Capítulo 11
Zaira Myrin
El olor a mantequilla frita y masa dulce llenaba el aire de la pequeña cocina de Kate, un contraste casi ridículo con el ambiente pesado y cargado de tensión que respirábamos desde la noche anterior.
Miré el plato que tenía delante. Kate había preparado un montón de tortitas doradas y humeantes, intentando aparentar que todo estaba bajo control y que aquel era un desayuno normal en un día cualquiera.
Me levanté de la silla despacio, llamando su atención.
Kate estaba apoyada contra la encimera, vestida con una camiseta ancha y el pelo negro algo despeinado, sosteniendo su taza de café con las dos manos.
Me acerqué a ella sin prisa, rozando su cadera con la mía antes de subirme con soltura a la encimera, justo a su lado, para quedar por encima de ella.
—¿Qué haces, pelirroja? —murmuró Kate, intentando mantener esa voz seria y de chica dura que siempre ponía ante el mundo.
Sin embargo, vi cómo se le subía un leve rubor por el cuello al sentir mi cercanía.
No dije nada.
Me deslicé un poco hacia delante y pasé una pierna a cada lado de su cadera, acomodándome directamente a horcajadas sobre su regazo mientras ella se quedaba atrapada entre mis piernas y el borde del mueble.
Kate soltó un ligero suspiro, dejando la taza sobre el mármol para agarrarme suavemente de la cintura y sujetarme para que no me cayera.
Cogí un trozo de tortita con los dedos, que chorreaba de chocolate, y se lo acerqué a los labios.
—Abre la boca, ojitos bonitos —le pedí con una sonrisa dulce y juguetona.
Kate me miró de reojo, fingiendo molestia, pero acabó obedeciendo.
Se comió el pedazo de mi mano, rozando mis dedos con sus labios.
Sonreí al ver cómo la chica más peligrosa del club se dejaba dominar y mimar por mí en su propia cocina, recordando la forma en que se había entregado por completo en mis manos horas atrás.
Me gustaba saber que yo era la única capaz de desarmar su coraza y volverla tan dócil.
Me incliné hacia delante, pegando mi frente a la suya y saboreando el calor de su respiración. Le di un beso lento y tierno en los labios, saboreándola a ella y al dulce de la tortita, sintiendo cómo sus manos se apretaban contra mi espalda para traerme aún más cerca de su cuerpo.
—Están buenísimas, Kate... Gracias —le susurré contra la boca, pasándole la mano por la nuca para acariciarle el pelo.
—Cualquier cosa para que comas algo, pelirroja.
Estaba a punto de volver a besarla cuando el tono de llamada de mi teléfono móvil sonó sobre la mesa, rompiendo la magia del momento y haciéndonos dar un brinco a las dos.
Kate se puso alerta al instante, tensando todos los músculos de su cuerpo bajo mi agarre. Me bajé de la encimera a regañadientes y eché un vistazo a la pantalla: era un número oculto.
Mi corazón empezó a latir a mil por hora en el pecho, dándome un vuelco que me dejó casi sin aire. Con los dedos temblorosos, deslicé el botón verde y me llevé el aparato a la oreja.
—¿Hola? —murmuré con un hilo de voz.
—Buenos días, mi pequeña Zaira —la voz al otro lado de la línea era inconfundible. Fría, pausada e impregnada de esa elegancia venenosa que me hacía temblar de puro pánico.
Era Leonardo.
Me quedé completamente congelada, incapaz de articular palabra mientras Kate se acercaba despacio a mi lado, pegando su cara a la mía para intentar escuchar la llamada.
—Sé que te lo has pasado muy bien jugando al escondite con los moteros de Nubertón —continuó Rossi, soltando una risita suave que me revolvió el estómago—.
Pero los juegos se han terminado. Si de verdad quieres volver a ver a tu queridísima Lily con vida, vas a tener que hacer exactamente lo que yo te diga.
—¿Dónde está? —reclamé—. Por favor, Leonardo, no le hagas nada...
—Tranquila, preciosa. Sigue respirando —respondió con tono burlón—.
Si quieres reunirte con ella, vas a venir ahora mismo al bosque.
Sola. Sin la jauría de los Bandoleros pisándote los talones y sin avisar a ese imbécil de Oliver.
Si veo a un solo motero merodeando por los árboles, le meto un tiro en la cabeza a Lily antes de que llegue a mí. ¿Ha quedado claro?
