Capítulo 2
Kate Astor
Las pocas veces que acabé en el calabozo fueron por meterme en problemas y no por follarme a la mujer de mi jefe. Por una parte, comprendí que la señora Quinn me denunciara, pero, por otra, me sentí más utilizada que la vieja polla que utilizaba para penetrar a su marido.
Me tumbé en la camilla y esperé a que el sheriff Jake sintiera pena por mí. Conocía su historia e incluso cómo acabó involucrado con el club de moteros. Por un instante, pensé que ser la hermana de Oliver me libraría de pasar una noche en prisión, pero estaba muy equivocada.
Jake se acercó hasta los barrotes y, con esa sonrisa perfecta que sedujo a su amante, intentó tranquilizarme con un tono calmado que no solía emplear con los maleantes que terminaban en su comisaría.
—Lamento haberte detenido, Kate, pero habías dejado a ese hombre inconsciente.
—Donal Quinn fue el primero en atacarme.
—Te estabas acostando con su esposa —me recordó un acto que no olvidaría en años—. Si quieres denunciar a Helen Quinn, yo mismo redactaré la denuncia. ¿Se sobrepasó contigo?
Suspiré.
—Solo me calentó y, cuando me puso cachonda, terminé en la cama con ella. ¿Quién me iba a decir a mí que su marido terminaría pillándonos?
De los nervios, acabé levantándome de la camilla y empecé a dar vueltas por la diminuta celda que me había tocado. No podía quejarme; Jake hizo lo posible para alejarme de los borrachos y de las prostitutas que estaban drogadas y querían pelea con cualquiera que se cruzara en su camino.
—Deberías olvidarte de las mujeres casadas, Kate. Son un problema que no puedes solucionar.
Acabé poniendo los ojos en blanco.
—No suelo acostarme con señoras casadas, sheriff. Te lo digo muy en serio. Me tocó el coño y terminé cayendo…
Guardé silencio cuando las puertas de la comisaría se abrieron para dejar paso a un hombre que medía casi dos metros.
Oliver cepilló hacia atrás su cabello negro teñido y buscó al sheriff para hablar con él. Sus ojos se cruzaron con los míos y, cuando lo saludé con la mano, decidió guardar silencio y darme la espalda.
«Joder… Oliver está furioso conmigo.»
El trabajo me lo consiguió él.
El apartamento lo traspasó para que lo disfrutara sin ningún problema.
Y, un año después, le estaba dando dolor de cabeza a mi hermano mayor.
Quería que no me tratara como a una niña pequeña.
Siempre tenía la necesidad de demostrarle que podía ser tan fuerte como los hombres que lo seguían a diario. Como no me involucré en el club, tampoco le pedí trabajo en el taller que dirigía.
Tenía miedo de que me dijera que no o de que no fuera lo suficientemente fuerte para tratar con los tipos que se dejaban caer por el negocio de los Bandoleros.
Cinco minutos más tarde, el sheriff Jake apareció para abrir mi celda.
—Tu hermano ha pagado la fianza. Eres libre.
—¿Qué pasa con la denuncia de la señora Quinn?
Esa vez respondió mi hermano.
—Ya me he encargado de ella.
Por un momento estuve a punto de preguntarle qué le había hecho, pero, conociéndolo, seguramente le ofreció dinero o la chantajeó con alguno de sus sucios secretos.
Le di las buenas noches a Jake y seguí los pasos de mi hermano. Era raro verlo alejado de su muñequita, así que aproveché que estábamos a solas para disculparme con él.
—Lo lamento…
—Ni se te ocurra, Kate. Los Astor no nos disculpamos —dijo mientras se subía a su enorme Harley y se preparaba para arrancarla—.
Eres mi hermana. La única familia de sangre que me queda.
Te quiero, y por ti soy capaz de matar a cualquiera.
Lo único que te pido es que, si tienes la necesidad de acostarte con alguien, te mantengas alejada de esos dos lunáticos.
Esperé un grito por su parte o un «¿En qué coño estabas pensando, Kate?», pero se limitó a decirme que no podía confiar en las personas que intentaban ser amables conmigo.
—He perdido el trabajo, Oli.
—A partir del lunes te encargarás de las cuentas del club.
—¿Yo?
—Sí, tú —el motor rugió y, sin decir nada más, se puso el casco y siguió su camino.
Lo vi desaparecer por la carretera y me quedé allí de pie, viendo cómo las luces traseras de su moto se perdían en la penumbra de la noche.
Hice lo mismo que él.
Agradecí que hubieran acercado mi Harley hasta la comisaría y conduje hasta el apartamento. Antes de irme a la cama, me di una ducha, medité sobre todo lo que había pasado y me arropé con las sábanas antes de enfrentarme a un nuevo día.
***
Era sábado por la mañana y, en vez de salir a correr, terminé en el bar que abrió el club para blanquear el dinero que ganaban vendiendo armas. Me senté al lado de Elijah y golpeé su hombro cuando vi que no le quitaba el ojo a su teléfono móvil.
Sara me sirvió un café con leche y le di las gracias cuando pasó de todos esos borrachos con chaquetas de cuero y se preocupó de que mi estómago no gruñera.
—Ya me han dado las buenas noticias —Elijah bloqueó su móvil y soltó su cerveza para rodear mis hombros con su brazo—. Ocuparás el puesto de John hasta que este vuelva de prisión. Me parece bien. Soy de los que piensan que no puedes arruinar más al club.
Le habría pegado un puñetazo, pero lo quería conservar como amigo.
—Cuando vuelva John, no sé dónde iré.
—Terminarás siendo su secretaria.
—No —me negué a servir al tesorero.
—Sí —siguió burlándose de mí—. ¿A quién se le ocurre follarse a la mujer de Donal?
