Mujer peligrosa (Ficción Lésbica)
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Capítulo 1
Kate Astor
Se me dibujó una sonrisa en el rostro cuando el reloj que había colgado en la pared de la tienda del señor Quinn marcó las ocho de la tarde.
Aproveché que no quedaba ningún cliente para limpiar la tienda antes de cerrar.
Cuando lo dejé todo preparado para el día siguiente, me deshice del delantal blanco que utilizaba como ropa de trabajo y me abrigué con la vieja chupa de cuero que me regaló mi hermano el año pasado.
Desde que llegué a Nubertón, no me arrepentí ni un solo día de haber dejado toda mi vida atrás.
Cuando mi madre murió, no me vi capaz de vivir sola en el hogar que heredé, así que busqué a mi hermano y empecé a rehacer mi vida con el único familiar que me quedaba.
Sabía que Oliver no volvió a ser el mismo desde que fue a la guerra y, cuando regresó, montó un club de moteros que se convirtió en su segunda familia.
Todos esos idiotas acabaron convirtiéndose también en mi familia. Me ayudaron a encontrar un nuevo hogar e incluso un trabajo lejos de ese montón de chatarra que tanto amaban tocar a diario.
Mi hermano no quería que me implicara con los Bandoleros, pero, al igual que a él, el peligro me excitaba y, a veces, terminaba detrás de alguno de ellos para sentir la adrenalina en primera persona.
Aunque, últimamente, todo estaba tranquilo. Los chicos evitaban meterse en problemas; incluso se preocupaban un poco más por su salud para que sus parejas no tomaran la decisión de dejarlos.
A veces deseaba con todo mi corazón que algún hijo de puta les tocara las narices para poder presumir de mi chaqueta mientras conducía la última Harley que había arreglado con mis propias manos, mientras mi largo cabello negro se sacudía con el frío aire de Nubertón.
—Kate, querida —escuché la voz de la señora Quinn detrás de mí.
Giré el cartel de cerrado y la miré por encima del hombro. La esposa de mi jefe seguía aferrada a su compra mientras me esperaba cerca de mi moto.
—¿Serías tan amable de llevarme las bolsas de la compra hasta mi hogar? Pesan mucho y no seré capaz de llegar sin que se me caiga todo al suelo.
Nadie me esperaba esa noche.
Así que no pude decirle que no a la señora Quinn.
Recogí mi cabello en un moño alto y me acerqué a ella con una sonrisa en el rostro. Las bolsas que cargaba no pesaban; aun así, las levanté y seguí sus pasos hasta la bonita casa que compró mi jefe para que estuviera más cerca del centro de la ciudad.
La señora Quinn guardó silencio en todo momento y lo único que hice fue silbar una canción hasta que nos detuvimos en su propiedad. Ella sacudió el vuelo de su falda hasta que encontró el juego de llaves que empezó a buscar casi con desesperación.
Volvió a sonreírme y bajé la cabeza, avergonzada, porque no sabía cómo tratar con una mujer madura y atractiva como lo era la señora Quinn.
—¿Le dejo las bolsas aquí afuera?
—No, querida —respondió mientras empujaba la puerta y se hacía a un lado para que entrara en el interior—. Te agradecería que las dejaras en la cocina.
—Está bien.
Pedí permiso para colarme en el interior y avancé bajo su atenta mirada.
Su hogar olía a flores recién cortadas y a friegasuelos con un toque cítrico.
Las mujeres que visitaban el negocio de Donal Quinn siempre señalaban a la esposa de este como una sumisa que no estaba preparada para enfrentarse al mundo laboral.
Siempre me molestó que unas mujeres juzgaran a otras y, más aún, cuando la señora Quinn nunca habló mal de nadie.
—¿Vas al gimnasio, querida?
Me sobresaltó que estuviera tan cerca de mí.
Negué con la cabeza.
—La verdad es que no —respondí—. A veces suelo ir a correr con mi hermano por el bosque, pero no me tomo demasiado en serio el deporte.
Se me escapó una risa nerviosa.
La señora Quinn se cruzó de brazos, elevando sus voluminosos pechos, que empezaron a sobresalir del escote de su vestido.
—¿Te molestaría que te hiciera unas preguntas?
Estaba tan cerca que ni siquiera pude negarme. Me acomodé en la isleta donde había dejado las bolsas de la compra y miré hacia las fotografías que tenía colgadas en el comedor. En todos esos retratos se podía ver lo feliz que era con su familia.
—Siento curiosidad por ti, querida. ¿Has podido encontrar a alguien en Nubertón? Quiero decir, ¿alguna chica de tu interés?
La verdad es que las dos chicas que pasaron por mi cama, una solo estaba de pasada por la pequeña ciudad y la otra jamás me devolvió las llamadas.
