Mujer peligrosa (Ficción Lésbica) Capítulo 10
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Capítulo 10

Kate Astor

Se me dibujó una mueca en la boca cuando el sol empezó a asomar por el horizonte, tiñendo el cielo de un color naranja helado justo cuando nos acercábamos a la entrada del motel con la moto robada. El motor dio un par de tirones secos antes de apagarse por completo.

Me bajé de la máquina con todo el cuerpo dolorido.

Nos habíamos salvado de milagro, rodando por el suelo de mármol del pasillo mientras el fuego devoraba la sala de cine de Leonardo Rossi.

Miré a Zaira por encima del hombro. Seguía pálida, con la cara manchada y temblando de frío, pero, por suerte, estaba entera.

Verla aterrorizada frente a aquella pantalla al ver a su amiga Lily me hizo recordar que, al final, ella solo era una víctima más de toda esta mierda. No tenía sentido seguir tratándola mal cuando la pobre bastante tenía con seguir respirando.

Al poner un pie en el asfalto del aparcamiento, me di cuenta de que el ambiente estaba tenso.

Todas las Harleys del club estaban aparcadas en fila y la mitad de los chicos andaban dando vueltas por el patio con las chaquetas de cuero puestas, fumando y con caras de muy pocos amigos. En el centro, apoyado contra el capó de la furgoneta, estaba mi hermano.

Oliver levantó la vista al escuchar el ruido de la moto y, en cuanto me vio aparecer junto a Zaira, se le cruzaron los cables.

—¡¿Dónde coño estabas, Kate?! —gritó, hecho una furia, caminando hacia nosotras a pasos agigantados mientras tiraba su cigarrillo al suelo para pisarlo—. ¡Llevamos dos horas buscándote por toda la ciudad! ¡Te dije que te quedaras en la habitación del motel!

Elijah salió en ese momento por la puerta, masticando un cigarrillo apagado. En cuanto Oliver lo vio, cambió de rumbo y fue directo a encararse con él. Lo agarró de las solapas de la chaqueta y lo empujó contra la pared.

—¡Te dije que la cuidaras, pedazo de imbécil! —gritó Oliver, pegando su cara a la de Elijah—. ¡Tenías un solo trabajo!

—Déjalo en paz, Oliver —me interpuse de golpe entre los dos, poniendo las manos en el pecho de mi hermano para empujarlo hacia atrás.

Oliver me miró furioso, con las venas del cuello a punto de reventar.

—No le eches la culpa a él —dije, tratando de mantener la voz firme—. Elijah no tiene nada que ver. La idea fue mía. Fui yo la que le hizo un puente a la moto y convenció a Zaira para ir a la mansión de Rossi.

—¡¿Te has vuelto loca?! —me espetó mi hermano, señalándome con el dedo mientras los demás chicos se acercaban—. ¡Podríais haber terminado muertas!

—Lo sé —suspiré, tragándome el orgullo, algo que no solía hacer casi nunca—.

Lo sé, Oli. Y me disculpo, ¿vale? La he cagado.

Pero escucha lo que te digo, por favor. Hemos estado allí.

La mansión estaba vacía, pero nos dejaron un mensaje.

Tienen a Lily. Vimos un vídeo de esa chica atada a una silla, llorando y suplicando por su vida antes de que la casa saltara por los aires con una bomba.

Me acerqué un paso más a él y le hablé en un tono casi suplicante.

—Tenemos que encontrar a esa chica, Oliver. No podemos dejar que ese bastardo se la quede. Zaira no va a aguantar esto mucho más tiempo y esa mujer se va a morir si no hacemos algo ya.

Oliver sostuvo mi mirada durante un par de segundos.

Estudió las heridas de mis nudillos, la mancha de mi cara y la figura de Zaira, que permanecía resguardada detrás de mí sin decir nada.

Mi hermano soltó un bufido de rabia, se pasó una mano por el cabello negro y volvió a mirar a Elijah, que se recolocaba la chaqueta.

—Llévatelas de aquí —ordenó Oliver—. Meted a la pelirroja en la furgoneta y devolvedla a su piso. Luego vienes al taller y hablamos de cómo vamos a cazar a ese hijo de puta. Y tú, Kate… te vas a casa.

—Está bien —asentí sin rechistar.

Elijah caminó hacia la furgoneta y abrió la puerta corredera para que Zaira pudiera subir. La chica me miró de reojo, asustada por el arrebato de mi hermano, y le dediqué un pequeño gesto con la cabeza para que supiera que todo estaba bien. Subió en silencio y se acomodó atrás.

Me subí al asiento del copiloto y cerré la puerta. Elijah se puso al volante, arrancó el motor y nos pusimos en camino, dejando atrás al resto de los chicos, que empezaban a subir a sus Harleys para seguir a Oliver hacia el taller.

El viaje en carretera fue largo y tranquilo. Zaira no dijo una sola palabra; se limitó a apoyar la cabeza en la ventanilla trasera con la mirada perdida.

Miré a Elijah por el rabillo del ojo. Mantenía la vista fija en el asfalto mientras conducía con una sola mano.

—Oye, Elijah… —empecé a decir, bajando la voz—. Siento lo de antes. Por mi culpa, Oliver casi te deja sin dientes.

Elijah soltó una pequeña carcajada.

—No te preocupes por eso —respondió con una sonrisa bastante tranquila—. Sé cómo se pone tu hermano cuando cree que estás en peligro.

—Aun así, no debí dejarte tirado en el motel.

—Tranquila —repitió, dándole un golpecito al volante—.

