Capítulo 4
Kate Astor
Mientras que Elijah se encendía un cigarro, aproveché que los hombres que custodiaban la propiedad de Leonardo Rossi eran más torpes de lo que había imaginado.
Ni siquiera se acercaron a nosotros cuando aparcamos la furgoneta a unos metros de distancia, así que los observé sin tener que esconderme y memoricé la ruta de cada uno de ellos sin ningún problema.
Estaba todo tan tranquilo que, cuando vimos a alguien correr por los jardines de la propiedad, lo primero que hicimos fue sostener nuestras armas y asegurarnos de que no íbamos a disparar a lo loco.
De la mansión de Leonardo apareció una figura femenina que corría desesperadamente de los idiotas que habían intentado retenerla. Tenía el cabello revuelto, los pies descalzos y solo vestía una fina tela que dejaba ver, a la luz del día, toda su silueta.
Cuando su cabello rojo me obligó a reaccionar, miré a Elijah y, casi desesperada, tuve que gritarle que arrancara el motor. Si queríamos salir con vida y gastando la menor cantidad de balas posible, la idea era huir de ellos.
Dos de los hombres siguieron corriendo detrás de Zaira y, cuando estuvieron a punto de atraparla, tuve que disparar para que se dieran cuenta de que no estaba sola.
—Voy a por ella —anuncié—. Acércate todo lo posible con la furgoneta.
—¡Ten mucho cuidado, Kate!
Los gritos de Elijah no sirvieron de mucho.
Me aferré al revólver y salí corriendo para matar a esos hijos de puta si se atrevían a hacerle algo malo. Ella se apartó el cabello del rostro y, por un instante, pensé que se alegraba de verme.
Ellos no tardaron en responder con más balas.
Dispararon, evitando en todo momento tocar a la pelirroja y, cuando me vi casi acorralada, tuve que dispararle a uno de ellos en el muslo. Al conseguir que flaqueara y cayera al suelo para que se hiciera un torniquete, solo me quedaba acabar con el otro y conseguiría poner a salvo a la pelirroja.
El problema era que el segundo consiguió algo de cobertura y era imposible acabar con él. No me quedó otra que seguir corriendo hacia ella y prometerle que todo saldría bien.
—¡Corre! ¡Ven conmigo!
Ella cerró sus ojos azules y siguió corriendo hasta que pude sostener su mano. Cuando su pecho impactó contra el mío, Zaira se derrumbó. Por un instante pensé que una de las balas la había alcanzado, pero no había ningún rastro de sangre.
—Eh, pelirroja.
El problema de que ambas rondáramos casi el metro setenta me dificultaba cargarla. Aun así, hice el esfuerzo de acomodarla en mi espalda, sujetar sus piernas para que no se me cayera y correr hasta la furgoneta de Elijah, que se movía hacia nosotras.
—Gracias… —susurró.
Seguí corriendo con todo el peso de su cuerpo y, cuando pensé que las balas de ese cabrón nos alcanzarían, el rugido de la furgoneta pasó por delante de mí y salté hasta caer en el interior.
Caí sobre Zaira.
Esta no tuvo ni la fuerza para quejarse de dolor. Cerré la puerta del vehículo mientras le pedía a Elijah que nos llevara a algún lugar donde pudiéramos estar a salvo.
—Joder —grité de frustración al pensar que casi nos mataban a todos.
Me tumbé junto al cuerpo de Zaira y me llevé las manos al corazón. La adrenalina, el miedo y el placer de saber que la había puesto a salvo agitaron mi corazón y tuve la sensación de que, en cualquier momento, abandonaría mi pecho.
Miré a la pelirroja y me di cuenta de que estaba ardiendo. Sus mejillas estaban tan enrojecidas como el tono de su cabello, y toda su piel estaba bañada en sudor.
Zaira empezó a retorcerse de dolor y a gritar casi desesperada.
