Mujer peligrosa (Ficción Lésbica) Capítulo 12
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Capítulo 12

Kate Astor

—¡No toquéis a Zaira, hijos de la gran puta! ¡Ni se os ocurra ponerle una sola mano encima! —grité, raspándome la garganta hasta sentir que tragaba mi propia sangre mientras intentaba liberarme de las cuerdas que me inmovilizaban las muñecas.

El aire frío del bosque me quemaba los pulmones y la mezcla de barro y sangre me escocía sobre el labio partido, pero el dolor físico me daba exactamente igual. Todo mi cuerpo convulsionaba por una furia ciega, incapaz de apartar los ojos de la escena que se desarrollaba a pocos metros.

Los matones de Leonardo nos rodearon, con la única intención de encender sus teléfonos móviles para grabar cada movimiento de mi pelirroja.

Zaira estaba arrodillada.

Tenía las manos atadas a la espalda, el rostro cubierto de lágrimas y el cuerpo obligado a complacer a esos cabrones. Sin embargo, cuando inclinó la cabeza hacia mí y sus ojos azules se cruzaron con los míos, vi una paz que no permitiría jamás.

No iba a dejar que ese hijo de puta abusara de ella.

—Estaré bien, Kate... —murmuró con una voz suave, tan tranquila en mitad de la pesadilla que se me helaron las entrañas—. Estará todo bien, te lo prometo. Mantente tranquila.

Que fuera actriz porno no le daba el derecho a sacrificarse ante aquellos terribles monstruos.

—¡No! ¡Zaira, no lo hagas! —chillé fuera de mí, revolcándome contra el suelo, arañando la tierra húmeda con los dedos trabados en los nudos—. ¡Qué me maten a mí! ¡Tócame a mí, Leonardo! ¡A ella no la toquéis!

Leonardo soltó un resoplido divertido, ignorando mis gritos como si fuera el zumbido de una mosca.

Se acercó a Zaira con lentitud, se agachó frente a ella y desabrochó despacio las cuerdas de sus muñecas, confiado en su aplastante superioridad.

Acto seguido, la tomó de la solapa de la camiseta y se la rasgó de un tirón seco, rompiendo las costuras y dejando su pecho desnudo ante aquellos hijos de puta que se preparaban para tocarla.

Los matones empezaron a silbar y a reír de forma asquerosa.

Leonardo Rossi no dejaba de mirarla. La recorría con unos ojos hambrientos, enfermos, saboreando el poder absoluto sobre su cuerpo mientras sus manos descendían hacia el botón de sus pantalones para desabrocharlos con el único fin de liberar su miembro.

—Mirad esto, muchachos —se rio el italiano, alzando la voz para que quedara perfectamente grabado en los vídeos—. La pequeña Zaira nos complacerá a todos antes de que la zorra de su novia vuelva a tocarla.

—¡Hijo de la gran puta! ¡Te voy a arrancar la garganta con los dientes!

Uno de sus hombres se giró hacia mí, soltando una carcajada mientras me plantaba el teléfono móvil a dos centímetros de la cara, grabando en primer plano el dolor, la frustración y las lágrimas de rabia que no podía controlar.

—Miren cómo ladra la perrita de los Bandoleros —se burló el tipo, escupiéndome cerca del ojo—. Miren cómo llora la chica dura de la moto porque no puede defender a su novia.

La impotencia me estaba destrozando el pecho.

Zaira estaba siendo desnudada en mitad de la nada, completamente expuesta ante tres desquiciados que grababan cada palmo de su cuerpo, mientras Leonardo Rossi terminaba de quitárselo todo y se abría el cinturón para abalanzarse sobre ella.

Me estaba volviendo loca.

«Mi pelirroja.»

Estaba a punto de presenciar la peor de las atrocidades sin poder mover un solo músculo para evitarlo.

«Zaira, muñequita mía.»

Ella permaneció encogida, tiritando de frío y de asco sobre las hojas secas, pero sin perder de vista las manos de Leonardo. Él se inclinó sobre ella, seguro de su victoria, creyendo que la tenía doblegada y sumisa a sus pies.

Y en ese milisegundo exacto, cuando el imbécil bajó la guardia para sujetarla por las caderas, Zaira reaccionó.

Con un movimiento magistralmente rápido, estiró el brazo, metió la mano bajo la solapa del abrigo de Rossi y le arrancó la pistola de gran calibre de la funda sobada del hombro. Antes de que el tipo pudiera parpadear o soltar cualquier barbaridad, Zaira le clavó el cañón de metal en el ojo.

¡BAM!

«¡Eso es, nena!»

El disparo retumbó en el claro del bosque como un estallido sordo que hizo temblar la corteza de los árboles.

La parte superior de la cabeza de Leonardo reventó hacia atrás en una lluvia de sangre y restos que callaron de forma pesada en el suelo. Su cuerpo se sacudió violentamente y cayó de espaldas contra la tierra.