Todo va a salir bien. Ahora conocemos a ese hijo de puta de Rossi y sabemos lo que busca.

Oliver no va a parar hasta dar con él y traer a esa chica de vuelta.

Tú preocúpate por descansar un poco, que tienes una cara que empieza a darme hasta miedo.

Se me escapó una sonrisa y le di un golpe flojo en el hombro.

—Eres un imbécil.

—Sí, pero soy el imbécil que siempre está dispuesto a cubrirte las espaldas en todos esos follones en los que te metes.

Poco después llegamos al bloque de pisos donde vivía Zaira. Elijah detuvo la furgoneta y yo bajé para acompañar a la pelirroja hasta el portal.

Zaira bajó despacio, casi sin prisa.

—Gracias, Kate…

—Sube y métete en la cama. No le abras a nadie que no sea yo o Elijah. ¿Entendido?

Ella asintió despacio y abrió la puerta con sus llaves. Me quedé en la acera, viendo cómo desaparecía en el interior del portal antes de volver a la furgoneta.

Elijah me dejó en mi apartamento antes de salir volando hacia el taller para reunirse con mi hermano.

En cuanto crucé la puerta de mi casa, me deshice de la vieja chaqueta de cuero, tiré las botas en una esquina y fui directa a la ducha.

Dejé que el agua hirviendo me cayera sobre la espalda durante media hora para quitarme el olor a humo que se me había pegado en la mansión.

Comí algo rápido y me tiré en la cama sin desenrollar las mantas. Me quedé dormida al instante y no desperté hasta que la noche volvió a cubrir Nubertón.

Cuando abrí los ojos, el reloj de la mesita marcaba más de las nueve. Me levanté, me puse unos vaqueros limpios y una camiseta ancha, y fui a la cocina a servirme un vaso de agua.

Estaba apoyada en la encimera cuando escuché tres golpes secos en la puerta.

Toc, toc, toc.

Me quedé congelada.

Despacio y descalza, me acerqué al cajón, cogí un cuchillo y caminé hacia la entrada para mirar por la mirilla.

Al otro lado estaba Zaira.

Llevaba puesta una sudadera enorme, vaqueros y el pelo pelirrojo todavía un poco húmedo, recogido en una coleta despeinada. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y no dejaba de moverse de un lado a otro.

Guardé el cuchillo, quité el cerrojo y abrí la puerta.

—¿Pelirroja? —pregunté, algo sorprendida—. ¿Qué haces aquí? Te dije que te quedaras en tu casa.

Ella levantó la vista. Tenía unas ojeras horribles marcadas debajo de esos ojos azules tan bonitos.

—Lo sé… —susurró, dando un paso hacia el interior sin esperar a que la invitara a pasar—. Lo sé, Kate, pero no podía más.

Cerré la puerta detrás de ella y pasé el pestillo.

—¿Te ha pasado algo?

—No, no es eso… —negó con la cabeza—. Es solo que… no puedo dormir sola. Llevo horas dando vueltas en la cama y, cada vez que cierro los ojos, vuelvo a ver la cara de Lily en esa pantalla. Oigo el pitido de la bomba una y otra vez…

Se le cortó la voz y me miró con una mezcla de vergüenza y desesperación que me encogió el corazón.

—Estoy muy preocupada por ella, Kate. Me estaba volviendo loca en ese piso vacío.

Me quedé mirándola unos segundos, con el vaso de agua en la mano. La coraza que solía ponerme se me volvió a desmontar. Zaira no estaba intentando jugármela; solo era una chica aterrorizada que no tenía a nadie más en esta ciudad.

Dejé el vaso sobre la mesa de la entrada y me acerqué a ella despacio.

—Está bien —dije con la voz más suave que fui capaz de poner—. Tranquila. Estás segura aquí.

Acomodé a Zaira en el sofá del salón mientras le preparaba una tila. Verla allí, encogida dentro de aquella sudadera gigantesca, hacía que me fuera imposible mantener la distancia. Se me había pasado por completo la mala leche de la mañana.

Me senté a su lado y pasé un brazo por sus hombros para atraerla contra mi pecho. Zaira apoyó la cabeza en mi cuello y soltó un largo suspiro de alivio, relajando por fin la tensión.

—Gracias, Kate… —murmuró, buscándome la mano para entrelazar nuestros dedos.

—Tranquila, pelirroja. Mañana será otro día.

El silencio volvió a adueñarse del salón, pero el ambiente no tardó en volverse denso. Estar tan cerca en el estrecho espacio del sofá, sintiendo el calor de su cuerpo y el roce de sus piernas contra las mías, comenzó a despertar en mi la necesidad de tocarla.

Zaira empezó a moverse despacio, girándose sobre los cojines hasta quedar a horcajadas sobre mis muslos.

—No puedo dormir—susurró con una voz suave que me erizó la piel.

—Inténtalo.

—No es el miedo lo que no me deja dormir ahora mismo —admitió, acortando la distancia hasta que su aliento rozó mis labios.

Zaira tomó la iniciativa.

Se inclinó y me besó con una lentitud desesperante, saboreándome lentamente hasta torturarnos a las dos. Gemí suavemente contra su boca cuando metió la lengua en mi interior. Apoyó una mano en mi mejilla y la otra bajó con firmeza por mi vientre hasta la hebilla de mis vaqueros.

—Zaira… —intenté decir, pero ella me cortó el aliento mordisqueándome el labio inferior.

—Déjame cuidar de ti esta noche —me pidió mientras desabrochaba mi pantalón—. Deja que te toque hasta que pueda hacerte gemir.