Mujer peligrosa (Ficción Lésbica) Capítulo 13
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Capítulo 13

Zaira Myrin

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver el maletero vacío de ese maldito vehículo y la cara de Lily en aquella pantalla, sufriendo, esperando a que yo fuera a salvarla.

—¡Tenemos que buscar por el bosque! —intenté ponerme de pie sobre la tierra mientras tropezaba con los bajos de la chaqueta de Kate—. ¡Tiene que estar por aquí cerca! ¡A lo mejor la tienen en alguna cabaña o en otro coche! ¡Kate, por favor, ayúdame a buscarla!

Estaba fuera de mí, lista para adentrarme en la frondosidad del bosque, dispuesta a mover cada piedra si hacía falta.

Pero Kate me agarró por la cintura con firmeza, impidiéndome dar un solo paso en falso.

Su agarre era brutal, pero seguro, un ancla en mitad de la tormenta que me estaba devorando por dentro.

—¡Zaira, escúchame! Escúchame, pelirroja. Tienes que calmarte o vas a colapsar aquí mismo.

—¡No puedo calmarme, Kate! —sollocé, aferrándome con las manos temblorosas a la solapa de su chaqueta, la única prenda que me cubría sobre la piel desnuda—. ¡La van a matar! ¡Me engañaron, me dijeron que estaría aquí! ¡Tengo que encontrarla!

—La vamos a encontrar, te lo juro por mi vida que la vamos a encontrar, pero ahora mismo no podemos dejar este claro convertido en un matadero.

Si la policía o lo que queda de la gente de Rossi encuentra estos cuerpos, no saldremos jamás de esta.

Escúchame bien: te vas a meter en el coche de ese hijo de puta, te vas a sentar y me vas a esperar allí.

—No... no me pidas eso, no te voy a dejar sola —supliqué entre hipos de llanto, negando con la cabeza.

—No estás en condiciones de discutir, Zaira —me interrumpió, clavándome esa mirada protectora y obstinada que no admitía réplica—. Métete en el coche, pon la calefacción y espérame. Yo me voy a encargar de hacer el trabajo sucio. Déjame esto a mí, ¿de acuerdo?

Me llevó casi en volandas hasta el asiento del copiloto del Mercedes negro, me acomodó sobre la tapicería de cuero y cerró la puerta con cuidado.

Me quedé acurrucada en la penumbra del vehículo, tiritando de frío y de shock, pegando la frente contra la ventanilla empañada.

A través del cristal vi a Kate moviendo los cadáveres.

La vi arrastrar el cuerpo de Leonardo Rossi por las piernas, dejando un rastro sangriento sobre la tierra mojada.

Luego fue a por los otros matones. Kate era incansable; tenía una fuerza descomunal.

A pesar de tener las costillas magulladas por las patadas brutales de Rossi y el labio partido, del que brotaba sangre, no se detuvo ni un solo segundo a lamentarse.

Encontró un par de palas pesadas en el maletero de los coches de los matones y caminó hacia una zona más densa y oculta, tras un parapeto de robles gigantescos.

Comenzó a cavar una fosa profunda en la tierra dura y arcillosa.

La vi sudar a mares bajo el frío de la madrugada, quitándose la camiseta superior para quedarse únicamente en tirantes, dejando al descubierto los músculos de la espalda, tensos por el esfuerzo titánico.

Cubierta de barro y sudor, Kate trabajó durante horas sin dar un solo síntoma de flaqueza, enterrando los cuerpos y cubriendo el terreno con maleza para no dejar rastro alguno.

Cuando por fin terminó, tiró la pala al suelo con un golpe sordo y caminó despacio de vuelta hacia el vehículo.

Apareció junto a mi puerta, sudada, sucia hasta las cejas, con el pelo negro pegado a la frente por el sudor y los brazos teñidos de barro seco.

Abrí la puerta de golpe y la hice entrar conmigo al asiento trasero del Mercedes.

El aire dentro del coche estaba caliente por la calefacción, pero la adrenalina, la culpa y la desesperación me tenían al borde del colapso.

Busqué en la guantera y encontré una botella de agua y unos pañuelos de tela.

—Déjame limpiarte... —humedecí un pañuelo para pasárselo suavemente por el pómulo, retirándole la sangre seca y toda la suciedad del rostro.

Kate no se movió.

Se dejó cuidar con los ojos fijos en los míos, respirando agitadamente. Mientras le limpiaba el cuello y los brazos, la mezcla de verla tan salvaje, de saber que había enterrado a esos hombres por mí y el alivio de estar vivas desató una tensión eléctrica insoportable entre las dos.

Mis manos temblaban contra su piel caliente.

—Gracias, ojitos bonitos... gracias por salvarme —susurré, rozando su labio partido con el pañuelo.

