Mujer peligrosa (Ficción Lésbica) Capítulo 8
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Capítulo 8

Kate Astor

No podía creérmelo. De verdad que no me entraba en la puta cabeza lo increíblemente imbécil que acababa de ser.

Estaba de pie en el pasillo trasero del motel, bajo una lluvia fina y helada que comenzaba a calarme la ropa y a pegarme el cabello a la frente, forzando con un destornillador el encendido de una vieja moto aparcada tras los contenedores de basura.

Mis nudillos, todavía hinchados y magullados por la pelea contra Quinn, protestaron con un dolor agudo cuando puenteé los cables bajo el manillar.

El motor de la máquina respondió con un rugido sordo que retumbó por todo el parking.

Me había dejado convencer.

Zaira me había manipulado con una facilidad pasmosa, utilizando exactamente la única arma ante la que yo carecía por completo de defensas: ella misma.

El hecho irrefutable de que esa mujer me pusiera a niveles enfermizos, de que solo con respirar cerca de mí, mirarme con esos ojos de cierva asustada o rozarme la boca con la suya fuera capaz de desarmarme la moral y hacerme olvidar cualquier atisbo de sentido común, me convertía oficialmente en su maldito juguete.

Un perro fiel al que solo le bastaba escuchar un gemido o sentir un labio tembloroso para lanzarse de cabeza al pozo de la autodestrucción, traicionando la confianza de Elijah y enviando al diablo la prudencia que tanto me había costado mantener.

—Sube antes de que Elijah se despierte o de que aparezca el dueño de la moto.

Zaira no lo dudó un solo segundo. Salió de la sombra, pasó una pierna sobre el asiento trasero y se acomodó justo detrás de mí.

Cuando el motor vibró con más fuerza al engranar la marcha, me rodeó la cintura con ambos brazos, pegando su pecho a mi espalda de un modo absoluto, sin dejar un solo milímetro de separación.

Hundió el rostro entre mis escápulas, aferrándose a mí con todas las fuerzas que le quedaban en ese cuerpo que horas antes había estado ardiendo.

—Me siento segura a tu lado, Kate —murmuró contra la tela mojada de mi chaqueta, con una voz tan suave y rota que casi se la llevó la ráfaga de viento de la carretera.

Apreté los puños contra las empuñaduras de goma del manillar hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

La estaba llevando directamente a la boca del lobo, a la mansión de un sádico rodeado de matones armados, solo porque no había tenido los ovarios de decirle que no cuando me besó en esa cama.

No dije nada.

Enganché la primera velocidad con un golpe seco de la bota y aceleré a fondo, sacando la moto a la carretera oscura y serpenteante que conducía hacia la zona alta de la ciudad.

El viento de la noche nos golpeaba con fuerza, pero el calor del cuerpo de Zaira pegado al mío actuaba como un calefactor. Cada curva que tomábamos, cada bache que nos obligaba a apretarnos más, era un recordatorio constante de mi propia debilidad.

Me odiaba por ello.

Odiaba sentir cómo mi corazón se aceleraba simplemente porque ella me apretaba las costillas con sus manos temblorosas.

A media milla de los portones de la mansión de Leonardo Rossi, reduje la velocidad y me desvié abruptamente por un camino que llevaba hasta un descampado abandonado.

El lugar era una especie de cementerio de coches desguazados y matorrales secos, sumido en una penumbra absoluta que solo rompía el reflejo pálido de la luna, filtrándose entre las nubes de tormenta.

Apagué el motor de un manotazo y nos secamos el sudor y las gotas de lluvia.

—¿Por qué paramos aquí? —preguntó Zaira, bajándose rápidamente de la moto y abrazándose a sí misma con ambos brazos para protegerse del aire helado.

Su respiración creaba pequeñas nubes de vapor frente a sus labios.

—Porque no voy a llevarte a una puta trampa mortal sin que sepas, al menos, cómo apretar un gatillo sin volarte un pie. En pocas palabras, voy a enseñarte a disparar.

Me deslicé fuera del asiento de cuero, me llevé la mano a la parte trasera de la pretina de mis pantalones y saqué el revólver.

El metal de la pistola brilló con un destello oscuro bajo la luz de la luna.

Me acerqué a ella a pasos lentos y pesados.

Zaira se quedó completamente inmóvil, viéndome avanzar, mirándome con esos enormes ojos azules que brillaban en la penumbra.

Su piel estaba helada como el hielo. Le coloqué la empuñadura pesada del revólver sobre la palma y le cerré los dedos alrededor de la culata.

—Escúchame con atención, pelirroja —dije, situándome detrás de su espalda y pegando mi pecho a su lomo para encajarla entre mis brazos y guiarle los hombros—.

Esta es una Smith & Wesson del calibre 38.

Es pesada y tiene retroceso. El seguro ya está quitado.

Pones el pulgar aquí, apoyas el índice en el gatillo y levantas las manos alineando las miras a la altura del pecho de lo que tengas enfrente.

Si la puerta se abre y ves a alguien que no sea yo o Lily…

no te lo pienses dos veces y disparas. No puedes dudar ni un milisegundo.

