Mujer peligrosa (Ficción Lésbica) Epílogo
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Epílogo

Kate Astor

Pasaron tres meses desde que la mierda en Throttle Point saltó por los aires, pero en el local social de los Bandoleros el aire seguía oliendo exactamente a lo mismo: a tabaco, cerveza derramada, cuero quemado y la mezcla inconfundible de aceite de motor con gasolina.

La diferencia era que mi puesto estaba al otro lado de la barrera.

Ya no era solo la hermana de Oliver que paseaba por el taller buscando pelea.

Llevaba en el chaleco el parche de prospecto recortado en la espalda y, aunque el trabajo sucio me tocaba a mí de principio a fin, no había una sola gota de mi sangre que no estuviera orgullosa de llevar los colores del club.

Ser un prospecto de los Bandoleros significaba ser el perro de presa y la sirvienta de todos los miembros con parche completo.

Significaba limpiar el suelo cuando se emborrachaban, vigilar las puertas a las cuatro de la mañana bajo la lluvia y asegurarme de que la mesa presidencial del club estuviera tan impoluta como si fuera un altar religioso.

Y para nosotros, los Bandoleros, esa mesa lo era todo.

Era una enorme mesa de roble oscuro, tallada a mano, colocada en el centro del salón principal sobre una tarima elevada, con el emblema de la calavera y las pistolas cruzadas grabado en el centro.

Ahí solo se sentaban los oficiales cuando había alguna reunión.

Nadie que no tuviera parche completo podía poner un pie en la tarima, y mucho menos tocar la madera a menos que fuera para sacarle brillo.

A media tarde, con el garaje semivacío antes de la reunión nocturna, yo estaba ahí arriba.

Vestida con mis vaqueros gastados, mi camiseta de tirantes negra y las botas militares, pasaba un trapo humedecido en barniz sobre la superficie pulida de la mesa presidencial.

El silencio del local solo se rompía por el zumbido de la nevera de la barra y el crujido de la madera bajo mi peso.

Escuché el sonido de los tacones antes de verla.

Me erguí, pasándome el antebrazo por la frente húmeda de sudor, y la vi avanzar entre las sombras de las motos aparcadas.

Zaira.

Llevaba el pelo suelto, cayéndole en tirabuzones sobre los hombros, unos pantalones ajustados que remarcaban cada curva de sus caderas y una chaqueta fina que dejaba ver la piel pálida de su cuello.

Apenas cruzó la puerta, sus ojos azules se clavaron en los míos con un brillo salvaje que hizo que mi pulso se acelerara.

—Pensaba que los prospectos no teníais descanso, ojitos bonitos —dijo con esa sonrisa traviesa que me volvía completamente loca, subiendo los tres escalones de madera de la tarima sin pedir permiso a nadie.

—Si el presidente ve que no he dejado la mesa como un espejo antes de las ocho, me va a poner a limpiar los carburadores de todo el club con un cepillo de dientes —contesté, dejando el trapo sobre la madera y cruzándome de brazos con chulería—.

¿Qué haces aquí tan pronto? Pensaba que estabas controlando la mudanza.

Zaira no respondió con palabras.

Caminó directa hacia mí, acortando la distancia entre las dos hasta que su pecho rozó el mío. Olía a vainilla, a piel limpia y a esa libertad nueva que acababa de conseguir. Pasó sus dedos por la solapa de mi chaleco de cuero, acariciando el borde del parche recién cosido.

—He terminado —susurró, pegando su boca a la mía sin previo aviso.

El beso fue directo, caliente y sin rodeos.

Le abrí la boca con ganas, aferrándome a su cintura para pegarla del todo contra mi cuerpo.

Zaira soltó un gemido grave entre mis labios y, en un movimiento rápido, se giró y se sentó de golpe justo encima de la mesa presidencial, abriendo las piernas para encajarme entre sus muslos.

—Nena, estás loca —protesté a medias, buscando su cuello con los labios mientras le pasaba las manos por los muslos hacia arriba—. Si nos ven aquí arriba nos van a despellejar vivas. La mesa no se toca.

—Que le den a la mesa —gruñó ella, agarrándome del pelo negro para tirar de mi cabeza hacia atrás y volver a clavar sus labios en los míos.

No hubo forma de parar.

La tensión retenida de los últimos meses, el cansancio del taller y la quemadura constante de tenerla cerca saltaron por los aires en un segundo. Le metí las manos por debajo de la ropa, sintiendo la piel hirviendo de su vientre mientras ella me desabrochaba el cinturón con una prisa desesperada.

Zaira se arqueó hacia atrás sobre la madera sagrada de los Bandoleros, ahogando un grito en su garganta cuando le deslicé la mano por dentro del pantalón, frotándola con fuerza a través de la tela fina de su ropa interior. Estaba completamente empapada.

—Ojitos bonitos... Joder, Kate —jadeó, clavándome las uñas en los hombros mientras yo aceleraba el ritmo con la mano, metiéndole dos dedos bajo la tela para buscar su clítoris sin piedad.

La rocé con violencia y ternura a la vez, sintiendo cómo sus muslos me apretaban la cadera y cómo la madera del altar del club retumbaba con cada uno de sus espasmos.

Zaira echó la cabeza hacia atrás, enseñándome la línea recta de su garganta, y se corrió con un temblor violento que le sacudió todo el cuerpo, mordiéndose el brazo para no soltar un grito que retumbara hasta la calle.

