Mujer peligrosa (Ficción Lésbica) Capítulo 5
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Capítulo 5

Kate Astor

Elijah cruzó el umbral de la habitación del motel llevando a Zaira en brazos.

La pelirroja venía con los ojos entreabiertos, casi desmayada por el agotamiento y el shock de todo lo que había vivido.

Cruzó directamente hacia la cama del fondo y la depositó con una delicadeza que no le pegaba nada a un tío de su tamaño, arropándola despacio con la sábana.

Se giró hacia mí, clavándome la mirada mientras se recolocaba la chaqueta de cuero.

—Métete en la ducha —me ordenó en un tono firme, señalando la puerta del baño—. Tienes una cara horrible y apestas a sudor. Voy a ver si encuentro algo de ropa limpia para Zaira. Vuelvo enseguida.

—Está bien… —murmuré, sin ganas de discutir.

Elijah salió, cerrando la puerta con un golpe seco.

Arrastré los pies hasta el baño y me deshice de la ropa, que empezaba a pesar más de la cuenta.

Dejé caer los vaqueros y la camiseta en el suelo, abrí el grifo de la bañera y esperé a que el agua saliera hirviendo.

Me metí dentro, pero no tenía fuerzas ni para mantenerme en pie.

Me senté directamente, abrazando mis rodillas contra el pecho mientras dejaba que el chorro caliente me cayera en la cabeza, empapándome por completo mi pelo. Cerré los ojos y respiré profundamente.

De repente, la puerta del baño se abrió despacio.

Abrí los ojos, sobresaltada, y me aparté el pelo mojado de la cara al ver a Zaira.

Venía descalza, envuelta únicamente en ese trozo de tela que no dejaba nada a la imaginación. Mantenía la mirada fija en mí, brillante, dilatada, con una chispa extraña que me hizo dudar de inmediato.

«¿Aún le dura el efecto de la droga que le metieron esos bastardos?», pensé, y me dio un escalofrío.

Tenía los labios entreabiertos y una sonrisa dulce, casi irreal, que no cuadraba con la firmeza con la que caminaba.

Se acercó a la bañera sin prisa, deteniéndose justo al borde.

—¿Qué haces levantada? —pregunté con la voz rasgada, tratando de sonar dura, pero hice todo lo contrario—. Deberías estar durmiendo.

—Es hora de que te devuelva el favor por lo que has hecho por mí en la furgoneta.

Antes de que pudiera asimilar sus palabras, Zaira se metió en la bañera. El agua hirviendo la empapó al instante, pegándole la tela a la piel y marcando sus curvas. Se acomodó de rodillas sobre mí y tomó mi barbilla con la yema de sus dedos, con ternura, obligándome a mirarla.

—Zaira… —intenté decir, pero la duda sobre su estado me dejó paralizada.

—Shh, tranquila, Kate… —me susurró al oído con voz de ángel, pasándome la mano por la mejilla mientras con la otra se abría paso entre mis piernas bajo el chorro de agua—. Déjame consentirte. Estás tan hermosa así, completamente desnuda para mí…

Se me hizo un nudo en la garganta al ver a la chica que me había evitado tomando el control con esa dulzura hipnótica. Me tenía acorralada en la bañera, casi indefensa y entregada a ella.

Zaira me acarició los pechos con suavidad antes de bajar la mano directamente a mi centro empapado. Pasó dos dedos por mi hendidura hasta de torturarme.

—Mira qué sexy estás… —murmuró con una sonrisa, viéndome temblar—. Mira cómo tu coño me necesita, Kate. Me encanta ver cómo te retuerces de placer tan rápido solo porque te estoy tocando…

—Espera…

Me sostuvo la nuca despacio y me atrajo hacia ella para darme un beso profundo, dulce, lleno de agua y saliva, saboreándome mientras me hundía dos dedos despacio en mi necesitada vagina.

El sonido de los azulejos, el chorro de la bañera y sus dedos entrando en mí resonaba en todo el baño.

Me superaba la situación; no sabía si era ella o la droga, pero me tenía a su merced.

