Mujer peligrosa (Ficción Lésbica) Capítulo 14
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Capítulo 14

Kate Astor

El silencio tras el orgasmo duró lo que tardó en enfriarse el aire dentro del coche.

Zaira seguía apoyada contra mi pecho, mientras nuestras respiraciones se calmaban al mismo ritmo.

Tenía la piel del cuello llena de marcas rojas y el pelo pelirrojo hecho un enredo contra el cuero del asiento.

Le pasé la mano por la espalda, sintiendo el sudor pegajoso mezclado con el polvo y el barro que llevábamos encima.

Entonces, un tono de notificación seco cortó la penumbra del Mercedes.

El teléfono de Leonardo Rossi, que había tirado sobre el salpicadero, vibró contra el plástico. La pantalla se iluminó unos segundos y volvió a apagarse. Ninguna de las dos se movió durante un instante, con el aliento contenido en mitad de la oscuridad.

Me estiré desde el asiento trasero, agarré el teléfono y presioné el botón lateral. Un mensaje de voz acababa de entrar, pero el sistema exigía el reconocimiento facial para desbloquear la pantalla.

—Está bloqueado—dijo Zaira, incorporándose de golpe, con la cara pálida y los ojos azules fijos en el aparato—. Kate... no podemos abrirlo. No podemos ver quién le escribe ni de dónde viene la señal.

Me pasé las manos por la cara e hice un esfuerzo sobrehumano por no mandar el coche a tomar por culo de un golpe.

—Joder... —gruñí, bajando del vehículo descalza. El frío de la mañana me caló las plantas de los pies como agujas, pero la rabia me mantenía de pie—. Toca volver a la fosa.

—¿Desenterrarlo? —Zaira se envolvió en mi vieja chaqueta de cuero, mirándome horrorizada desde la puerta abierta.

—¿Tienes una idea mejor, pelirroja? Porque el bastardo no va a resucitar para hacernos el favor.

Volvimos al sitio donde los había enterrado.

El proceso fue asqueroso. La tierra arcillosa estaba pesada.

Cavé como una perra rabiosa, tirando montones de arena a un lado mientras Zaira apartaba la hojarasca con sus propias manos, sin importarle destrozarse las uñas.

En diez minutos, el rostro deformado y ensangrentado de Rossi volvió a quedar al descubierto.

Agarré el cadáver y tiré de su cabeza para mantenerle de forma firme. Zaira le acercó la pantalla del teléfono a la cara, temblando tanto que casi se le cayó.

—No se desbloquea... Tiene demasiado barro encima.

Le pasé mi camiseta por los ojos y las mejillas al muerto, limpiando la sangre seca a manotazos violentos hasta que la pantalla hizo un click sordo y el candado de la interfaz se abrió.

—¡Lo tengo! —gritó Zaira.

Solté el cuerpo de Rossi, que cayó de bruces contra la tierra dura. Nos alejamos las dos del hoyo y pegamos nuestras cabezas para escuchar la nota de voz.

Zaira reprodujo el mensaje.

—¡Escúchame bien, Leonardo! La puta que me has vendido se ha vuelto completamente loca.

¡Me ha mordido! Casi me arranca la polla con la boca la muy perra.

Le he tenido que meter una paliza para que se calle.

O vienes ya con el resto del dinero y te llevas a esta salvaje, o le meto un tiro en la cabeza y tiro el cuerpo al río. ¡Date prisa, bastardo!

El audio terminó.

Zaira y yo nos miramos durante tres segundos eternos. La desesperación en sus ojos se transformó de golpe en una furia ciega, la misma rabia que me quemaba a mí por dentro.

—Está viva —susurró Zaira—. Lily sigue viva y peleando.

—Es toda una guerrera —añadí con una sonrisa—. Nos vamos de aquí.

Guardé el teléfono en el bolsillo de mis pantalones, fuimos hacia mi Harley, que estaba escondida entre los matorrales a unos metros de la pista forestal, y le tiré el casco a Zaira.

Antes de subirme, saqué un trapo del depósito, envolví una botella de cristal y lo encendí con mi mechero para arrojarla directamente al maletero del Mercedes del italiano, donde había derramado un bidón de gasolina sobre los asientos traseros.

