Capítulo 31
L a oscuridad del desguace era intensa. Las nubes se movieron para sofocar la luna, y la poca luz difusa que se filtraba no proyectaba más que manchas moteadas con sombras confusas y cambiantes.
La distribución del desguace era una cuadrícula uniforme y, al llegar al primer cruce, Judith se detuvo a escuchar.
No había nada, salvo las sirenas todavía lejanas y el borboteo del barro mientras se le hundían los pies un centímetro en el camino.
Geoff conocía aquel sitio y sus millones de escondites, pero no creía que se arriesgara a quedarse quieto sin más.
Si ella estuviera en el lugar de Geoff, se acercaría a la valla del perímetro e intentaría escapar por el campo de alrededor.
—¡No puedes huir! —gritó Judith—. ¡Solo hay una carretera de entrada y la policía viene por ella!
Su voz resonó a lo largo de la hilera de coches difuntos de segunda y tercera mano.
No esperaba que él contestara. Era más bien para asegurarle a Heather que la ayuda estaba en camino.
La pobre mujer las había pasado canutas últimamente, y la injusticia de todo aquello empezaba a sacar de quicio a Judith.
El amor entre dos personas, una de ellas atrapada en una relación de maltrato, había desembocado en un asesinato, no por culpa de un marido celoso, como ella había pensado, sino por la codicia.
Una de las debilidades humanas básicas responsables de tanto daño.
Alguien debería tener una larga y seria conversación con la naturaleza humana, o quizá darle una buena azotaina a la antigua para que dejara de ser tan predecible.
Pero eso significaba que los hombres como Geoff también eran predecibles si se sabía dónde apretar. En este caso, en su ego.
—¡Nos tenías engañados a todos! —gritó, atenta a cualquier rastro de movimiento.
Entonces lo oyó: un torpe pie del tamaño del de Heather golpeando un panel metálico en la oscuridad.
Se giró hacia la dirección del sonido y se adentró en silencio en las sombras profundas—.
Por tu parte fue impecable. Solo te fallaron los demás.
La historia de tu vida. —Dejó que las palabras flotaran antes de añadir—: Nunca consigues del todo lo que quieres.
Eres uno de esos perdedores natos. Aunque no es culpa tuya que tus padres te endosaran esa forma tan ridícula de escribir Jeff.
Sonrió al oír un golpe metálico delante y luego una maldición ahogada. Su piel fina empezaba a resquebrajarse. Ya había tratado antes con los de su calaña: si los provocabas lo suficiente, salían a rastras de su escondrijo para quedarse con la última palabra.
Entonces se oyó la tos mecánica de un motor diésel arrancando en la oscuridad. Un par de potentes faros, montados a bastante altura del suelo, aniquilaron las sombras. Judith levantó el brazo para protegerse los ojos. Ahora estaba ciega. Geoff podía estar justo delante de ella y no lo vería.
Pero oyó el rugido del motor acelerando hacia ella.
Por instinto, se dio la vuelta y corrió de vuelta al cruce, recordando de pronto una docena de refranes sobre los peligros de remover avisperos.
El vehículo le iba ganando terreno. Correr en línea recta solo funcionaba en las películas.
Judith giró bruscamente a la izquierda en el cruce, pero resbaló en el barro.
Agitó los brazos como aspas de molino para recuperar el equilibrio mientras giraba sobre sí misma.
Se estampó de espaldas contra un muro metálico de coches prensados, y ahora tenía de frente los faros que se le echaban encima...
Las dos horquillas de una carretilla elevadora perforaron el metal a ambos lados de su cabeza. La máquina siguió empujando con un chirrido metálico estridente. Las chispas le chamuscaron el pelo, y la parte delantera de la carretilla se le echaba encima...
Y entonces se detuvo con una sacudida brusca, a un metro de aplastarla, porque las horquillas no podían penetrar más en el metal compacto. Una vibración profunda recorrió los vehículos apilados y toda la torre se balanceó como un Jenga de verdad.
Judith no se quedó a esperar. Se agachó para pasar por debajo de las horquillas atascadas y echó a correr para salvar la vida.
Actualizó su opinión sobre Geoff: de maníaco movido por el ego a psicópata de manual.
Exactamente el tipo de persona capaz de envenenar a un hombre y charlar amablemente con él mientras lo veía morir.
Todavía medio cegada por los faros, atravesó el cruce en diagonal, dando tumbos, mientras Geoff intentaba dar marcha atrás con la carretilla.
Eso agravó el bamboleo de la pila, y el bloque de arriba, que en su día había sido un coche, se deslizó.
Con un golpe tremendo, se estrelló de esquina contra el barro y rodó dando vueltas de campana hacia Judith. Solo lo vio en el último segundo...
Y la salvó la geometría. Haciendo una imitación estupenda de un dado gigante de una tonelada, el cubo rodante rebotó sobre sus esquinas y se desvió trazando un arco que esquivó a Judith, antes de detenerse.
