Capítulo 32
L a gente suele hablar de la calma que precede a la tormenta, pero Judith no recordaba que nadie mencionara la calma que la sigue. Podría decirse que era más agradecida y duraba mucho más.
Al menos hasta que asomaba el siguiente frente.
Estaba de pie en el pequeño cuadrado cerrado que hacía las veces de nuevo jardín de Sarah Eastly, con un hojaldre de salchicha en una mano y una copa de vino blanco, recién servido de la caja, en la otra.
Estaba casi todo pavimentado, pero Sarah había colocado cuatro grandes arbustos en macetas en las esquinas para alegrarlo un poco.
Las puertas del patio estaban abiertas, y por un altavoz inteligente sonaban inofensivas canciones de Harry Styles.
El piso estaba lleno de amigos de Sarah; o, para ser exactos, de amigos de Kevin y de unos cuantos compañeros de trabajo de Sarah.
Judith supuso que la lista de invitados de Sarah era tan corta que se había sentido obligada a invitar tanto a ella como a Maggie.
Judith observó en silencio cómo Maggie iba de un lado a otro de la sala sonriendo y bromeando.
Rebosaba una seguridad recién estrenada que había ido creciendo desde que acompañaba a Fabián en la campaña.
Las elecciones parciales se acercaban y, según los medios, Fabián era el candidato favorito.
A Judith le pasó fugazmente por la mente la imagen de Maggie como segunda dama de Downing Street, y sonrió al imaginarse la seria decoración gubernamental adquiriendo una marcada influencia gambiana. Eso sí que sería una sacudida, pensó.
El agente Kevin Fenton llevaba vaqueros claros, zapatillas blancas y un polo rojo ajustado que resaltaba un físico musculoso que normalmente quedaba oculto bajo su holgado uniforme.
Iba animadamente de un amigo a otro con una sonrisa permanente en la cara y lanzándole a Sarah miradas furtivas y cariñosas que jamás se atrevería a lanzarle en público.
Era una faceta nueva de él que Judith no había visto, aunque sus amigos tenían un aire claramente adinerado, y se recordó que, por lo visto, Kevin tenía antepasados de la nobleza terrateniente.
En conjunto, se alegraba de que a Sarah le hubieran salido bien las cosas.
Es más, el piso estaba irreconocible desde la última vez que había estado allí.
Paredes de un suave color marfil, una planta de verdad en una estantería extendiendo sus zarcillos por la moldura del techo y unos cuantos adornos colocados con gusto alrededor de un televisor enorme, el equivalente moderno de una repisa de chimenea, le daban un aire elegante.
Todo era obra de una sorprendente habilidad de Sarah para la decoración.
—Se han tirado la casa por la ventana —dijo Raymond Collins, materializándose a su lado con un plato lleno de Pringles, hojaldres de salchicha y mini pasteles de cerdo—. Yo esperaba una bolsa de patatas fritas, hummus y una botella de cola sin gas.
—Sarah es una mujer con aspiraciones.
Raymond asintió, echó un último vistazo al móvil y se lo guardó en el bolsillo.
—Me acaban de mandar un mensaje diciendo que no te preocupes por Geoff Philby. La acusación no prosperará.
Desde que habían bajado a Geoff de la carretilla y desactivado el electroimán, él alegaba amnesia. Tras su detención, su amnesia había resultado lo bastante selectiva como para intentar presentar cargos contra Judith por agresión y daños cerebrales permanentes causados por el imán.
Judith se encogió de hombros.
—No me preocupaba mucho. Pasará entre rejas el tiempo suficiente para recuperar la memoria. —Captó un destello de preocupación en la cara de Raymond—. ¿No?
Raymond se las arregló muy oportunamente para meterse en la boca lo que quedaba de un pastel de cerdo y masticar despacio, sin poder contestar. Judith esperó con paciencia mientras él formulaba una respuesta y luego tragaba.
—Aparte de las declaraciones de los testigos, todavía nos está costando encontrar pruebas indiscutibles de la muerte de Wilman. Las huellas de todo el mundo estaban en la escena. La culpa por la hidroquinona del desguace recae sobre Simon Kirby, y Geoff lo acusa a voz en grito de ser el cabecilla.
—¿Me estás diciendo que podría salirse con la suya?
—Todavía están los móviles robados...
—De los que Simon se va a llevar la parte del león de la culpa.
Raymond asintió.
—Y los cargos de secuestro e intento de asesinato contigo, con Heather y con Curtis.
—¿De los que también culpa a Simon?
Raymond volvió a asentir.
—Ya sabes que la Fiscalía de la Corona no sigue adelante con una acusación grave si no cree que haya pruebas suficientes para convencer a un jurado. Pero, aun así, va a pasar mucho tiempo entre rejas.
Judith negó con la cabeza con tristeza.
—Al menos Clara se ha librado de Simon. Ha iniciado los trámites del divorcio. Es una pena que vaya a ser libre pero no pueda pasar su tiempo con el hombre del que se enamoró.