Nos subimos a la moto. Le di una patada al arranque y el motor de la Harley rugió. Zaira se agarró a mi cintura y pegó su pecho a mi espalda.

Aceleré a fondo.

Apenas habíamos recorrido doscientos metros por el camino de tierra cuando el estallido retumbó a nuestras espaldas.

Una onda de calor nos azotó la nuca y el cielo del bosque se volvió naranja cuando el coche de ese hijo de puta saltó por los aires, convirtiendo los restos de los matones y las pruebas en una bola de fuego.

No miré atrás.

Apreté los dientes, metí marcha y volé por la carretera en dirección a la guarida de Elijah.

Llegamos al taller en menos de quince minutos, quemando las ruedas y saltándonos los semáforos a la entrada de Nubertón. Entré a la nave sin picar, empujando la puerta metálica de un patadón que resonó en todo el local.

Elijah estaba sentado frente a sus tres monitores, con los auriculares puestos y un bote de cerveza en la mano. Al vernos entrar cubiertas de barro, con la ropa hecha un trapo, mi cara manchada y Zaira en cueros bajo mi chaqueta, casi se ahogó con el trago.

Se quitó los cascos despacio, mirándonos de arriba abajo con una mezcla de incredulidad y cabreo.

—Me estáis jodiendo —soltó Elijah, levantándose de la silla giratoria—.

¿Ninguna de las dos ha obedecido una sola orden?

Oliver me va a cortar los huevos y se los va a dar de comer a los perros.

Zaira, te dije que te quedaras en el piso.

Kate, se suponía que ibas a revisar el bar, no a irte de cacería por el bosque.

—Cierra la boca, Elijah —dije, acercándome a su mesa y tirándole el teléfono de Leonardo justo encima del teclado—. Necesito que rastrees el último mensaje que han enviado.

Elijah miró el teléfono lleno de barro, nos miró a nosotras y suspiró con resignación, pasándose la mano por el pelo rubio.

—Estáis completamente locas. Las dos. Por eso hacéis buena pareja.

A pesar de las quejas, no tardó ni medio minuto en conectar el teléfono a su ordenador. Sus largos dedos volaron sobre el teclado a una velocidad absurda. Los códigos y las coordenadas de la red encriptada empezaron a desplegarse en la pantalla principal.

—Veamos qué tenía este hijo de puta... —murmuró Elijah, entrecerrando los ojos—. Vale. El mensaje se envió desde una torre de telefonía cerca del polígono abandonado de Throttle Point. Un taller de pintura ilegal a nombre de una empresa fantasma.

—Ahí tienen a Lily.

—No podéis entrar allí pegando tiros como dos vaqueras —nos frenó Elijah, señalándonos con un destornillador—.

Puede haber varios tíos armados y el hombre que mandó el audio no parece de los que dudan antes de apretar el gatillo.

Si ven llegar una Harley o reconocen a la gente del club, le pegarán un tiro a Lily antes de que crucéis la verja.

—El mensaje decía que Leonardo tenía que ir a cerrar el trato y pagar lo que faltaba —intervine, cruzándome de brazos mientras pensaba a toda velocidad—. Creen que sigue vivo.

Elijah sonrió de lado, pillando la idea al vuelo.

—Esperan un intercambio. Alguien que entre con la excusa de revisar a la mercancía antes de soltar el pago final.

—Yo seré el cambio —afirmé sin dudarlo un segundo.

Zaira se giró hacia mí, negando con la cabeza.

—¡Ni de coña, Kate! ¡Es una locura! Si se dan cuenta de que no trabajas para Leonardo Rossi...

—No se van a dar cuenta, pelirroja —la interrumpí, tomándola de la barbilla para obligarla a mirarme a los ojos—. Entraré, comprobaré que Lily esté bien y, cuando les dé la señal, Elijah nos ayudará a salir de ahí.

Zaira se quedó en silencio, observándome con la respiración agitada. Podía ver el miedo en sus ojos azules, pero también la fe ciega que tenía en mí.

—Si algo sale mal... —empezó a decir Zaira.

—No va a salir mal —la corté, dándole un beso rápido y firme en la boca, delante de un Elijah que soltó una carcajada burlona—. Búscame ropa limpia y cargadores, Elijah. Vamos a sacar a esa chica de allí.