegué a su oreja.
—Sígueme el juego, Lily —le susurré al oído con la voz más suave y firme que pude conseguir, evitando que el comprador me escuchara—. Soy Kate. Zaira está abajo con Elijah. Todo va a salir bien, te lo juro. Solo aguanta diez segundos.
Sentí cómo el cuerpo de Lily se destensaba bajo mis manos de golpe. Pasó de la rigidez del ataque a una respiración pausada. Se dio cuenta de todo en un segundo.
Me erguí despacio, mirando al tipo del traje, que se frotaba las manos con una sonrisa asquerosa mientras contemplaba la escena.
—¿Ves lo fácil que es cuando sabes tratar a una mujer? —dije, inclinándome sobre Lily.
Le tomé el rostro entre las manos con delicadeza.
Lily me sostuvo la mirada y, siguiendo la mentira, inclinó la cabeza hacia la mía.
La besé en los labios con suavidad, una caricia fingida que buscaba ganar tiempo y mantener al tipo paralizado por la morbosa fantasía que estaba presenciando.
Deslicé mis manos por el cuello de Lily, bajando por sus hombros hasta sus brazos atados, rozándole la piel con una lentitud desesperante mientras la respiración del hombre detrás de nosotras se volvía cada vez más pesada y agitada.
Me separé de Lily despacio, pasándome el pulgar por el labio inferior pintado de rojo para arreglarme el labial. Me giré hacia el comprador y caminé hacia él con paso felino, mirándolo fijamente a los ojos.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté, acercándome tanto que podía oler su aliento a tabaco y alcohol barato.
El tipo no respondió.
Estaba completamente hipnotizado por el espectáculo.
Llevó una mano a la hebilla de su cinturón, desabrochándoselo con prisa mientras la otra mano bajaba hacia su entrepierna. Empezó a tocarse su minúscula polla por encima de los pantalones, respirando por la boca con pequeños jadeos.
—Eres increíble, joder... Leo se ha superado —balbuceó, mirándome el escote con las pupilas dilatadas—. Ven aquí. Tócame.
Le puse una mano en el pecho, deteniéndolo a un palmo de mí. Con la otra mano, rocé la tela de sus pantalones, sintiendo cómo se excitaba mientras él se masturbaba abiertamente frente a nosotras, perdiendo el control por completo.
—Antes de empezar la fiesta... tengo una curiosidad —murmuré con voz de terciopelo, inclinando la cabeza—. ¿Cuántas chicas como nosotros le has comprado a Leonardo Rossi? ¿Es un trato habitual o solo nosotras hemos tenido la suerte de terminar aquí?
El hombre soltó una risita ahogada, apretando el ritmo de su mano bajo la tela, completamente cegado por el calentón.
—Más de cinco... —dijo entre jadeos, cerrando a medias los ojos—. Rossi siempre tiene mercancía fresca... pero no me duran mucho. Se rompen rápido... o intentan pasarse de listas como esta puta. Pero tú... tú vas a durarme mucho más.
La última palabra murió en su garganta.
Con la confesión retumbando en el aire de la habitación, mi sonrisa desapareció por completo.
En un movimiento limpio, fluido y preciso, metí la mano en la liga de mi media izquierda, saqué la navaja automática y la desplegué con un chasquido metálico.
Antes de que el tipo pudiera reaccionar o bajar las manos de su entrepierna, le clavé la hoja recta en la garganta, hundiéndola hasta el tope.
El hombre abrió los ojos de par en par, emitiendo un gorgoteo ahogado.
La sangre brotó a borbotones, caliente y espesa, manchándole la camisa blanca y el traje gris.
Lo sostuve del cuello unos segundos, mirándolo fijamente mientras la vida se le escapaba de las pupilas, hasta que lo empujé hacia atrás.
Su cuerpo cayó pesadamente contra la mesa de madera, arrastrando papeles y vasos antes de desplomarse inerte en el suelo sobre un charco rojo.
Me limpié la sangre de las manos en la solapa de su chaqueta.
—Cinco mujeres —murmuré con frialdad—. Te has quedado corto de castigo, hijo de puta.
Me giré hacia Lily, que miraba el cadáver con la boca abierta. Saqué la pistola compacta del escote y usé la navaja para cortar las cuerdas de sus muñecas y tobillos con rapidez.
—¿Puedes caminar? —le pregunté, tomándola de los hombros para ayudarla a ponerse de pie.
—Sí... sí. Dios mío... habéis venido.
—Claro que hemos venido. Ahora vámonos de aquí antes de que los demás se enteren de que su jefe la ha palmado con la polla en la mano.
Salimos de la habitación a paso rápido.
Bajamos las escaleras de caracol con precaución.
En la planta baja, la luz del taller parpadeó dos veces y se apagó de golpe cuando Elijah cortó la corriente principal desde el cuadro exterior.
La nave quedó sumida en una penumbra casi absoluta, iluminada solo por la claridad gris que entraba por los tragaluces del techo.
