Capítulo 30
L a pinza de la grúa pareció caer a cámara lenta.
Judith retrocedió un paso mientras Curtis levantaba la cabeza de golpe. Se quedó clavado en el sitio. Solo fue capaz de levantar las manos por encima de la cabeza, lo cual no serviría de mucho para impedir que cinco toneladas lo pulverizaran.
Los dedos metálicos se clavaron en la tierra a su alrededor, hundiéndose treinta centímetros en el barro, pero se detuvieron antes de aplastarlo. Milagrosamente, había quedado atrapado, pero vivo.
La puerta de la cabina de la grúa se abrió en medio de una nube de humo de vapeador con olor a mango... y Geoff Philby bajó por la escalerilla con el paso cansado de un hombre que estaba harto. Su deje americano resonó por el desguace, cargado de irritación.
—¿Qué os pasa a los británicos? ¿Por qué no podéis dejar las cosas en paz de una maldita vez?
Se acercó paseando sin prisa, mirando alternativamente a Heather y a Judith.
—Me gustaba mucho Clickers cuando me apunté, y ahora voy a tener que deshacerme de todos vosotros.
—Hizo un gesto despreocupado hacia Curtis—.
Me esforcé mucho en convertirte en el cabeza de turco que cargara con la culpa por el equipo.
—Pasó a juzgar a Judith—. Pero, gracias a ti, la cosa se ha complicado.
—Geoff dio una larga calada al vapeador y rodeó a Heather y a Judith, echando humo por la nariz como un demonio irascible.
Captó la mirada de Judith—. Lo sé, es un vicio asqueroso...
Judith olfateó el aroma a mango.
—Estuviste en casa de Clara antes de que yo llegara. Luego saboteaste mi coche para averiguar de qué habíamos hablado.
Geoff hizo un gesto de balanza con la mano libre.
—Sabotear es una palabra muy evocadora. Te invité a cenar. Me gustas. Me gustabas. Luego empezaste a convertirte en un auténtico grano en el culo.
Judith chasqueó la lengua.
—El peligro de la mayoría de las relaciones cuando se acaba la luna de miel. Tú mataste a Henry. Tú quemaste la tienda solidaria conmigo dentro.
A Geoff se le iluminó la cara y la señaló con el dedo.
—¡Me pareció que eras tú! Estaba tan oscuro que era difícil estar seguro. Esperaba que lo fueras, porque ese es el tipo de mujer que me interesa.
—¿Te refieres a las que luego tienes que matar?
Geoff soltó una risita y agarró a Heather del brazo con brusquedad, haciéndola chillar al atraerla hacia sí.
—Hay quien diría que esas son las mejores.
—Dio otra calada al vapeador—. Clara se estaba convirtiendo en un riesgo, pero Simon se puso sentimental cuando le propuse matarla.
—Puso los ojos en blanco—. Nos llevamos esa cámara de la casa de Henry.
Ella la metió sin querer en una caja para la tienda solidaria.
—Hizo un gesto de explosión junto a la cabeza para indicar lo loca que le parecía—.
¿Cuántos errores estúpidos más iba a cometer?
Sin ir más lejos, todo esto empezó porque se enamoró del hombre equivocado.
Quiero decir, Simon me da igual, solo es un lacayo que hace lo que le mandan.
Incluso cuando ella me robó parte de mis metales preciosos, me parecía bien que siguiera su camino y mantuviera la boca cerrada.
Hay mucho más oro por ahí. Escondido en los armarios y los cajones de la gente.
Unos sesenta millones de móviles, cada uno con elementos escasos dentro.
¿Sabes cuánto oro es eso? Unas dos toneladas.
Judith hizo rápidamente la cuenta.
—Que valen más de doscientos millones de libras.
—Merece la pena matar por eso, ¿no crees?
—La lotería nacional es otra opción. Con muchos menos cadáveres.
—El fin de semana pasado gané dos libras con un rasca y gana.
—Enhorabuena.
—Es lo que me costó comprarlo.
—¿Entonces todo esto de los móviles robados es cosa tuya?
—Cuando me di cuenta de que los productos químicos que hacen aparecer una imagen en una placa fotográfica también sirven para extraer elementos valiosos de móviles cutres...
fue como si el destino nos uniera. Y es mejor que el sueldo de un maestro.
Para arrancar, tuve que pedir mucho dinero prestado a gente poco recomendable, así que entenderás por qué no puedo permitir que andes por ahí estropeándolo todo. No quiero entrar en su lista negra.
Judith miró a Curtis con expresión interrogante.
—¿Y usted sabía esto de su hermanastra?
La cara de Curtis asomó entre los huecos de las garras de acero, como si estuviera atrapado en una cárcel de alta seguridad.
—Sabía que tenía una relación complicada y que necesitaba salir de ella. Pero no tenía ni idea de nada de esto —dijo en tono lastimero.
Judith le creyó, aunque tenía que reconocer que su criterio había fallado bastante últimamente. Volvió a mirar a Geoff y se dio cuenta de que había atraído más a Heather hacia sí, como un escudo, lo cual nunca era buena señal.
—Seamos sinceros: esto ya es demasiado lío. Más te vale entregarte. Puede que te ayude a conseguir una condena más leve.
Geoff abrió la boca y los ojos de par en par, con la mirada perdida.
—Puede que tengas razón. Debería confesar y acabar con esto. —Dio otra calada al vapeador—. O... podría taparlo todo y que Curtis confesara su culpa en una nota de suicidio oportunamente redactada. Seguro que tus amiguetes, los detectives Zipi y Zape, se lo tragan.
El repentino arrebato de defender a Raymond y a Sarah pilló a Judith por sorpresa. Farfulló, indignada, pero la réplica se le murió en los labios cuando se oyeron sirenas a lo lejos.
El bueno del subinspector Raymond Collins había recibido sus mensajes.
Judith sonrió.
—Parece que el subinspector Zape ya viene.
Las esperanzas iniciales de Judith flaquearon cuando enseguida quedó claro que las sirenas estaban muy lejos. Al menos a un par de minutos. Tendría que enseñarle a Raymond la palabra «sigilo». Esperaba que Geoff no hubiera llegado a la misma conclusión.
Había llegado.
Rodeó con el brazo la garganta de Heather y empezó a retroceder hacia la oscuridad del desguace.
—Parece que toca el plan B —dijo, y tiró el vapeador.
—¿Tu plan B es improvisar?
Geoff abrió la boca para responder. Pero, en lugar de eso, echó a correr, empujando a la fuerza a Heather por delante de él, y desapareció en la oscuridad entre las imponentes pilas de coches.
Judith corrió hacia Curtis y empujó la garra metálica a modo de prueba. No se movió. Él empujó también, sin resultado.
—Súbase a la cabina y levante esto —dijo Curtis, con la voz tensa.
Judith metió la mano y le cogió la suya.
—¿Está herido?
Curtis sonrió aliviado.
—Estoy bien. Solo conmocionado.
—Bien. Ahí dentro estará a salvo. —Judith retiró la mano antes de que Curtis supiera qué pasaba.
Con un nuevo arranque de energía, Judith salió disparada en persecución de su presa fugitiva.
—¡Judith! ¡No puede dejarme aquí!
—¡Por lo visto, sí puedo!
Y desapareció en la oscuridad.