Capítulo 6
Kate Astor
Escapé de la habitación por miedo a que la pelirroja despertara y volviera a suplicarme, con lágrimas en los ojos, que me convirtiera una vez más en ese juguetito sexual que la calmaba de la maldita droga que le habían administrado sin su permiso en la mansión de Leonardo Rossi.
Por suerte, el motel de carretera estaba vacío, así que me dejé caer al suelo y acomodé mi espalda contra el muro de piedras mientras refugiaba mis manos en los bolsillos de la chaqueta de cuero. Cerré los ojos y volví a recordar todo lo que había pasado entre nosotras.
Hacía unos meses, ligamos en un bar cerca del estudio de Emma.
Por primera vez en años, deseé que una mujer como Zaira estuviera en mi vida.
Como pasó de mí y no respondió a mis llamadas, hice el esfuerzo de conocer a alguien más.
Aunque tampoco tuve suerte. Por ese motivo, seguía sin entender por qué me había elegido a mí para calmar todo aquel dolor que se había concentrado en su cuerpo.
Volver a besarla, tocarla e incluso arrodillarme ante ella para que hiciera conmigo lo que quisiera…
estaba segura que conseguiría que me volviera loca.
Y no quería volver a depender de nadie. No de forma sentimental.
Me las apañé sola durante años… ¿Por qué iba a pensar de nuevo que necesitaba a mi media naranja para ser feliz?
Escuché unos pasos aproximándose hasta mí, pero los ignoré hasta que el idiota se encendió un cigarro y me recordó lo penosa que me veía fuera de la habitación mientras pensaba en alguien que jamás me correspondería.
—Aparte de divertiros, ¿habéis solucionado algo?
—¿Divertirme?
Después de escucharla jadear en la furgoneta, sabiendo que era yo la que le estaba haciendo gemir, no quería que Elijah supiera lo que acababa de pasar entre nosotras.
Él, en cambio, acomodó el cigarro entre sus labios y se acercó hasta mí para mostrarme lo obvio.
—Tienes unos cuantos chupetones en el cuello. Dudo que las cucarachas del motel se hayan puesto cachondas al verte. ¿Y bien?
Evité su curiosa mirada y me golpeé la cabeza contra la pared.
—Seguía bajo los efectos de la droga… Entonces —me mordisqueé el labio, reviviendo el momento en el que la pelirroja se coló en el baño completamente desnuda y me pidió que me entregara a ella—.
¡Joder! No sé si estaba consciente de verdad.
Solo quería ayudarla. Su cuerpo ardía, gritaba y lloraba.
Entonces… joder, Elijah —gruñí, y estaba segura de que rompería a llorar de frustración—.
La toqué. Nos acostamos. Y no puedo quitarme de la cabeza la puta idea de que quizás me haya aprovechado de ella.
Zaira solo buscaba a alguien que calmara su dolor.
Y, en ese momento, la que estaba a su alcance era yo.
Elijah siguió fumándose el cigarrillo, se acomodó en el muro bajo que separaba el motel del parking y asintió con la cabeza, como si estuviera analizando todos mis putos problemas.
—Le gustas a esa chica, Kate.
Lo habría mandado a callar, pero lo escuché con atención.
—He visto a mucha gente drogada y nadie, pero nadie, estaba tan cuerda como lo estaba esa chica.
Sabía perfectamente quién eras y conocía sus propios límites cuando te pidió que calmaras el dolor que le habían causado.
Sabía que eras tú quien la estaba ayudando y, me apuesto mis pelotas a que, si hubiera sido yo, me habría rechazado.
Todo aquel discurso de Elijah sonaba coherente, con mucha lógica, pero era incapaz de convencerme del todo.
—Sigo deprimida.
Tiró el cigarro, soltó una carcajada y volvió a mirarme fijamente con sus ojos azules.
—¿Por qué cojones los Astor sois tan cabezotas?
Eres igual que Oliver. Quizás un poco más melodramática, pero tenéis el mismo mal genio y ninguno de los dos es capaz de aceptar cuando está equivocado.
Os mandaría a la mierda, pero, al fin y al cabo, al terminar todo esto, seguís siendo mi familia postiza.
—Capullo.
—Tonta —contratacó, sin borrar la sonrisa del rostro—. Llamaré a Oliver y le diré que una de las actrices está bien. Tenemos que ver cómo nos moveremos para encontrar a la otra. Así que haz el favor de levantarte y plantarle cara a ese bombón que tanto deseas.
—¿Vas a darme lecciones para ligar?