Al tardar en darle una respuesta, insistió:
—Te vi besarte con una de las chicas de Emma. No recuerdo su nombre, pero la pelirroja era bastante atractiva. ¿Vuestra relación no funcionó?
¿Cómo podía decirle que la pelirroja a la que se refería solo se acostó conmigo y después siguió con su vida?
Además, era extraño hablar de mí con alguien que no me conocía tan bien como pensaba. La señora Quinn siempre se limitó a darme los buenos días, a mostrarme una sonrisa amable y a despedirse de mí cuando venía a buscar a su marido a la tienda.
—Jamás pensé que te avergonzaría hablar de tu vida, querida.
—La verdad es que no comprendo qué quiere preguntarme realmente, señora Quinn.
Ella se limitó a reír y a posicionarse delante de mí, como si evitara que saliera corriendo en cualquier momento.
Bajo mi atenta mirada, se deshizo de su alianza de casada y, con sus nudillos desnudos, acarició mis mejillas hasta que se dio el placer de tocar mis labios.
—Llevo muchos años casada con Donal, pero últimamente, cada vez que me toco en la ducha, pienso en ti.
«¿Qué?»
El problema de no haber tenido tiempo de conocer a alguien también hizo que olvidara las necesidades de mi cuerpo.
Dejé de penetrarme con los juguetitos que guardaba en la mesita de noche porque solo me limitaba a seguir los pasos de los Bandoleros, olvidándome por completo de lo que podía necesitar mi cuerpo.
Así que, cuando la señora Quinn empezó a acariciar mi cuello y a acercar su boca prohibida hacia la mía, sentí que mi entrepierna palpitó y estaba convencida de que, cinco segundos más encerrada en aquella casa, terminaría humedeciendo mi ropa interior.
—Señora Quinn…
—¿Soy muy mayor para ti? Seguramente sí —bajó la cabeza, pero no apartó sus manos de mis pechos—. Seguramente tengo la edad de tu madre. Solo soy un ama de casa que se ha puesto cachonda viendo a una jovencita como tú. ¿Verdad, querida?
Como bien había pensado antes, la señora Quinn era una mujer madura, pero atractiva.
—Trabajo para su marido.
—Lo sé, querida.
—Es el único que me ha dado un trabajo… ¡Mmmm! —me mordisqueé el labio cuando su mano bajó por mi vientre y encontró una manera de deshacerse del botón de mis vaqueros—. Por favor, señora Quinn.
—¿Quieres que me detenga? —La pregunta llegó demasiado tarde.
Sus dedos ya se habían colado en el interior de mis pantalones y abarcaron mi sexo con la palma de la mano.
—Esto está mal. Muy mal.
No dejaba de acariciar mi clítoris mientras se acercaba a mi boca de forma peligrosa.
—Necesito que me folles, querida.
Y, de repente, capturó mi boca con la suya. Tenía tanta prisa por tomar el control que solté un gemido cuando sus dientes me mordisquearon y me hizo daño, a la vez que seguía masturbándome.
—Vamos a la cama —me pidió cuando se alejó de mí.
En ese momento perdí la cabeza.
Acepté la mano de la señora Quinn y la seguí hasta su habitación como una niña buena. Mientras ella se desnudaba bajo mi atenta mirada, mis dedos no se quedaron quietos y siguieron las caricias que había empezado la mujer de Donal.
Me toqué al otro lado de la cama y esperé a que la mujer que me estaba provocando me pidiera que le comiera el coño.
Y eso hizo.
Cuando se deshizo de aquellas viejas bragas oscuras, se tumbó en la cama y me pidió, en un tono meloso, que la saboreara por completo.
Dejó caer su trenza canosa detrás de la espalda y me sonrió para que me tumbara entre sus piernas.
Estaba a punto de saborear un pastel que en mi vida habría pensado que acabaría en mi boca. La señora Quinn me estaba pidiendo que lamiera su cereza y no podía desaprovechar la oportunidad.
Me bajé los pantalones y gateé hasta acomodarme entre sus piernas. No quería hacerla esperar, así que no tardé en saborear el almíbar que goteaba de su coño.
Sus gemidos no tardaron en resonar en su habitación y, para que no me apartara de su clítoris, enredé mis brazos en sus piernas y lamí con la desesperación de una mujer que llevaba más de tres meses sin probar una vagina.
El monte de Venus de la señora Quinn olía a pastilla de jabón con flores secas. Tenía poco vello púbico y sus labios menores seguían suaves y carnosos.