Aprovechamos la confusión de los dos matones de la entrada, que gritaban buscando una linterna, para colarnos por la puerta trasera. Corrimos por el callejón lateral entre bidones de aceite y chatarra hasta salir a la carretera principal de Throttle Point.
Allí estaba la furgoneta negra de Elijah, con los faros apagados y el motor en marcha.
En cuanto la puerta lateral de la furgoneta se abrió, Zaira saltó hacia fuera. Tenía la cara pálida, los ojos llenos de lágrimas y la respiración descontrolada.
—¡Lily! —gritó Zaira, abalanzándose sobre ella en un abrazo desesperado, rompiendo a llorar en el acto.
Lily se aferró a ella con todas las fuerzas que le quedaban, hundiéndose en su cuello mientras las dos se mecían en mitad de la calle, llorando de puro alivio tras la pesadilla. Me quedé a un lado, apoyada contra el lateral de la furgoneta, viendo cómo las dos se recomponían.
El vestido rojo me pesaba en el cuerpo, la pintura de los labios me escocía y el cansancio acumulado de las últimas cuarenta y ocho horas empezaba a caerme encima como una losa de hormigón.
Zaira se separó de Lily unos segundos, asegurándose de que estaba entera, y luego se giró hacia mí.
Dio tres pasos rápidos y me agarró de la nuca con las dos manos, tirando de mí hacia abajo para clavar sus labios en los míos.
Fue un beso hambriento, desesperado, lleno de lágrimas, de sabor a sangre y a pintura roja.
Me aferré a su cintura por encima de la tela ajustada del vestido, devolviéndole el beso con todo lo que me quedaba dentro, sintiendo cómo su cuerpo temblaba contra el mío.
—Estás a salvo... las dos estáis a salvo —susurró la pelirroja contra mi boca, pegando su frente a la mía mientras me acariciaba las mejillas con ternura—. Lo has hecho, Kate. Ha terminado. Ya ha terminado todo.
La miré a los ojos azules, tan bonitos, tan limpios a pesar de la mierda en la que nos habíamos metido. Le acaricié las ondas de su cabello con los dedos, sintiendo un nudo amargo atravesándome la garganta.
«Ya ha terminado todo», me repetí en la cabeza. Y sabía que tenía razón. No solo la cacería de Leonardo Rossi; también lo nuestro había terminado.
La realidad me vino de golpe.
Zaira tenía su vida, sus problemas y su camino siempre había sido seguir los pasos de Emma. Yo era la hermana de Oliver Astor, una chica de club, una sombra que sabía enterrar cuerpos en el bosque y matar hombres a sangre fría en habitaciones oscuras.
Habíamos tenido nuestro momento en el coche, esa explosión salvaje de adrenalina y deseo que nos mantuvo vivas, pero eso no cambiaba las cosas. Si no funcionó la primera vez que nos conocimos, ¿por qué iba a funcionar ahora, a base de sangre, miedos y tipos que merecían estar bajo tierra?
—Sí, pelirroja... ya ha terminado.
Me puse algo melodramática.
Limpié su labio con el pulgar y me deshice del rastro de carmín que le había dejado en la boca. Me di el placer de darle un último beso en la mejilla, que se prolongó más de la cuenta.
Fue un beso de despedida que ella no llegó a entender.
La empujé con delicadeza hacia el interior de la furgoneta, al lado de Lily, que la esperaba en el asiento trasero.
—Meteos dentro —les ordené a las dos con tono firme, pero cariñoso—. Elijah os va a llevar a casa. Necesitáis descansar y olvidar todo lo que ha pasado.
Zaira me miró confundida desde la puerta abierta de la furgoneta.
—¿Y tú, ojitos bonitos? ¿No vienes con nosotras?
—Tengo que recuperar mi moto y pasar por el taller —mentí con soltura, dándole un par de palmaditas en el marco de la puerta—. Mi hermano me espera para arreglar las cuentas del club. Ya sabéis cómo es Oliver.
Zaira sostuvo mi mirada unos segundos largos, intuyendo que había algo más detrás de mis palabras, pero estaba demasiado exhausta para discutir.
Asentí con la cabeza, le cerré la puerta con cuidado y caminé hacia la cabina del copiloto, donde Elijah esperaba al volante con el motor encendido.
—¿No vas a ir con ellas? —me preguntó en voz baja, para que no nos oyeran desde atrás.
Negué con la cabeza.
—No es mi sitio, Elijah.
—Pensaba que tenías algo pendiente con la pelirroja —comentó él, con ese tono de hermano mayor que ponía a veces cuando dejaba las bromas a un lado.
Solté una risita amarga, apoyando la frente contra la furgoneta.
—No quiero obligarla a nada que ella no desee. Ha estado bien, pero ella necesita retomar su vida y no involucrarse con alguien como yo.
Elijah no dijo nada más.
Me ajusté el vestido rojo, me crucé de brazos y cerré los ojos, dejando que el frío secara el empalagoso labial que llevaba en los labios.
«Adiós, nena. Cuídate mucho.»