Los dos observaron cómo Sarah y Kevin intercambiaban unas palabras en voz baja. Se cruzaron sonrisas tímidas. A Judith le pareció un cambio refrescante ver aquella faceta de Sarah Eastly. Le daba esperanzas para el futuro.
—¿Y Fliss? —preguntó.
—Hemos incautado todas sus joyas como prueba, así que no puede venderlas. Y la tienda solidaria se ha visto obligada a cerrar definitivamente.
—Así que lo ha perdido todo sin haber hecho nada malo.
—Técnicamente, vendía objetos robados...
Judith le lanzó una mirada agria.
—Eso no es propio de ti, Raymond. Espero que no creas de verdad que sabía de dónde salía el oro. —Judith habló por encima de él cuando abrió la boca para discutir—. Igual que Clara, se merece sin duda un respiro.
Raymond mordisqueó unas Pringles con tacto y asintió.
—Encontraron el coche de Heather prensado en el desguace. Ah, y ya ha ido a ver a su hija unas cuantas veces —dijo Judith.
—Me alegra saber que de todo este lío ha salido algo bueno. —Raymond picoteó sus Pringles antes de volver a hablar, esta vez con el tono forzado de quien se esfuerza por sonar despreocupado—. ¿Y qué tal está Curtis?
—¿Y yo qué sé? —dijo Judith con altivez—. Resulta que es uno de esos ofendiditos a los que no les gusta que los acusen de asesinato.
Por el rabillo del ojo vio un destello de satisfacción en la cara de Raymond.
Decidió que eso era mucho mejor que mencionar el aluvión de mensajes que se habían intercambiado.
Curtis seguía indignado porque ella lo hubiera creído capaz de semejantes atrocidades, y le recordaba una y otra vez que le había salvado la vida.
Fiel a su estilo, Judith le había dado las gracias, y luego se había apresurado a señalar que ella le había devuelto el favor salvándole la suya, así que estaban en paz.
La conversación había ido subiendo de tono, con Curtis exigiéndole que aclarara las cosas: dejarlo atrapado no era salvarle la vida. Judith había replicado que había sido ella quien había impedido que Geoff los matara a todos. Por tanto, ella tenía razón y Curtis estaba equivocado.
La respuesta enfurecida de él la acusaba de inventarse bulos y exigía zanjar el asunto durante una cena.
Ella no había contestado y había decidido que era una distracción de la que Raymond Collins no necesitaba enterarse. Sarah se acercó y rompió el incómodo silencio que se había hecho.
—Judith, ¿podemos hablar un momento a solas? —Le lanzó a Raymond una mirada que decía claramente: lárgate.
Raymond señaló su plato vacío y se dirigió a la comida de la encimera de la cocina.
—Buen despliegue, Eastly. Que no pare.
—¿Te está haciendo pasar un mal rato? —preguntó Sarah, viendo cómo él intentaba esquivar a Maggie, pero acababa atrapado por la fuerza gravitatoria de su conversación.
—¿Debería?
Sarah estudió la cara de Judith con la mirada de un gran maestro de ajedrez.
—Creo que has montado un hogar precioso —dijo Judith, desviando el tema—. Está mucho mejor sin todas las cajas de la mudanza. Espero que seas feliz aquí.
—¿Sigues pensando que fue la decisión correcta?
El matiz de preocupación pilló a Judith por sorpresa. Miró a Sarah de reojo.
—Dímelo tú. Desde donde yo lo veo, creo que te ha tocado el gordo. Y he tomado más malas decisiones de las que me corresponden como para reconocer una buena cuando la veo. Hasta parece que puedes estar enamorada, que es algo muy valioso. No es que necesites oírlo de una vieja carcamal como yo.
Judith se estremeció. Nunca se había considerado vieja, y ay de quien se atreviera a decírselo, pero en este caso esperaba que le sirviera a Sarah de algún consuelo.
Un atisbo de sonrisa tiró de las mejillas de Sarah, pero no le llegó a los ojos.
—Me alegra oírlo. Creo que tienes razón.
Judith dejó la copa y le apretó suavemente el brazo a Sarah.
—Siempre tengo razón.
La ironía las hizo reír a las dos. Sarah cogió la mano de Judith y no la soltó mientras clavaba la vista en el suelo y se mordisqueaba el labio. La necesidad de un consejo maternal era evidente, y a Judith se le revolvió el estómago, porque estaba completamente fuera de su elemento.
—Sarah... ¿qué pasa?
A Judith solo se le ocurrían mil pensamientos terribles mientras Sarah le apretaba la mano con más fuerza y asomaba un amago de lágrimas cuando miró a Judith a los ojos.
—Estoy embarazada.
Judith miró alternativamente a Sarah y a Kevin, que ahora estaba atrapado con Raymond y Maggie y se reía a carcajadas. Volvió a mirar a Sarah e intentó parecer sabia.
—Vaya... eso sí que es una aventura completamente nueva, ¿no?
Y SI QUIERES SABER MÁS — BUSCA EL LIbrO 6:
UN NEGOCIO DE MUERTE