El mundo pareció detenerse.

Los matones se quedaron paralizados, congelados con las cámaras en la mano y la boca abierta, incapaces de procesar que su jefe yacía muerto en el suelo.

Esa fracción de segundo fue todo lo que necesité.

Aprovechando la conmoción general, me impulsé con las dos piernas pegadas al suelo y me abalancé con todo mi peso contra las rodillas del cabrón que me estaba grabando. El hombre cayó de espaldas, lanzando un alarido de sorpresa.

Caí encima de él, le clavé la rodilla en el estómago para dejarlo sin aire y forcejeé con las manos atadas a la espalda hasta alcanzar la navaja táctica que llevaba pegada en el cinturón.

Logré desengancharla, abrí la hoja al tacto y corté las ligaduras de un tajo desesperado que me rajó un poco la piel de la muñeca.

Me puse en pie de un salto, desatada y convertida en una auténtica fiera.

—¡Hijos de puta! —lancé mi grito de guerra antes de cobrarme las vidas que juré que me desharía si se atrevían a tocarla.

Me lancé sobre el tipo más cercano antes de que pudiera desenfundar su arma.

Le encajé un puñetazo furioso en la manzana de Adán que le hizo escupir sangre y tragar.

Le arrebaté la porra extensible de la cintura y se la descargué con rabia ciega sobre la sien, reventándole el cráneo contra el suelo.

Al mismo tiempo, el sonido de los disparos volvió a tronar en el claro.

Zaira, aún desnuda sobre la tierra mojada y con el rostro manchado de la sangre del italiano, sostenía el arma pesada con las dos manos y disparaba sin piedad.

Dos proyectiles le atravesaron el pecho a otro de los matones que intentaba apuntarme por la espalda, haciéndolo caer hacia atrás sobre los matorrales.

Fue una carnicería limpia, rápida y despiadada. Mi furia descontrolada, unida a los tiros certeros de Zaira, terminó con esos cabrones que se pensaron que se saldrían con la suya.

Me quedé de pie en el centro del claro, chorreando sudor, barro y sangre que no me pertenecía.

Solté la porra metálica y me giré hacia Zaira.

Seguía tirada en el suelo, desnuda, rodeada de dos cadáveres.

Sostuvo en todo momento la pistola entre sus dedos temblorosos y no pudo apartar la mirada del cuerpo sin vida de Leonardo.

Corrí hacia ella sin pensarlo. Me quité mi chaqueta de cuero a toda prisa, la envolví con ella para cubrir su piel helada y la estreché contra mi pecho con una fuerza desesperada, pegando su cabeza a mi cuello.

—Ya está, nena... Ya está. Ya se ha terminado.

—Lo he matado.

—Se lo merecía.

—Lo he matado —volvió a repetir, en shock.

—No te preocupes. Todo saldrá bien —besé su cabello e intenté mantener la calma.

Zaira seguía con la mirada perdida en la nada. Pero, de repente, como si una descarga eléctrica la cruzara por dentro, se separó un poco y me agarró de los hombros con una fuerza que no parecía suya.

—¡Lily! —gritó con la voz desgarrada por el pánico—. ¡Kate, el coche! ¡Lily tiene que estar en el coche de Leonardo!

Se puso en pie como pudo, tropezando con las piernas débiles mientras se sujetaba la chaqueta sobre el cuerpo.

Corrimos atravesando el barro hacia el gran Mercedes negro que Rossi había dejado aparcado a la sombra de los robles.

Zaira llegó primero, agarró la maneta del maletero e intentó tirar de ella hacia arriba con desesperación, pero estaba bloqueada.

—Pelirroja…

—¡Abre! ¡Abre, por favor! —chillaba, golpeando la chapa con las manos desnudas.

Agarré una piedra pesada y afilada del suelo, la alcancé y la estampé con todas mis fuerzas contra el cristal de la ventanilla trasera. La luna saltó en mil pedazos. Introduje el brazo con cuidado por el marco, busqué la palanca de apertura en el panel de control y la accioné.

El cierre del maletero hizo un chasquido metálico y el portón se elevó lentamente.

Nos quedamos paralizadas, con el corazón en la garganta y la respiración contenida, asomándonos al interior para recuperar a Lily.

Pero no había nadie.

El maletero estaba completamente vacío. Solo había un par de cadenas gruesas y oxidadas tiradas en una esquina y una manta vieja cubierta de manchas oscuras de sangre seca. Lily no estaba allí. Nunca había estado en ese coche.

—¡No! ¡No, no, no! —sollozaba fuera de sí, golpeando el suelo con rabia e impotencia—. ¡Dijeron que la traerían! ¡Me engañó! ¡Ese hijo de puta me volvió a engañar!

Me agaché a su lado, envolviéndola entre mis brazos para protegerla del frío y de su propio dolor, apretando los dientes con rabia al darme cuenta de que la pesadilla de Rossi aún no había terminado del todo.