Capítulo 10 #2
Me quedé paralizada en el respaldo del sofá, sintiendo cómo el estómago me daba una vuelta completa.
Yo siempre intentaba ir de dura por la vida, de protectora, pero la soltura con la que me miraba y la seguridad de sus manos hicieron que me entregara a ella por completo.
Sentí un fuego arrasador subirme por el cuello al darme cuenta de lo mucho que deseaba rendirme ante ella.
Zaira se echó hacia atrás sobre mis piernas, quitándome los vaqueros y las bragas para dejarlos caer al suelo del salón. Acomodó sus rodillas a los lados de mi cadera y acarició la parte interna de mis muslos, buscando ese corazón que me tatué una noche de borrachera.
—Estás empapada, Kate… —sonrió con malicia, levantando la vista para conectar con mis ojos mientras pasaba dos dedos por mi raja, hasta dejarlos bien húmedos.
Sopló sobre mi clítoris hinchado antes de inclinarse entre mis piernas. Solté un jadeo alto al sentir su lengua cálida dar la primera lamedura directa. Zaira me saboreó sin piedad en aquel sofá, concentrándose en mi botón que me hizo arquear la espalda y clavar los dedos en el tapizado.
Chupaba y lamía con ganas, haciéndome chorrear encima de sus labios.
—¡Ah, Zaira…! —gemí, apretando mis muslos contra su cabeza—. Joder, me vas a volver loca…
Ella no se detuvo.
Siguió comiéndome el coño con un ritmo frenético, jugando con mis labios menores mientras introducía dos dedos bien profundos en mi interior. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo de mí retumbaba en todo el salón.
De repente, Zaira estiró la mano hacia la mesita baja del salón, donde yo había dejado las cosas del bolsillo antes.
Se me subió el color a las mejillas al instante e intenté taparme.
—No, no mires ahí… —murmuré avergonzada, tratando de cubrirme la cara con las manos.
Pero ella ya había cogido un pequeño vibrador rosa, compacto y de silicona suave, que yo solía guardar escondido por pura vergüenza de que alguien supiera lo que me gustaba usar a solas. Zaira soltó una pequeña risita pervertida al ver lo alborotada y dócil que me ponía.
—Vaya, vaya, Kate… conque la chica dura guarda estas cositas por aquí para ponérselo en su adorable coño —bromeó con voz ronca y dulce, acariciándome la mejilla para que dejara de esconderme.
—Cállate… —supliqué—. Por favor, úsalo ya…
Zaira encendió el pequeño aparato, que empezó a zumbar con fuerza.
Presionó la punta vibrante contra mi clítoris mientras mantenía sus dedos hundidos en mi interior, bombeando sin contemplaciones.
El estímulo fue tan preciso y sucio que solté un grito agudo, tiritando de pies a cabeza sobre el sofá.
—Así, ojitos bonitos, déjate llevar para mí —me susurró al oído, besándome el cuello mientras movía el vibrador en círculos lentos y metía sus dedos hasta el tope.
—Joder, Zaira… joder, me corro —rogué, perdiendo el control por completo y cediéndole todo el mando de mi cuerpo mientras mi coño seguía temblando.
Obedeció a su manera, aumentando la intensidad del pequeño juguete mientras me penetraba con agresividad al ritmo de la vibración. El zumbido constante, sumado a la presión de sus dedos, me llevó directa al límite.
El orgasmo me golpeó de lleno.
Mis paredes vaginales se contrajeron violentamente alrededor de sus dedos mientras soltaba un gemido prolongado y ahogado contra su hombro.
Las caderas me convulsionaron y Zaira mantuvo la vibración un par de segundos más, alargando el placer hasta hacerme soltar lágrimas de puro éxtasis mientras mi humedad le empapaba toda la mano.
Cuando retiró el aparato y sacó los dedos, me dejé caer contra el respaldo del sofá, exhausta, respirando a bocanadas y con la entrepierna latiéndome en carne viva.
Pero Zaira no había terminado.
Con una sonrisa traviesa, se quitó la sudadera y los vaqueros allí mismo, tirándolos al suelo y quedándose en ropa interior.
Su coño estaba empapado por el calentón de verme caer tan rendida y necesitada ante ella.
Se colocó de nuevo a horcajadas sobre mi regazo, buscándome la boca para un beso que me empujó a saborear mi propio sexo.
—Ahora te toca tocarme a mí —murmuró contra mis labios, guiando mi mano temblorosa directamente hacia su vagina.
Tragué saliva, sintiéndome aún dócil bajo su mirada, y deslicé la mano bajo la tela. Le aparté la lencería para acariciar su clítoris con la yema de mis dedos. Zaira soltó un suspiro ahogado y apoyó la frente contra la mía.
Tomé el pequeño vibrador que ella misma había dejado en el cojín y, con cuidado, lo presioné con fuerza sobre su clítoris, combinando el zumbido constante con las embestidas de mis dedos en su entrada apretada.
—Kate… Dios, métemelo más profundo —gimió.
Aumenté la velocidad de mis dedos dentro de ella, hundiéndolos sin piedad mientras la punta rosa del juguete le daba el golpe final en el clítoris.
Zaira no tardó en venirse, soltando un grito que ahogó contra mi cuello mientras su coño se contraía en espasmos violentos sobre el mío y terminaba con los muslos húmedos por un chorro de flujo caliente.
Nos quedamos unos minutos recostadas en el sofá, sudadas y sintiendo los latidos del corazón de la otra. Cuando los temblores cesaron por completo, me incorporé despacio. Zaira estaba totalmente desarmada y soñolienta sobre mi pecho.
Pasé un brazo por su espalda y el otro por debajo de sus muslos, sujetándola con firmeza para cargarla en brazos. Zaira soltó una pequeña risita perezosa y rodeó mi cuello con sus brazos, escondiendo la cara en el hueco de mi hombro mientras me levantaba del sofá con ella a cuestas.
—No quiero que me tires al suelo.
—Estoy haciendo lo posible para que eso no suceda, pelirroja. Deja de moverte.
Caminé despacio por el pasillo a oscuras hasta el dormitorio, sintiendo su cuerpo desnudo y caliente pegado al mío.
La deposité con cuidado sobre el colchón y me tumbé a su lado, echándonos la manta por encima.
Zaira se acomodó de inmediato contra mí, apoyando la cabeza en mi pecho y entrelazando su pierna con la mía.
—Me he vuelto adicta al sabor de tu coño.
—¿Ahora quién es la chica mala?
Antes de que volviera a tocarme, la detuve.
—Tienes que descansar.
—Pero sigo algo cachonda.
—Zaira…
—Me gusta que te entregues a mí, aunque luego te resistas un poco más.
Apreté los brazos a su alrededor para pegar su cuerpo al mío.
—Duerme un rato, quizás después deje que me muerdas los pezones.
Ella rio, subió mi mano por su vientre y buscó mis pechos para sobarlos con fuerza.
—Me encantan tus tetas, Kate.
—Tú me encantas más.
Nos besamos e hicimos un esfuerzo muy grande por no volver a follar.