—¡Ah! Mi cuerpo arde. ¡Quema! Me duele todo. Mi interior me está matando —intentó levantarse del suelo, pero fue imposible porque Elijah no dejaba de coger todas las curvas posibles—. Me muero.
Me incorporé lentamente y acaricié sus mejillas.
—Estás a salvo.
No me escuchó.
Se golpeó la cabeza contra el suelo y volvió a gritar.
—¡Me duele! ¡Quema! ¡Necesito que deje de doler!
—Pelirroja —sujeté su cabeza para que no se hiciera daño y la obligué a mirarme—. Estás a salvo. Te lo prometo.
Por un momento, el calor que desprendían mis manos calmó el dolor que sentía. Se arrastró hasta mí y se sentó entre mis piernas. Me obligó a abrazarla y, bajo mi atenta mirada, se remangó el fino vestido que llevaba.
Tuve que mirar a otro lado cuando sus largas uñas empezaron a dejar una marca que ascendía hasta el interior de sus muslos. Zaira gimió cuando la punta de sus dedos alcanzó su sexo.
—Duele —volvió a repetir—. Ayúdame.
Me miró y, entonces, me di cuenta de que tenía las pupilas dilatadas.
Sus labios gruesos se habían secado y ya no tenían ese bonito color rosado que siempre la acompañaba.
Tardé un poco en darme cuenta de que la habían drogado.
—Joder, Elijah —busqué la ayuda de mi compañero, pero este no me escuchaba—. Le han inyectado algo… parece un maldito afrodisíaco.
Zaira siguió retorciéndose, suplicando que la ayudara a calmar el dolor que sentía entre sus piernas. La torturaron y no era capaz de saber muy bien cómo podía ayudarla.
Hasta que su mano alcanzó la mía y la guio hasta el interior de sus muslos.
—Me acuerdo de ti —dijo, mientras se mordisqueaba el labio para contener el dolor—. Eres ojitos bonitos. Has venido a salvarme.
—Yo… yo… —empecé a tartamudear cuando sus cálidos muslos atraparon mi mano.
—Por favor, ojitos bonitos, haz que pare este dolor. Me está matando. Mi cuerpo arde y siento que no puedo… respirar.
Siguió jadeando, con los ojos llenos de lágrimas.
Pegué mi frente sobre la suya e intenté limpiar todas esas gotas perladas que el sudor había dejado en su piel.
Me di cuenta de que lo único que podía hacer era acariciar su sexo mientras ella se hundía en mi pecho para calmar todo aquel dolor que le habían provocado con una maldita droga.
Empujé mi mano hasta el fondo de sus muslos y me congelé cuando toqué su ropa interior. Sus bragas de encaje estaban húmedas, completamente empapadas por la excitación que le habían provocado. Acomodé la tela en su ingle y dejé que mis dedos acariciaran la desnudez de su sexo.
Zaira volvió a gritar y su cuerpo se sacudió al sentir cómo cubría su coño con mi mano.
—Tócame…
Antes de hacerlo, me mordisqueé el labio y busqué esa confianza que necesitaba para masturbar a la chica que me había dejado plantada hacía unos meses.
—Ojitos bonitos… por favor…
«Deberíamos llevarla a un hospital», pensé, algo aterrorizada ante el miedo de poder lastimarla.
—Está bien —me dije a mí misma.
«La ayudaré. Haré todo lo posible».
Acomodé mi rostro en la curva de su cuello y empecé a mover mis dedos con mucha delicadeza. Primero, separé sus ardientes pliegues hasta que pude presionar la zona más sensible.
Su clítoris estaba hinchado y, cada vez que lo acariciaba con la yema de mis dedos, Zaira gritaba y golpeaba el suelo con sus piernas. Se agarró a mi muñeca y, de forma descontrolada, siguió gimiendo.
—No te detengas. Por favor, tócame un poco más.
Como acariciar su clítoris no era suficiente, dejé que su interior engullera mis dedos. Luché para moverlos más rápido, pero la humedad de su coño y la fuerza de sus muslos, que inmovilizaban mi brazo, estaban a punto de paralizarme.
