Capítulo 3
Zaira Myrin
Estaba molesta por las condiciones en las que nos tenían a Lily y a mí, en aquella oscura habitación donde nos dijeron que podíamos descansar un poco después de grabar unas cuantas escenas con el hombre que nos había contratado.
A veces, Emma aceptaba que sus estrellas trabajasen para particulares que solo querían tener en su poder una película porno con sus actrices favoritas. Todos estos hombres de negocios siempre nos pagaban muy bien y aceptábamos con una sonrisa en el rostro.
Muy pocos se veían involucrados en las escenas que grabábamos, pero cuando un tipo como Leonardo quería ser el protagonista de su propia película, terminaba pagando un poco más.
Antes de salir del estudio de Emma, nuestra jefa nos presentaba al hombre adinerado que nos había escogido.
Nos hablaba de sus fantasías y nos alababa con piropos mientras nos hacía regalos caros.
Era imposible que ninguna de nosotras no aceptara salir con él y grabar esa película con la que se había encaprichado.
Los problemas llegaron cuando Leonardo Rossi no estaba complacido con ninguna de las escenas que habíamos grabado antes de acostarnos con él. Estuvimos horas delante de la cámara sin beber un poco de agua o simplemente descansar un rato.
Lily se quedó dormida y me abrazó con todas sus fuerzas. Ni siquiera sabía qué hora era. Estábamos encerradas en una habitación que parecía dar al sótano de la mansión de aquel tipo que dijo que nos trataría como princesas.
—Tengo frío, Zaira —tiritó Lily.
Esas bestias tampoco nos dejaron ducharnos. Seguíamos empapadas de nuestro sudor y de todo el lubricante que habíamos utilizado para masturbarnos delante de la cámara.
No quería pensar mal de ese tipo, pero empezaba a creer que estábamos secuestradas por un loco que nos mataría cuando dejáramos de ser su interés principal.
Cuando la puerta se abrió y tres de los hombres de Leonardo entraron en la habitación, abracé a Lily y le susurré, en un tono calmado, que todo saldría bien y que seguramente Emma había venido a buscarnos.
—La rubia tiene que volver a repetir la escena de la piscina.
Se acercó hasta la cama y sujetó el brazo de Lily para arrastrarla y llevarla hasta el jardín. Antes de que la apartara de mi lado, golpeé su enorme mano y me negué a que se la llevara.
—Quiero llamar a Emma.
—Cuando termines tu trabajo.
—¡Llevamos dos días grabando! Se terminó el puto contrato.
Al parecer, le molestó que le gritara.
—Si vuelves a gritarme, puta…
No le dejé terminar.
—¿Qué? ¿Me golpearás?
Los otros dos rieron.
—Déjala, Sam. La que tiene más energía de las dos es la pelirroja. ¿Qué te parece si haces el trabajo de las dos?
—Zaira —gimoteó Lily, ante el temor de que nos separara—. Queremos volver a casa.
Estaba tan cansada que nadie escuchó su súplica.
—Si no dejáis que llame a Emma, dejadme que hable con Leonardo Rossi.
El grandullón me cogió del cuello y me levantó de la cama. Lo golpeé con las fuerzas que me quedaban y sentí cómo me faltaba el aire ante la presión que ejerció.
—Ya te lo he dicho, puta. Haz tu trabajo y después hablarás con quien haga falta. ¿Lo has entendido?
Me dejó caer.
Intenté recuperar el aliento y toqué la parte en la que seguramente sus dedos se habían quedado grabados. Los miré con rencor y, antes de obedecerles, me levanté torpemente del suelo y luché con esos hombres que me sacaban varias cabezas de altura.
Tiraron de mi cabello y me arrastraron por la habitación mientras intentaban silenciar los gritos de Lily. Cuando pensé que me golpearían hasta hacerme sangrar, uno de ellos sacó una jeringa y la presionó contra mi brazo tatuado con rosas hasta inyectarme algo azulado que no supe identificar.
—Leonardo nos ha dicho que no quiere que sus cuerpos se vean maltratados. Haz el favor de teñirte al plan. La sacamos de la habitación y que siga comportándose como una perra delante de la cámara hasta que el jefe le busque un comprador. ¿Lo has entendido, Sam?
¿Comprador?
¿Nos estaba subastando como animales?
—Hijo de puta…
Estaba demasiado cansada para gritar.
Mis extremidades pesaban y no fui capaz de golpearlo de nuevo.
Noté que volvieron a alzarme del suelo y vi cómo drogaban a Lily también.
Me acomodaron sobre su hombro y subieron unas escaleras que nos llevaron hasta la sala principal. Toda la mansión estaba vacía, así que se me pasó por la cabeza intentar escapar.
Por un segundo, pensaron que la droga que recorría mi organismo me había paralizado por completo. Mientras uno de ellos llamaba a su jefe, el otro me bajó hasta que mis pies descalzos tocaron el suelo.
Vi que la puerta principal estaba abierta, así que apreté los dientes, tragué saliva y combatí aquella pesadez que no tardaría en tumbar mi cuerpo por completo.
La adrenalina que reuní en un instante fue tan feroz que saqué fuerzas de donde no tenía y me impulsé a correr sin mirar atrás.
Cuando llegué al exterior, solo podía escuchar los gritos de esos cabrones que estaban traficando con nosotras como si fuéramos muñecas de trapo.
«Corre, Zaira».
Y eso hice.
Seguí corriendo.
«Te prometo que volveré, Lily. Te lo prometo».
Mis ojos se llenaron de lágrimas y, de repente, mis piernas empezaron a fallarme.