Capítulo 9
Zaira Myrin
«Te diste cuenta de que podías manipularme…», esas palabras retumbaron en mi cabeza.
El motor de la motocicleta rugía, lanzando un humo denso que se dispersaba entre los coches desguazados. Me acerqué al lateral del vehículo y, con la voz temblorosa, le dije:
—Kate, por favor… Por favor, escúchame. Lo que pasó en la cama, el beso… no fue para manipularte. Perdóname si pensé que podías entenderlo, pero jamás quise usarte…
Ni siquiera me miró.
Kate ni siquiera pestañeó.
Se acomodó la chaqueta de cuero, ajustó el manillar y clavó la vista en la carretera oscura, con la mandíbula tan apretada que las venas del cuello se le marcaban. Su indiferencia fue un golpe directo en el estómago. Me ignoró por completo, como si yo fuera un fantasma que cargaba a sus espaldas.
Esta vez no la abracé.
Mantuve las manos pegadas a mis propios muslos, sintiendo el aire helado cortar el espacio que nos separaba mientras ella aceleraba a fondo.
Aparcamos la motocicleta a un par de manzanas de la propiedad, dejándola oculta.
Kate bajó sin decir una sola palabra, sacó el revólver del cinturón de sus pantalones y echó a andar a pasos rápidos y sigilosos.
La seguí de cerca, acoplándome a su sombra mientras bordeábamos los altos muros de piedra de la mansión.
Llegamos a la verja trasera.
Kate saltó con la agilidad de un felino, cayendo sobre la hierba húmeda sin hacer apenas ruido. Me tendió una mano solo para ayudarme a saltar el muro e inmediatamente retiró el contacto en cuanto mis pies tocaron el suelo del jardín.
Avanzamos entre los arbustos, pegadas a la pared de piedra, listas para ser emboscadas en cualquier momento. Mi corazón golpeaba con tanta fuerza contra mis costillas que temía que los matones de Leonardo pudieran oírlo desde las ventanas.
Llegamos a una puerta lateral de servicio. Kate se pegó, levantó el arma a la altura de los ojos y tiró del pomo con extrema cautela.
La puerta cedió.
Estaba entreabierta.
Kate empujó la madera con la bota y se adentró en la vivienda, barriendo la estancia con la boca del revólver. Entré tras ella, conteniendo la respiración, esperando el detonar de un disparo o el grito de alerta de algún guardia.
Pero no ocurrió nada.
La casa estaba sumida en un silencio denso y tétrico.
Recorrimos los pasillos de mármol de la planta baja, flanqueadas por cuadros caros y estatuas de bronce, pero no había ni un solo rastro de vida.
Ni guardias en las puertas, ni sirvientes, ni perros.
Ni siquiera el olor a tabaco o el murmullo de una televisión encendida.
Era como si todos los habitantes de la mansión hubieran evacuado el lugar a toda prisa.
—Esto no me gusta nada… —murmuró Kate.
Avanzamos por el corredor principal hacia el ala oeste de la mansión. A medida que nos acercábamos al final del pasillo, una luz azulada y parpadeante comenzó a filtrarse por debajo de las dobles puertas de madera que daban acceso a la sala de cine privada de Leonardo.
Kate me hizo una señal con la mano para que me quedara pegada a la pared. Se acomodó junto al marco, tomó aire, empujó la puerta de un golpe seco y se adentró en la sala, apuntando hacia todas las esquinas.
—¡No hay nadie! —susurró tras unos segundos de tensión.
Entré en la estancia y la visión me congeló la sangre en las venas.
La sala de cine era enorme, con filas de amplias butacas de cuero rojo acomodadas en gradas descendentes. Pero no había nadie sentado en ellas. La estancia estaba completamente desierta.
En la pantalla se estaba reproduciendo, en un bucle continuo y cruel, una recopilación de todas las escenas pornográficas que habíamos grabado en los últimos meses.