De repente, me sacó los dedos despacio y se incorporó.

—Sal de aquí, ojitos bonitos. Vamos a la cama.

Obedecí sin chistar.

Salí chorreando de agua, tiritando de deseo.

Zaira salió detrás, quitándose el vestido mojado para quedar desnuda. Me empujó suavemente sobre el colchón y me acomodó a cuatro patas sobre las sábanas.

—Quédate así, no te muevas.

Miré sobre mi hombro y vi cómo la pelirroja caminaba hasta la mesita, donde cogió el mando de la televisión del motel y luego buscó uno de los condones que te regalaban por cortesía.

Lo abrió con cuidado y se lo puso al mando hasta cubrirlo entero.

La vista de aquel objeto envuelto en látex me dejó la boca seca. La vergüenza me abrasó la cara.

—Zaira… por favor, eso no… —supliqué con la voz temblorosa, pero mi cuerpo chorreaba sobre las mantas.

—Claro que sí, preciosa —dijo, colocándose detrás de mí y acariciándome la cadera con cariño—. Es para que disfrutes. Pero tienes que pedírmelo. Arrodíllate bien para mí.

Me pegó un par de mordiscos en la espalda y volvió a decirme:

—Levanta ese precioso trasero que voy a ver moverse desde aquí detrás.

Me acomodó las piernas despacio, dejándome expuesta y con la cara en la almohada. Apoyó la punta de plástico en mi entrada, frotándola de arriba abajo sobre mi clítoris con una lentitud que me hacía perder el juicio.

—Pídemelo, Kate… Dime que quieres que te lo meta.

La necesidad me devoraba por dentro. Me daba igual mi orgullo o mi imagen de chica dura. Estaba atrapada en su juego perverso.

—Por favor… —sollocé, y jamás me perdonaría el haberme vuelto tan débil por una mujer—. Por favor, Zaira… métemelo. Te lo suplico… ponme eso dentro, lo necesito…

—Qué niña tan buena —musitó con una sonrisa cariñosa.

Zaira empujó el mando despacio, pero con firmeza, colándome el grosor del objeto hasta el fondo.

Solté un gemido agudo que ahogué contra la almohada mientras sentía cómo mi vagina se estiraba para envolverlo.

Empezó a moverlo hacia dentro y hacia fuera con un ritmo constante y hondo, mirándome con fascinación.

—Me encanta cómo te abres para mí. Te ves tan jodidamente hermosa, ojitos bonitos. Me vuelve loca ver cómo tu coño se traga esto solo para mí.

—¡Aaaah, pelirroja! —chillaba fuera de mí, revolcándome en el colchón bajo su presión.

Aceleró los movimientos del mando mientras usaba su pulgar para masajearme el clítoris húmedo.

El contraste entre la dureza del plástico dentro de mí y la ternura de sus palabras me llevó directa al colapso.

Estaba arrodillada, llorando y suplicando placer como una perra sumisa a sus pies, sin saber si al día siguiente recordaría nada de esto.

—¡Me corro! ¡Me corro, Zaira, por favor! —grité.

—Eso es, ojitos bonitos, córrete para mí —me dijo con dulzura, hundiendo el mando hasta el tope y presionando el punto exacto.

El clímax me reventó las entrañas.

Mi coño se contrajo en espasmos salvajes alrededor del mando mientras soltaba un alarido de puro placer. Me corrí a mares sobre las sábanas, temblando de arriba abajo mientras Zaira me daba pequeños tirones suaves para estirar la ola de placer un poco más.

Cuando me retiró el mando, me desplomé de bruces, exhausta, llorando de éxtasis. Zaira dejó el objeto a un lado, se tumbó a mi lado y me rodeó con sus brazos, pegando mi cara a su pecho desnudo.

—Mira qué bien lo has hecho, chica mala… Qué guapa te ves después de dejar que te folle —murmuró, acariciándome el pelo mojado.

Me pegué a su cintura como una niña pequeña, completamente derrotada, temblando aún y preguntándome qué demonios había sido eso.