—No —golpeó mis botas negras con las suyas cuando se bajó del muro—, pero al menos yo sí tengo el valor de mirar a alguien a la cara y decirle que me gusta sin pestañear. Dale la ropa que le he conseguido y sé amable con ella.
Me dio la espalda y se alejó hacia el aparcamiento.
Vi cómo sacaba su teléfono móvil y llamaba de inmediato a mi hermano. Mientras ellos se ponían de acuerdo, aproveché para hacerle caso y me levanté del suelo para colarme una vez más en el interior de la habitación.
Recogí la toalla que había tirada en el suelo y me senté al borde de la cama. Esa pequeña habitación seguía oliendo a sudor, sexo y al dulce perfume de Zaira que llevaba grabado en su piel. La observé por encima del hombro y me mordisqueé el labio para contener las ganas de acariciarla.
Pero el sueño duró poco.
Al darse cuenta de que estaba allí con ella, se incorporó de la cama y me miró dulcemente. Seguía completamente desnuda, con las sábanas amarillentas envolviendo su estrecha cintura.
Me esforcé en todo momento por contemplar sus ojos azules antes de perderme en esos pezones endurecidos que seguían siendo una tentación.
—Elijah te ha conseguido algo de ropa —dije, mientras miraba la bolsa deportiva que me había lanzado—. Hay unos vaqueros, una camiseta de tirantes e incluso ropa interior limpia.
—¿Kate?
—¿Sí?
—¿Estás bien?
—Eso es lo que debería preguntarte yo a ti —me sentí avergonzada.
Intenté levantarme de la cama, pero Zaira me lo impidió.
Me rodeó con sus brazos y tiró de mí para que volviera a sentarme.
Presionó su barbilla contra mi hombro y me mostró esa bonita sonrisa que era capaz de hacer que alguien como yo tartamudeara—.
¿Estás bien? Lo pregunto de verdad, pelirroja. Si necesitas ir al médico o algo…
—Ahora que estoy contigo, estoy bien. Me siento viva después de todo lo que ha pasado —respondió, y subió una de sus manos por mi espalda hasta que pudo acariciar mi mejilla—. Me has salvado la vida, ojitos bonitos.
Estaba a punto de besarme cuando su estómago rugió como una bestia hambrienta.
—Estoy hambrienta —confesó—. Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que comí algo decente. ¿Podemos salir a cenar?
Aproveché que se alejó para mirar a través de la ventana. Al otro lado del motel había un enorme cartel con luces de neón en el que se publicitaba un restaurante.
—Hay un sitio enfrente…
Tragué saliva al ver cómo se vestía.
Deslizó unas bragas blancas de encaje por sus largas piernas y, al sentirse observada, giró sobre sus talones y me mostró un mejor ángulo.
Mientras cubría sus pechos con el sostén, no dejó de sonreír en ningún momento.
«Cálmate, Kate».
—Te espero fuera —solté, y salí casi corriendo de la habitación.
«¿Por qué no dejo de comportarme como una adolescente? Tengo que controlarme, o pensará que soy idiota».
***
El restaurante apestaba a aceite reciclado, a café rancio y, muy sutilmente, olía a pasteles industriales. Era el típico local con cabinas de vinilo rojo desgastado y mesas con los nombres rayados de todos los clientes que habían pasado por ahí.
Nos sentamos en una de las mesas del fondo, alejadas de la gran vidriera que daba a la carretera, y llamé a uno de los empleados inmediatamente.
El camarero, un tipo mayor con cara de pocos amigos, nos sirvió dos platos enormes de hamburguesas con patatas y un par de tazas de café sin hacer el esfuerzo de pronunciar más de tres palabras.
Zaira ni siquiera pudo aguantar más.
Empezó a comer, disfrutando cada bocado como si fuera el último.
La observé en silencio desde el otro lado de la mesa.
Sin la amenaza de los hombres de Leonardo encima ni la droga sacudiendo todo su cuerpo, Zaira seguía siendo la mujer hermosa que muchas personas deseaban y se conformaban con disfrutar a través de una plataforma de pago.
—Nadie te va a quitar la comida, pelirroja. Ve más despacio —bromeé y le di un sorbo a mi café amargo.
Zaira se limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel y soltó un suspiro de pura satisfacción.
—Ha sido horrible estar encerrada en ese sótano durante un día. Ese hijo de puta me ha menospreciado por ser actriz porno —apretó los labios, haciendo un puchero, y buscó mi mano para disculparse conmigo—. Siento que me veas así, perdiendo las formas y…
La interrumpí:
—Sigues estando jodidamente guapa.
Sus pálidas mejillas se sonrojaron.