—Haría lo que fuera por ti, pelirroja —contestó con voz ronca.

No aguanté más.

Tiré el pañuelo al suelo del coche, le tomé el rostro entre las manos y la besé con una necesidad salvaje, casi desesperada.

Kate soltó un gemido grave contra mi boca y me atrapó por la cintura, devolviéndome el beso con una ferocidad hambrienta.

La chaqueta de cuero se me resbaló de los hombros, dejándome completamente desnuda frente a ella sobre el asiento de cuero negro.

Kate abrió la boca, saboreándome con rabia, metiéndome la lengua hasta el fondo mientras sus manos sucias me recorrían las caderas, los muslos y los pechos, para marcar toda mi piel.

—Eres mía, pelirroja... solo mía —gruñó Kate contra mi cuello, bajando la boca para morder y chupar mis pezones con un ardor que me hizo arquear la espalda y soltar un grito ahogado contra el techo del coche.

Se quitó los pantalones, me agarró por los muslos, me levantó sin esfuerzo alguno y me acomodó directamente a horcajadas sobre su regazo. Sentir su cuerpo caliente, suelto y sudado contra mi piel desnuda me volvió loca.

Kate bajó la mano rápidamente entre nuestras piernas, abriéndose paso en mi centro empapado. Pasó dos dedos con fuerza sobre mi clítoris y luego me los hundió hasta el tope de un solo empujón.

—¡Aah! ¡Joder, ojitos bonitos! Vas a destrozarme con tus dedos —grité y terminé clavándole las uñas en los hombros desnudos mientras sentía sus dedos follarme dentro del coche con un ritmo rápido, duro y húmedo.

—Mira cómo te pones para mí... en mitad de este infierno. Mírame, nena —me exigió con la voz ronca de pura lujuria, embistiéndome con la mano mientras con la otra me apretaba el culo para estamparme contra su pubis.

El sonido de nuestros cuerpos chocando, el crujido del cuero bajo nosotras y el eco de sus dedos entrando y saliendo de mi coño resonaban por todo el vehículo.

Kate aceleró las estocadas con sus dedos, metiéndome tres de golpe y girándolos dentro de mí mientras su boca devoraba mis rosados pezones.

Me tenía completamente dominada, cabalgando sobre su mano mientras el calor y el placer desbordado me hacían perder el sentido.

—¡Más rápido, Kate! ¡Por favor, métemelos más profundo! —le supliqué fuera de mí, moviendo las caderas como una desquiciada contra su puño.

—Pídemelo, nena... dime cómo quieres que te folle —me retó al oído, mordiéndome el lóbulo de la oreja mientras retorcía sus dedos en mi punto más frágil.

—¡Fóllame! ¡Fóllame así, me voy a correr! —grité a pleno pulmón.

Kate hundió la mano con toda la fuerza, frotándome el clítoris con el pulgar a una velocidad salvaje.

El orgasmo me reventó por dentro con una violencia descomunal.

Mi vagina se contrajo en espasmos, apretándole los dedos mientras yo chorreaba sobre su mano y sus pantalones, soltando alaridos de puro éxtasis que retumbaron contra los cristales del Mercedes.

Antes de que pudiera recuperarme del colapso, Kate se giró, me tumbó de espaldas sobre el amplio asiento trasero y se acomodó entre mis piernas abiertas.

Usó su lengua para lamer y limpiar mi coño empapado del jarabe dulce que desprendía mi interior.

Siguió bebiendo de mi humedad con un hambre que me hizo gemir de nuevo.

Luego, sin darme cuenta de que ella también necesitaba jugar con ese bonito coño que se depilaba, se masturbó entre mis piernas y me dio el mejor espectáculo que podía contemplar una actriz como yo.

Sus ojos bonitos se cerraron y cabalgó sobre mí mientras acariciaba ese clítoris duro que anhelaba lamer.

Me di el placer de acariciar su vientre hasta que mi mano se detuvo en el monte de Venus.

Estaba tan suave y caliente como siempre, así que aproveché que todavía no se había corrido para entreabrir sus labios con mis dedos y bañar mi piel con ese líquido brillante que me empujó a penetrar su entrada.

—Oh, nena.

—Mueve las caderas para mí, ojitos bonitos. Sigue gimiendo.

—Mmmmhm.

Nos follamos en ese asiento del coche con una mezcla de rabia, desesperación y deseo salvaje, sudando juntas, gimiendo sin control hasta quedar completamente destruidas y sin aliento.

Al terminar, se desplomó sobre mi pecho sudado, tiritando y jadeando a bocanadas mientras mis brazos la envolvían con fuerza.

—Encontraremos a Lily, pelirroja —me susurró Kate contra el pelo, acariciándome la espalda con ternura—. Te lo juro por mi vida.