El pánico amenazaba con paralizarme del todo, pero antes de que pudiera responder, la voz de Rossi volvió a resonar con una frialdad absoluta:
—Ah, y una última cosa, Zaira... Puedes traer a tu nueva amiguita. Sé que Kate no se separa de ti. Venid las dos.
El teléfono hizo un chasquido seco y la línea se quedó muerta.
Me quedé mirando la pantalla en negro, temblando de arriba abajo. Kate me quitó el teléfono de la mano despacio y me agarró de los hombros, obligándome a mirarla directamente a los ojos.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó con los dientes apretados, con esa firmeza con la que siempre intentaba protegerme—. Zaira, habla. ¿Qué coño te ha dicho ese hijo de puta?
—Es Leonardo... —susurré, sintiendo cómo las lágrimas me nublaban la vista—. Dice que tiene a Lily en el bosque. Que, si no voy a buscarla, la mata. Y ha dicho... ha dicho que vaya contigo.
Kate maldijo por lo bajo y se pasó la mano por la cara, pensando rápido. Sabía perfectamente que, si se lo decíamos a Oliver o a Elijah, los Bandoleros armarían una batalla campal y terminarían matando a Lily.
No teníamos alternativa.
Si queríamos salvar a mi amiga, teníamos que ir nosotras dos solas.
—Nos vamos ya —dijo Kate, caminando hacia el recibidor para vestirse rápido, coger las llaves de la moto y abrigarse con su chaqueta de cuero—. Vamos en la mía. Nos aseguraremos de que nadie del club nos siga.
Salimos del apartamento con el corazón en la garganta.
El aire de Nubertón era frío y pesado mientras nos subíamos a la moto de Kate.
Arrancó el motor con un rugido que hizo vibrar el callejón y aceleró con ganas, tomando atajos por los barrios bajos y los callejones secundarios de la ciudad.
Kate no dejaba de mirar por los espejos retrovisores en cada esquina, haciendo giros bruscos y rodeos para perder a cualquier posible rastreador o miembro del club que estuviera patrullando la zona.
Se aseguraba de que nadie nos pisara los talones.
A medida que dejábamos atrás las últimas casas de ladrillo y nos adentrábamos en la carretera comarcal, el paisaje urbano dio paso a la arboleda espesa y oscura del bosque.
Los árboles gigantescos tapaban la luz del sol, creando una penumbra helada que me hacía tiritar contra la espalda de Kate.
Me agarré con fuerza a su cintura, pegando mi pecho a ella, buscando desesperadamente el calor y la seguridad que solo su cuerpo me transmitía.
Llegamos a un claro en mitad de la frondosidad donde los caminos de tierra se cortaban. Kate apagó el motor de la moto y el silencio del bosque nos envolvió de golpe.
—Mantente detrás de mí —murmuró Kate, echando la mano a la cintura para empuñar la navaja que llevaba escondida.
Pero no tuvimos tiempo ni de dar tres pasos.
De entre las sombras de los robles y los matorrales empezaron a salir dos de los hombres de Leonardo Rossi.
—¡Déjala! ¡Suéltala! —grité aterrorizada, intentando correr hacia ella, pero el otro matón me agarró del pelo por la espalda y me retorció el brazo para inmovilizarme y separarme de Kate.
Kate luchó como una fiera, soltando patadas y mordiscos, pero el tipo era más alto y fuerte que mi chica.
En cuestión de segundos, los hombres de Rossi nos tenían a las dos de rodillas sobre la tierra.
Sacaron cuerdas gruesas y nos ataron las manos a la espalda con nudos apretados que nos cortaban la circulación, dejándonos completamente indefensas en mitad del claro.
—¡Hijos de puta! —gritó Kate, escupiendo tierra y sangre al suelo mientras intentaba liberarse de las ligaduras—. Sin vuestras putas pistolas no sois tan valientes, ¿eh?
El sonido de unos pasos lentos y pausados sobre las hojas secas hizo que los matones se hicieran a un lado.
De entre la niebla del bosque apareció Leonardo Rossi, impecablemente vestido con un abrigo largo gris y esa sonrisa perversa dibujada en el rostro.
Tenía las manos metidas en los bolsillos y nos miraba con una frialdad que me encogió el alma.
Se detuvo a pocos metros de nosotras, clavando sus ojos oscuros en los míos.