—¿Estás ligando conmigo?
—¿Yo?
—Sí, tú. No te hagas la tonta. Aunque, pensándolo bien —rio—, has pasado de mí hace un rato. Ignorándome.
—Yo no te ignoro.
—Lo has hecho. Justo cuando me estaba vistiendo delante de ti e intentaba decirte que te acercaras para besarme. Nunca me ha gustado sentirme ignorada por nadie.
No era el momento de recordarle quién pasó de quién hacía un tiempo.
Aun así, me removí incómoda en el asiento de vinilo.
—Tenía miedo que siguieras bajo los efectos de la droga. De alguna forma, sigo pensando que te he esforzado a que quisieras tener sexo conmigo.
Un silencio denso cayó entre las dos. Esperaba que me diera la razón, que se apartara o que bajara la vista con vergüenza. Pero lo que hizo Zaira me dejó completamente descolocada.
Dejó escapar una pequeña risa, corta y suave, llena de una calidez que me atravesó la coraza.
—¿De verdad eres así de estúpida, Kate Astor? —preguntó, mirándome con una mezcla de ternura y diversión—. ¿Has olvidado quién ha forzado a quién? ¿Y qué pasa con el mando que he utilizado para penetrarte? ¿Eso también ha sido idea tuya?
Quería pensar que no estaba cuerda en ese momento.
—La única que tendría que pedir perdón aquí soy yo —dijo, mientras se echaba hacia un lado su larga melena roja—.
Sí, la droga me quemaba por dentro, no te voy a mentir.
Me estaba volviendo loca. Pero cuando abrí los ojos en esa furgoneta y vi tu cara, cuando sentí tus manos sobre mi piel…
sabía perfectamente quién eras. Sabía que eras tú la que me estaba sosteniendo.
Tragué saliva, incapaz de articular palabra mientras la escuchaba.
—Lo que pasó en esa cama era algo que deseaba desde hacía tiempo —continuó ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro íntimo que solo nos pertenecía a nosotras—.
Fue porque quería poseerte. Hace mucho tiempo que no follo con quien quiero.
Todo el sexo que tengo son escenas que pacto con mis compañeros de reparto.
Estar contigo me devolvió el placer que sentía cuando me acostaba con quien yo quisiera.
Me hiciste sentir viva otra vez. Así que ni se te ocurra volver a pedirme perdón por hacerme sentir el orgasmo más real que he experimentado en años.
Mis latidos se dispararon en el pecho. Las palabras de Elijah resonaron en mi cabeza como un eco distante.
Tenía razón.
Qué bien se sentía saber que tenía razón.
Zaira se levantó despacio de la mesa.
No me quitó el ojo de encima y rodeó el mobiliario hasta ocupar el asiento contiguo al mío. Su cercanía me envolvió de nuevo. Deslizó su mano pecosa sobre la mía y entrelazó nuestros dedos.
El contacto de su piel suave contra mis nudillos magullados me produjo un temblor instantáneo.
—No te miento cuando te digo que me alegra volver a verte de nuevo, Kate.
Se me aceleró la respiración.
Miré sus labios, carnosos, suaves y a solo un suspiro de los míos. El ambiente en el restaurante pareció desaparecer por completo; no había coches fuera, no había camarero tras la barra y tampoco estaba el cabrón que la drogó.
Solo éramos ella y yo.
La pelirroja alzó su mano libre y rozó con la yema del pulgar la cicatriz de mi labio inferior, acariciándome con delicadeza. Cerró los ojos despacio y empezó a recortar la última distancia entre nuestras bocas, buscándome con desesperación.
Incliné la cabeza, dispuesta a perderme de nuevo en su boca para sentir de nuevo el calor de sus labios rozando los míos.
Lo que no esperaba era escuchar tan pronto la campanita que colgaba en la puerta del negocio.
—¡Ahí estáis, chicas! —Elijah elevó la voz, sin importarle los otros clientes—. Os estaba buscando.
Zaira se frenó en seco, abriendo los ojos de golpe y soltando una pequeña risita nerviosa mientras se reincorporaba en su asiento.
Yo cerré los ojos durante medio segundo, maldiciendo a Elijah en diez idiomas diferentes mientras apretaba los dientes para no pegarle un tiro allí mismo.
Elijah caminó por el pasillo del restaurante con su paso pesado y se detuvo junto a nuestra mesa, totalmente ajeno a la tensión sexual que acababa de joder con sus botas. Traía dos vasos de plástico con café caliente y una sonrisa en la cara.
—He hablado con Oliver y no os gustará lo que os tengo que decir.