De repente, el vídeo parpadeó con una ráfaga de nieve estática. El sonido de los gemidos grabados se cortó de golpe y la imagen cambió.
La pantalla mostró un plano cerrado de una habitación oscura con paredes de hormigón. En el centro, amarrada a una silla de madera con cuerdas gruesas que le cortaban la circulación en las muñecas, estaba Lily.
Tenía el rostro cubierto de hematomas, el pelo rubio revuelto y pegajoso por la sangre seca, y los ojos hinchados de tanto llorar. La cámara temblaba levemente frente a ella, enfocándola sin piedad.
—¡Por favor! —suplicó Lily en el vídeo, con la voz completamente rota por el pánico, mirando directamente al objetivo—. ¡Si alguien está viendo esto… ayúdeme! ¡Nos van a matar! ¡Se las han llevado a todas y a mí me van a matar! ¡Por favor, salven…!
Un disparo cortó la transmisión y la pantalla se quedó totalmente en negro.
El grito se me quedó atravesado en la garganta.
El dolor y el pavor se apoderaron de mí con una violencia devastadora. Lily seguía viva, o lo había estado cuando grabaron eso. Giré la cabeza hacia Kate con la mirada suplicante, deshecha en sollozos.
—Kate… —gemí, buscando su cara entre la penumbra de la sala—. Por favor… dime que podemos encontrarla…
La vi bajar el arma despacio, mirando la pantalla negra con los ojos llenos de una rabia pura y una compasión humana que me devolvió el aire. Se acercó a mí con pasos firmes, se detuvo a mi lado y me sujetó los hombros con una fuerza que pretendía transmitir la seguridad que a mí me faltaba.
—La salvaremos, pelirroja —me prometió Kate, mirándome fijamente a los ojos—. Te juro por mi vida que vamos a encontrarla y que voy a matar a cada uno de los bastardos que le han hecho esto. Te lo prometo.
Apreté los puños, dispuesta a asentir y darle las gracias, cuando un sonido agudo y acompasado cortó el silencio de la sala.
Pi…
Pi…
Pi…
Pi…
Kate se congeló al instante.
Sus ojos se desviaron rápidamente hacia la parte inferior de la primera fila de butacas, justo debajo de la pantalla.
Oculta entre las sombras, la pequeña luz roja de un dispositivo electrónico parpadeaba al ritmo del sonido, aumentando la frecuencia cada fracción de segundo.
Pi-pi-pi-pi-pi-pi…
El rostro de Kate se descompuso.
—¡Mierda! ¡Es una bomba! —gritó con todas sus fuerzas, abalándose sobre mí.
Me agarró de la tela de la camiseta con una fuerza descomunal y me arrastró hacia atrás de un tirón, haciéndome tropezar sobre los escalones de la sala de cine.
Nos giramos hacia las puertas dobles de la entrada, corriendo desesperadamente por la alfombra roja mientras el sonido del temporizador se aceleraba hasta convertirse en un pitido agudo y continuo.
PIIIIIIIII.
PIIIIIIIII.
PIIIIIIIII.
PIIIIIIIII.
PIIIIIIIII.
Y esa advertencia terminó explotando.
BOOM.
Una detonación reventó el aire a nuestras espaldas.
El suelo de la mansión tembló violentamente bajo nuestras botas mientras una gigantesca bola de fuego, humo negro y mil esquirlas de madera, cristal y metal salían disparadas desde la pantalla.
La onda expansiva nos alcanzó de lleno justo cuando cruzábamos el umbral de la puerta.
Sentí un impacto brutal en la espalda, como si un camión me hubiera arrollado en el aire, y el calor abrasador del fuego rozó mi piel.
El golpe me lanzó a través del pasillo principal, haciéndome volar varios metros hasta que mi cuerpo se estrelló violentamente contra el suelo de mármol, sumiéndolo todo en un abismo de escombros, fuego y oscuridad.