Aprietas el gatillo hasta que el tambor haga clic y no queden más balas.

Sentí el temblor violento de su cuerpo contra el mío.

Le levanté los brazos despacio, ajustándole la postura, corrigiendo la rigidez de sus codos y pegando mi torso al suyo con una firmeza casi agresiva.

La cercanía de su cuello, el aroma dulce a flores y sudor limpio que aún desprendía su piel a pesar del cansancio, penetró de golpe en mis pulmones, nublándome el juicio de una forma peligrosa.

Mi mentón quedó rozando su hombro. Podía sentir el latido frenético de su yugular a pocos milímetros de mis labios.

Zaira no miró hacia el frente, donde apuntaba el arma. En lugar de eso, giró despacio la cabeza hacia atrás, dejando sus labios carnosos a un beso de los míos. Su mirada descendió a mi boca de una forma que hizo que mi corazón volviera a brincar de alegría…o de lo cachonda que me ponía.

—Gracias, Kate… —susurró, con el aliento tibio acariciándome la mejilla—. Gracias por hacer esto por mí…

—Zaira…

Perdí la cabeza.

Olvidé la pistola, olvidé a Leonardo, olvidé la carretera y la traición a mi hermano.

Incliné la cabeza y me lancé sobre su boca.

Fue un beso hambriento, sucio y desesperado, cargado de toda la frustración, el cabreo y la tensión sexual que llevaba acumulando desde que la vi correr.

Le agarré la nuca con la mano libre, enredando mis dedos en su pelo húmedo para ahogarla contra mí, obligándola a abrir los labios bajo la embestida de mi lengua.

Zaira soltó un gemido agudo que retumbó en mi garganta, un sonido pequeño y necesitado que me volvió loca. Se giró entre mis brazos con torpeza, dejando que el revólver quedara colgando peligrosamente de sus dedos mientras pasaba sus manos por mi cuello.

Devoré su labio inferior y sentí cómo su cuerpo se derretía por completo contra mi torso.

Cada succión, cada roce de nuestros dientes, enviaba un chispazo de electricidad directo a mi entrepierna.

Estaba a punto de perder el control por completo, de tirarla sobre el capó oxidado de uno de los coches viejos y poseerla allí mismo bajo la lluvia.

Pero, de repente, en mitad de ese torbellino de éxtasis me devolvió a la realidad.

Su bonita sonrisa en la cama, el beso para pedirme que buscáramos a Lily y, la forma en que me miraba justo antes de que cediera a su petición, todo era un juego para que hiciera todo lo que ella quisiera.

La imagen de mi propia estupidez brilló con una claridad cegadora.

Me aparté de golpe, rompiendo el beso con tanta brusquedad que Zaira se tambaleó hacia atrás y me miró con los ojos entreabiertos mientras jadeaba en busca de aire.

Se limpió la saliva de los labios e intentó acercarse de nuevo.

—Detente —le ordené.

—Ojitos bonitos… —balbuceó ella, llevándose una mano al pecho mientras intentaba asimilar el corte brusco—. ¿Qué… qué pasa?

—Lo que pasa es que estoy cansada de que sepas cómo manipularme.

¿Necesitas mi ayuda y no la obtienes a la primera?

Entonces haces lo posible para que mi coño se humedezca y me lance sobre ti porque te deseo.

Cada vez que quieres algo, me seduces y caigo como una estúpida —estallé—.

Hacía tiempo que una mujer no se clavaba en lo más profundo de mi ser y terminaba dándolo todo por ella.

¡Joder, pelirroja! Haría cualquier cosa por ti, pero no juegues conmigo.

—¿De qué estás hablando?

—¡De esto! —grité, señalando el espacio entre las dos con un gesto furioso—.

¡De cómo me utilizas! Los besos tiernos en la cama del motel.

Un par de lágrimas recorriendo tus mejillas para que no olvidemos a tu amiga.

La caricia en el muslo en el momento justo…

y aquí me tienes. Robando una moto como una adolescente, traicionando la palabra que le di a Elijah y llevándote directo a la guarida de un tipo que nos va a joder a tiros a las dos en cuanto crucemos la puerta.

—Kate, no… estás equivocada, por favor, escúchame —intentó defenderse, dando otro paso, con los ojos llenos de lágrimas verdaderas que empezaban a brotar por sus mejillas—. Yo no he planificado nada… lo que siento cuando te beso es real…

—Sabes que soy manejable. Lo has utilizado a tu favor. No te culpo. Lily es tu… —por un momento pensé que quizás su compañera de reparto era algo más que una amiga.

Zaira se quedó petrificada, mirándome con la boca levemente abierta.

—Detente con los besos, las caricias y el discurso de que me habías echado de menos —escondí el revólver detrás de mis pantalones—. Vamos a entrar en esa casa y vamos a sacar a esa chica, pero no vuelvas a confundirme.

Me giré sobre mis talones sin esperar su respuesta, caminando con pasos largos y pesados hacia la moto.

Me subí al asiento, arranqué el motor de un tirón y esperé en silencio a que ella se subiera a mi espalda, sabiendo que el trayecto que nos quedaba por delante iba a ser el más frío y peligroso de nuestras vidas.