Revolucionando el motor al máximo, Geoff consiguió sacar las horquillas de la pila y demostró la agilidad con la que la compacta carretilla podía girar sobre sí misma, justo cuando el resto de la torre se vino abajo de repente.
Judith observó, paralizada, cómo cuatro coches prensados se estrellaban alrededor de la carretilla.
Uno golpeó de lleno la cabina e hizo añicos uno de los faros montados en el techo.
Durante un instante espantoso, Judith creyó haber visto morir aplastado a Geoff.
Puede que estuviera mentalmente desequilibrado y que intentara matarla, pero no quería que aquella imagen la persiguiera en sueños.
Pero la cabina reforzada de la carretilla estaba construida precisamente para ese escenario.
El único faro trazó un semicírculo mientras los bloques metálicos se estrellaban en el barro a su alrededor.
La luz se detuvo, apuntando directamente a Judith.
Le recordó a la aleta de un tiburón, con la misma intención mortífera.
Se dio la vuelta y huyó hacia la oscuridad. Completamente desorientada, miró atrás y vio la luz zigzagueando de un lado a otro mientras Geoff sorteaba la chatarra caída para llegar hasta ella.
Una abertura a la izquierda dejó ver de pronto las luces amarillas de la entrada del desguace. Judith patinó en el barro al cambiar de dirección. El rugido de la carretilla subió de tono al dejar atrás los obstáculos y acelerar hacia ella.
Ahora Judith veía que su ruta la había llevado al lateral de la oficina, junto a la otra grúa. Las nubes eligieron ese momento para abrirse, y la luna oronda le recordó lo que colgaba de aquella grúa.
Judith consideraba su situación desesperada; aun así, la parte racional de su mente golpeaba el interior de su cráneo para llamar su atención, porque la idea que tenía era más que desesperada.
Sin embargo, a sus piernas no les había llegado el mensaje, y de pronto estaba trepando a cuatro patas por la oruga de la grúa hasta la cabina.
Hacía poco había tenido una experiencia aterradora con una grúa, al recibir el golpe de una bola de demolición, así que resultaba refrescante estar sentada dentro.
El olor a aceite, sudor y mugre era casi palpable mientras pulsaba el botón de arranque. La grúa cobró vida con un rugido.
Por suerte, los mandos eran muy sencillos. Una palanca y un único botón. La grúa solo tenía una función, y ella solo tenía una oportunidad.
Movió la palanca de golpe y casi salió despedida del asiento cuando la cabina giró casi ciento ochenta grados. Ahora tenía de frente el funesto faro solitario que se le echaba encima.
Vio de refilón a Curtis, todavía en su prisión de garras, observando atónito cómo ella hacía bajar el enorme imán del extremo de la grúa. Se estrelló contra la cabina de la carretilla con un estruendo colosal, pero apenas sirvió para frenar al tenaz vehículo.
No esperaba que lo hiciera.
Judith pulsó con el pulgar el único botón de la palanca de mando, y el potente electroimán se activó al instante.
Con un golpe metálico, el imán se adhirió con fuerza a la carretilla.
No tenía ni idea de qué efecto tendría en una persona, pero se le pasó por la cabeza que, si Geoff llevaba un piercing en alguna zona íntima, en ese momento estaría siendo atraído hacia el imán con una fuerza que haría saltar las lágrimas.
Tiró de la palanca hacia atrás y levantó la carretilla en el aire antes de que llegara a la grúa.
Era una visión estrambótica, como una atracción de un parque temático de pacotilla.
La inercia hizo que la carretilla describiera un amplio arco en el aire mientras seguía subiendo hasta nueve metros del suelo.
La grúa gimió y se estremeció mientras la carga oscilante amenazaba con volcarla.
Una de las orugas se levantó ligeramente...
Pero volvió a asentarse con firmeza.
Judith bajó de la cabina y contempló la carretilla, que ahora giraba suavemente en el extremo de la cadena, a gran altura.
Las sirenas de la policía aullaron cuando el subinspector Raymond Collins entró a toda velocidad en el desguace, con tres vehículos policiales detrás y las luces azules destellando.
Su coche frenó derrapando y salpicó de barro, sin necesidad, al enjaulado Curtis.
Collins y Eastly saltaron del vehículo, listos para entrar en acción. Luego se detuvieron al contemplar la desconcertante escena de un hombre embarrado atrapado bajo la garra de una grúa.
Raymond se acercó a Judith; su preocupación se disolvió en la expresión de un hombre que estaba a punto de pasarse la eternidad rellenando papeleo para explicar todo aquello.
—¿Qué está pasando?
—Estoy bien, gracias por preguntar —dijo Judith con mordacidad—. Te has tomado tu tiempo.
Raymond la miró confundido. Ella señaló hacia arriba, y a él se le escapó un suave «ay» de angustia al ver la carretilla colgando a nueve metros del suelo, con un Geoff aturdido soltando palabrotas dentro.
Judith le leyó el pensamiento.
—He estado intentando pensar cómo complicarte al máximo el papeleo de todo esto.
Raymond hizo una mueca.
—Como de costumbre, Judith, te has superado.