Me bebí mi café y me apunté con el dedo.
—A esta idiota.
Las carcajadas de Elijah y Sara sonaron por todo el bar.
—Oh, cielo —Sara era la novia de uno de los prospectos de los Bandoleros y la única amiga que tenía en Nubertón—. Esa perra lleva tiempo aprovechándose de todas las jovencitas que acaban en la ciudad. Le pone cachonda que su marido la pille follándose a otras mujeres.
—Tampoco me puso un cuchillo en el cuello.
—Pero has caído en su trampa —a veces Elijah sonaba como un niño pequeño, pero no me molestaba porque era el único que cuidaba de la familia que montó Oliver—. ¿Quieres divertirte?
Me liberé de su brazo, giré el taburete y me planté delante del rubio.
—Por favor —casi supliqué.
Elijah volvió a su teléfono móvil y me habló de la misión que le había mandado el presidente.
—Emma nos llamó anoche porque dos de sus chicas no han aparecido. Al parecer, un hombre adinerado las contrató para que hicieran una película amateur. Le pagó muy bien a Emma, así que se fio de él y mandó a Lily junto a Zaira.
Zaira.
Zaira.
Zaira.
De repente, esa mujer ocupó todos mis pensamientos.
—¿Están en peligro?
—Esperemos que no —Elijah miró a Sara—. No quiero romperle las piernas a nadie a las diez de la mañana.
Me tendió su teléfono y me enseñó las fotos de Lily y Zaira. No solía consumir el porno que dirigía Emma, pero sabía muy bien cómo gemía Zaira cuando tenía a alguien jugando entre sus piernas.
Observé el rostro de la pelirroja y acaricié sus mejillas, que estaban salpicadas de decenas de pecas. Sus ojos azules seguían siendo tan bonitos como la primera vez que se molestó en mirarme.
—Y este de aquí —casi gruñí como un animal furioso cuando pasó su fotografía y la reemplazó por la de un hombre calvo— es Leonardo Rossi. Tenemos que hacerle una visita y traer a las chicas de vuelta.
—¿Ellas no están localizables?
Negó con la cabeza.
—Tienen los teléfonos apagados. Por suerte, la señal sigue marcando la mansión de ese cabrón.
—Iré contigo.
—¿Estás aceptando? Ni siquiera te he dicho si te voy a pagar o qué.
Era hermana de su presidente; ambos sabíamos que Elijah no me pondría en peligro. Y, si me lo había propuesto a mí, era porque se sentía más cercano a la hermana de Oliver que a cualquier novato que hubiera jurado su lealtad a los Bandoleros.
—Si me pasa algo, Oli te matará.
—Entonces iré solo.
Se terminó su cerveza, pagó a Sara y dio un brinco del taburete hasta acabar en el suelo. Pasó por detrás de mí, alejándose todo lo posible. Antes de perderlo de vista, lo detuve.
—Me quedaré con la mitad de lo que ganes.
Volvió a reír.
—El veinte por ciento por creerte superior a mí.
—Elijah…
—El treinta por ciento es mi última oferta.
A quién quería engañar… Me moría de ganas por subirme a mi moto y dejar que el viento domara mi cabello. Necesitaba cargar con una pistola y enfrentar a cualquier cabrón que se atreviera a tocar a alguien como Zaira.
Zaira.
Zaira.
La chica que no me llamó.
Que ignoró mis llamadas.
Estaba a punto de volver a verla.
«¡Qué patética soy!»
Miré las heridas de mis nudillos antes de aceptar el dinero de Elijah.
Aceleré mis pasos para adelantarlo y, cuando estuve a punto de acomodarme en el sillín de mi pequeña, el secretario de los Bandoleros golpeó la furgoneta que nos llevaría hasta Leonardo.
Refunfuñé en silencio y arrastré mis botas hasta el asiento del copiloto.
—Antes de arrancar el motor, quiero que me respondas a algo.
—¿Podéis dejar de hablar de la señora Quinn? —di por hecho que volvería a hablarme de ella, pero me equivoqué.
Elijah volvió a alborotar mi cabello y me di cuenta de que tenía que recogérmelo antes de que siguieran jugando con él.
—¿Por quién has aceptado? ¿Por Lily o Zaira?
«El capullo me conoce demasiado bien…»
—No digas gilipolleces.
—Has puesto esa cara de tonta enamorada cuando he dicho sus nombres. Dudo que te hayas acostado con las dos. Así que te lo volveré a repetir, Kate. ¿Quién de las dos estrellitas de Emma te ha hecho aceptar este trabajito que tendría que ocupar un prospecto?
No quería pelear con él.
Siempre se lo contaba todo.
Era divertido intercambiar nuestros desastres amorosos.
Pero el tema de Zaira… confesarle que caí ante una estrella del porno y que me quedé tocada porque jamás volví a verla… era un poco patético por mi parte.
—Arranca el motor.
—Kate…
Silencio por mi parte.
—Kate…
Estaba perdiendo la paciencia.
—Kate…
Hasta que no pudo más.
—¡Está bien! —Me alteré tanto que el pecho me subía y bajaba rápidamente después de los gritos—. Conocí a Zaira hace meses. Estoy preocupada por ella. Solo espero que esté bien.
Su risa volvió a darme dolor de cabeza.
Presionó su dedo índice contra mi mejilla y se burló un poco más.
—Quieres que Zaira te achuche.
—¿Cuántos años tienes, Elijah?
—¿Quieres que te dé besitos?
—Elijah…
—¿Quieres que te lleve a la cama?
—¡Elijah!
Fue el último grito que solté.
Elijah se acomodó el cinturón de seguridad y nos pusimos en camino hacia la mansión de Leonardo Rossi.