Antes de que pudiéramos recuperar el aliento o subirnos la ropa, una sombra enorme se proyectó desde la entrada de la tarima.

—Si el presidente cruza esa puerta y os ve restregando el culo contra la mesa, no van a rodar cabezas... os van a colgar de los ganchos del taller a las dos.

Nos separamos de golpe.

Elijah estaba de pie al borde de la tarima, apoyado contra el marco de madera con los brazos cruzados sobre su chaleco de oficial. Tenía el rostro serio, pero en sus ojos brillaba esa chispa de socarronería habitual.

Zaira se recolocó la ropa a toda prisa, saltando de la mesa con las mejillas ardiendo de un color rojo chillón que rivalizaba con su pelo, mientras yo me abrochaba el cinturón intentando mantener la compostura.

—La mesa es sagrada, prospecto —continuó Elijah, señalando la superficie de roble con el dedo índice—.

Es donde se deciden las guerras y las ejecuciones del club.

No es el sofá de un prostíbulo ni la cama de tu casa.

Como os vuelva a ver tocando la madera para vuestras guarradas, te quito el parche antes de que termine la semana y te pongo a barrer el patio un mes entero. ¿Ha quedado claro?

—Claro como el agua, Elijah —contesté y pasé el trapo rápido por la madera para limpiar cualquier rastro que hubiéramos dejado, intentando no sonreír.

Elijah nos miró a las dos una última vez, negó con la cabeza entre dientes y se giró para bajar de la tarima, dejándonos a solas de nuevo.

Zaira me miró de reojo, respirando todavía con agitación, y se arregló la camiseta antes de acercarse a mi oído.

—Prepárate —me susurró con la voz cargada de una promesa que me hizo temblar las piernas—.

Porque cuando llegues a casa esta noche, vamos a seguir exactamente con las mismas cochinadas...

Había pensado succionar tu clítoris mientras estrenamos en tu apretado culo ese nuevo juguetito que compramos la semana pasada.

Tengo ganas de tenerte jadeando bajo mi cuerpo.

Se me escapó una risa nerviosa mientras la veía bajar los escalones de la tarima con ese paso firme y seguro. La vi caminar hacia la salida del garaje y una sensación de alivio cálido y profundo me llenó el pecho.

Zaira por fin había terminado del todo con Emma y había mandado a tomar por culo todo ese mundo del porno. Pero lo mejor de todo, lo que todavía me parecía un milagro cada mañana al despertarme, era que habíamos decidido dar el paso.

Vivíamos juntas.

Teníamos un piso pequeño cerca del taller mecánico.

Me quedé unos minutos más sacándole brillo a la mesa hasta que el reloj de la pared marcó las ocho en punto.

El portón metálico del garaje empezó a bajar con un chirrido pesado.

Los motores de una docena de Harleys retumbaron en la calle exterior, anunciando la llegada de los oficiales.

Los hermanos del club fueron entrando uno a uno en el local, con las caras serias, las chaquetas de cuero pesadas y esa aura de tensión que presagiaba problemas. Oliver entró el primero, mirándome de reojo con un gesto de aprobación al ver la mesa lista, y ocupó su sitio en la cabecera.

Los parches completos se acomodaron alrededor de la enorme mesa de roble. Yo me coloqué de pie en la esquina inferior de la tarima, en postura de firme, con las manos a la espalda como correspondía a mi rango de prospecto, lista para escuchar.

El presidente del club golpeó la madera con el puño cerrado, haciendo que los vasos de cerveza retumbaran.

—Silencio todos —ordenó con una voz de trueno que acalló de golpe los murmullos de la sala—.

La reunión de hoy no es para celebrar que sobrevivimos al desastre de Throttle Point ni para contar el dinero que le sacamos a Leonardo Rossi.

Estamos aquí porque las cosas en la calle se están volviendo oscuras.

El presidente paseó la mirada por cada uno de los hombres sentados a la mesa y luego se detuvo un segundo en mí.

—Hay gente nueva moviéndose por el norte —continuó, apoyando las palmas de las manos sobre la mesa sagrada—.

Cabrones más peligrosos, más organizados y mucho más sucios que la fiera de Leonardo Rossi.

Van detrás de todo lo que tenemos. Vienen a por nuestro territorio, a por nuestros negocios y, sobre todo, a por nuestras familias.

Ningún miembro de este club puede bajar la guardia.

Ni un solo segundo. Si nos dormimos, esos bastardos vendrán y nos arrebatarán lo que más amamos en este mundo antes de que nos demos cuenta.

Así que quiero patrullas dobles en las calles, los depósitos llenos y las armas cargadas desde esta misma noche.

Un murmullo de asentimiento firme corrió entre los oficiales.

Apreté los puños a la espalda, sintiendo la frialdad de la navaja oculta en mi bota y el peso del chaleco de los Bandoleros sobre mis hombros. Miré hacia la puerta del garaje, pensando en Zaira esperándome en nuestro piso, a salvo, libre de la sombra de Emma y lista para empezar de nuevo.

La amenaza que venía era real y la guerra no había hecho más que empezar, pero esta vez no estaba sola ni luchaba a ciegas. Era una Bandolera, tenía a mi club a las espaldas y tenía una mujer por la que estaba dispuesta a matar a cualquiera que intentara tocar lo que era nuestro.

FIN.