—Estoy muy decepcionado contigo, Zaira —dijo Rossi, negando despacio con la cabeza, como si fuera un padre reprendiendo a una niña pequeña—. Pensé que eras más lista. Pensé que entenderías cuál es tu sitio a mi lado, pero has preferido irte con esta chusma de moteros.
—¿Dónde está Lily? —supliqué, intentando arrastrarme hacia él sobre mis rodillas—. Dijiste que me la devolverías... ¡Por favor, Leonardo!
Rossi ni siquiera me miró.
Desvió su atención hacia Kate, que lo observaba con una rabia asesina en los ojos, desafiándolo a pesar de estar atada de pies y manos.
—Y tú debes ser la famosa Kate Astor —murmuró Leonardo, acercándose a ella con lentitud—. La chica dura de los Bandoleros. La que cree que puede meterse en mis asuntos y salir ilesa.
Sin previo aviso, Rossi le propinó una patada brutal a Kate en el costado.
El impacto sonó seco y violento en el silencio del bosque.
Kate soltó un gemido ahogado y se encogió sobre la tierra, pero no gritó.
Leonardo volvió a levantar la bota y le asestó otro golpe en las costillas, disfrutando de cada segundo.
—¡No! ¡Para! ¡Déjala en paz, por favor! —chillé fuera de mí, intentando zafarme de las cuerdas mientras las lágrimas me caían a mares por las mejillas—. ¡El problema es conmigo, Leonardo! ¡No le hagas daño a ella!
—¡No le pidas nada a este bastardo, pelirroja! —masculló Kate desde el suelo, tratando de incorporarse con la cara manchada de barro y un hilo de sangre brotándole del labio—. ¡Qué le den por culo!
Rossi sonrió con crueldad y le hizo una señal a uno de sus hombres.
El matón sacó una porra metálica extensible y golpeó a Kate directamente en la espalda, haciéndola soltar un alarido de dolor que me atravesó el corazón.
El hombre volvió a levantar la porra, dispuesto a descargar otro golpe sobre la cabeza de Kate.
Ver a Kate así, indefensa, sufriendo y sangrando por mi culpa, rompió la última barrera de contención que me quedaba. La imagen de ella siendo golpeada era algo que no podía soportar.
—¡Por favor! ¡Te lo suplico, Leonardo! —grité a pleno pulmón—. ¡Os suplico que paréis! ¡Hazme lo que quieras a mí! ¡Castígame a mí, cámbiame de lugar con ella! ¡Pégame a mí, pero no la toques más! ¡Te lo suplico, te lo pido por lo que más quieras!
Me quedé allí, arrodillada, humillada y sollozando en el suelo, suplicando de la manera más desesperada y patética por la vida de Kate.
Leonardo levantó la mano para detener al matón con la porra.
Un silencio sepulcral volvió a adueñarse del claro.
Rossi miró a Kate, desgarrada por el dolor en el suelo, y luego me miró a mí, rota y suplicante a sus pies.
Sus ojos se abrieron ligeramente y una chispa de comprensión maquiavélica iluminó su rostro.
Se dio cuenta.
Entendió perfectamente el vínculo que había entre nosotras.
Vio cómo la chica dura de los Bandoleros sufría por mí y cómo yo era capaz de arrastrarme por el barro y rogar por ella. Se dio cuenta de lo que realmente teníamos, de lo mucho que nos importábamos la una a la otra.
—Vaya, vaya... —murmuró Leonardo Rossi, soltando una risita oscura y perversa mientras se acariciaba la barbilla—. Pero qué interesante. Así que esto es lo que hay entre vosotras dos... Un amorcito tan profundo que seríais capaces de sacrificar vuestra vida por la otra.
Se acercó a mí despacio, se agachó y me agarró de la barbilla con fuerza, obligándome a mirarlo.
Estaba en enfermo.
Había perdido la cabeza.
—Pararé —dijo—. Pararé este castigo y os dejaré vivas a las dos... solo si aceptas someterte a mi voluntad aquí mismo, ahora mismo, mientras mis hombres lo graban todo con sus teléfonos para utilizarlo contra vosotras.
El aire se me congeló en los pulmones.
Miré a Kate, que desde el suelo negaba con la cabeza desesperadamente, con los ojos llenos de pánico y rabia, intentando articular un «no» con la boca ensangrentada. Luego miré a Leonardo y a sus hombres, que ya estaban sacando los teléfonos móviles con sonrisas asquerosas en las caras.
Estaba atrapada.
La vida de Kate y la de Lily dependían completamente de lo que yo decidiera hacer en ese instante.