—Oh, querida…
No podía ver el placer reflejándose en su rostro, pero sí me tomé el atrevimiento de enterrar mis dedos dentro de su apretado coño. Tuve suerte de que, en ese momento, mis largos dedos no estuvieran cubiertos con las baratijas que solía comprarme en el mercadillo de Throttle Point.
—¡Aaaaah!
Mientras ella gemía y mis dedos golpeaban las paredes de su interior, mi lengua recorría la raja de su sexo hasta que su clítoris volvía a necesitar unas palmaditas por parte de mi lengua.
Lo lamí, lo succioné y busqué que esa mujer llegara al clímax porque, al parecer, Donal Quinn no era capaz de darle el placer que necesitaba.
Noté cómo sus dedos se enredaban en mi cabello y, antes de dejar escapar el aliento que había estado conteniendo, me pidió con la voz entrecortada que me detuviera.
—No quiero terminar todavía.
Abrí los ojos y me acomodé sobre su vagina.
—¿Qué desea, señora Quinn?
—Quiero que me folles, querida.
Estaba tan distraída comiéndome su coño que me olvidé de mí por un momento. Cuando pensé que me pediría que me desnudara para que ella también me tocara, la señora Quinn me pidió que fuera hasta el armario.
Y eso hice.
Estaba recibiendo instrucciones de alguien mayor que yo; era imposible negarme.
Saqué un arnés con una polla violeta y elevé una de mis cejas, confundida. Ella soltó una carcajada, se dio la vuelta sobre el colchón y me mostró su culo gordo mientras se ponía a cuatro patas.
—Es el juguete que suelo usar con Donal.
—¿El jefe la tiene pequeña?
Volvió a reír ante la tontería que acababa de soltar.
—No, querida. A veces me follo al señor Quinn.
Eso sí que no me lo esperaba.
«¿Ahora mismo estoy tocando el falo con el que se deja penetrar Donal?», pensé, mientras lo alejaba de mí. «¡Qué asco!»
—Vamos, querida, fóllame.
«Menuda panda de raritos…»
Pero ya era demasiado tarde para escapar.
Estaba tan caliente que terminé pasando mis piernas por los huecos del arnés y acabé presionando mi sexo contra una polla que mediría unos diecisiete centímetros.
Volví a acomodarme cerca de la señora Quinn. Una de mis manos guio sus caderas y la otra se aferró al juguete de plástico para follar su entrada.
Estaba tan húmeda que no le hizo falta usar lubricante.
La penetré de un solo empujón y empecé a moverme cuando sus gemidos se convirtieron en una música que me ponía el vello de punta.
Levanté con mucho cuidado a la señora Quinn del colchón y acaricié sus pechos desnudos, que rebotaban hasta su vientre.
—Sigue, querida. No te detengas.
Golpeé su coño con más fuerza, pellizqué sus pezones y hasta lamí la curva de su cuello, evitando en todo momento dejar una marca en su pálida piel.
La señora Quinn volvió a tirarme del cabello y siguió suplicándome, con lágrimas en los ojos, que no dejara de tocarla.
La complací.
Cumplí su sueño húmedo.
Y dejé que ella acabara.
En otra situación, la habría subido encima de mí para que brincara sobre aquella polla de plástico y me asfixiara con sus enormes pechos.
Pero la diversión terminó cuando la puerta de su habitación se abrió. La señora Quinn llegó al clímax, pero el calentón que yo sentía, todo ese fuego que se me había concentrado en el coño, desapareció cuando me crucé con la mirada del señor Donal.
—No me jodas. ¡¿Qué estáis haciendo?!
Su mujer cayó en la cama, gimiendo y agitando sus caderas por el orgasmo.
Yo me quedé paralizada, sin saber muy bien qué hacer o qué decir para que el señor Quinn no me despidiera.
—Kate…
—Yo…
Siguió congelado en el umbral, así que aproveché para liberarme del arnés y cubrirme con mi camiseta antes de huir de esa pareja, que necesitaba dialogar más de lo que pensaban.
—Serás perra…
Tenía todo el derecho a enfurecerse conmigo.
Había tocado a su señora y, además, usé su juguete para follarla.
En un abrir y cerrar de ojos, el señor Quinn se abJakezó sobre mí e intentó golpearme con todas sus fuerzas. El problema era que, desde muy pequeña, mi hermano me enseñó a defenderme.
Y lo que empezó con un par de insultos terminó con unos cuantos puñetazos salvajes que acabaron en su rostro.
Cuando intenté controlarme, fue demasiado tarde. La señora Quinn llamó a la policía y terminé siendo esposada por el sheriff de la ciudad.
«Joder… yo solo quería follar».
—Kate Astor, quedas detenida por agresión con agravantes, violación de morada y alteración del orden público —por primera vez, la voz de Jake sonó imponente.