Luché contra su dolor y seguí tocándola mientras sus gemidos empezaron a sonar más placenteros que aquellos gritos de dolor que había manifestado en el momento en que acabamos en la furgoneta.
No bajé la intensidad en ningún momento, pero Zaira necesitaba una estimulación que no podría darle simplemente con mis dedos.
Estaba tan desesperada por calmarla que estuve a punto de pedirle a Elijah que la follara con su miembro si, de esa forma, ella dejaba de follar.
Además, sabía que ella era bisexual.
Y, de repente, Zaira abrió sus muslos y liberó mi brazo. Pensé que se apartaría de mí, pero no lo hizo. Sostuvo mi mano con las suyas y llevó mis dedos empapados hasta su boca. Los lamió lentamente, saboreando sin pudor el propio caramelo que había derramado su coño.
Me estaba poniendo tan caliente que pensé que, en cualquier momento, me correría.
—Me gustan tus dedos. Son finos y largos.
Zaira me miró por el rabillo del ojo.
Sentí que mis mejillas ardían y que se me entrecortaba la respiración cada vez que lamía mis dedos.
—¿Estás mejor?
Sacudió la cabeza y volvió a acomodarse sobre mi pecho. Estaba tan cerca de mi cuello que estaba convencida de que podía escuchar los latidos de mi corazón.
—De todas las personas en el mundo, me alegra saber que has sido tú la que ha venido a buscarme.
—Pronto llegaremos a un motel y descansarás. ¿Verdad, Elijah?
El muy capullo guardó silencio.
La pelirroja volvió a lamer mis dedos sin quitarme el ojo de encima y volvió a guiar nuestras manos hasta su palpitante coño.
—Sigo muy caliente.
—Te pondrás bien.
Volvió a masturbarse con mis dedos.
Zaira abrió más sus piernas y me pidió que jodiera su interior con dos dedos más.
Se estaba volviendo loca.
En cualquier momento me pediría que adentrara mi puño.
—Pelirroja…
—Tienes unos ojos bonitos. Marrones, pero a veces parecen color miel.
«Acabará conmigo…»
—¿Puedes decirme qué droga te han dado?
—No.
—¿No recuerdas nada?
—Bésame.
—¿Qué?
Mientras bombeaba su interior con mis dedos, Zaira me suplicaba, en un tono dulce, que la besara.
—Me muero de ganas de que me comas la boca, ojitos bonitos.
Sin querer, golpeé su frente con la mía y la miré de forma suplicante.
—Detente, por favor. De alguna forma sé que esto está mal. Me estoy aprovechando de ti.
—Me estás ayudando.
—No. Estás drogada —le recordé.
—Soy consciente de que has separado los pliegues de mi coño y de que tengo tus dedos dentro de mí. Soy yo la que te necesita. Soy yo la que te está obligando a tocarme. Te necesito, Kate. Te necesito más que nunca.
Cuando su aliento acarició mis labios, casi con desesperación, me lancé sobre su boca y la besé como nunca la había besado.
Fue un beso cargado de rabia y necesidad.
Le agarré por la mandíbula para abrirle los labios y le metí la lengua hasta el fondo. Estaba devorándola por completo, fundiendo nuestras bocas en un ritmo húmedo, sucio y sin pausa.
Zaira se arqueó, soltando un gemido que terminó ahogado en mi garganta. Me separé de ella un instante, la miré con los ojos entrecerrados y, entonces, me di el placer de mordisquear su labio inferior.
—Más —volvió a pedirme de forma descarada.
Antes de besarla, succioné con fuerza y dejé una marca que tardaría días en desaparecer. Cuando recuperó el aliento, volví a unir nuestros labios y dejé que su cuerpo temblara sobre el mío.
Su coño colapsó y mi mano se durmió entre sus piernas.
¿Qué podría pasar entre nosotras después de aquel momento tan intenso que vivimos en la furgoneta?